romántico

Arriésgate

La brisa ondula su cabello. El mar engulle una enorme esfera de fuego allá, en el horizonte.

—¿Por qué vuelves? —Mira sobre su hombro, donde una pequeña multitud baila semidesnuda con los pies descalzos sobre la arena blanca.

«¿Por qué insistes? No lo entiendo».

Él sigue su mirada y esconde una sonrisa; sabe lo que está pensando. La observa con vehemencia, sopesando los mil detalles. Las diez mil razones.

—Quizá me pone que me digas que no. —Relativiza al final.

Ella sonríe ampliamente.

—¿Eso quiere decir que perderás el interés en cuanto te diga que sí?

Él sonríe generosamente, también.

Durante un lapso pequeño y eterno a la vez. Sus ojos, conectados. Su voz, un susurro.

—Lo que de verdad quiero saber es si tú estás lo suficientemente interesada como para arriesgarte.

ϖ©

Dos vidas en una (VII)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Viene de aquí).

Dejó el chupito con un golpe seco sobre la barra y se dio la vuelta. No le apetecía bailar y dudaba mucho que pudiera hacerlo sin caer en el ridículo. Entornó los ojos hasta que localizó el diván donde estaba Fran. El humo de discoteca y las luces de colores no le ayudaron en absoluto cuando se puso a caminar con paso inestable hasta allí. Se dejó caer en el mullido y sucio asiento. La música atronaba en la sala y la gente parecía divertirse, pero él  ni siquiera quería estar allí.

Sólo que desde hacía días, no sabía ni dónde quería ni dónde debía estar.

Era su amigo el que tiraba de él la mayor parte de las veces. Alex sólo se concentraba en ir a trabajar, ducharse y dormir. Sin embargo, Fran insistía en que debía salir a distraerse y normalmente era tan persuasivo —oh, conozco una palabra mejor: pelmazo—, que accedía sólo para que le dejara en paz. En ese preciso instante estaba sentado a su lado, negociando con sonrisas y palabras bien puestas su siguiente affaire. Un momento después, se giró hacia él:

—Fíjate, aquel tipo de allí no te quita ojo —gritó para hacerse oír. Le pasó el liado que se estaban fumando a medias y continuó—: ¿Piensas hacerle esperar toda la noche?

Una sonrisa torcida se dibujó en la cara de Alex. Fran le estaba echando de  su lado para montárselo con aquel chico, pero no pensaba irse. Él le había arrastrado hasta allí, ahora iba a cargar con su presencia. Dio una calada al cigarro y miró a través del humo al chico de la barra. Ya se había dado cuenta, el tipo no se había movido de allí y su mirada volvía una y otra vez a él. Otro momento, otro lugar, otra situación. Otro universo y se habría escapado con él. Ese era su antiguo mundo.

Su nuevo mundo era una mierda.

Una sucesión de días en los que no tenía ni idea de cómo llenar el tiempo. Se había prohibido pensar en alguien —¿o se lo había prohibido Fran? No importaba, él había estado de acuerdo—, y la cosa funcionaba mientras estuviera trabajando o cuando conseguía dormirse. El resto del tiempo, Alguien se colaba en su mente al menor descuido. Y eso le cabreaba, tal y como estaban las cosas.

Hacía más de una semana, en aquel descampado solitario, se había dado cuenta de varias cosas. La principal y más complicada era que, no importaba cuán enfadado estuviera con Alguien, siempre terminaba cediendo. Alguien hablaba y le tocaba la fibra de formas que nunca nadie había hecho. Desplegaba emociones que no había sentido y que le dejaban expuesto, vulnerable. La sensación no le gustaba en absoluto, y mucho menos conforme habían terminado aquel día.

Después de que Alguien se negara a aceptar su explicación sobre su amistad con Fran y se girara en redondo, él permaneció varios minutos más allí, de pie. Intentando tragar y recoger su orgullo maltrecho. Habían estado a punto de hacerlo, maldita fuera, y Alguien ni siquiera confiaba en él. ¿Por qué lo hacía, entonces? ¿Por marcar su territorio frente a Fran? ¿Por probar con él, que era su amigo, sería más fácil, y después seguir su camino? ¿Ellos, que vivían juntos hacía más de diez años, eran un simple rollo? No importaba. Debía haber dejado que volviera caminando a casa, pero ninguno de los dos fue tan terco. Recogió el casco del suelo y se lo puso. Arrancó la moto y le alcanzó. Sólo paró a su lado y, sin cruzar palabra, subió detrás de él. Las manos esta vez fueron a su lugar, las asas que llevaba la máquina en la parte trasera para tal efecto. Ni un roce más.

Llegaron demasiado rápido.

Su acompañante bajó de la moto raudo y silencioso, y se encaminó a su portal —su antiguo portal.

—Javi… —Ni siquiera se giró y eso le quemó. —¿No piensas decir nada más?

Entonces sí que se volvió, con los ojos enrojecidos.

—¿Qué más quieres que diga? —Estaba dolido. Miró hacia un lado y el otro,  buscando las palabras, una explicación o, quizá, sólo comprobaba que no hubiese público. —Mierda, déjame en paz… Yo no he buscado nada de esto…

Alex sabía perfectamente a qué se refería con esto. Nadie lo busca.

Las palabras se agolparon en su cabeza, rebotando, enredándose. Le habría gustado explicarle tantas cosas… Pero era estando sereno cuando tenía su capacidad discursiva en mejores condiciones. Y en aquel momento estaba de todo menos sereno. Cuando Javi volvió a clavar la vista en él, su mirada estaba cargada de un complejo mensaje, contradictorio y enrevesado, seguramente inconsciente. Un mensaje que, a pesar de ser silencioso, Alex comprendía bien, y entonces todo aquello que revoloteaba por su cabeza cayó, dejando en supremacía sólo dos palabras: Déjalo ir.

Déjalo ir. Déjalo ir. Déjalo ir…

No recordaba cuánto tiempo más había permanecido allí. Podían ser unos minutos o una hora, pero él ya no estaba.

Una semana después. Él ya no estaba. Y Alex se había convertido en un jodido autómata, negándose a sentirse culpable por algo de lo que no era sino mitad responsable, enfadado consigo mismo, con Javi, con el mundo.

Era un condenado zombie, con los sentidos tan desconectados de su cerebro que allí mismo, mientras Fran le pasaba la mano sobre los hombros y le relamía la oreja por enésima vez para que se largara, le pareció verlo ahí plantado entre el gentío, como un roble lleno de vida en un bosque seco.

Y asombrosamente, sólo tardó medio minuto en percatarse de que no estaba imaginándoselo.

♠♠♠♠

Cuando el noventa y nueve coma nueve por ciento de su cerebro le había intentado disuadir de ir allí, debía haber hecho caso. Por algo era. Sin embargo, cuando había salido esa noche de sábado a despejarse —u olvidar, si quería ser poético—, vagamente se había dado cuenta de hacia donde se dirigían sus pasos y se había confiado a ese cero coma uno por ciento que, se percató, manejaba su corazón.

Ante sí tenía la ilustración a todo dolor, en tres dimensiones y en movimiento de las razones por las que en su cabeza saltaban las alarmas cada vez que había considerado la opción de ir a buscar a Alex allí. Se había quedado plantado como un pasmarote cuando había localizado a su compañero de piso fumando y con aquel tipo —de nuevo— abrazado a él y comiéndole la oreja sin ningún disimulo. Aunque, a decir verdad,  en aquel lugar nadie hacía nada con disimulo. Era como lo que aconsejaba aquella machacada frasecita: la gente bailaba como si no les viera nadie y amaba, aunque fuera sólo en el sentido superficial o físico, como si nunca les hubiesen hecho daño.

Sólo que a él sí se lo habían hecho.

Sólo que aceptar el argumento, era aceptar que…

Unos ojos de color verde claro y de turbia mirada se clavaron en los suyos. Y así permanecieron unos segundos, suspendidos en la nada, porque a Alex parecía darle igual y él… Él era incapaz de moverse ni un palmo hasta que aquellos ojos no le soltaran.

Un tercer par de ojos de unieron a la fiesta y el momento se rompió. Javi frunció el ceño cuando Fran desvió su mirada también hasta él y aquello pareció detonar el movimiento. Fran sonrió, Alex se puso en pie y él… Ni de coña pensaba quedarse a ver de nuevo el espectáculo con el que todo  aquel lío había empezado. Con el que su sosegada y tranquila vida anterior se había esfumado. Se giró en redondo, dispuesto a volver a su madriguera y no salir de allí hasta que aprendiera a obedecer a su cerebro. Llevaba días echando de menos a Alex, cada uno de los que habían estado separados. Quería hablar con él, se había convertido en su necesidad más acuciante, parecía incluso que superaba a la de dormir, a la vista de los hechos. Estando solo en casa había tenido mucho tiempo para pensar y, por mucho que quisiera evitarlo, sus pensamientos siempre acababan en el mismo punto: Alex. No había habido margen para una charla serena entre ellos la última vez que se habían visto. Estaba claro que su relación había dado un vuelco de ciento ochenta grados y donde antes había camaradería y compañerismo, ahora lo ocupaban todo las emociones. El comportamiento de ambos se había vuelvo completamente visceral en cuanto al otro y si querían aclarar las cosas, si quería que Alex le explicara de qué iba con Fran, tenía que dejarle hablar con tranquilidad. Por mucho que le escociera. Él mismo no había podido disculparse aún por la forma en que había actuado cuando sus padres habían llegado por sorpresa a casa.

Aquellas conclusiones habían estado claras y brillantes en su mente durante los solitarios días de meditación. Sin embargo, ahora que intentaba abrirse paso entre el enardecido gentío para salir de aquel lugar, empezaba a arrepentirse de la decisión. Apretó los dientes con fuerza. Maldito Alex, sólo quería que volviera a casa, con él, como antes.

Una mano se cerró con fuerza en su muñeca y él, sabiendo perfectamente quién era, la sacudió para deshacerse del cepo y seguir andando. Sin embargo, la mano volvió a cogerle con mayor ímpetu, y tiró de él, dándole la vuelta.

Alex tenía el entrecejo fruncido y parloteaba en voz alta, pero aun así, Javi no podía oírle con aquel estruendo. Su interlocutor pareció percatarse, porque empezó a gesticular y a señalar el lugar donde lo había encontrado. Al principio no comprendió, pero sólo tardó un segundo.

A través de la penumbra, Javi vio lo que Alex quería mostrarle. No estoy con él. Y, a no ser que estuvieran montándose un trío, cuya opción ya era demasiado retorcida para la ordenada cabecita de Javi, era cierto: Fran estaba parcialmente oculto por otro tipo, que estaba prácticamente encima de él, y ambos se besaban como si no existiera el mañana. Miró extrañado a Alex, preguntándose qué diantres entonces hacía él allí al lado, pero desechó el pensamiento. La verdad pura y dura era que no entendía nada, no comprendía aquel mundo ni encajaba en él, y se cuestionó por enésima vez por qué había ido a parar a aquel sitio. Sin palabras, volvió a girarse y continuó su camino hacia la salida con paso más relajado. Allí, de todas formas, no podrían hablar.

Alex maldijo en todos y cada uno de los idiomas que conocía, desvió la mirada un segundo, sopesando las opciones rápidamente, pero al instante estaba siguiendo a aquel cabezota hacia fuera. No sabía qué le sorprendía más, si el hecho de que su compañero de piso que había sido habitualmente homófobo se hubiera atrevido a adentrarse en aquella zona, o que hubiese ido a buscarle después de que sus últimas palabras literales hubieran incluido un “déjame en paz”. Probablemente, la mezcla de ambas cosas hacía que el desconcierto creciera de forma exponencial. Súmale el alcohol y el humo que había estado fumando, a Alex le costaba pensar.

No era sólo eso.

Estaba harto de que Javi jugara con él como si fuera un muñeco o, mejor, un campo de pruebas. Ensayo y error. Ahora quiero probar una buena polla dura, ahora no soporto pensar que acabo de hacer lo que acabo de hacer. Vienes a buscarme y me disparas esa mirada inconsciente que me habla de todo lo que quieres hacerme, y cuando estamos pegados, piel  con piel, me pides cosas que ni siquiera comprendes aún. Pero luego me dices que te deje en paz.

— ¡Javi! ¡¡Javi!! —Empezó a llamarlo en el hall de la discoteca, donde el volumen de la música había bajado considerablemente y sabía que le oía perfectamente. Aunque el maldito idiota seguía andando a buen paso.  — ¡JAVI!

Javi continuó caminando, a pesar de que escuchaba a Alex llamarle a grito pelado. Se sentía incómodo e inseguro allí, no sabía qué era lo que iba a pasar, lo que iban a decirse. Lo que iban a hacerse. Buscaba un lugar con algo más de intimidad, pero incluso la calle estaba atestada de gente. Se alejó de la puerta, agobiado, y rodeó la esquina de aquella gigantesca discoteca, parándose entonces. Allí sólo había un par de parejas dándose el lote, lo suficientemente inmersos en su mundo como para ignorarlos a ellos.

Alex paró en seco cuando volvió la esquina y lo vio allí parado. Su pecho bajaba y subía un poco más alterado de lo normal. Era hipnótico. Javi prendió allí la mirada, sin saber bien qué tenía que decir ahora. Su propia respiración era errática, estaba nervioso como el demonio. Y notaba la mirada de Alex quemándole.

—¿Qué haces aquí, Javi? —Su voz no surgió tan firme como para esconder que Alex no iba algo colocado. Aunque aplaudió el esfuerzo.

Miró el cigarro liado que aún colgaba de su mano izquierda. —Qué mierda haces con eso…

—No creo que te incumba —cortó Alex.

—Quiero que vuelvas a casa. —Javi fue contundente en el tono, escondiendo también su inquietud. Su estado de humor era bastante peligroso, Alex lo había obligado a adentrarse en aquella zona para buscarlo, y él no estaba preparado para dejarse ver por allí todavía.

—¿Para qué? ¿Para correrte unas cuantas veces conmigo y luego esfumarte a esconderte en el fondo del armario? No, gracias —escupió Alex, envalentonado por el alcohol.

—Eres un gilipollas, Alex. Deja de decir tonterías o…

—¿O qué? —le cortó. —¿Vas a meterte otra vez en mi ducha, girarme contra la pared y follarme sin dar la cara?

Javi enmudeció. La humedad acudió rápidamente a sus ojos.

—Joder, Alex… —musitó con voz rota, antes de darle la espalda y empezar a caminar, alejándose de él.

Mierda. Mierda, mierda, mierda. ¡Joder!

Alex se quedó parado un segundo, el tiempo suficiente para insultarse mentalmente en doce idiomas y darse cuenta de que Javi se había largado llorando y que él mismo tenía una sospechosa humedad en sus ojos. Tiró el cigarro de mala gana y apuró el paso para encontrarlo.

No era justo que pagara su propia inseguridad con él de esa forma. Cada uno tenía su propia jodida espiral de destrozo neuronal.

Lo encontró sentado en un portal, una manzana más allá. La calle estaba prácticamente desierta, era bien entrada la madrugada. Se sentó en silencio a su lado. Javi sorbió y se pasó una mano por los ojos para secarse las lágrimas, sin mirarle. Alex tragó, acongojado.

—Estoy colgado por ti —reconoció, sin levantar la vista. — No lo digo para presionarte, es que… no puedo hacer esto. Estar ahí para el sexo, para que vayas descubriendo todo esto y luego… a lo mejor…, decidas que quieres volver a lo de antes o que prefieres estar con alguien más.

Javi permaneció en silencio unos segundos. Ahí estaba lo que había sospechado, lo que le asustaba. No sabía por qué. Quizá porque era un paso más, un paso más allá, alejándose de todo lo que conocía. De la seguridad.

Pero no pensaba perder a Alex.

—Yo también estoy colgado por ti —reconoció en un susurro, mirando al suelo. Como Alex no dijo nada, siguió—: Vuelve a casa conmigo, por favor. Si no quieres… —carraspeó—, si no quieres, no tendremos más sexo. Sólo quiero estar contigo. Por favor. Vuelve.

Ahora sí alzó la cara para mirar a su amigo, porque aquel seguía callado. Alex también le miraba, con un brillo especial en los ojos y dos lágrimas surcando sus mejillas.

—¿Estás colgado por mí?

Javi asintió. Alex resopló y se limpió las lágrimas.

—Pensaba que esto era… que estabas experimentando. Que podías confundir un encaprichamiento transitorio con algo más. Dios, me he comido muchísimo la cabeza con eso. Con todo lo que pasó el otro día y…

—¿Un encaprichamiento transitorio? —interrumpió la diatriba.

—Sí. Por ser tu primero. Que luego te dieras cuenta de la cantidad de tíos que hay ahí…

—Alex —le cortó—, nunca me ha gustado ningún otro tío. Ni siquiera me han llamado la atención. Sólo… sólo hago esto contigo. Sólo quiero hacerlo contigo.

Ufff…

Alex lo cogió por la nuca y le besó en la boca. Era la primera vez que hacían algo así en la calle con posible público, pero Javi ni siquiera se percató del asunto. Simplemente, se dejó llevar. Y como hacía una semana que no se veían ni se tocaban, se besaron con ansia, abrazándose, recorriéndose con las manos por encima de la ropa, el corazón bombeando con fuerza porque habían hallado un resquicio, una forma de encontrarse de nuevo.

—Vamos a casa —musitó Alex contra su boca.

Javi asintió. Se levantaron y comenzaron a caminar, tranquilos, uno junto al otro. Sus manos se rozaron un par de veces y Alex dudó, pero, al final, cogió la de Javi. Éste le miró y luego le sonrió con lentitud.

Pasearon hasta casa como cualquier pareja.

Dos vidas en una (IV)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Viene de aquí)

—Hola. ¿Puedo quedarme aquí esta noche?

Fran se apartó y le abrió la puerta de su casa, como siempre.

—Claro.

Alex pasó y dejó caer la mochila en un rincón, dejando caer después su cuerpo traspasado de cansancio en el sofá. Fran alzó una ceja en su dirección.

—Te veo derrotado.

Lo estaba. Era viernes por la noche y lo único que le apetecía era dormir.

— ¿Vas a salir hoy?

—Estaba pensando en cenar algo rápido, cambiarme y salir, sí. Aunque algo me dice que los planes van a variar… ligeramente.

Alex sonrió sin mucha gana. Sabía que, si se lo pedía, Fran se quedaría allí con él. Incluso apostaría por que lo haría sin siquiera pedírselo.

Pero no.

—Sigue con tu vida. Yo me quedo aquí, sólo necesito un techo para dormir —le aseguró.

—Para mí que lo que necesitas es un corrector de ojeras y un buen repaso.

—JA. Muy gracioso.

—Anda, date una ducha. Nos vamos a cenar.

—No. Ni de coña me sacas hoy de fiesta —dijo Alex mirándolo con el ceño fruncido.

—Creo que la fiesta se ha ido al garete. Nos vamos a cenar, yo tengo que comer para sobrevivir. Y tú también.

Pon un amigo toca-pelotas en tu vida. Un buen amigo toca-pelotas. Conocía a Fran casi desde que empezó la universidad, una larga relación que había empezado con sexo, continuado con más sexo y, bueno… ahora eran grandes amigos y seguían practicando sexo juntos cuando les apetecía. Su relación nunca había sido amorosa, en todo caso, platónica. Se tenían gran aprecio y Alex confiaba en Fran ciegamente. Cuando llegó a la ciudad, le abrió todas las puertas secretas de ésta.

Tres cuartos de hora más tarde, sentado frente a un plato de tagliatelle al pesto cuya salsa todavía humeaba, Alex rumiaba lo que le rondaba la mente bajo la inquisidora mirada de su amigo..

—Creo que estoy colgado de alguien que está… muy al fondo del armario —dijo al fin.

—Uff… —El sonido fue acompañado por un gesto de dolor exagerado.

Alex resopló.

—Eso mismo. Uf.

—Llevas semanas desaparecido. Sólo te veo en el trabajo —dijo Fran, mientras se llevaba una copa de Protos a los labios—, ¿tiene algo que ver con eso?

Alex lo miró fijamente. Iba a ser una bomba, cuando la soltara. Asintió una vez.

Fran alzó las cejas.

— ¿Y dónde diantres os lo montáis?

Casi escupió el trozo de pan de ajo que se había metido en la boca. Su amigo y compañero de trabajo siempre con lo mismo. Alex solía hacer como él. Todo era más fácil así. Quedarse con lo básico, lo instintivo. Pero aquella era una situación especial.

—En mi casa —mencionó como si nada, cuando terminó de tragar.

Eso, al parecer, llamó la atención de Fran, que se apoyó en la mesa, echándose hacia delante, toda sus sentidos puestos en él.

—Tú nunca llevas a nadie a tu casa.

Tic-tac. La mecha de la bomba se encendía…

Ellos mismos siempre habían terminado en cualquier rincón o en casa de Fran. Sólo había pisado su piso como amigo, en alguna fiesta o cena informal.

—Él vive allí también. —Alex habló bajito a drede, sabiendo que aun así, Fran escucharía cualquier palabra surgida de sus labios.

Y los ojos se le abrieron como platos.

— ¿Javi?

Alex volvió a asentir.

Boooom!

Tras unos instantes en los que procesó la noticia, Fran se volvió a apoyar en el respaldo de la silla, al tiempo que soltaba un silbido.

—Pero Javi es… es…

— ¿Hetero? Hum, no lo creo. Hace un par de semanas yo habría dicho lo mismo, pero cuando llegué a casa un viernes de madrugada, se me tiró al cuello. —Alex utilizaba un lenguaje y un tono casual, porque sabía que su amigo estaba boquiabierto y…, qué diantre, estaba disfrutando con ello. Por una vez, la  situación era a la inversa.

Fran cogió de nuevo la copa de vino y la vació en tres tragos. Después sonrió.

—Qué calladito te lo tenías. Y yo preocupándome porque estabas poco hablador. Pensaba que ocurría algo más serio, no que estuvieras retozando en el fondo del armario con el cachas de tu compañero de piso.

Alex suspiró, y la sonrisa y el divertimento desaparecieron de su expresión. Enrolló más pasta en su tenedor, jugueteando.

—Ojalá fuera tan fácil —dijo. —  ¿Alguna vez te has liado con alguien que estuviera dentro del armario?

Pretendía ser una pregunta retórica, de las que hacen a uno reflexionar sobre el asunto.

—Sí. Una vez lo hice. Contigo.

¿Qué?

— ¿Qué? Ni hablar. Yo no estaba dentro del armario. Me aceptaba. Sabía perfectamente lo que quería, lo que me gustaba…

—Ya, ya, ya… Le pegabas a todo, lo recuerdo. Pero que lo supieras y lo aceptaras… no significa que no te importara lo que la gente pensara. Te escondías. —Tras una pausa, añadió—: A veces creo que todavía lo haces.

El ceño de Alex no podía estar más fruncido. Por supuesto, como siempre, Fran tenía razón. Con Javi se había escondido bastante. Mucho. Y muy bien. También procuraba ser discreto en el trabajo y en el equipo de fútbol. No era que se escondiera, simplemente dejaba los asuntos de alcoba fuera de esos escenarios.

Sin embargo, no se cortaba un pelo cuando salía por la noche.

—No lo hago. No me importa lo que la gente piense, solo que no lo llevo tatuado en la frente. Lo de Javi es diferente. —Volvió a fruncir el ceño, lleno de pesar. —Ya me ha recalcado en un par de ocasiones que él no es gay, justo después de besarme. —La expresión de Fran imitó a la suya—. A veces me he sentido… joder, he sentido como si estuviera forzándolo o algo parecido. Algo muy feo. Estoy seguro de que tú nunca te has sentido así conmigo.

—No —aceptó Fran. —Nunca.

—Ahí tienes la diferencia.

Fran estaba rumiando, sacando conclusiones y desechando ideas, y Alex casi podía escuchar cómo funcionaba la maquinara en su cabeza.

—Pero, entonces… sí os habéis liado. —Al ver cómo Alex volvía a asentir, continuó preguntando. —Y… ¿hasta dónde habéis llegado, si se puede saber?

Alex soltó una carcajada y luego tragó.

—Eso, Fran, no es de tu jodida incumbencia.

Fran alzó ambas manos, aceptándolo. Estaba en plan guasón y Alex lo necesitaba como amigo  y confidente.

—Vale. Es verdad. Sólo quiero hacerme cargo de la situación para poder entender lo que me dices. Estás muy apagado. No me gusta.

Alex siguió comiendo en silencio durante unos minutos, mientras ordenaba los hechos en su cabeza. Sabía que podía confiar plenamente en Fran, de hecho, jamás se había guardado nada con él; pero en cierto modo, sentía que debía respetar la intimidad de Javi.

A pesar de que en esos precisos momentos pensara que no se merecía ninguna consideración por su parte.

Fran esperaba pacientemente, comiendo también.

—Nos hemos liado. Últimamente, casi a diario, a menudo más de una vez al día.  Sin llegar hasta el final. —Sintió que le ardía el rostro al decir esto. Nunca había dado explicaciones de nada. —Al principio, en un par de ocasiones me llegó a decir que él no era gay casi al mismo tiempo que me metía mano —el semblante de Fran pareció convertirse en granito al escuchar esas palabras—. Ahora ya no lo dice, pero a veces he tenido la sensación fugaz de que… se siente mal al hacer lo que hace conmigo…

—Qué cabrón… —le interrumpió.

—No, no lo es. Está confundido…

— ¿Confundido? Y una mierda —volvió a interrumpirle Fran. Estaba enfadado. —Alguien que saca la mano, te toca el paquete y luego la esconde es un calientapollas. Y tu amiguito tiene toda la pinta… No me gusta la gente que juega así.

Y, aunque Alex sabía que Fran volvía a tener razón, le repateaba en una zona muy dentro de su pecho que insultara así a Javi.

—Las cosas no son tan sencillas. —Su voz denotando enfado.

Se midieron con las miradas durante unos minutos, ambos ceños fruncidos. En el fondo, Fran se preocupaba por él. Sólo que tenía una forma peculiar de mostrarle su apoyo. Nunca se había andado con rodeos y el que fuera tan directo era algo que Alex siempre había respetado y agradecido en él.

Vio como desviaba la mirada y suspiraba.

— ¿Qué haces en mi casa en lugar de con tu chico si tanto lo defiendes? —El tono de Fran era ahora más conciliador.

Alex apartó el plato, desganado.

—Como te he dicho, las cosas no son tan sencillas. —Hizo una pausa, escogiendo las palabras. Él tampoco tenía muy claro aún cómo había terminado llamando a la puerta de Fran para dormir en su casa. —Su padre es… estricto. Ha crecido en una familia conservadora. Yo ya lo intuía, por ciertos comentarios que hacía a veces, por eso intenté que no supiera nada de esa… parte de mí. Pero luego me descubrió y… , bueno, parece que no le soy del todo indiferente —murmuró con sarcasmo. Lo cierto era que tenía miedo de ser sólo la puerta que le abría el mundo gay. —El caso es que cuando por fin parecía que estábamos llegando a algo… todo se ha ido a la mierda.

Alex lo miró, esperando que con eso bastara.

—Sé más claro —pidió Fran.

—Morboso.

—Mucho. —Una cínica sonrisa y un trago de vino acompañaron a la palabra.

—Digamos que hoy, después de pasar una tarde estupenda y muy satisfactoria en nuestro cuarto de baño, sus padres se han presentado en la puerta. —El sarcasmo empapaba cada palabra pronunciada.

De nuevo, un silbido de agravio escapó de los labios de Fran.

—No es la primera vez que vienen, claro. Pero Javi estaba… Bueno, sensible con el tema. Asustado. Mierda, se sentía culpable, estaba nervioso, irascible… La cena ha sido un auténtico caos, fingiendo delante de sus padres y lanzándonos pullas a sus espaldas. O en la cocina.

Oh, sí. En la cocina se había montado la gorda, mientras recogían las cosas de la cena y los padres de Javi se instalaban para pasar el fin de semana en la habitación libre del piso que ambos compartían. El tono había sido comedido, pero las palabras hirientes. Se habían echado en cara muchas cosas y él había perdido la paciencia cuando su compañero de piso le había pedido “como amigo” que, por favor, fingiera que tenía una novia, que trajera a alguien a casa a comer el día siguiente. Desde luego, Javi había perdido el norte; estaba absolutamente obsesionado con que su padre notaría de alguna forma, acabaría sabiendo lo que allí había pasado en las últimas horas.

Que Javi no tuviera el coraje para enfrentarse a sus padres le jodía, pero bien, quizá era irracional por su parte pensar que lo que había entre ellos era algo  significativo, algo por lo que realmente hubiera que arriesgar una relación familiar. Javi sólo estaba experimentando, así que comprendía, aunque le doliera, que no diera la cara por ellos. Pero la sugerencia de la novia había sido el colmo. Y acabó mandándolo a la mierda y diciéndole que se iba a pasar la noche de viernes jodiendo con su supuesta novia.

Se arrepentía de cada palabra. Pero no de haber salido de aquella casa antes de que el fin de semana terminara. No quería imaginar cómo iba a ser si tenía que tomar por referencia las primeras horas.

—Yo soy la “novia”, ¿no? —apuntó Fran bromeando.

Pero la mirada que le lanzó Alex congeló el humor de su compañero de cena.

—Está bien, lo siento. No sabía que te afectara tanto. —Se miraron en silencio los dos. — ¿Te afecta tanto?

Alex asintió lentamente. Luego apartó la mirada, agobiado por desnudarse así, aunque fuera frente a Fran, que lo sabía todo de él.

Su amigo suspiró y volvió a echar el cuerpo hacia delante, buscando intimidad para lo que iba a decir.

—Ese tío es un necio. No sabe lo que tiene, ni lo valora. No todo el mundo tiene un periodo de adaptación, alguien que comprenda sus miedos y sepa esperar o hacer las cosas bien. Pero bueno, eso es algo que tú y yo sabemos de primera mano. —Tras una pausa significativa, continuó en tono más íntimo. —Tampoco tiene ni idea de lo que se pierde al dejarte ir así. No dejes que te hunda; puedo, aunque me cuesta, entender su postura, pero… joder, no tiene catorce años. Tiene que hacerse cargo de la situación, de lo que quiere en su vida. Y tú tienes que seguir con la tuya. Él se lo pierde, ¿entiendes?

Mierda. Alex tenía los ojos húmedos, de modo que parpadeó varias veces, incómodo.

—Vámonos a casa —sugirió Fran.

—No quiero sexo.

Tsé, ni yo, creído. —El tono se volvió más serio. —Haremos lo que tú quieras.

Alex se moría por acostarse a dormir y no despertarse hasta el lunes, como mínimo.

Cuando llegaron a casa, convenció a Fran para que saliera por ahí, era viernes y él no necesitaba niñera. Se iba directo al catre. Aquel le hizo jurar y perjurar que se encontraba bien antes de salir por la puerta.

Una vez solo, fue al cuarto donde se iba a quedar y sacó ropa limpia de la mochila que había traído. Intentó no pensar en si Javi se atrevería a llamarlo al día siguiente o si esperaría a que sus padres se fuesen el domingo. Intentó no pensar en la posibilidad de que no llamara. De que tuviera que ser él de nuevo quien tirara del carro. Estaba más cansado de lo que creía. Se fue directo a la ducha, intentando no pensar en nada en absoluto.

Pero su mente era una bastarda traicionera y, cuando estuvo bajo el chorro caliente de agua, una imagen muy nítida de lo que había pasado bajo otra ducha hacía tan sólo unos días inundó su cabeza con un brillo cegador. Imposible de ignorar. Seguía pareciéndole increíble que Javi hubiese hecho aquello. Y más increíble aún que él le hubiese dejado hacerlo, teniendo en cuenta las circunstancias. Al parecer, Javi tenía ese poder sobre él. El poder de hacerle olvidar incluso su nombre, de barrerlo todo, lo bueno, lo malo, para dejar sólo su mera y brillante presencia.

Alex se veía arrastrado por ella sin redención. Esa… inocencia que Javi desprendía en cada acción y en cada palabra, que perfumaba su piel y envolvía sus risas. Que excusaba sus actos… Esa era la misma que él había tenido  tiempo atrás.

Y era la que anulaba todos sus sentidos.

Por eso, aunque se le habían puesto los pelos como escarpias y un gélido escalofrío había recorrido su columna vertebral cuando Javi lo giró contra la pared en la ducha, se había rendido sin remordimientos.

Por eso, en ese mismo instante, él mismo tenía la frente apoyada en la pared, mientras el agua caliente le recorría la piel, recreando dos escenas de su vida muy parecidas… y muy diferentes. Lo sabía. Se estaba lanzando a la hoguera y se iba a quemar. Era completa y absolutamente consciente de que estaba yendo más allá, de que Javi no tenía nada claro, mientras que él, beso a beso, se había ido colgando más de su amigo. Y “colgarse” era una forma suave de decirlo. La otra palabra, que sin duda lo definía mejor, se la había prohibido a sí mismo.

Y mientras pensaba en todo eso, cerró los ojos y bajó la mano hasta su sexo. Porque, maldito fuera, Javi estaba en todas partes. Pero, sobretodo, estaba detrás de él, suspirando su deseo en su oído y calentándole la espalda con su piel. Besándole la nuca y diciéndole sin palabras tras su discusión, lo que su cuerpo quería. No se había permitido revivir ese encuentro en la ducha durante todo ese tiempo. Le daba pavor. Pero esa noche en la que habían discutido intensamente y se habían separado, se sentía tremendamente solo. Y abrió las compuertas de los recuerdos, dejando a las sensaciones libres en sus sentidos. Mientras se acariciaba con los ojos cerrados y la frente apoyada contra los azulejos, alzó la otra mano hasta la alcachofa de la ducha, mojándola bien, y luego descendió hasta sus glúteos. Dejó que el agua mojara bien la zona entre jadeos y comenzó a acariciarse, centrándose en el recuerdo de Javi e ignorando otros menos agradables. Introdujo un dedo acariciando el lugar que muy pocos habían acariciado y el placer le hizo apretar los dientes. Sus jadeos eran los únicos que se oían en el cuarto de baño mientras se acariciaba y se penetraba cada vez con mayor intensidad, recordando la última vez que había bajado las barreras…

—Javi… —jadeó justo antes de que un potente orgasmo le hiciera temblar entre gruñidos.

♠♠♠♠

Aunque no hasta el lunes, Alex durmió aquel fin de semana mucho más de lo que habría esperado. Estaba cansado, pero lo que realmente le hacía dormir era la apatía.

Como había esperado, pasó todo el sábado y  Javi no llamó.

Lo quería fuera de circulación mientras sus padres estuvieran en casa. ¿Qué pensaba que iba a hacer? ¿Meterle mano delante de sus progenitores a sabiendas de que él no quería? Igual a Javi le preocupaba ser incapaz de resistirse y delatarse él mismo, pensó Alex con ironía.

Pensó en llamar él. Fran se enfadó cuando supo que la mera idea se le estaba pasando por la cabeza.

—Tú eres quien decide, y yo te voy a apoyar. Pero, joder, él hizo mal. Deja que se sienta un poco responsable, al menos…

Y, claro, él pensaba en frío. Y tenía razón.

Qué malditamente frustrante.

Fran no se despegó de él en todo el fin de semana. Quizá porque observaba cómo su ánimo se iba agriando con las horas. Estaba desconcertado, porque nunca antes lo había visto tan preocupado. Salvo, quizá… cuando lo conoció.

Aquella etapa fue oscura.

El sábado por la noche cenaron en casa y luego Fran propuso ver una película con intención de llenar la cabeza de su amigo con otras cosas, al menos, durante un par de horas. Ambos sentados al sofá, con la única luz de una lámpara ambiental y la pantalla de televisión, bebieron cerveza y comieron Doritos. Y alguno se pasó con el líquido ambarino, porque tras terminar la película estaba de lo más hablador.

Alex sabía que la incontinencia verbal que sufría no se debía sólo al alcohol; Fran estaba con él y Javi, no. Cualquier deferencia que hubiera querido mantener para con él se había esfumado con el paso de las horas. Le sentaba bien hablar, le sentaba bien que Fran escuchara. Le sentaba genial sentirse comprendido y consolado por él. Como había sido siempre.

Fran abrió otra cerveza para él mientras escuchaba a Alex descargar, hablaba y hablaba sobre Javi, sobre cómo era su relación antes de que se produjera su primer encuentro. Le confesó que alguna vez había ya pensado en él de forma sexual, aunque había desechado la idea conociendo las convenciones de su compañero de piso. La sorpresa cuando llegó aquel viernes a casa y Javi le besó con tal ansia que le derritió por dentro y terminó de rodillas ante él. Fran escuchó luego sobre los tiras-y-aflojas de la incipiente relación, las discusiones,… Alex hablaba sin cesar y él sólo asentía o preguntaba algo cuando no lo entendía, simplemente para que no dejara de hacerlo, porque, maldito fuera, su amigo era como un jodido compartimento estanco con el asunto de Javi y él sinceramente pensaba que le estaba quemando por dentro.

Mostrarse comprensivo se tornó complicado, no obstante, cuando su amigo le confesó que, en realidad, sí habían llegado hasta el final. El relato de cómo Javi se le había acercado en la ducha le congeló el torrente sanguíneo y le enfureció. Y luego la incredulidad hizo presa en él al saber que Alex le había dejado hacer. Incluso más, el tono que empleaba al contárselo era íntimo e incrédulo a su vez, pero para nada triste o reprobatorio.

Fran estaba mudo.

Conocía la historia de su amigo. Las consecuencias que había tenido aquel suceso lejano en el tiempo les había afectado a los dos cuando se conocieron. Fran se las arregló, aun no sabía cómo, pues Alex se mostraba completamente cerrado, para llegar hasta el fondo del asunto. Se había implicado más de lo meramente necesario en apoyar a Alex porque lo valoraba como amigo y persona, pero también porque había llegado a tocar sus propias fibras sensibles. Sabía que a Alex todavía le afectaba cuando se daban ciertas situaciones, así que hizo lo que casi siempre funcionaba para ambos.

Alex sentía los párpados pesados y tenía la mirada borrosa. Pero la lucidez de sus pensamientos era clara: sabía perfectamente lo que estaba contando, aunque no tenía ni idea de lo que pensaría Fran al respecto. Seguro que lo tomaba por loco, después de todo. De momento, lo había dejado mudo, cosa absolutamente inusual en su amigo, que solía tener réplica para todo. El silencio se extendió entre los dos; normalmente se sentía cómodo con él, pero esta vez le estaba poniendo nervioso. Y cuando ya buscaba frenéticamente algo más que decir (o sencillamente, iba a pedirle a Fran que, por todos los santos, dijera algo), éste se echó hacia delante y lo besó.

Lo besó como había hecho en multitud de ocasiones antes, con la maestría que otorga una vasta experiencia, su lengua pintando la seducción en su boca, arrancándole un jadeo y extrayéndole una respuesta. Alex respondía por propia voluntad, por el reconocimiento de su cuerpo hacia el de Fran que encajaban siempre tan bien y solía ser la promesa de placer absoluto. Por la necesidad de cobijo que siempre le atenazaba cuando algunos recuerdos recorrían sin permiso sus neuronas.

Qué curioso. Esos recuerdos se habían mantenido a buen recaudo cuando lo había hecho con Javi bajo la ducha, y sin embargo, se habían vuelto a esparcir ahora, simplemente contándole la experiencia a Fran.

No podía pensar con claridad, no con la mente abotargada de recuerdos y alcohol, ni con la mano de Fran acariciando con tanta pericia su sexo que sentía que el aire no llegaba a su cerebro como debía. Sabía lo que su amigo quería hacer, se lo iba a ofrecer como otras veces y él aceptaría, porque lo necesitaba, aunque sólo con él… Sólo con Fran. Sus manos desabrochaban botones sin ninguna torpeza, lo cual quería decir que no iba tan borracho como quería creer; Fran estaba tan excitado como él y contuvo un jadeo en cuanto le cogió. Cerró los ojos, tragándose los nervios, porque podía confiar en Fran…

Sin embargo, al hacerlo, otros jadeos mucho más contenidos e inexpertos, unos que le erizaron por dentro cargándole de electricidad, vinieron a su oído desde atrás…

Cortó el enfurecido beso, dejando caer la cabeza.

Javi…

—Espera… —jadeó, aun estando duro como el granito, y puso las manos sobre el pecho de Fran.

Dos vidas en una (II)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

Viene de aquí

Las siguientes semanas fueron difíciles. Una nueva rutina se había instaurado entre ellos. No habían vuelto a tocar el tema y Javi se comportaba de una forma que… le estaba volviendo loco. Había vuelto a los roces casuales, las miradas, las insinuaciones inconscientes, involuntarias. Incluso algún beso. Muy casto.

Alex lo entendía. No se terminaba de lanzar. No era que Javi necesitara empujones a la hora de ligar precisamente, pero eso era con las chicas, un terreno que pisaba frecuentemente, conocía y en donde se sentía como pez en el agua. Con él, sabía que su amigo andaba perdido. Alex tenía los nervios de punta y a menudo se encontraba buscando un minuto de soledad para respirar hondo y recobrar la compostura. No quería presionarle.

Una mañana de sábado estaba preparando café para desayunar antes de salir a correr. Todavía iba con el pijama y oyó los pasos de Javi entrando en la cocina. Al instante, lo tenía pegado a la espalda, abrazando su torso y dándole un pequeño beso en el cuello.

Alex se tensó.

—Buenos días —musitó Javi contra su espalda. — ¿Hay algo de café para mí?

Si no hablaban, o… lo-que-fuera, ya del tema acabaría explotando de una forma poco civilizada. Y su amigo no parecía estar muy dispuesto a tratar su encontronazo.

Apoyó las manos sobre la encimera y habló, sin girarse, en un tono cortante—: Sí, hay café para ti—, del que se arrepintió en el acto.

Javi había notado primero la tensión en los músculos de su espalda cuando había depositado el suave beso, aunque no era nada nuevo: ocurría últimamente cada vez que intentaba un acercamiento. Pero la voz de Alex al responderle hizo que deshiciera el abrazo y frunciera el ceño.

— ¿Qué te pasa?

Alex respiró hondo.

—No me pasa nada —respondió, girándose con la cafetera italiana ardiendo en la mano, haciendo que Javi diera dos pasos atrás mirándola como si fuera un arma.

—Joder, que no.

—Vamos a desayunar.

Alex dejó la cafetera en la mesa y continuó haciendo viajes, sacando tazas y cubiertos mecánicamente. Javi lo observaba en silencio, con el ceño fruncido. Puso tostadas para dos en la tostadora y sacó la mermelada y la mantequilla. Cuando todo estuvo dispuesto sobre la mesa, se sentaron a desayunar en silencio. Ambos se miraban a los los ojos, pero, al parecer, ninguno tenía intención de abrir la boca para otra cosa que no fuera comer.

Javi se arriesgó a pensar. Y pensó en aquello que no se había atrevido durante esos últimos días. Apuró la taza de café y la dejó sobre el plato. Habló sin levantar la vista.

— ¿No te gusta que… me acerque a ti? —Fue un murmullo apenas.

Alex no podía creer lo que estaba oyendo. Se levantó de la silla y empezó a recoger la mesa con inusitada rapidez y eficacia. Joder, era imposible que Javi estuviera preguntando aquello en serio y, si no fuera porque se recordaba asiduamente que debía concederle tiempo y espacio, le habría demostrado en aquel momento lo que le gustaba que se acercara a él. Era increíble que su amigo estuviera tan ciego y el simple pensamiento, la sencilla pregunta, lo sumía más en la desesperación. ¿Qué debía hacer? ¿Dejar salir todo lo que llevaba dentro sin ningún tipo de filtro, sin importar las consecuencias? No. Javi no estaba preparado para eso. ¿Por qué, maldito fuera, era tan inseguro con él? Nunca lo habría imaginado comportándose así con una tía. Se pasó la mano por la cabeza, alborotando el pelo. Luego se giró. Javi lo miraba de pie, junto a la silla.

Suspiró.

—Sí que me gusta que te acerques a mí —murmuró bajito y volvió a girarse para empezar a fregar cacharros.

De repente, lo sintió de nuevo a su espalda y la taza que tenía entre manos resbaló, rompiéndose en mil pedazos. De un pequeño corte en el dorso de la mano comenzó a manar sangre.

—  ¡Joder, Javi! —espetó llevándose la mano a la boca para chuparla.

—Lo  siento.

—No puedes hacer esto —exclamó Alex encarándolo de nuevo.

Ambos se miraban a los ojos. ¿Esto… el qué? ¿De qué estaban hablando? ¿De una taza rota? Todas las palabras no dichas quedaban suspendidas entre ellos, conectadas por sus miradas que iban más allá de lo físico. No importaban las tazas rotas, ni los acercamientos súbitos. Importaban las miradas, las insinuaciones y los roces.

Las erecciones.

Las cosas que quedaban encerradas en cada uno de ellos.

—No puedes buscarme de esa forma…

—Yo no te busco.

—… y luego no hacer nada.

Javi lo miró dolido.

—Eres un creído, imbécil. Yo no…

Alex lo cogió de los hombros y estiró los brazos para alejarlo un poco, porque, mierda, necesitaba espacio.

—Lo haces, Javi. Me buscas. —Hablaba con voz algo más dura de lo que pretendía, pero empezaba a estar al límite. —Me observas cuando me cambio de ropa, te he visto mirándome cuando me estoy duchando…  —El ceño de Javi era cada vez más profundo y su mirada pregonaba tormenta. — ¿Te  pone duro? No lo niegues. A mí sí. No soy de piedra, joder. A veces me miras como si fueras a saltar sobre mí y lo único que haces es… rozarme con el brazo o darme un beso en el hombro. ¿Pretendes volverme loco? —Bien, ahí estaba la explosión. Más o menos.— ¡Joder…!

Soltó sus hombros e intentó apartarse de Javi, pero éste lo agarró del cuello de la camiseta, respirando tan agitadamente que podía ver cómo las aletas de su nariz se movían. Quizá había traspasado el límite. Esperó el puñetazo. Pero no lo que vino.

Javi se lanzó a su boca. Mierda, llevaba semanas deseando hacerlo sin dar el paso. ¿Por qué? No tenía ninguna jodida idea. El miedo al rechazo era sólo una pequeña parte que, además, sabía, era incoherente: Alex lo deseaba. Pero él no era gay. Ahí estaba la verdadera razón por la que no daba el paso.

No podía ser homosexual.

La angustia que lo consumía cada vez que pensaba en ello se disolvió entre lenguas húmedas y tirones de pelo. Alex pegó sus caderas a las suyas y el aliento se le escapó de golpe al notarlos a ambos tan duros como el acero.

—Joder, Javi —gruñó Alex contra su boca, volviendo a besarle con fruición y cogiéndole por las caderas.

Aquello se iba a ir de madre. Dios, cómo lo deseaba.

Pero no.

Separó su boca de la de Alex y se escondió en su cuello jadeando como un bellaco y arrugando la camiseta de su amigo en sus puños apretados.

—Yo no soy gay —susurró muy bajito. Pero sintió la tensión en el cuerpo de Alex al instante y se mordió la lengua por capullo.

Notó como su amigo intentó zafarse de su abrazo, pero él se ciñó más, tratando de impedirlo. Era inútil. Alex estaba muy enfadado y no le faltaba la razón.

Bien. Ve a buscarte una tía, a ver si encuentras lo que quieres —espetó en un tono frío como el hielo en cuanto logró separarse de él. —Yo me largo a correr un rato. —Comenzó a caminar hacia la puerta de la cocina y, antes de salir, se giró un momento y habló con voz dura—: No vuelvas a buscarme a no ser que lo tengas claro.

Y desapareció por el umbral, dejándolo sumido en un estado de angustia y estupor denso como la niebla de Londres.

♦♦♦♦

Alex corría como si se lo llevasen los demonios. En cierto modo, así era. ¿Por qué diablos le has dicho eso? Desconocía si la furia que destilaba por cada poro de su piel iba dirigida a su amigo o hacia sí mismo, pero sabía que era lo que le espoleaba a correr como un maníaco. Sus pensamientos se encadenaban en su cabeza a la misma velocidad. Te habías prometido que le darías espacio, que tendrías paciencia, que serías comprensivo y le ayudarías.

La teoría era perfecta, pensó parando en una esquina a recuperar el aliento, porque era eso o sacar el hígado por la boca. Sin embargo, llevarla a cabo con la actitud que mantenía últimamente Javi era difícil, duro, complejo… imposible. Hacía tiempo que lo deseaba en las sombras, sin ningún tipo de ilusión, pero… después de aquella noche en que su compañero de piso se había lanzado a su cuello y él había terminado arrodillado con su polla en la bioca… No lo negaba: había albergado esperanzas.

Volvió a casa caminando, al tiempo que el abatimiento se iba haciendo hueco en él. No era que Javi se atreviera o no a dar el paso. La cuestión se centraba, se había dado cuenta, en si quería darlo. El último comentario le había herido, no podía negarlo. No porque se sintiera insultado o algo parecido, hacía tiempo que estaba más allá de eso. Le hería porque su amigo renegaba de aquello que les permitía estar juntos. Se resistía a ello. No quería estar con él, aunque todos sus instintos se rebelaran contra esa idea. Javi no se reconciliaba con el hecho de que le deseaba porque, en el fondo…, no quería desearlo.

Déjate de pamplinas. Dale tiempo u olvídalo, no te restriegues en el fango. 

Llegó a casa mucho más calmado, decidido a dejar pasar más tiempo, pero también a intentar hablar con Javi del asunto. Estaba condenadamente seguro de que él no lo estaría pasando bien tampoco.

Cogió ropa limpia del armario sumido en sus pensamientos, y se dirigió al cuarto de aseo. El chorro de agua caliente relajó sus músculos y calmó el frío  de febrero. Se enjabonó la cabeza pensando en el momento del desayuno una vez más. Le fastidiaba y mucho lo  que Javi hacía: tirar la piedra y esconder la mano. Por muy inconscientemente que fuera. No eran ningunos críos, él quería más y sabía que Javi también. Prueba de ello era el beso que se habían dado después y cómo les había puesto el simple roce. También sabía que lo que había dicho luego, “yo no soy gay”, era simple y llanamente la respuesta a la doctrina familiar. Debía agarrarse a eso  en lugar de pensar que era lo que Javi realmente sentía.

Se enjuagó el pelo y el roce de otro cuerpo le sobresaltó. Enseguida quiso  girarse, pero se lo impidieron, y al instante siguiente tuvo todo un cuerpo, piel con piel, pegado a su espalda. Sabía quién era.

Javi.

Joder.

Se le aceleró el pulso. No sabía qué pretendía su amigo ni cómo actuar. Si se lanzaba de lleno era posible que Javi se echara para atrás. Y, por todos los infiernos, estaba completamente desnudo contra él. Su sexo, que había estado semierecto debido a sus pensamientos y el agua caliente, cobró vida al instante. Las manos de Javi se pasearon por toda su anatomía sin ningún tipo de pudor, encendiéndolo, y sintió cómo encajaba su polla entre sus nalgas. Un jadeo escapó de su boca cuando los labios suaves y ardientes de su amigo besaron su nuca. Intentó girarse de nuevo, quería besarlo él también.

No rogó Javi, así… por favor…

¡Dios…!

Vinieron más forcejeos infructuosos que desencadenaron el balanceo de caderas de su amigo tras él. Podría llegar a correrse sólo así, sólo sintiendo cómo Javi se daba placer con su cuerpo. Estaba tan duro como él. Los jadeos de ambos llenaron el espacio y el chorro del agua los mojaba, ahora a uno, ahora al otro, conforme se movían. De repente, su mente hizo clic y por fin entendió lo que Javi necesitaba: quería su rendición; que estuviera quieto y se dejara hacer. Suspiró hondo y se relajó, aceptando, nervioso, la petición silenciosa de su amigo. Javi le apoyó las manos contra los azulejos de la pared, mientras seguía besándole y lamiéndole la espalda, y luego bajó sus manos a su torso, abrazándolo, pegándolo más a él. Alex no podía estarse quieto por más tiempo, echó las caderas hacia atrás, incitándolo, y fue premiado con un gemido que Javi no se preocupó por esconder.

Lo volvía loco. Ser testigo de Javi tomando la iniciativa era algo que le emocionaba muy hondo. Sucumbió a la necesidad de acariciarse y bajó una mano hasta su sexo, pero enseguida la de Javi la apartó y sustituyó. Los gemidos de ambos llenaron el espacio. Alex no sabía qué terreno pisaba, pero dejó de preocuparle en cuanto las sensaciones empezaron a desparramarse por sus terminaciones nerviosas, arrasando con cualquier pensamiento cuerdo. El placer ya se estaba enroscando cual serpiente en sus entrañas, tan cerca… y tan concentrado él en balancear sus caderas ahora contra su mano, ahora contra la polla de Javi, que la sorpresa fue mayúscula cuando lo que notó fue la punta de su amigo haciendo presión para entrar en él.

¡¡¿Qué??!

Se detuvo en seco y forcejeó de nuevo para darse la vuelta y, al menos, que Javi le mirara a la cara, pero era inútil. Un huracán de pensamientos embotó su mente y la punta de Javi le dilató. Jadeos y gruñidos leves brotaban de las gargantas de ambos, preñando el silencio del momento con sonidos de sexo,  un intercambio no verbal. ¿Sabes lo que te haces, Javi? Estaba nervioso e intentó un nuevo e infructuoso acercamiento a su amigo. Supo que era el momento de decir no, si era lo que quería. Sintió, entonces, la mano de Javi moviéndose de nuevo, despacio, en muda súplica, sobre su polla. Se escapó un jadeo de su garganta traidora. Aquel momento, suspendido en el tiempo, no duró más que unos segundos. Lo que Javi le hacía, le torturaba y le volvía loco al mismo tiempo.

La locura pudo más.

Echó una mano hacia atrás y presionó sobre el glúteo de su amigo, instándole a seguir y relajándose, aunque sin poder evitar apretar los dientes, intuyendo lo que venía.

Gruñó y golpeó con el puño los azulejos cuando Javi le penetró hasta el fondo sin dejar de acariciarle. Notó cómo apoyaba la frente en su espalda y luego se dejaba ir en sinuosas embestidas. Alex afianzó su postura y gruñó, las mandíbulas apretadas, con cada acometida de su amigo. Ninguno aguantó demasiado. En cuanto sintió que Javi se corría en su interior entre contenidos gemidos, él tampoco pudo reprimir el orgasmo y eyaculó con fuerza contra la pared mojada.

♦♦♦♦

La casa estaba en silencio. No sabía por cuanto tiempo había permanecido absorto bajo el chorro de agua caliente después de que Javi saliera a trompicones de la ducha y del cuarto de baño, huyendo.

Tampoco sabía si reír o llorar.

Cuando salió del estupor en el que se había sumergido, se había secado y vestido con un pantalón de chándal de algodón gris y una sudadera oscura. Miró la hora y supo que había estado en la ducha solo al menos media hora más. No sabía si Javi continuaba por allí. Fue a su cuarto y lo encontró sentado en el borde de su cama, con la mirada perdida y la cabeza apoyada en las manos.

La puerta estaba abierta de par en par, así que supuso que no le importaba si entraba. No pretendía echarle nada en cara; conociendo a Javi, probablemente se sentiría mal. Pero creía que merecía una explicación. O, al menos, pensaba que necesitaban hablar. Quizá debería haberlo obligado a ello hacía tiempo.

Javi sólo desvió la mirada hacia él durante un instante. Luego volvió a su ensimismamiento.

Ah, no.

— ¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó sin rodeos aunque intentando suavizar el tono.

Javi tardó un poco en responder, y lo hizo en voz baja y sin mirarle.

—Creo que está bastante claro…

Su voz sonaba empapada de culpabilidad y arrepentimiento. Alex no sabía qué decir, porque no pensaba calzarse él el papel de responsable de lo sucedido. Javi era mayorcito.

— ¿Sueles hacerlo así?

La pregunta le sorprendió, pero no hizo como si no supiera de lo que hablaba: ¿sueles hacerlo “así”? ¿Sueles ser pasivo?

Estaba bien que fueran al grano. Javi sentía curiosidad.

—No. —Tras unos instantes, aclaró—: Pero no era virgen.

Vio como Javi asentía levemente y se pasaba ambas manos por la cabeza, nervioso.

—Lo siento —musitó.

— ¿Qué sientes? —preguntó Alex, cruzándose de brazos y apoyando un hombro en la pared. Quería ayudarlo, de verdad que quería, pero parecía que a Javi se le atascaban las palabras y él no sabía qué hacer para que la cosa fluyera.

También había algo en su interior que, instintivamente, le hacía querer mantener las distancias. Mostrarse algo frío. Lo último que le había dicho Javi antes de abalanzarse sobre él en la ducha era que “él no era gay”.

—Esta mañana me has dicho que yo te buscaba, pero que no terminaba de hacer nada. Tienes razón. Lo hago… pero no quiero hacerlo —Alex apretó la mandíbula y Javi inspiró hondo. —Esto es… —hizo un gesto con las manos— completamente desconocido para mí. Además de que, por educación, me está prohibido. —Hizo una pausa. —Por eso lo ignoro, pero siempre termina explotándome en las manos. Como aquel viernes que volviste de juerga y te acorralé en la entrada de casa —alzó la vista para mirar a Alex un instante, pero enseguida volvió a bajarla al suelo. Y luego musitó—: Llevo dos semanas masturbándome pensando en ti, en aquella noche. No me atrevo a hacer otra cosa, aunque lo desee. No puedo lanzarme… lanzarme a la piscina del todo, porque eso sería reconocerlo y… creo que no puedo… aún…

Alex sintió lástima y quiso decirle que él también se había acariciado pensando en aquello. En lugar de eso, le dijo, muy bajito:

—Pero antes te has lanzado. De lleno.

Javi cerró los ojos. Todavía no sabía qué clase de demonio le había poseído para haber hecho aquello. Le avergonzaba terriblemente aunque, joder, lo había disfrutado. Mucho. Pero no era aquel su deseo más oscuro y lo que de verdad le avergonzaba eran la forma y el motivo.

La comisura de su boca se alzó en una media sonrisa sarcástica y llena de auto desprecio.

—Sí, ya lo sé.

A su amigo no le pasaba desapercibida la expresión de hastío. Su enfado disminuyó un poco.

—No es… nada malo. —Le parecía increíble estar diciendo algo así, él, que jamás se había justificado ante nadie ni había dado una maldita explicación sobre su modo de vida.

“Es malo cuando el motivo es tan retorcido”, pensó Javi. ¿Cómo se lo podía explicar? No sabía otra forma que siendo directo. Aun así, las palabras se le agriaban en la boca.

—No lo entiendes.

—Explícamelo.

Javi negó levemente con la cabeza y, un instante después, le dejó con la boca abierta.

—Siento lo que he hecho antes. Creí que haciendo eso, en lugar de lo que…  joder…, lo que de verdad quiero…, me sentiría… Necesitaba sentirme más… hombre  —musitó al final, con la voz rota y avergonzada. Tragó con dificultad y alzó la cabeza para mirar a  Alex. —Soy un idiota.

Alex apretó la mandíbula, esta vez para que no le cayera desparramada hasta el suelo. “Lo que de verdad quiero”. En medio de aquella sarta de estupideces no le había pasado desapercibida aquella puntilla. “Quiere que me lo tire. Yo a él“, pensó con el corazón disparado. También cayó en la cuenta de lo irónico que resultaba el comentario de su mejor amigo. Irónico e hiriente, si no fuera porque hacía tiempo que le resbalaban aquellas cosas. Sin embargo, viniendo de él…

Aunque asqueado, tuvo que preguntarlo.

— ¿Piensas que yo soy menos hombre por lo que he dejado que me hagas antes?

—No —respondió antes casi de que terminara de realizar la pregunta. —No, maldita sea, no… Mira, Alex, yo tengo mucha basura aquí —hizo un gesto tocándose la sien con dos dedos—, sabes de dónde vengo, conoces a mis padres y estoy seguro de que imaginas sus ideas sobre… esto. Antes de sentirte insultado, ponte un poco en mi lugar. —Se levantó, aunque no se atrevió a dar un paso hacia él. Cambió el peso entre los pies, nervioso, al ver que su amigo fruncía el ceño—. Por favor —musitó.

Alex apartó la vista. Le dolía ver a Javi así, pero por norma general, mandaba a los homófobos muy muy lejos. A la mierda, concretamente. Se dio cuenta de que no podía hacer eso con él. No quería.

Recordó la forma más o menos natural en que se dio cuenta de sus gustos sexuales. Aunque causó impacto en su familia, en ningún momento se sintió rechazado por la gente que quería. Debía ser duro para Javi. Más que lo fue para él.

— ¿Cuándo te diste cuenta de que… te gustaban los hombres? —preguntó, volviendo a mirarle.

—Hace poco. Muy poco.

— ¿Conmigo? — se atrevió a preguntar Alex.

—Sí. —Como el silencio se alargó, se obligó a explicarse un poco más—: Cuando te vi en aquella discoteca, con… aquel tío.

Alex asintió, recordando.

—Eres valiente —reconoció, pues se había lanzado más pronto que tarde a por él.

—No. No lo soy. En absoluto. La forma en que antes he… —negó con la cabeza, impotente.

—Olvida ya eso —resopló Alex. No lo decía en serio, por supuesto. Pero ambos necesitaban un respiro.

—Lo dirás de broma, ¿no?  Ha sido mi primera vez…

—Con un tío…

—Con un tío —aceptó.

Alex dudó un poco antes de preguntar. No lo habría reconocido jamás, pero le imponía la respuesta de Javi.

— ¿Cómo te has sentido?

Su amigo tardó algo en responder.

—Bien —musitó. —Muy bien. Creo que yo mejor que tú —insinuó alzando una ceja.

Alex alzó las dos y una media sonrisa se dibujó en su cara.

—No te creas. Aunque es posible que no me pueda sentar en bastante tiempo. —Luego volvió a ponerse serio—. Javi, me ha jodido mucho más que no hablaras conmigo que el… dolor físico, te lo aseguro.

Javi asintió, comprendiendo.

—No sabía… no sabía cómo acercarme a ti. Creo que se notaba todo este tiempo y al final, esta mañana, estabas enfadado… y con razón…

—No quería presionarte. Quizá debí tomar yo la iniciativa, pero… no quería empujarte a nada para lo que no estuvieras preparado.

Javi volvió a asentir. Luego apartó la mirada. Le costaba hablar de todo esto. Entonces, por supuesto, le costaría ir más allá.

—No sé si alguna vez estaré preparado para lo que… lo que quiero que me hagas —terminó la frase rápido y bajito.

Pero Alex le había oído. Oh, sí le había oído. Su sexo dio un respingo en sus pantalones, dando fe de ello y proclamando que él sí estaba preparado.

Sin embargo…

—Ya habrá tiempo para eso.

A Javi se le secó la boca ante el tono lleno de promesas, aunque parecía totalmente inconsciente, de Alex. Sin querer, bajó la mirada hasta el bulto que se le había formado entre las piernas y tragó saliva, apartando la mirada. Su propia entrepierna cobró vida ante el estímulo visual.

Y allí estaban los dos, de pie y empalmados, como dos bobalicones.

Alex sonrió con sarcasmo.

—No apartes la mirada. Mucho me temo que no va a ser la última situación incómoda que vivamos.

Javi también sonrió, agradecido de que Alex salvara el momento con la risa.

—Oh, sí, ya lo estoy viendo.

Ambos estallaron en carcajadas, el ambiente algo más distendido.

(sigue)

Un chico para Mary (II)

deseo

(La primera parte aquí).

No era la primera vez que se lo pedían, ni sería la última. En otras ocasiones, algún cliente la había esperado al final de la noche para realizarle peticiones en su único favor, pero ella no solía mezclar trabajo y placer. Lo había aprendido a puñetazos, literalmente. Se encontró valorando la proposición… Sorprendida por el simple hecho de contemplar la posibilidad. ¿Por qué con él? ¿Iba a saltarse una de sus más firmes normas?

−No tienes dinero suficiente para esto. −El coqueteo en sus palabras, en su  lenguaje corporal, en el tono de su voz era estudiado, intencional y ensayado. Tenía mucha práctica y  estaba disfrutando como hacía semanas que no lo hacía, encerrada en su agrio humor de los últimos días. Leonardo tocaba partes de ella que estaban lastimadas, haciéndolas revivir, y estaba segura de que ni siquiera era consciente de ello.

−El caso es que… −se apoyó en sus rodillas desnudas para acercarse, tocando su piel suave, y bajó la voz −… tengo mucho mucho mucho dinero… −Depositó un beso en sus labios tan delicado como el aleteo de una mariposa. −Pero me gustaría dejarlo  fuera de…. esto.

Estaba presionando. Lo sabía. Había notado el estremecimiento en el cuerpo femenino al acariciar sus piernas y la suave inspiración al rozar sus labios. Se sentía atraída por él y él por ella, y si no estuviera tan a la defensiva se habría dado cuenta ya con una simple mirada. Pero le fastidiaba que hubiera sacado a colación el tema del dinero, como si su deseo fuera una mera transacción comercial. Lo degradaba y se degradaba a sí misma. Como si nadie pudiera sentir por ella algo genuino.

Apretó las manos sobre sus rodillas, conteniéndose para no echarle el sermón. Presionando para que se decidiera…

Mary dejó el vaso sobre la barra y se levantó. Sin dejar de mirarlo, caminó hacia la plataforma redonda que culminaba el escenario en el centro de la sala. Se subió a ella y se asió a la barra, balanceándose un poco con la familiaridad que da el uso continuo. No llevaba el atuendo adecuado (por dios, ¡ni siquiera ropa interior adecuada!), pero la mirada de él, que se acercaba lentamente siguiendo sus pasos, le quemaba. Parecía haberla despojado de capacidad de decisión. Y hacía tiempo que no se sentía así con nadie. Observó cómo él se sentaba en una butaca cercana y dejaba el vaso sobre una de las mesitas. No separaba sus ojos de los de ella y sabía que no se lo pediría de nuevo. Sólo rogaba con su mirada.

Sin darse apenas cuenta, Mary giró una vez alrededor de la barra, centrando su mirada en él de nuevo, observando como se apoyaba en el respaldo. Todo él dispuesto a disfrutar. De ella.

Otra vuelta. Y otra más. Cerró los ojos, dejándose ir, la suave música empapando sus sentidos, embotando su mente. El calor del licor ingerido le alentaba, pero era el fuego que prendía la mirada masculina sobre su piel el que le impedía replantearse lo que estaba haciendo. Simplemente, quería seguir sintiendo aquello, fuera lo que  fuera. Se sacó la camiseta sin mucha ceremonia, mostrando su sujetador de cómodo algodón. Quería provocar la misma hoguera en él.

Y Leo, entonces, se incorporó, apoyando los codos en las rodillas, entrelazando las manos. No supo si por prestar más atención o por esconder el bulto enorme que tenía entre las piernas. Verla moverse, contonearse, con los ojos cerrados, como disfrutando de un lascivo baile −un lascivo baile frente a él− le estaba alterando el pulso. Quizá no era buena idea. Quizá no debería habérselo pedido. Quizá ni siquiera debería estar allí, pensó al tiempo que pasaba una mano por su rostro.

Mary irradiaba sensualidad. Las luces creaban formas de sombras y colores sobre la piel que ella iba descubriendo, lentamente. A veces acariciaba una de esas porciones de piel y Leo se percató de la diferencia… No se acariciaba cuando actuaba frente al gran público. Era un rasgo sutil que a él le afectó desmesuradamente. Aquello era sólo para él. Su baile, su fantasía. Sus ojos estaban pegados a ella, a esos dedos suaves pasando por la piel de su muslo a medida que subía la falda, acariciando su glúteo redondo para colarse levemente por debajo de la tela de las braguitas. El gemido masculino se perdió con la música.  Braguitas blancas de algodón. Joder, su ropa interior. La de verdad. El encaje negro era para los demás. A él le enseñaba lo que le gustaba llevar a ella. Y su sexo apreciaba ese tipo de cosas, porque tuvo que recolocárselo en el apretado pantalón. Luego observó cómo introducía los dedos entre su pelo, soltando el enganche y desparramando una melena de oro y miel por su espalda de seda. Era un pecado comestible e inocente. Le disparó una mirada de un azul cristalino tan transparente que no encajaba con la forma de moverse que tenía. Y aun así, era perfecta.

—Yo también quiero verte —le sorprendió ella, mordiéndose el labio inferior.

Pasaron unos largos segundos hasta que Leo, que estaba fuertemente cogido a los reposabrazos de la butaca, soltó su agarre y, sin desconectar sus miradas, llevó sus manos a la bragueta. Bajó la cremallera del pantalón vaquero tan lentamente que el simple roce hizo magia sobre su sexo y tuvo que contener un gemido. Por la abertura, extrajo como pudo su miembro pulsante y más que duro. Le dio un par de pasadas con la mano, moviendo la piel y sintiendo el placer de la caricia, volviendo a apoyarse en los reposabrazos de la butaca. Dejándole espacio a ella para que lo observara a placer. Para que viera qué era lo que le hacía.

Mary apretó las piernas. Verlo ahí sentado, expuesto para ella, completamente vestido a excepción de su miembro duro le provocaba descargas entre las piernas. Pequeñas y placenteras. Era grande y sedoso. Terso. Acariciable. Aquello se estaba saliendo del cauce, comprendió, pero lo estaba disfrutando y su humor macilento de los últimos días había desaparecido. Se sentía adorada y el sentimiento era como una adicción.

—Más —le pidió.

Una comisura se alzó en la boca de Leo, apenas visible, pero lo hizo inmensamente más atractivo. Se incorporó y se sacó la camiseta por la cabeza, dejándola caer al suelo con un movimiento natural y volviendo a apoyar su espalda en el respaldo. Su mano fue a parar a su pecho y trazó un camino lento y descendente hasta topar con la cintura del vaquero. Desabrochó el botón y… dejó la mano sobre su muslo. Agarrando fuertemente la tela.

Quién estaba haciendo el estriptis a quién, se preguntó Mary escondiendo una sonrisa.

—Más —volvió a pedir y, esta vez, a Leo se le escapó una carcajada tan sincera que le aceleró el pulso en las venas.

La mano que se había quedado sobre el muslo se movió hipnóticamente hasta la base de su pene, lo envolvió con los dedos y subió en una larga caricia que le borró la sonrisa de la cara, cambiándola por una expresión de placer. No pudo evitar continuar con las caricias, lentas, perentorias, contenidas, mientras ella continuaba moviéndose alrededor de la barra. Sin separar los ojos de él, lo que le encendía de una forma inusitada.

Mary era incapaz de desviar la mirada. Aquel hombre, Leo, estaba sentado allí, como un banquete de los dioses, acariciándose por y para ella. Sus ojos seguían el movimiento ondulante de su mano. Arriba, abajo, arriba, caricia sobre el glande, abajo… Lento. Comedido. Húmedo… Ella empezaba a humedecerse también a causa del deseo.

Deseo. Se mordió el labio calibrando su respuesta. Era deseo puro y duro. Con otro movimiento fluido, se deshizo de la falda y se pegó a la barra de metal, colocándola entre sus piernas. Ajustó la posición y, mordiéndose el labio, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo. La primera descarga de placer le hizo jadear. Pronto cogió el ritmo y siguió acariciando su centro con movimientos más complejos y sinuosos. Sentía cómo la humedad entre sus piernas iba creciendo, lubricando la zona aun debajo de las braguitas de algodón, al tiempo que giraba y se abrazaba con las piernas a la barra de acero. Había cerrado los ojos concentrándose en su propio placer y cuando los abrió de nuevo para mirarle, le impresionó  lo que vio.

Leo caminaba hacia ella como un enorme felino acechando a su presa. No quería asustarla saltándole encima como una bestia en celo. Pero no había podido soportarlo más. Cuando Mary había echado la cabeza hacia atrás y cerrado los ojos, la expresión de placer lo había sorprendido por completo. ¿Qué demonios estaba…? Un ramalazo de fuego y placer recorrió su columna disparándose directamente en su sexo cuando lo comprendió. Tuvo que detener los movimientos de su mano y cogerse los testículos para evitar correrse. Se quedó absorto, jadeando y contemplando cómo Mary se acariciaba con la barra de metal, sutilmente pero sin esconderse.

No podía más.

Se levantó sin pensar mucho en lo que pretendía hacer. Sólo sabía que tenía que tocarla, que quería formar parte de su placer. Que anhelaba su tacto sobre él. Ella se quedó quieta tras la barra cuando llegó a su lado, los jadeos de ambos componiendo una erótica melodía. Alzó los brazos, pasándolos a cada lado de ella y llevando sus manos hasta el broche del sujetador. Abrazados como estaban, con la barra de por medio, desenganchó la prenda y la fue retirando suavemente, erizando la piel de sus brazos al pasar los tirantes. Así fue como Mary quedó desnuda frente a él, a excepción de las braguitas. Dejó caer la prenda al tiempo que contemplaba con maravillada concentración los senos de piel blanca y suave. Los rodeó, llenándose las manos de sensualidad, sintiendo el tacto, el peso, el balanceo, notando cómo las puntas rosadas se endurecían. Sentía su dolorosa erección palpitar contra el metal. Barra de acero contra barra de acero. La sensación de frío y calor era electrizante. Alzó sus ojos a los de ella, que lo miraba jadeante  y las manos fueron subiendo por su piel caliente, pasando por el cuello hasta tocar los labios. Con una caricia sutil los instó a abrirse e introdujo un pulgar. Mary lo lamió con fruición, y él se volvió loco de imaginar otra parte de él en su dulce boca.

—Quiero que me hagas esto, Mary… —rogó, juntando sus frentes, y ella chupó más fuerte.

El otro pulgar recibió el mismo tratamiento y luego bajó ambas manos a sus pezones, prodigándoles húmedas caricias que hicieron que ella echara la cabeza hacia atrás con un largo gemido. Una vez estuvieron convenientemente mojados, Leo pasó las manos alrededor de los senos y los apretó suavemente hasta que las húmedas cimas quedaron contra el frío metal. Escuchó como lejano el lamento femenino, observando absorto cómo las cúspides se tornaban más duras con el contraste.

−Muévete  −pidió, mientras se lamía los labios, deseoso de posarlos allí donde su vista se fijaba.

Ella obedeció, más por propio deseo que por acatar la orden. Comenzó un sutil balanceo arriba y debajo de la barra, acariciando ahora además de su sexo, sus pezones. El placer era líquido precipitándose por sus venas, disparando su pulso y su respiración.  Las sensaciones cada vez más intensas, creando espirales de gozo que la iban sumiendo poco a poco en un estado extático, pero conforme iba ascendiendo la sinuosa senda del deleite, trocitos pequeños de su consciencia iban despertando y tomando el control. ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué jugaba? Ella no era así, no hacía las cosas por despecho. Empezó a sentirse sucia… y justo antes de alcanzar la cima, se detuvo en seco, fuertemente agarrada a la barra de acero. Su respiración salía alterada y sentía el rubor en sus mejillas.  No se atrevía a alzar la mirada.

−¿Qué pasa, Mary? −le llegaron las palabras susurradas empapadas en desconcierto.

¿Qué iba a decirle?

−Yo… no soy así  −respondió, negando levemente con la cabeza.

Un dedo suave se apoyó en su barbilla en una caricia y le alzó el rostro. Pasaron unos segundos en que se miraron en silencio. La expresión de él cambió sutilmente.

−Así… ¿cómo? −inquirió. Aunque por su gesto, intuía de qué se trataba…

−No hago esto con desconocidos −contestó, molesta, al tiempo que se agachaba para recoger el sujetador del suelo.

Pero él la agarró del brazo y no dejó que se apartara.

−Mary, mírame. −Cuando logró que ella lo hiciera, continuó−: Estoy aquí, con mi poll… joder,… mi sexo al aire, completamente duro… por ti. Estoy excitado y deseo las mismas cosas que tú.  Quiero que me toques y me muero por tocarte −arrastró una caricia por el costado de su seno−, por besarte y lamer cada hueco de tu cuerpo  −la lengua jugó en su oreja, a través de los susurros. −Te deseo con la misma fuerza… o más, que tú a mí −empujó su  erección contra ella, hasta que su respiración le aseguró que le notaba. −Así que… no te escondas…  No me… dejes así… Quiero darte placer, no sólo que me lo des tú a mí…

Leo la besó, temblando por dentro de anticipación, rogando porque no se echara atrás ahora que estaban tan… cerca. Su sexo pulsaba contra el suave vientre de ella, anhelante de caricias y cuando sintió la mano de ella rozándolo, envolviéndolo, una gota brotó de su punta mojándolos a los dos.

−Espera −atenazó su muñeca, deteniéndola al borde mismo del precipicio. Con manos temblorosas, colocó a Mary justo como había estando antes de su pequeño ataque de conciencia. Las manos sobre la barra, algo por encima de su cabeza, y las piernas a ambos lados del mástil de metal. −¿Me harías un favor? −murmuró en su oído. Ante el gesto expectante de ella, continuó−: Sigue con lo que hacías antes. Quiero verte… llegar así… Yo te ayudo… −Colocó de nuevo las manos alrededor de sus pechos y esta vez los humedeció con la lengua, primero uno, luego el otro, para rozarlos alternativamente con el metal frío.

La voz melosa y oscura de Leo podría convencerla de que danzara sobre ascuas procedentes del mismísimo infierno, reflexionó Mary, su último pensamiento coherente antes de desconectar la capacidad de juicio. Se movía de nuevo contra la barra, sintiendo la presión sobre su clítoris y las pasadas húmedas y calientes alternando con el frío sobre sus pezones. No iba a tardar mucho en responder a su demanda, su bajo vientre se agitaba ya con el oleaje lascivo, sus entrañas comenzando a contraerse. Su amante arrastró su lengua hacia arriba, erizando la piel con la punta húmeda hasta llegar a su cuello. Se separó y miró. Y el brillo salvaje que vio en sus ojos le hizo apretar las piernas en torno a la barra, incrementando la presión, aumentando el roce para…

Joder, Mary… podría correrme sólo con mirarte…

…saltar en mil pedazos, desvanecerse en millones de rayos que atravesaron su cuerpo como agujas de placer que irradiaban en todas direcciones desde su sexo. El orgasmo la dejó jadeante, arrasada. Aquello estaba bien, porque Leo le hacía sentirse bien. No estaba simplemente siendo usada. Él ni siquiera había acabado… aún.

Giró despacio alrededor de la barra hasta que se colocó entre ésta y Leo, de espaldas a él. Su trasero apoyado en la abultada ingle, la tela blanca de las braguitas de por medio. Sintió el respingo de él cuando rozó su sexo. Le gustó y lo volvió a hacer: comenzó un sutil balanceo de caderas contra su miembro duro y fue recompensada con la respiración agitada de Leo sobre su oído.

—Mary…

La abrazó desde atrás, una mano sobre sus pechos, masajeándolos y acariciando sus puntas tersas. La otra mano viajó ávida hasta colarse por debajo de las braguitas y desplegó su magia sobre su clítoris. Comenzó así un baile íntimo entre los dos, moviéndose acompasados, dando y recibiendo placer, acelerando ambos pulsos y acompañándose con los gemidos contenidos. Pronto dos dedos masculinos estuvieron entrando y saliendo de ella, con la misma cadencia que sus embestidas desde atrás, el talón de la mano acariciando su centro sin parar. Mary creía que iba a desfallecer, él no había mentido cuando había dicho que quería complacerla. En absoluto.

Cuando estaba a punto de explotar, él paró de repente. Notó cómo apoyaba la frente sobre su hombro unos segundos, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Un sonido de papel rasgado. Después lo sintió manotear sobre su trasero y luego su pene resbalando a lo largo de toda su hendidura, tras haber apartado la tela blanca a un lado. Un envite, dos…

—Quiero estar dentro de ti. —Tercer envite… atrás… —Sentir cómo te corres a mi alrededor… —Otra lúbrica embestida… y su retirada… —Correrme dentro de ti —Las últimas palabras, un gruñido… y otra embestida húmeda a lo largo de su sexo. — ¿Me dejarás, Mary? Estar dentro de ti…

Lo sentía latir entre sus piernas, fuerte, caliente, duro, seda envolviendo acero… Ella misma pulsaba con la misma necesidad, al borde del orgasmo. Una leve inclinación, un sutil cambio de postura y él empujó toda su longitud ardiente en su interior con un gruñido desgarrando su garganta.

Lo que vino después fue la locura. Mary se afianzó bien al mástil de acero para soportar la intensidad que Leo imprimía a sus acometidas. La penetraba tan profundamente que tocaba partes muy ocultas de su interior, y no sólo físicas, para salir luego casi completamente, sus caderas moviéndose cual pistones bien engrasados. Ella no necesitaba más. Su sexo se contrajo una, dos veces… mil veces más… Espasmos del gozo más puro que había sentido nunca y luego… la lluvia.

Él eyaculando placer, palpitando dentro de ella en llamaradas vehementes que arrancaron gemidos agónicos de ambas gargantas. Mary se hubiera caído al suelo de no estar sujeta a la barra con sus manos y abrazada por él desde atrás. Sus piernas eran de gelatina y sus ojos de agua.

Leo la escuchó suspirar y la apretó más contra sí. Salió de ella despacio, sin querer abandonar aquel santuario, rogando porque le fueran permitidas más visitas. En un movimiento fluido, la cogió en brazos, cargando su cuerpo delicado, y se sentó en la butaca que hubiera utilizado antes, con ella en su regazo.

Permanecieron así durante mucho tiempo, cada uno perdido con sus propios demonios. Mary hacía muy poco que se había auto convencido de que no habría chicos para ella y no quería confiar. Temblaba como una hoja joven sólo de pensarlo. No quería volver a enamorarse. Nunca más. Y más lágrimas se deslizaron por sus mejillas con el funesto pensamiento. Leo las percibía y apretaba los dientes. Mary no le dejaría entrar, aunque le hubiera permitido la entrada física a su cuerpo. Las barreras que notaba eran sólidas e insensibles. No podía enamorarse de ella. No quería…

A pesar de los pensamientos tenebrosos, pronto cayeron ambos en un sueño profundo y apacible. Desnudos a medias y abrazados sobre una usada butaca de un club de estriptis. Nadie les molestó…

Terreno Prohibido (25)

Sergio estaba nervioso, tenía que reconocerlo. Le costaba, eso sí, porque hacía tanto tiempo que no se ponía nervioso por una chica que… de hecho, no lo recordaba. Quizá fuera esta la primera vez. Lo cierto es que sus manos jugueteaban con las llaves de la moto sin parar, mientras el casco y él mismo estaban apoyados sobre ésta. Observaba con apariencia impasible a los muchachos a la salida de clase a las puertas de su antiguo colegio de secundaria. Ahora, los más mayores eran de la edad de Lisbeth y él les sacaba ya cuatro años. Y parecía que hiciera dos días que él hacía el gamberro con Fran entre aquellas paredes, pensó negando con la cabeza. El recuerdo de Fran le hizo sentir tristeza, de repente.

No sabía exactamente qué hacía allí y era eso lo que lo tenía de los nervios. Llevaba casi tres semanas sin ver a Lisbeth, aunque hablaban casi a diario a través del ordenador. Él ya había terminado los exámenes finales de su curso y a ella le quedaba sólo una semana más. Era un ínfimo esfuerzo. Pero, al parecer, no era capaz de hacerlo.

Era un capullo.

Hacía dos días, en una de esas conversaciones a través de la red, ella se había excusado diciendo que tenía que irse porque había quedado con Alex para estudiar. No Marian, ni Alexa, ni Bárbara… ni siquiera Alejandro, sino Alex. Un nudo se había apretado en sus tripas y se sintió como una sabandija porque no tenía ningún derecho. Él no se había encargado de dejar clara su postura, principalmente porque no tenía ni idea de cuál era esta en realidad, y tampoco se había preocupado por darle explicación alguna sobre lo que había pasado en la roca de la playa, aquella noche. De hecho, él la había dejado, allá, en Saint Rocke’s. Y no habían hablado de ellos dos desde entonces. Sencillamente, lo había pospuesto para cuando pudieran estar cara a cara, cuando ella no tuviera que dar el cien por cien en los estudios. Era consciente de que lo que tenían ahora era una bonita, maravillosa… e imperfecta amistad. Imperfecta, porque, maldita fuera, él quería más. La conocía desde que era una cría de pocos años de edad, era cierto, pero tenía la sensación de que había sido durante estos últimos meses, en especial durante sus conversaciones a través del ordenador, cuando la había conocido de una manera más íntima. Y no se había dado cuenta del sentimiento de posesión que lo embargaba en cuanto a ella se refería hasta que Lisbeth había mencionado, de pura casualidad, que había quedado con otro chico para estudiar.

¿Y por qué no?

Era absolutamente libre de quedar con quien quisiera, para estudiar o no. Se había dado de bruces con esa realidad y no le había gustado en absoluto la sensación. La primera reacción se había dado al día siguiente, es decir, anoche. La había llamado por teléfono. Quería escuchar su voz, oh joder, cómo lo había necesitado. Y también ver si era capaz de percibir connotaciones que a través de las palabras escritas se perdían. La cercanía o la frialdad, la confianza o la mera formalidad. Lo cierto era que habían hablado durante unos pocos minutos ya entrada la noche, cada uno encerrado en su habitación. A él le había recorrido una extraña sensación eléctrica seguida de una agradable laxitud al escuchar su voz a través del aparato. Le había gustado la sorpresa que había mostrado ella y cómo su tono se había vuelto más íntimo cuando él le había confesado que quería oírla.

El cóctel de sensaciones en su interior no hacía buena mezcla. Porque, por un lado, la ansiaba de forma exagerada. Una parte de él quería verla, tocarla y follársela a cualquier precio. Otra parte se arrastraba cual lagartija, sintiéndose peor que un estercolero porque pensaba que no merecía ni rozarla, no sin antes explicarle qué era él: un criajo abandonado por su padre, que tenía problemas de autoestima y que, sin darse cuenta, muchas veces jodía a la gente que se le acercaba demasiado. Y había una tercera parte, la más centrada, esa que estaba empezando a descubrir, que quería quedar con ella, tomar un café y perdirle perdón por cómo la había tratado, explicarle por qué su vida no era fácil, si es que era capaz de hacerlo, e intentar con toda su mejor voluntad, seguir manteniendo aquella especie de amistad que habían forjado esos días con la esperanza de que fuera suficiente para él. Para ambos.

Miró de nuevo hacia la puerta por la que no dejaban de salir estudiantes y creyó verla un par de veces antes de que la verdadera Lisbeth cruzara el umbral. Llevaba el pelo oscuro recogido en una especie de moño bajo y el uniforme del colegio que él mismo había vestido durante sus años allí, solo que la parte de abajo de ella consistía en una falda que, ahora se daba cuenta, Lisbeth había recogido para que fuera varios centímetros más corta. Sonrió al percatarse del detalle por primera vez y meneó la cabeza, pensando en todas esas cosas que había tenido siempre frente a él y de las cuales no se había percatado. Lisbeth sostenía una carpeta y un par de libros contra su pecho y, en ese momento, reía despreocupada. Mierda, nada de faltas cortas… era esa risa lo que mantenía sus ojos fijos y su corazón bombeando como un loco. Luego se percató de que iba charlando con su amiga Alexa a un lado y con un chico moreno al otro. ¿Sería el tal Alex? No te comportes como un crío, maldita sea. Pero en ese momento, vio como Lisbeth volvía a reír y cogía el brazo del chico y tuvo que apartar la mirada, mordido por los celos.

Cuando volvió a alzar la cabeza, ella lo estaba mirando fijamente. Vio como intercambiaba algunas palabras más con sus amigos y después se despedía de ellos. Parecía sorprendida cuando comenzó a caminar hacia él. Él mismo lo estaba.

—Hola —saludó, sin saber muy bien qué más decir.

—Hola. —Durante la breve pausa que hizo ella, lo miraba a los ojos con esa mirada limpia y azul, tan directa. — ¿Te has perdido?

Sergio sonrió de medio lado y negó con la cabeza. Ella también sonrió. —Me alegro de verte —dijo más bajito.

—Yo también. —No sabes cuánto. — ¿Tienes un rato? Me gustaría llevarte a un sitio —propuso, al tiempo que cogía el caso y se lo ofrecía, rogando porque aceptara.

Lisbeth asintió, aceptando y él tomó aire en un profundo y mal disimulado suspiro de alivio, lo que hizo que ella sonriera. Cogió el casco y se lo puso, al tiempo que le daba la carpeta y los libros. Cuando lo tuvo todo colocado, subió a la CBR y la arrancó; después la ayudó a ella a subir detrás y partieron. Sergio se sentía eufórico con sólo sentir sus brazos a su alrededor, envolviéndolo desde atrás. Oh sí, cuánto la había echado de menos…

Lisbeth se relajó por fin cuando abandonaron la ciudad, reposando sobre la espalda de Sergio. Había algo muy íntimo en ir subida en la moto, abrazada a él. Era un momento de sosiego, de contacto físico sin palabras. De paz. Lo necesitaba. Cuando había atisbado por el rabillo del ojo aquella moto negra se le había acelerado el corazón y casi sale dando botes por la boca cuando vio al dueño, vestido completamente de negro, apoyado sobre ella como si nada.  Los nervios prendieron en ella como la pólvora. Y ahora volaban por el asfalto, los dos en silencio con el viento pegándoles en la cara, abrazados y Lisbeth se permitió creer un poco más en esa especie de equilibrio por el que paseaban plácidamente desde hacía unas semanas. Ni si quiera se planteaba a donde la llevaba él.

Si no hubiera ido tan sumida en esa sensación de letargo, seguramente habría adivinado hacia donde se dirigían. Lo supo, sin embargo, en cuanto Sergio detuvo la moto.

De día se veía ligeramente diferente, aunque el encanto del lugar seguía siendo el mismo. Se quitó el casco y anduvo unos pasos, permitiéndose disfrutar del paisaje. El mar estaba sereno, casi como una balsa, y las leves olas lamían la orilla suavemente. El sol destellaba en su superficie verdiazul y el olor a salitre le abría e impregnaba los pulmones. La cala estaba absolutamente desierta, a pesar de que ya era tiempo de baños de agua y sol. Suspiró hondo y miró hacia la pared de roca que quedaba a su derecha. Sergio apretó los labios a su espalda, pero no dijo nada.

— ¿Por qué me has traído aquí? —Una pregunta llana, sin animosidad alguna. Se giró para poder mirarle.

Él se encogió levemente de hombros y luego miró hacia la roca también.

—Pensé que, si te traía aquí, hablaríamos por fin de… esto —murmuró, mientras abrochaba y desabrochaba las cintas del casco con manos nerviosas.

Elisabeth asintió.

— ¿Por qué ahora? —quiso saber.

—Porque creo que tú necesitas oírlo y sé que yo necesito decírtelo.

Vas al grano, pensó Elisabeth. Y estaba en lo cierto, ella había necesitado oírlo durante todo este tiempo, por mucho que hubiera encubierto esa quemazón. Se giró y caminó hacia aquella parte de la playa, donde el suelo también era de piedra. Recordaba esa noche con punzante claridad. La mirada enrojecida que había visto en él antes de subirse a la moto y que le había trastocado el ritmo de su pulso. La velocidad mientras iban hacia allí y luego los gestos contenidos. La acuciante necesidad de abrazarlo, aunque no supiera qué era lo que ocurría.  Después, ese instante en que él intentaba tomar lo que necesitaba y ella no podía ser lo que él quería. Y luego… el sexo desatado… y dulce al mismo tiempo. Algo había hecho clic ahí, porque después de eso, Sergio se había vuelto loco. Había hecho acusaciones que no entendía y ella se había quedado muda, sin saber qué decir. Sin saber llegar a él…

—No fui demasiado cuidadoso ahí —murmuró Sergio a su espalda. Le había seguido hasta aquella especie de terraza de piedra y ella se giró para verlo. Tenía el ceño levemente fruncido y sus ojos verdes la miraban con intensidad. —Lo siento —susurró.

—No lo entendía…

—Lo sé. Joder, lo sé…

—…me habías dejado, allá en Saint Rocke’s, y luego, de repente, esto…

Sergio apretó la mandíbula al percatarse, otra vez, de cuántas formas la había cagado. Negó levemente con la cabeza y desvió la vista hacia el mar.

—Tu hermano me retiró la palabra por “haberme tirado a su hermana” —tragó saliva. —Estuve en tu casa. —Ella abrió más los ojos. ¿Cuándo? —Un par de noches después de volver, cuando me había cansado de llamar a Fran, cuando me di cuenta de que me evitaba, no importaba cuál fuera la vía de contacto, me planté en vuestra puerta con intención de hablar con él y solucionar lo nuestro de una vez por todas. Me abrió Janna y, cuando pregunté por él, me dijo muy amablemente que no podía atenderme en ese momento. —No le mencionó la mirada de lástima mezclada con cariño que la ama de llaves le había dirigido. —Me sentí como la mierda… Ya no soy bienvenido en tu casa.

—Mi hermano es un capullo. Yo tampoco hablo con él.

Él la miró.

—No deberías hacer eso. Al final él tenía razón: me he portado como un cabrón contigo.

—Ya sé que no aprecias en absoluto mi gesto —refunfuñó ella, algo dolida—, pero no es solo por ti. No soporto que me controlen o que se metan en mi vida. No sé qué derecho cree que tiene…

Sergio no pudo evitar sonreír.

—Mi valiente chica, defendiendo lo que cree justo… —Las palabras salieron con cierto toque de humor. Luego le tocó el brazo y habló más serio—: Y claro que aprecio el gesto. Más de lo que imaginas. Aunque no lo merezca.

A ella se le puso el vello de punta con el roce y se miraron a los ojos por unos segundos. Aquello sonaba a confesión no consciente. Quiso aligerar el ambiente.

—Esta playa es preciosa  —dijo observando el agua. — ¿Sueles venir mucho?

—Vengo muchas veces. Solo —aclaró mirándola de reojo. —Lo de aquella noche fue una excepción… Este sitio me transmite serenidad y vengo cuando quiero pensar… o no pensar en absoluto.

Era simplificar mucho. Allí había llegado a veces contrariado y había logrado serenarse fumando algo mientras miraba la luna sobre el mar. Otras veces, había llegado tan cabreado que se había dedicado durante un buen rato a lanzar piedras al agua con toda su fuerza, en pobre sustitución de lo que en realidad quería hacer, que era devolverle los golpes a su padre. Y otras veces sólo había acudido allí para estar tranquilo, para desacelerar su vida desenfrenada.

—La otra noche… ¿qué buscabas? —escuchó que ella preguntaba con una nota de incertidumbre. ¿Echar un polvo furioso? ¿Volcar sobre alguien toda tu basura? ¿Deshacerte de la frustración presionando a otra persona? Ella no había hecho ninguna de esas preguntas, pero éstas rebotaban en la cabeza de Sergio igualmente.

Esa nota de inseguridad en la voz de ella lo torturaba, porque sabía que él era el origen y que ella no debería sentirse así. También era consciente de que de su respuesta, dependía todo un universo de reacciones, y, mierda, él era condenadamente malo con las palabras, pero iba a intentar explicarse y, al menos, ser sincero. Se lo debía, aunque les doliera a ambos.

—No sé qué buscaba, Lisbeth —reconoció. La rodeó y se apoyó en una elevación de piedra que tenía la altura justa. Ella lo imitó y se sentó a su lado. Siguió hablando mirando al frente. —Si piensas que lo único que quería era follar… duro, que no me importaba nada en absoluto más que eso… no te falta razón. Aunque no quería que fuera contigo. —Negó con la cabeza y una sonrisa amarga en la boca al darse cuenta de que lo único que hacía era  meter la pata más todavía. —En realidad, cualquier cosa me valía. Drogas, alcohol, sexo, peleas… Es lo que siempre he hecho…

—Tú no eres así —musitó ella.

—Oh, claro que sí. Mi vida no es fácil, ya te lo dije. Crees que me conoces, pero sólo ves lo que soy en tu casa. Siempre habéis sacado lo mejor de mí, he jugado a ser la persona que no soy, a imaginar lo que podría haber sido mi vida si… Si mi padre se hubiera quedado con nosotros. —Carraspeó, porque la voz le había salido completamente rota al final. —Cuando estaba allí, podía dejarme llevar, simplemente. Por eso me jodió tanto que Janna no me dejara entrar la otra noche.

Elisabeth tragó saliva, pero siguió mirando el suelo. Estaba segura de que si lo miraba él notaría lo que sentía en ese preciso instante y que no sería bien acogido. Por dios, ¿dónde estaba el Sergio de los últimos días? El de las risas y las bromas, el de las palabras mordaces…

—¿Por eso me llamaste? —dijo en voy muy baja.

Él permaneció en silencio durante minutos y Elisabeth pensó que no le había oído o que no pensaba responderle cuando habló.

—No.

Las palabras se atascaban en la garganta de Sergio, negándose a ser pronunciadas. Todo su ser se cerraba cuando se trataba de hablar de Paul… y de lo que le provocaba. Pero no necesitaba contarle su vida en verso para pedirle perdón. Aunque era consciente de que lo que iba a decir no iba a sonar del todo bien. Tragó saliva antes de hablar.

—Yo… me vuelvo un poco loco cada vez que Paul —carraspeó—, mi padre, viene a vernos —confesó, avergonzado. Reconocerlo ante ella era una de las cosas más difíciles que había hecho por propia voluntad hasta ahora. —No lo llevo bien, nunca lo he hecho. Desde que tengo memoria he buscado vías de escape, cualquier cosa que me hicera no pensar. —Enmudeció.

—Entiendo. —Elisabeth no tenía un pelo de tonta. Todo lo que le estaba contando Sergio ella lo había presupuesto aquel día, aunque no tenía ni idea de qué era lo que había encendido la mecha. Ahora sabía que había sido el padre de Sergio. ¿Qué le hacía ese hombre?

Sergio alzó la cabeza, quemándola con la mirada.

—¿Qué entiendes?

—Fui tu vía de escape.

Él asintió, despacio. Medio sorprendido de no ver la censura o el asco que esperaba en su expresión.

—Siento todo lo que pasó aquella noche. Es algo que lleva quemándome por dentro desde aquel día —afirmó mirando de nuevo al frente. —No quería hacerte daño y creo que te lo hice. Física y emocionalmente. Estaba fuera de mí y tú no tenías la culpa —rió agriamente—, ni siquiera sabías de qué iba la cosa. Me descargué contigo. —Hizo una pausa—. No debí haberte llamado, pero… Joder, me daba miedo ponerme ciego de cualquier cosa. Ya he estado en ese abismo y… —Calló cuando sintió la mano de ella sobre su antebrazo.

—Déjalo, Sergio. No me hiciste daño —él la miró, con el entrecejo fruncido, incrédulo—, no lo hiciste —repitió ella. — ¿Crees que me violaste o algo por el estilo?

—No violarte. Pero sí te forcé a ello…

Ella lo miró a los ojos y vio que de verdad lo pensaba. Para aligerar la atmósfera y aquellos atormentados iris verdes, soltó un comentario mordaz.

—Dudo que tú hayas tenido que forzar alguna vez a alguien en tu vida. —Consiguió que él aflojara la expresión y sonriera de medio lado. —¿Crees que yo estaría aquí ahora si eso fuera cierto? Ni siquiera por ti, chaval.

Sonrió ante la pequeña pulla y luego hubo otro lapso de tiempo que transcurrió en silencio. Sergio sabía que ambos estaban rememorando aquel momento. Hizo una mueca. Había más.

—Pensé que sólo querías echar un polvo conmigo —dijo. —No me habría importado en otro momento —reconoció con sorna—, pero ahí se me cruzaron los cables.

Vio como ella se mordía el labio.

—Lo sé. —Sonaba dolida. —Eso sí me hizo daño. —Estaba dolida. —Todo lo que me dijiste después, me hizo sentir fácil. No soy de las que deja a cualquiera que se meta en mi ropa interior. Pensaba que lo sabías —dijo mirándolo a los ojos, cuando él se acuclilló enfrente de ella, apoyándose en sus rodillas.

—Lisbeth, soy un cabrón, te lo he dicho antes. Sé como eres, lo sé. —Negó con la cabeza. —Toda la… basura que salió de mi boca no es cierta. Yo… —suspiró, frustrado por su limitada capacidad para explicarse—, mira, sé que todo el mundo cree que tengo suerte porque… tengo cierto éxito con las tías, pero en el fondo, lo único que quieren es… domar al chico malo. Es lo que soy y pensé que tú… joder… Lo único que es cierto es que me entregaste tu confianza… y yo no confío en nadie. —Sabía que, quizá, podía estar haciéndole daño con esto ahora, pero, por alguna razón, necesitaba ser sincero con ella.

—Puedes confiar en mí —musitó Elisabeth, enredando la mano en su pelo y obligándola a mirarla de nuevo.

Sergio dejó escapar una mezcla entre risa desganada y resoplido. Luego, en un tono que quería restar seriedad, dijo:

—No sé hacerlo…

A ella la respuesta le decepcionó. Sintió que Sergio se cerraba a ella de nuevo, que sólo había abierto una pequeña ventana, le había dejado ver algo de su interior, y luego la había cerrado con firmeza.

Sergio se percató de la expresión de ella. Ojalá pudiera, Lisbeth. Pero no es sólo el miedo aque rechaces lo malo que hay en mí. Es muy probable que me vaya a miles de kilómetros y es mejor dejar las cosas así…

—¿Me perdonas? ¿Por todo?

—Te perdono por lo que me dijiste después de… ehhh… el sexo —sintió cómo se sonrojaba levemente—, si tú me perdonas a mí. —Sergio arqueó una ceja. —Te llamé gilipollas y cobarde —aclaró ella.

—Te juro que no lo recuerdo —dijo él tras unos segundos, con media sonrisa—, pero seguro que fue merecido.

—Venga ya —ella le dio un manotazo en el hombro—, un perdón por otro.

Él le ofreció la mano.

—Trato hecho.

Se estrecharon la mano con sendas sonrisas sutiles en la cara y Sergio se alzó en toda su estatura.  Te voy a echar de menos, pensó y un nudo se apretó en su pecho.

—Me encanta hablar contigo… —Se refería a las semanas anteriores y la sonrisa de ella se ensanchó—. Lo digo en serio… Es fácil picarte… ¡Ouch! —gimió ante el puñetazo que le propinó ella en el pecho.

—Claro, esa es tu meta en la vida…

Sergio reía a mandíbula batiente y ella frunció el ceño. Aunque le duró poco, porque verlo reír así era algo completamente absorbente y contagioso.

—No te enfades… Me gusta picarte, sí, es divertido. —Se acercó a ella, sus cuerpos casi rozándose. — Tú también sabes picarme a mí y eso sí que no es fácil…

Ella alzó un poco el rostro para poder seguir mirándolo y ambos sonreían. Qué mala idea.

—¿En serio? ¿Te hago rabiar? —La voz bajó un par de tonos.

—En serio. ¿No lo sabes? —Esto no está bien, pero, joder, qué ganas tengo…

Elisabeth apoyó las manos en sus hombros cuando él se acercó un poco más, para frenarlo y para… tocarlo. Sentía que el acuerdo tácito de tregua peligraba vehementemente.

—Sergio…

Pero él la calló con sus labios. Sólo un beso. Quiso un poco más y lamió su boca, pasando aquella bolita metálica por todo el labio inferior y ella le dejó entrar. Las lenguas jugaron entre ellas brevemente, suaves pero con ansia. Hasta que Sergio terminó el beso y apoyó la frente contra la de ella con los ojos cerrados, las respiraciones de ambos alteradas.

—He echado de menos esa condenada bolita —musitó ella, sin que se le ocurriera nada mejor que decir.

Una enorme sonrisa se dibujó en la cara de Sergio, que se reflejó en sus ojos cuando los abrió. —Cuando quiera, señora —murmuró cerca de su oído y continuó utilizando labios, lengua y piercing desde el lóbulo de su oreja hasta la base del cuello, donde su pulso latía desbocado, dejando un rastro húmedo de piel erizada a su paso. Allí se entretuvo en hacerle perder la razón entre caricias mojadas y calientes, duras y suaves… Elisabeth comenzó a jadear y echó el cuello hacia atrás para darle mejor acceso. Mierda. Había echado de menos la bolita y a su dueño, porque Sergio sabía lo que se hacía. Y ella no estaba segura de querer volver a entrar en aquella espiral. Había disfrutado de veras todas aquellas conversaciones relajadas con él. Pero no podía negar que quería esto. Su cuerpo lo quería.

A Sergio cada jadeo que lograba arrancarle a Lisbeth le acariciaba y tensaba un nervio. Poco a poco, lamiendo y saboreándola, fueron tensándose uno tras otro hasta que estuvo realmente excitado. Joder, aquello no entraba en los planes, pero una vez más estaban tan cerca que se quemaban, atraídos uno al otro como putos imanes. Comenzó a desabrochar los botones de la camisa del uniforme de colegio de Lisbeth y a besar cada porción de piel que descubría. Un poco más… solo un poco…

—Sergio…

Las manos de Lisbeth se crisparon sobre sus hombros cuando abrió la camisa y bajó el sujetador, pero él no sabía si intentaba apartarlo. Sintió los dedos femeninos enterrándose en su pelo cuando se metió un pezón en la boca, acunándolo contra su pecho. Sergio se empleó a fondo, con manos y labios y dio su ración de lengua con piercing también a esa parte de su cuerpo. Si por él fuera, la desnudaría por completo para comérsela entera, pero estaba condenadamente seguro de que ella no querría quedarse en cueros allí, por muy desierta que estuviera la playa. Los jadeos de Lisbeth se convirtieron en gemidos que le arañaban seriamente la cordura. Bajó lamiendo y besando por su vientre hasta su ombligo…

—Sergio… —la escuchó protestar—, no… —aunque no demasiado convencida. Bien, porque él no podía parar. Todavía no.

—Sólo placer, Lisbeth… —dijo con su propia respiración desacompasada—, lo prometo…

Las manos ya estaban en los bordes de las braguitas, por debajo de la falda de cuadros y él la miraba desde abajo, otra vez de cuclillas. Solo placer, nada de peleas, insultos ni oscuras espirales de emociones después… Las bajó, despacio, sin despegar los ojos de los suyos, y se acercó a depositar un beso suave sobre su monte de Venus. A Lisbeth se le velaron los ojos. Sergio era puro sexo y no pudo contener un gemido cuando deslizó la lengua entre sus pliegues y sintió la condenada bolita acariciar su piel. Y ese gemido era, al parecer, lo que había esperado él como señal, porque apartó la vista para concentrarse en la tarea hasta hacerla retorcerse de placer.

Lisbeth no tardó en llegar al orgasmo y él introdujo dos dedos en su sexo para poder sentirlo, al menos, de esa forma. Mala idea. Podría haberse corrido sólo con eso, y estaba seguro como el demonio de que estaba mojando los pantalones ya. Cuando terminó, sacó la mano y chupó esos dos dedos con toda naturalidad. Subió su ropa interior y se quedó unos minutos pegado a ella, ambos jadeando. Luego se levantó, quedaron frente a frente y, por un momento, se comieron con la mirada. Lisbeth le cogió por la nuca y le besó. Un beso hondo, profundo, con lengua y pasión. Sintió su otra mano descender por el costado y tembló cuando, a la altura de la cadera, pasó al frente. Estaba al borde del control y sabía que, si cedía, no se irían de ahí en mucho… mucho tiempo. Y ya le había robado bastante. Le cogió la muñeca y se tragó el quejido de ella.

—Era para ti. No pretendía… —Negó con la cabeza, sonriendo a su pesar.

—Pero…

—Shhh… —Puso un dedo sobre sus labios, cortándola—. Aprende a aceptarlo… —musitó.

Ella lo miró con el ceño levemente fruncido y poco a poco sonrió también.

—¿Gracias?

—Eso es —respondió él sonriendo más. Luego le pegó una palmada en el glúteo a la vez que hablaba—: Y vamos, que tienes que estudiar. Y yo también —apuntó.

Lisbeth se abrochó la camisa de camino hasta la moto y cuando la alcanzaron, Sergio le ofreció el único casco, como la vez anterior. Ella se lo puso mientras él arrancaba la moto y subió detrás. Volaron hasta casa, ella abrazada a Sergio y él con una sonrisa amarga en la cara.

Un chico para Mary (I)

Un estremecimiento de anticipación la recorrió de arriba abajo, como siempre ocurría, dejándole cada fibra de su ser sensible y electrizada. Respiró hondo y atravesó decidida las telas que le separaban del escenario, caminando con toda la determinación que aquellos tacones le permitían. Al llegar a la barra, se agarró a ella y giró con un movimiento estilizado y sensual, comenzando a moverse según la coreografía ensayada.

Hacía tiempo que había aprendido la técnica para no sentirse intimidada cuando trabajaba. No era extrovertida por naturaleza, por lo que subirse a un escenario para quitarse la ropa al ritmo de una canción mientras cientos de ojos se posaban sobre su cuerpo desnudo había supuesto un problema al principio. Pero no tenía otro remedio. Así que lograba abstraerse centrándose en la música y evitando mirar directamente a nadie. La sala estaba en semipenumbra, un montón de lamparitas de luz tenue esparcidas como luciérnagas en la noche, por tanto no le resultaba complicado no ver lo que no quería. Un foco enorme desparramaba luz por su piel descubierta, fabricando ilusiones de sombras que se movían sobre ella al son de la canción. Los movimientos eran sensuales, pero estudiados. Sabía lo que gustaba y lo ejecutaba con precisión, aunque sin que pareciera forzado en absoluto. Sonreía. Parpadeaba, abanicando con sus largas pestañas. Insinuaba antes de desprenderse de una prenda, creando expectación. Recibía los halagos de los hombres con un guiño de ojos o un movimiento especial dedicado, como ella los llamaba.

Sabía hacer bien su trabajo y sabía lo que esos desconocidos veían. Un rostro juvenil, inocente, de ojos azules y labios carnosos enmarcado por una melena rubia. Y un cuerpo de vicio. Conocía el efecto que surtía la mezcla de inocencia y pecado que ella ofrecía. Y lo utilizaba. Lo que ganaba bailando en el club le permitía, junto con lo que ganaba su madre, vivir sin aprietos. Estaba cansada de contar cada céntimo que gastaba y de ver a su madre marchitarse desgañitándose para sacarlas adelante. Hacía un tiempo que las cosas habían cambiado, claro que su madre no sabía exactamente en qué trabajaba ella.

No estaba orgullosa. De cómo se ganaba la vida y, en los últimos tiempos, del resto de los aspectos de su existencia. Hasta no hacía mucho, estaba convencida de que lograría salir del agujero en que vivía y ser una mujer normal. Con un trabajo que le gustara —había estado estudiando para ello— y un chico a su lado que la quisiera. Pero ese chico, uno con el que compartía una larga historia, había comenzado una relación con otra persona y ella había perdido, en cierto sentido, el norte. La parte racional de su mente tenía claro que, en realidad, nunca había habido otra cosa que amistad y sexo entre ellos. Era esa otra parte de ella la que, rebelde, había esperado más. Le costaba admitirlo, pero le había afectado. Su autoestima había caído en picado. Era posible que su trabajo, el que de verdad se le daba bien, fuera bailar en un club de estriptis, por muy exclusivo que fuera. Era posible que no hubiera chicos para ella.

Echó una última mirada melancólica al extremo de la barra donde siempre la había esperado Sergio antes de concentrarse de lleno en el espectáculo, una sonrisa incitadora brillando en su rostro.

Leo estaba en el extremo de la barra más alejado del escenario, tomándose una cerveza fría. Había tenido un día de perros. Reunión tras reunión se habían sucedido las horas y no fue hasta que llegó por la noche a casa y se despojó del traje y la corbata que no respiró de verdad. Y eso que no tenía demasiados superiores en la empresa. Pero que uno de ellos fuera tu (tiránico) padre era peor que una condena. Se había colocado unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón blanco estampada con un dibujo desteñido y se había dirigido directo al club.

Quizá no hubiera recibido cariño paterno en su vida, pero sí dinero a mansalva. Y parte de él, lo había empleado hacía algunos meses en la compra del distinguido local conocido como Cocoon Paradise. Probablemente no había sido la mejor inversión, pero era rentable. Y le entretenía.

Eso lo había descubierto hacía varias semanas, cuando había decidido pasarse por el sitio en cuestión para ver qué era lo que había adquirido. Por norma general, no era asiduo de ese tipo de clubs, aunque sí que conocía un par de ellos. Siempre había tenido buena cabeza para los negocios, pensaba convertir el suyo en el mejor y para eso tenía que conocerlo.

La primera noche había llegado a mitad de la velada. Se sentó en una mesita iluminada con una luz tenue procedente de una lamparita y observó desde la oscuridad. En el escenario se sucedieron las bailarinas, todas ellas bonitas, algunas de rasgos exóticos. Morenas, pelirrojas, rubias y cobrizas. De edades entre los veinte y los cuarenta, todas con cuerpos para el pecado ejecutando danzas exuberantes que hipnotizaban a los parroquianos. El espectáculo de piel desnuda lo satisfizo y, cuando ya estaba tocando la noche a su fin, apareció ella.

Mary. Una rubia de grandes ojos azules y unos veinte años. Su miembro, que había permanecido semierecto durante todo el espectáculo, cobró vida al instante cuando la vio. La expresión inocente en el rostro contrastaba con un cuerpo que invitaba a placeres oscuros, el blanco y el negro. El ángel caído. La mezcla amenazaba con hacerle perder la compostura. No era el único, comprobó aquella noche. En algunas mesitas cercanas, los hombres, maridos correctos, afectuosos padres de familia, se acariciaban por debajo del mantel. Sin saber exactamente por qué —todavía—, aquel gesto le hizo querer gruñir. Todos parecían soñar con lo mismo. Pero aquel no era un local de prostitución y, si alguna de las chicas optaba por ese negocio, era de puertas hacia fuera.

Bebió un trago de cerveza fría, sonriendo al rememorar aquella primera noche. No fue la última. Leo averiguó sus turnos y acudió puntual a sus citas con Mary. Noche tras noche, terminaba sus horas en su club, por negocios, se decía. Conoció a muchos de sus empleados, a varias de las chicas, a todos los camareros y seguratas, pero Mary era reservada. No solía alternar con los clientes, ni siquiera con sus compañeros. Aunque, había observado, a veces se tomaba una copa al finalizar su show, cuando ya no quedaba casi nadie por allí.

El que ella evitara cualquier contacto le resultaba algo frustrante, debía reconocerlo. Y le atraía como un poderoso imán al mismo tiempo. La hacía misteriosa y él se descubría algunas veces imaginando sus secretos. Quería conocerlos. Se había convertido en una especie de objetivo personal. Y la fuerza del imán se había vuelto más intensa en los últimos días, cuando la habitual picardía de sus ojos había desaparecido, dejando paso a algo similar a la… melancolía. Estaba seguro que nadie excepto él se había percatado y sintió cierta preocupación al respecto: estaba siendo condenadamente observador con ella. Pero ese cambio sutil acicateaba su curiosidad como la de un crío de dos años. Esa noche iba a tentar a la suerte, despidiendo a todos y esperándola, pensó mientras la contemplaba absorto bailando en el escenario.

Desnudándose. Sensualidad irradiando por cada uno de los poros de su piel y estrellándose contra los de él, que la absorbían ávidos. Mary era puro fuego, puro deseo encerrado en un cuerpo voluptuoso que constreñía las entrañas de cada uno de los espectadores, incluido él. La ropa interior de negro encaje transparente invitaba a acercarse para ver lo que escondía debajo, y a su vez dejaba kilómetros de piel a la vista que se antojaba suave al tacto. Leo quería tocarla, acariciarla con las manos. Con la lengua. Su sexo pulsó bajo la bragueta cuando ella se deshizo del sujetador con un movimiento lento, arrastrando la tela por sus pechos. Eran perfectos, pero él ya los había visto antes. Y no se cansaba. Empuñó el botellín de cerveza dando dos tragos largos del frío líquido. Necesitaba refrescarse, pensó con ironía. Era el efecto que Mary tenía en él, más que el resto de bailarinas. Ardía. Literalmente, el calor invadía su cuerpo hasta la última célula, la hoguera más grande prendida en sus genitales. Mary daba vueltas a la barra como si ésta fuera su apoyo desde hacía años, en íntima confianza, contoneaba sus caderas, movía sus hombros y Leo absorbía fascinado cada balanceo de ella. No quería, pero su mente le jugaba malas pasadas disparándole imágenes de ella moviéndose como una bendición sobre él. Era un maldito pretencioso. Por lo que sabía, ella era una bailarina. Punto. No es que él quisiera pagarle…—nunca lo había hecho por placer—, pero se sorprendía preguntándose si por tenerla a ella cruzaría la invisible barrera.

Menudo insulto. Se dio una colleja mental. No iba a degradarlos a eso. Que las cosas siguieran su curso. Nunca había sido un capullo con las mujeres.

♠♠♠♠

Cuando salió a la estancia, todo estaba a oscuras ya. El último par de clientes abandonaba el local con paso inseguro y conversación animada con el jefe de camareros, que los acompañaba amablemente hacia la puerta. No vio a Will, el camarero de origen cubano y su amigo, por ninguna parte, pero se sentó a la barra igualmente a esperarlo. Se tomaría una tónica con él y charlarían de cosas triviales, como solían hacer mientras él recogía la barra.

−¿Qué desea tomar, señorita?

Mary alzó la vista, sin saber si estaba más sorprendida por el tono con que aquel tipo había pronunciado la palabra “señorita” o por su mera presencia, de la que no se había percatado antes. Sin embargo, la miraba expectante con una sonrisa amable en el rostro, así que respondió.

−Una… tónica.  Schweppes, por favor…

−Claro −respondió el tipo, girándose. Ella se quedó contemplando su espalda, de hombros anchos y fuertes; aunque la camiseta blanca que llevaba no fuera de las estrechas, la parte superior se ajustaba bastante a su cuerpo. ¿Quién era? No lo había visto antes por allí. No acostumbraba a alternar con clientes del local, pero él estaba cómodo tras la barra, así que pensó que podría tratarse de algún nuevo camarero. Aunque ni por asomo con la misma destreza que Will, pensó divertida.

Se giró y le sirvió la tónica, disparándole una mirada que a ella le robó el aliento. Por lo salvaje. Pero ese punto enseguida desapareció de los ojos negros como pozas y ella pensó si se lo habría imaginado.

−¿Eres nuevo?− preguntó sin ambages.

−Podría decirse que sí.

−Mmm… −asintió−, chico misterioso.

−No más que tú…

Sus miradas se conectaron durante unos segundos, intentando ir más allá de sus iris, más… adentro del otro.  Ella cogió el vaso y bebió. Había algo que… le atraía de aquel chico, la forma en que la miraba no era como la del resto de hombres, pensó mientras dejaba que el líquido transparente se deslizara por su garganta, notando las burbujas refrescantes… y otra cosa más. Miró el vaso extrañada y frunció el ceño.

−Eh, ¿quién eres tú y por qué quieres emborracharme?

Leo tuvo que sonreír. Se había quedado hipnotizado contemplando el movimiento de los músculos de su cuello al tragar, sus labios llenos apoyados con delicadeza en el borde del vaso. Quería morderle. Pero Mary estaba a la defensiva…

−Soy Leonardo Llach y no quiero emborracharte. Sólo invitarte a una copa. Te voy a acompañar −apuntó mientras se servía otro vaso con un líquido ambarino que olía a muchos más grados de alcohol que el suyo. Su sonrisa fue, por fin, correspondida  por la de ella.

♠♠♠♠

−No me puedo fiar de vosotros −rió ella al cabo del rato, apoyando la mano en su muslo y dejando una huella caliente aun con la tela vaquera de por medio.

No estaba ebria, pero el licor había hecho bien su trabajo, relajándola hasta el punto de permitirse reír. Estaban sentados juntos, en dos taburetes de la barra, charlando animadamente. Había intentado acercarse a ella, saber más, pero Mary esquivaba hábilmente sus insinuaciones. Alguien le había hecho daño no hacía mucho, de eso estaba seguro.

−Puedes fiarte de mí −una mentira susurrada, sólo porque la intención de traspasar sus barreras y conocer sus secretos se estaba convirtiendo en una necesidad.

Ella le miró a los ojos, por encima de la copa mientras bebía. Parecía estar calibrando la veracidad de su afirmación y Leo hizo todo lo posible porque su expresión pareciera sincera.

Quería follársela.

Así que probablemente no debería fiarse de él, a menos que buscaran lo mismo.  Pero hubo de reconocer que había algo más allá del simple sexo que tiraba de él, ese sutil cambio en su mirada de las últimas semanas…

Mary rió, una risa limpia y cristalina, despojada de cualquier deje teatral, muy diferente de las risas que le había dedicado al principio de la noche, que a él le calentó las entrañas. Estuvo a punto de gemir contra su propio vaso.

−¿Qué quieres de  mí? −preguntó, juguetona.

Ahora sí que no mintió.

−Quiero que bailes para mí, Mary… −La miró sin tapujos, y añadió susurrando−: Sólo para mí…

Terreno Prohibido (24)

Sergio suspiró aliviado y se dejó caer sobre el sofá, portátil en mano, cuando vio que ella se conectaba. La laxitud muscular que le invadió sólo era comparable a la que se siente tras un buen polvo, pensó.

“Hola”. Primero, ser diplomáticos. “¿Cómo estás?” Pero también quería saber.

“Bien. De exámenes finales. Y tú… ¿cómo estás?”

No fueron los puntos suspensivos, sino el lapso de tiempo que tardó en responder… Le gustaría haberla tenido delante para escuchar el tono de voz de la pregunta…

“Bien”, tecleó.

“Ya. No me lo trago, Sergio”.

…Porque no se había equivocado al suponer que el interés de Lisbeth no era un mero formalismo. Le preguntaba cómo estaba por como le había visto la última vez. Pero no estaban ahí para hablar de eso… ¿O sí?

“¿Te han castigado por mi culpa?”. Fue al grano.

Elisabeth tamborileó con los dedos sobre la mesa de su escritorio. Sabía que Sergio era bastante celoso de su intimidad y muy obtuso cuando algo se le metía entre ceja y ceja, como que debía apartarla de él o algo por el estilo. Pero estaba empezando a cansarse de que le diera esquinazo cada vez que le preguntaba algo de índole personal y le cambiara de tema.

Pensó en castigarlo pagándole con la misma moneda, pero la triste realidad era que eso les alejaría más y ella… no quería estar lejos. Suspiró hondo.

“Sí”, tecleó. “No han sido unos días fáciles…”.

Sí. Sergio se la imaginaba como una valiente valkiria, enfrentándose a todos. Negó despacio con una leve sonrisa en la boca, que no tenía nada de alegre.

“¿Les plantaste cara por mí? Joder… no deberías haberlo hecho…”.

“Ni mi hermano ni mis padres están siendo justos contigo”.

No quería discutir con ella. Y no pensaba hacerlo.

“¿Qué estudias?”, le preguntó, en cambio.

El cambio de tema volvió a descolocar a Elisabeth. Esta vez lo aceptó de mejor grado. Prefería no iniciar una conversación que, de seguro, terminaría en discusión, en ese momento, pues le resultaría más difícil centrarse luego en el estudio. Miró la pila de apuntes que tenía en una esquina del escritorio. Bien podía posponerlo sólo un poco. Acababa de llegar de clase, se tomaría un respiro.

“Pues… voy a empezar por mates. Es lo que más flojo llevo”.

“Si necesitas ayuda, dímelo. Las matemáticas se me dan bien”.

Sí, claro, pensó Elisabeth. Ya se imaginaba lo que estudiaría con Sergio a su lado. Sonrió con desgana. Lo echaba de menos. Por su casa, las risas y las bromas, los últimos días que habían estado juntos.

“Claro, chaval… Ya lo estoy viendo”.

Sergio no pudo menos que sonreír ante la respuesta. Sí, él también imaginaba la escena.

“¿Qué pasa? ¿No te ves capaz de resistirte a mis encantos?”, la picó.

Elisabeth se quedó boquiabierta. ¿Le estaba vacilando? Tecleó con rapidez:

“Oh, sí. Apuntes de mates en una mano y Sergio Asselbörn en la otra. La decisión está clara, nene”.

Ahora Sergio soltó una carcajada. No podía creerse que estuviera coqueteando de aquella forma. Por supuesto, ella se refería a que era completamente capaz de elegir las matemáticas, algo que detestaba, por encima de él. Pensó en una respuesta mordaz.

Un par de horas después, Elisabeth desconectaba el ordenador dispuesta a sumergirse en alguna materia, no sabía si matemáticas u otra, de un extraño buen humor. Se sentía relajada, sin la continua opresión que llevaba sintiendo últimamente en el pecho, e incluso notaba extraña la sonrisa en su cara, de tanto tiempo sin utilizarla.

Sergio había cerrado el portátil también. Se había despedido de ella muy en contra de su voluntad, aunque por propia iniciativa. No quería en modo alguno entorpecer sus horas de estudio, y más en unos exámenes tan importantes. Había desechado la idea de sacar a colación cualquier tema peliagudo e incluso había tomado la decisión de quedarse apartado de ella durante ese periodo… o  quizá más, pensó abatido. De todos modos, él también tenía que estudiar para su propio final de curso, aunque era mucho menos decisivo y tuviera la materia bastante dominada debido a su trabajo en el taller. De modo que, tras darse una ducha, sacó sus apuntes y pasó la mayor parte de la tarde encerrado en su apartamento.

Llegó la hora en que su estómago le  recordó que tocaba cenar y bajó las escaleras de dos en dos en dirección a la cocina. Se percató del buen humor que le envolvía de repente y no se  engañó en cuanto al origen del mismo. Le habría gustado escuchar su voz a través del teléfono o, mejor, cara a cara,  pero se conformaba con un rato (¡de dos horas!) intercambiando frases mordaces con ella y riendo con las ocurrencias.

La echaba de menos. Mucho.

Cuando pasó por delante de la puerta de la habitación de Mary, sus pensamientos cambiaron de rumbo y se dio cuenta de que hacía días que no hablaba con ella. Es decir, se encontraban por la casa e intercambiaban bromas y saludos, pero no sabía nada últimamente de su vida. Paró en seco y dio un par de golpes en la puerta; dudó un instante y abrió sin esperar permiso.

Mary estaba sentada en su propio escritorio, sumida en la misma tarea. Aunque era algo mayor que Elisabeth, sus vidas no discurrían exactamente con la misma placidez y Mary había repetido algún curso, por lo que también se graduaba ese mismo año. Se giró cuando escuchó la puerta.

—Hola —saludó Sergio—, ¿te pillo ocupada?

Ella cerró el libro y apagó el flexo del escritorio.

—No, qué va. Iba a tomarme ya un descanso, me estoy volviendo loca. —Al ver que Sergio tenía ese brillo de humor en los ojos, no pudo evitar comentarlo—: Te veo de buen humor…

Él se encogió de hombros.

—¿Trabajas esta noche?

Mary suspiró.

—Sí, entro ahora, a las diez. Aunque si te soy sincera, debería quedarme a estudiar. Tengo alguna que otra materia atascada.

Pero Sergio sabía que no faltaría a su trabajo en el club. A Mary le apasionaba el dibujo y desde que era una cría desgarbada que le llevaba escuchando decir que algún día estudiaría Arte. Y para eso necesitaba tanto la nota de graduación como el dinero para pagar los estudios superiores. Hizo una mueca al pensar que gustosamente le traspasaría a ella la especie de “beca” que le ofrecía Paul a él. Pero ya que no podía pagarle los estudios y que dejara de trabajar de una vez en aquel maldito club, le ayudaría en lo otro.

—¿Qué tienes atascado? Espera, no me lo digas. Las mates…

Ella lo miró con falso enfado.

—Eres un creído que va de ser superior, ¿lo sabías?

—En absoluto —dijo con tono grave, aunque la sonrisa suficiente lo delataba—. Te puedo ayudar con eso —dijo luego más serio—. ¿A qué hora sales hoy?

—Muy tarde. Déjalo, me las apañaré…

—No me importa. De verdad —añadió.

Mary lo miró, suspicaz.

—¿Tú no tienes una chica con la que estar?

Y Sergio rió.

—Todas mis chicas están estudiando, ahora —se limitó a decir.

Ella estaba sorprendida realmente por el cambio de humor en Sergio.

—De veras, te veo muy alegre —lo volvió a pinchar. Sentía una pequeña punzada por el hecho de que él eludiera el tema, así que le  preguntó, directamente—: ¿No me lo piensas contar?

—¿El qué? —rió él de nuevo.

—Vale —aceptó ella. Se dio la vuelta y cogió una sudadera para ponérsela.

Sergio se dio cuenta de que Mary pensaba que ya no confiaba en ella como antes, así que se acercó en dos pasos y la cogió desde atrás por los hombros. —Mary. No es nada,… en serio… —Se sentía tonto por estar tan contento simplemente porque había estado hablando con Lisbeth, a través de un teclado, sin malos rollos, dejando de lado las preocupaciones. —Es sólo que… —La giró hasta que quedaron frente a frente. Tomó aire y lo soltó en un hondo suspiro—, nada… He estado hablando con Lisbeth esta tarde —soltó al fin.

Mary no pudo evitar sonreír. Porque se alegraba de verdad por él, a pesar de lo contradictorio que pudiera parecer.

—Es una idiotez, lo sé…

—Tú sí que eres idiota —le respondió ella.

Sergio sonrió también y le besó la coronilla, revolviéndole el pelo rubio.

—Gracias. —Y podía sonar sarcástico, en respuesta al comentario de ella. Pero no era sarcasmo en absoluto. Era “gracias por entenderme”, a pesar de que no había sabido explicarse para nada. —Vamos a comer algo y te cuento. Hay que darle glucosa a ese cerebro, sino las mates no entran, hazme caso. Y después, cuando llegues, no importa la hora que sea, pégame un toque, que nos merendamos las integrales.

Mientras cenaban sentados a la mesa de la cocina, como solían hacer a menudo, hablaron de Lisbeth, sí, pero Sergio también le aseguró que su buen humor se debía a la noticia que Marc le había dado esa misma mañana. La actitud del hombre, su confianza hasta tal extremo, lo hacía secretamente feliz, junto con el hecho de que iba a poder vivir ese mundo que le apasionaba mucho más de cerca. También le contó que estaba valorando la idea de aceptar la propuesta de Paul e irse a estudiar, y a vivir, a Munich. A Mary le había sorprendido, pero la verdad era que el primero y más sorprendido era él mismo.

Sergio no se reconocía tan calmado. Por norma general, ante un alud de acontecimientos como el que había vivido recientemente se habría perdido entre sexo, alcohol y drogas. Era lo que llevaba haciendo desde que tenía uso  de razón: huir, esconderse, rebelarse. Cuando su padre los había abandonado había tenido una etapa triste, incluso depresiva para un niño tan pequeño. Pero no había sido la etapa difícil. Esa estaba por llegar y llegó con una adolescencia brutal. Su aspecto de macarra era solo el fiel reflejo de lo que había estado haciendo. Había perdido el norte tanto y tantas veces que ahora  le resultaba difícil de creer que estuviera donde estaba. Probablemente en más de una ocasión se había merecido el reformatorio.

El pensamiento le sobresaltó. No porque fuera una idea que no se había parado a pensar con anterioridad, sino porque, por primera vez en su condenada vida, era capaz de verlo con perspectiva. De darse cuenta de lo que había estado haciendo, de lo que había hecho no hacía más de una semana.

Te estás haciendo mayor.

Ni de coña.

No sabía a qué se debía el cambio de perspectiva, pero se sentía cómodo. Podía aceptar ciertas partes de su vida por primera vez, como que su padre era un cabrón sin escrúpulos y que jamás cambiaría. Se había repetido muchas —demasiadas— veces a lo largo de su adolescencia eso mismo, se había autoconvencido de que no iba a esperar nada de Paul, se había negado a referirse a él como su padre. Había hecho su mejor esfuerzo por convencerse de que él no tenía padre y que Paul le importaba una mierda. Que no lo echaba de menos, ni a él ni a su hermano. Y, por momentos, lo había conseguido. Pero ahora se daba cuenta de que había fracasado estrepitosamente, que había vivido haciendo un pulso interior que no podía ganar de esa forma. No sabía a qué se debía exactamente el cambio de rumbo de su forma de pensar, pero probablemente el último golpe de gracia de Paul había tenido algo que ver. También que tanto Marc como su madre le llamaran la atención sobre lo mismo: aprovechar la oportunidad. Era como “deja de hacer el tonto y céntrate; no vas a conseguir nada más de él que esto. Es lo mejor que puede ofrecerte”. Y era  ese clic, esa pieza encajando en su sitio, esa medio aceptación de la —triste— realidad lo que hacía que estuviera más sereno. Estaba seguro.

Los días continuaron pasando y comenzaron los exámenes. Sergio estudiaba a ratos, trabajaba duro en el taller por las mañanas poniendo a punto la Ducatti de Marc para la carrera y un par de noches estuvo en el cuarto de Mary ayudándole con las materias que se le atascaban, principalmente, las de ciencias. Y, salpicando esa rutina, estaban las horas (a veces, minutos) que arañaban al día Lisbeth y él para poder hablar un rato a través del ordenador. A veces era a media tarde, cuando ella se tomaba un descanso en el estudio; otros días, por la noche, antes de acostarse. Hubo días que se quedaron realmente tarde y, aunque él se sentía culpable por robarle horas de trabajo, también le hacía secretamente feliz notar que ella era tan reticente a despedirse como él. Jamás trataban temas espinosos. No hablaban de Paul, ni de Fran. Ni de… ellos dos. No tocaron el asunto de su último encuentro en la playa.

Tenía ganas de verla. Y sabía que tenían cosas pendientes, palabras en el tintero. Pero se había creado un clima entre ellos que no quería romper por nada del mundo. A menudo se decía que era mejor así, alimentar una sólida amistad, si estaba pensando en largarse a otro país. A veces se sentía tentado de pedirle que conectara la cámara sólo para que pudieran verse aunque fuera dos minuto;, aunque fuera así. No obstante, siempre se frenaba en el último momento. Luchaba cada vez más a menudo contra la añoranza que sentía de ella y que había empezado a comprimirle el corazón en momentos puntuales.

Luchaba también contra el deseo. Habían pasado semanas desde que había echado un polvo en condiciones (porque el último había sido aquel desastre en la playa, con ella) y empezaba a acusar consecuencias. Intentó obviar el tema y aliviarse él mismo cuando le apetecía. Había dejado de sorprenderle lo poco que le apetecía buscar a alguien que no fuera ella. Prefería un millón de veces antes una sesión de cibersexo con Lisbeth, y habría sido tan fácil virar alguna de aquellas conversaciones llenas de coqueteo en esa dirección… Pero no, el cibersexo era algo incompleto e insuficiente. Y sin embargo, se lo volvió a plantear cuando, una noche, se despertó de un sueño erótico donde ellos dos eran protagonistas absolutos completamente empapado en sudor y con la polla tan dura que habría podido clavar clavos con ella. Al final se había conformado con sus cinco dedos, para variar…

Elisabeth también lo echaba de menos. No podía decir cuanto, porque era imposible. En multitud de ocasiones pensó que merecía una medalla a la responsabilidad por el esfuerzo que estaba haciendo durante aquella época de exámenes, y no precisamente por el estudio. Quería llamarlo, escuchar su voz, verlo y tocarlo. Pero habían alcanzado una especie de acuerdo tácito y ambos se habían mantenido correctamente en su sitio. Lo cierto es que se divertía. Cuando todo lo que tenía fuera de aquellos minutos al día eran exámenes y caras largas en casa, las risas venían estupendamente. A veces le costaba creer que era Sergio el dueño de todas aquellas palabras, de aquellas bromas, si no fuera porque reconocía al Sergio de antes, el que pululaba por casa jugando con ella. Era un bálsamo para su corazón, después de las oscuras experiencias que había vivido con él en los últimos tiempos. Y le gustaba especialmente porque Sergio, además de bromear, también hablaba de él; no de las partes difíciles, pero sí de muchos detalles que a otros ojos podían carecer de importancia, pero que ella absorbía y atesoraba con gratitud. Supo que parte de su alegría provenía de su trabajo como mecánico de motos de competición. Le había hablado con tanto detalle del asunto que el entusiasmo había trascendido la pantalla, contagiándola. A veces tenía tantas ganas de abrazarlo que dolía. Lo imaginaba riendo frente a la pantalla del ordenador; lo imaginaba con el pantalón del pijama  y una camiseta… o sin ella… Quería hacer el amor con él de ese humor, despacio, con tranquilidad. Disfrutarlo… Pero sentía cierta reticencia por parte de Sergio a tratar ese tipo de asuntos y, si era sincera, a ella le daba miedo sacar cualquier tema que pudiera alterar el equilibrio alcanzado entre ellos. Le gustaba este Sergio y, a pesar de que, a veces, se moría por indagar, por saber si estaba con otras o si pensaba en ella, siempre terminaba desechando la idea de preguntar. A menudo pensaba que él estaba transformando su relación en una buena amistad y, aunque a veces reconocía el cambio a mejor, otras se sentía triste. De todos modos, no tenía demasiado tiempo para pensar en ello… Se dedicaba, simplemente, a disfrutar de sus conversaciones entre estudio y estudio.

Por eso le sorprendió enormemente encontrárselo un día a la salida de clase.

Dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Clic para música)

Cuando llegó a casa esa noche de juerga, su amigo y compañero de piso lo arrinconó en el pasillo y comenzó a besarlo con desesperación. Alex no se habría esperado esa reacción jamás, a pesar de que sabía cómo se sentía Javi con respecto a él. El miedo era una emoción poderosa y, sin embargo, ahí estaba, comiéndole la boca como si el fin del mundo se acercara.

— ¿Tienes idea de lo que estás haciendo? —susurró aceradamente entre besos. Quería estar seguro de que Javi sabía lo que se hacía, que no era una nueva partida del “tiro la piedra y escondo la mano”. No quería albergar esperanzas y luego… enfrentarse a una nueva negativa.

—No… —susurró a su vez Javi—. Ayúdame… —Un beso corto. —Alex… —la voz surgía rota de su garganta, antes de lanzarse a otro beso con lengua. —Por favor…

Alex no era capaz de negarse. Estaba absolutamente sumido en el placer de devorar por fin esa boca que le había estado prohibida y las palabras de su compañero apenas atravesaban la bruma de éxtasis. Sentía las manos de Javi por todo el cuerpo, rápidas, torpes, nerviosas, intentando llegar a cada rincón por encima y luego por debajo de la ropa. Metiéndole mano descaradamente. Javi. El contenido, el amigo, el… hetero. Él lo había sabido. A su compañero de piso podían irle las tías, pero también le iban los tíos. O, al menos, le iba él. ¿Cuál había sido el detonante? No tenía ni idea. Se había percatado de las miradas recorriéndole el cuerpo, de aquella especie de incomodidad de cierto tiempo hasta esta parte en las ocasiones en que se veían desnudos, cuando antes no había importado.

Se había dado cuenta también de los roces sutiles, de las miradas significativas. De los pantalones abultados. Conocía a Javi desde secundaria y jamás había mostrado ningún interés hacia los chicos. Más bien, al contrario; la cantidad de novias, rollos de una noche y acompañantes varias que le había conocido era un desfile que no tenía fin. No obstante, su comportamiento había cambiado desde hacía un par de meses. Cuando lo había pillado a él, enrollándose con otro tío en un rincón oscuro de una discoteca. Ambos compartían piso en la universidad y era de suponer que, siendo además amigos, lo compartían todo. O, al menos, el tipo de cosas de ese calibre. Alex no sabía por qué no se lo había contado. Quizá porque no iba ondeando sus preferencias sexuales cual bandera. O, sencillamente, porque, en un profundo rincón dentro de él, había temido la censura de su amigo. Cuando lo había pillado con aquel chico, había notado la mirada de perplejidad y enfado de Javi, que se había girado en redondo y salido del lugar a grandes zancadas. Le había costado lo suyo alcanzarlo y le había explicado que, aunque a veces salía con mujeres, casi siempre prefería a los hombres. Le había pedido perdón por no habérselo contado antes y le había dicho que esperaba que aquello no interfiriera en su relación.

Desde luego, la reacción que había esperado era la de censura, viniendo de la familia conservadora de la que provenía Javi. En absoluto había previsto una respuesta tan visceral, aunque fuera contenida. Lo había descolocado por completo. No podía ser que Javi… por él… No. Pero lo era. Aun sin querer hacerse ilusiones al respecto, veía claramente cada señal que, sabía, Javi no era consciente que mandaba. Intentó un par de veces acercarse, con muchísimo tacto, pero obtuvo sendas negativas, la última de ellas, acompañada por un comentario despreciativo. Habían terminado alejados uno del otro. Alex no quería saber nada de alguien que se comportaba de forma homófoba, aunque fuera sólo en momentos concretos. No reconocía a Javi en aquella persona y le dolía. Pero había seguido con su vida. Ya no salían juntos nunca. Hasta en casa se evitaban en lo posible, y cruzaban las palabras estrictamente necesarias.

Y un buen día, mejor, noche, llega a casa tan tarde como de costumbre y se encuentra a Javi no sólo esperándole, sino esperándole… para esto. Quería frenarlo, aquello era una locura, percibía cierta nota desesperada en las caricias y besos de Javi y quería detenerlo para decirle que todo estaba bien, que podían ir más despacio… Sobretodo porque pensaba que algo no estaba bien en los pensamientos de su amigo.

—Espera… Javi… —Pero no podía detenerlo. La mano que tanteaba su bajo vientre y su ombligo bajó de repente a su sexo.

Javi tenía que comprobarlo; necesitaba saber que no era el único sumido en aquella jodida locura. Bajó la mano hasta la entrepierna de su compañero de piso y mejor amigo, y lo encontró duro como el acero. Tanto como él. Aquello le incendió la sangre. Y el leve gemido de Alex en su boca hizo que explosionara. No podía creerlo, pero se moría por tocarlo ahí, sin nada, la piel contra su mano, contra su… polla. Quería masturbarlo hasta hacerle perder el control y que se corriera con él. Correrse juntos. Nunca había sentido una necesidad de tal calibre. Jamás con ninguna chica como con su… amigo. Dios, ¿por qué? No podía quitárselo de la cabeza desde que lo había visto enrollado con otro chico. La sorpresa había sido mayúscula, pero lo que realmente le había fastidiado fue la emoción fugaz que, como un rayo, lo había atravesado. Alex era suyo. Es decir, no importaba qué hiciera con las tías, pero ningún hombre iba a estar más cerca de Alex que él. ¿Aberrante?

Él no era gay.

Y sin embargo, cuando escuchó que Alex le decía que podían ir más despacio, negó como un poseso con la cabeza. Y cuando, después de eso, Alex le alzó la camiseta y comenzó a descender dejando una ardiente y húmeda huella por su pecho y vientre, no fue capaz de detenerlo. Si seguía jadeando así acabaría hiperventilando, pero estaba nervioso de cojones. Su cabeza le martilleaba con el “no, no no…” y su cuerpo estaba más que listo. Brutalmente listo. Dejó escapar un quejido, mezcla entre sollozo y gemido, y Alex separó la cabeza, respirando como él. Lo miró desde abajo, a los ojos. Y sus manos fueron directas a su bragueta…

Luego vinieron forcejeos. La violencia se desató entre ellos, Javi separándolo entre gruñidos y Alex deshaciéndose de sus manos y sus empujes para llegar a su objetivo, los jadeos y gañidos llenando el silencio del piso, hasta que llegó un momento en que no sabía si peleaba por apartarlo o… acercarlo más. Porque la jodida lucha se estaba llevando en su interior, entre su condenada cabeza y el resto de su ser… Y cuando la mano de Alex le rodeó, suave, firme… y sintió su lengua tibia sobre su piel, supo que, quizá había podido detenerlo en otras ocasiones, pero no iba a ser capaz de hacerlo ahora. Lo deseaba como el infierno. Ahí tienes una verdad pura, capullo.

Echó la cabeza hacia atrás, golpeándose contra la pared y temblando. Alex no se lo había metido en la boca, lo lamía con pericia, con… ganas. El placer y el deseo se arremolinaban en su bajo vientre, conjurando una espiral que difícilmente iba a poder soportar. Tenía los ojos cerrados y unas ganas de embestir que a duras penas podía contener. Pero no iba a hacerlo. No lo iba a hacer…

—Joder… —gruñó cuando su amigo lo introdujo en su boca, y Alex le devolvió el gemido que reverberó en cada nervio de su anatomía.

Alex no sabía cuáles iban a ser las consecuencias de sus actos. Sólo que Javi llevaba semanas pidiéndolo y que ahora ambos lo estaban disfrutando como si se acabara el mundo. Dar placer a veces era casi mejor que recibirlo. Y cuando descubres que alguien a quien deseas pero que descartas por que piensas que es imposible… siente lo mismo por ti… los fuegos artificiales están asegurados. Tenía una mano apoyada en la cadera de Javi para controlar el movimiento y bajó la otra despacio hasta su propio sexo, estaba tan duro… Bajó más y apretó la bolsa que colgaba en un intento por relajarse. Aquello no podía durar mucho más, aceleró el ritmo, intensificó las caricias… Javi empezó a perder el control y eso arañaba peligrosamente su cordura…

Javi, que tenía los ojos cuidadosamente cerrados, los abrió. Pero no era el techo lo que quería ver, así que bajó la cabeza. La cabeza de Alex se movía sobre él y verlo sobre su sexo fue realmente perturbador. Alargó una mano que temblaba más de lo que quería reconocer y le acarició el pelo. Y al instante, la mirada de su amigo le quemaba la retina, convirtiendo su sangre en lava. No hizo falta más. Apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza cuando el orgasmo más poderoso que había sentido nunca se apoderó de él, recorriendo cada fibra de su ser, anulando cualquier indicio de pensamiento o voluntad, doblegándolo, doblándolo hacia delante. Se corrió como no lo había hecho jamás con ninguna chica y estaba tan sumido en las sensaciones, que el pensamiento ni siquiera hizo mella en él.

Cuando terminó, las piernas le temblaban tanto que no le aguantaron y resbaló por la pared, hasta apoyar su culo en el suelo. Apenas fue consciente de que Alex se apartaba con premura y desaparecía por la puerta del baño. Respiraba como si hubiera corrido una jodida maratón y cuando logró apaciguarla, sus jadeos se convirtieron en sollozos y los ojos se le humedecieron.

Alex había salido corriendo. Huyendo, era consciente. Pero ¿qué otra maldita cosa podía hacer? Estaba prácticamente fuera de control y dudaba seriamente que su amigo estuviera listo para lo que él tenía en mente. Así que allí, entre aquellas cuatro paredes, más sólo que la una, se masturbó pensando en Javi por primera vez. Porque cada vez que se le había pasado el pensamiento por la mente con anterioridad se había sentido tan sucio que lo había aplastado sin conmiseración, reprimiéndose. Pero esa vez era suya… Oh, sí…

No creía haber durado más de un minuto y tardó otro más en asearse y salir. Porque se había dado cuenta de cómo se había quedado Javi tras su encontronazo y quería comprobar que estuviera bien y, de paso, sacudirse la capa de culpabilidad que empezaba a cubrirle pegajosamente.

Lo encontró en salón, sentado en el sofa, con los codos apoyados en las rodillas. Tenía los ojos enrojecidos, pero secos, y miraba al frente. No desvió la vista del infinito cuando él entró en la estancia y se quedó de pie, a unos metros. Alex no sabía qué decir. “Lo siento” no entraba en sus planes porque no lo sentía en absoluto y no pensaba dejar que Javi se deshiciera de su parte de responsabilidad de algo que él también había querido. Esperaba que no…

—No puedo creer que haya dejado que me hagas eso…

Alex abrió los ojos herido, y dio dos pasos atrás…

—No lo digo en ese sentido —se apresuró a aclarar Javi, ahora mirándole a los ojos—, lo digo… por mí…

Por cómo era él, por cómo había sido educado siempre, por lo que pensaba que quería en la vida, lo que hasta hacía no mucho, había sido un pilar bien asentado en su existencia. Alex lo entendía. Él mismo había pasado por el proceso…

—Te ha gustado.

No era una pregunta.

—Sí —susurró Javi, mirando de nuevo al frente, y vio cómo se le humedecían de nuevo los ojos.

Alex sintió pesar por su amigo. Por el camino que tenía que recorrer. Por todo lo que le quedaba por asumir. Iba a estar a su lado.

Si se lo permitía.

(sigue)

Terreno Prohibido (23)

Sergio estaba tumbado en el suelo del taller, destornillador en mano, aflojando el cigüeñal del motor para echar un vistazo a la transmisión de la Ducatti Desmosedici de Marc. Intentó que no le temblara el pulso; aunque no era la primera vez que tocaba aquella preciosidad, Marc se cuidaba mucho de dejar que otros le metieran mano a su “chica”. El hombre tenía dos motocicletas de calle, pero a ésta sólo la podía sacar a pasear en los circuitos. Y sí que la paseaba, sí. Todas las semanas a una velocidad que superaba los doscientos kilómetros por hora. Cada año competía como piloto en el campeonato de superbikes de la región y Sergio ya hacía muchos que lo acompañaba desde la grada. Sin embargo, esta ocasión iba a ser completamente diferente.

Tres días antes, el lunes, él había aparecido por el taller con porte de perro apaleado y Marc, que parecía no darse cuenta de nada, en realidad, se daba cuenta de todo. Tras muchos años de convivencia silenciosa, el simple arqueamiento de ceja de Marc no logró engañar a Sergio. Sabía que sólo tenía que esperar un poco y…

—¿Es la nueva moda andar como si te arrastraras por el suelo o es que de verdad ha empezado a pesarte el culo?

voilà. Comentario sarcástico personalizado.

—No he tenido un buen fin de semana —había respondido él a secas. Sin embargo, también sabía que, allí, entre aquellas paredes y con las manos manchadas de grasa, acabaría hablando sobre ello. Aunque siempre se diera cuenta a posteriori.

—Y es necesario que cada persona con la que te cruces lo sepa —afirmó de nuevo el hombre. Sergio lo miró con el ceño fruncido, a veces sus pullas no venían en buen momento.  —Mira, chaval —continuó Marc sin mirarlo—, si llevas cara de perro por la vida, como un perro te tratarán. No les des ese placer.

Sergio había fruncido aún más el ceño y, tras dejar sus cosas, se había puesto manos a la obra. Tenían tres reparaciones para esa semana y empezó a trabajar con la segunda. Tener las manos y el cerebro ocupados lo relajaba y le ayudaba a relativizar. También le aflojaba la mandíbula.

—Mi padre —curiosamente era sólo en presencia de Marc cuando se refería a Paul como “su padre”— ha venido a visitarme. —Marc permaneció callado y eso era precisamente lo que le solía dar cancha para hablar. —Quiere que me vaya a Alemania con él. Estudiar ingeniería en Munich y alternar con mi familia paterna, supongo.

Marc emitió un “mmmfmfm” o algo similar, y luego dijo:

— ¿Y cuál es el problema?

¿El problema? Sergio lo miró incrédulo. Ni siquiera sabía por dónde empezar.

—No puede aparecer de la nada, como viene haciendo últimamente, y meterse en mi condenada vida. No puede pretender controlarme como si fuera un puto barco teledirigido. No puede venir y amenazarnos, a mi madre y a mí, para que hagamos lo que a él se le antoje. —La voz se iba endureciendo y al final amenazó en un siseo—: Antes le meto una…

—Deja de quejarte, Sergio. —Cuando Marc le llamaba Sergio y no chaval es que la cosa era seria. —No me malinterpretes: si fuera tú, tendría las mismas ganas de meterle una paliza por el simple placer de hacerlo. El cabrón se lo merece. Pero el placer se acaba y las consecuencias siguen de por vida.

—El placer sería tan grande que podría vivir con ello.

—No eres tan idiota, chaval. —Marc había dejado lo que tenía entre manos para encararlo por fin. —Nunca te he dado muchos abrazos, pero creo que te he enseñado algo.

En efecto, meditó Sergio por un momento. Sabía a lo que se refería. Marc siempre le solía decir “sé más listo“. Le había enseñado a pensar con criterio. Y a sacar ventaja de cualquier situación. No sabía mucho de él, salvo que había crecido también sin sus padres verdaderos. No hablaba de su juventud. Pero siempre había sentido que le comprendía como nadie en todo el maldito mundo lo hacía.

—Tengo que sacar ventaja de esto —musitó, pensando en voz alta. —Pero, ¿cómo? Mierda, me sobrepasan las ganas de estamparle el puño en su cara de repeinado.

—Ahora estás demasiado sumido en la rabia, todavía. Pero estoy seguro de que en cuanto se te pase la pataleta, verás con la misma claridad que yo la oportunidad que se te presenta. —Marc había vuelto a girarse hacia el banco de trabajo, las manos ocupadas de nuevo. Luego soltó como si nada—: No sabes lo jodidamente bien que me vendría un ingeniero en boxes para el próximo campeonato. Me conformaré contigo.

A Sergio se le atascó la respiración por un segundo y se giró bruscamente a mirarlo. Pero se topó con la espalda del hombre, que ni siquiera se había dado la vuelta. ¿Había oído bien?

—¿En serio? —preguntó en voz baja.

—Ajá —asintió, girándose mientras se limpiaba la grasa en un trapo más sucio que las manos. —Si tú quieres, claro.

¿Si quería? Joder, estar en primera línea de fuego, sabiendo de primera mano los números, las pruebas. Tocar la máquina, ponerla a punto. Apartó la mirada un segundo, abrumado. Confiaba en él. Marc confiaba en él. No sólo estaba para hacerle compañía en el taller y sacarle trabajo adelante. La sensación se le antojó tan extraña que se quedó paralizado por unos minutos, un nudo de emoción presionando dentro de él. Luego se dio cuenta de que el hombre, al que ahora quería un poco más, estaba esperando por una respuesta.

—Sí que quiero —dijo, alzando la cara. —Claro que quiero.

Los ojos claros de Marc brillaron con algún tipo de emoción también, aunque sólo por un segundo y Sergio dudó de si lo habría imaginado.

—Pues manos a la obra. Tienes mucho trabajo por delante y quiero que te lo tomes en serio —explicaba Marc, mientras cogía las llaves de la estancia donde guardaba su taller privado y sus motos. —No dejo a todo el mundo que la toque, ¿me entiendes? Pero tienes que familiarizarte con ella, es una bestia si la tratamos bien…

Marc lo había conducido mientras seguía hablando de ella a la parte trasera del establecimiento, donde dormía la Ducatti, y desde entonces prácticamente no había salido de allí. Así que llevaba tres días trabajando con el motor más fascinante que había tocado hasta el momento, concentrado. Y sentía cómo la ira y el estrés del fin de semana lo habían ido abandonando dejando en su lugar un sordo dolor en el pecho.

También había influido en su actual estado de ánimo la charla que había mantenido con su madre el domingo por la mañana. Le había aliviado saber que Joanna no había estado confabulando con Paul a sus espaldas, sabiendo lo mucho que eso le jodería.

—Cuando me lo planteó, no me pareció mala idea, Sergio. Él te puede pagar una formación que yo, no. Es más, debería hacerlo —puntualizó. —Lo único que le puse como condición fue que los estudios estuvieran relacionados con la mecánica.

Sergio digirió la información. Joanna había velado por sus intereses, como siempre.

—Aun así, sabía que no te iba a hacer gracia…

—No me la hace, en absoluto —confirmó él.

—…pero, simplemente… no me daba opción. Tu padre estaba empecinado en que tenías que… irte de aquí —terminó en voz baja.

Sergio dejó escapar una risa baja carente de humor.

—¿Y eso te parece buena idea? —le preguntó con sarcasmo.

Joanna lo había mirado con ternura, como lo hacía cuando era pequeño, como lo hacía siempre que lo veía sufrir por algo. Como lo hacía cuando sufría por él.

—Cariño. Tienes veintiún años. La mayor parte de tus compañeros van a hacer estancias en el extranjero, si no es que estudian fuera. Tú mereces lo mismo, las mismas oportunidades. Las mismas oportunidades que tu hermano —añadió en voz más baja.

—No las necesito. Fuiste tú quien me envió a estudiar a la zona rica de la ciudad. Yo podría haber ido aquí, con Mary… —Hizo una mueca mental al pensar dónde trabajaba Mary ahora y pensó que, si su madre lo supiera, no le valdría el ejemplo. —¿En serio quieres que me vaya con él? Recuerdo que no te agradó tanto la idea cuando se llevó a Germán.

Su madre mudó la expresión y supo que le  había dolido el comentario. Se dio una patada mental.

—Cuando nos separamos, Germán tenía cinco años. Todavía me necesitaba. Y yo a él —pronunció en voz baja. —No es que no te necesite a ti a mi lado, no me malinterpretes. Eres el motor que me da fuerzas para seguir adelante, siempre  lo has sido, incluso… en los momentos más bajos. He hecho cosas que jamás me habría planteado de otra forma. Pero mi necesidad de ti ahora es diferente. Quiero creer que he hecho un buen trabajo contigo, a pesar de que a veces… no lo parezca, pero confío en ti. En que, si te vas fuera, no te olvidarás de esta vieja ñoña que se quedará aquí extrañándote cada día…

Sergio no pudo más y se levantó para abrazar a Joanna.

—Calla, mamá —pidió.

Recordando esa conversación se daba cuenta de lo mucho que había meditado sobre el asunto desde entonces. Parecía que hiciera un mes y tan sólo habían pasado tres días. Marc le había dicho algo en la misma línea justo al día siguiente. Y quizá tuvieran razón. Era consciente de la repulsión directa que le producía todo lo que venía de Paul, comenzando por el maltrato a un crío y terminando por sus exacerbantes muestras de opulencia. Entre ellas, venir en persona a restregarles lo que él podía hacer por ellos. Sin embargo, reflexionó, quizá podría aprovechar la oportunidad, como decían Marc y su madre. Dios sabía que él podía ser un cabrón frío y arrogante. Por algo era hijo de su padre, pensó con macabro humor.

No era una decisión que tuviera que tomar en ese instante. Por el momento, la rabia todavía pesaba demasiado, no le dejaba pensar con claridad, rebelándose siempre que tocaba el tema contra la idea de ceder a los deseos de su padre, aunque fuera por interés propio.

También estaba ese otro incómodo sentimiento. El que le apretaba las entrañas de pensar en abandonar el lugar donde había crecido, un antro para muchos,  pero su hogar, al fin y al cabo. Dejar a su madre, a Mary. No volver a pasar tiempo con Fran y el resto de sus amigos. Fran. Resopló. Tampoco es que pasaran mucho tiempo juntos ahora. Le había pegado la patada.

Y Lisbeth.

Tragó saliva al pensar en ella. Salió de debajo de la moto con las manos llenas de pringue negro. Se levantó y se las limpió en un paño. Luego se dirigió al lavabo, odiaba llevar las manos sucias cuando salía de allí, así que se dedicó minuciosamente a lavarlas. Cuando terminó, se sacó el mono y se echó un puñado de agua a la cara. Al alzarse, el pequeño espejo que colgaba sobre la pila le devolvió su reflejo. Aunque el ceño fruncido de los días pasados había desparecido, incluso él notó la expresión de cansancio en su mirada.

Él jamás lloraba. Sin embargo, había permitido que ella viera sus ojos congestionados, enrojecidos por la furia. Tampoco hablaba. No obstante, le había explicado la visita de Paul y sus intenciones. Lo que sí hacía era follar guarro, sin contemplaciones. Y, oh, eso sí que no había variado en su encuentro con Lisbeth. Luego había tenido aquella conversación extraña con Mary, en la que había descargado un poco su conciencia. Muy poco. Sólo ese pequeño afloje que te proporciona soltarlo en voz alta. Sin embargo, pensar en Lisbeth le seguía causando dolor, porque sabía que no se había portado bien. Estaba más convencido que nunca de que a Lisbeth no le convenía en absoluto mezclarse con un tipo como él… y eso… también dolía. Había estado pensando en  todo ello. En su (no)relación, en lo que había pasado en la playa. En lo que ella pensaría de él ahora, en si continuaría queriendo como antes pasar el tiempo con él…, o en si querría siquiera volver a verlo. En que le debía una disculpa y una explicación. Y sabía que lo estaba postergando deliberadamente, pero… quería estar seguro de que no iba a meter la pata de nuevo, había estado esperando que se aplacara el alud en su interior.

La hora había llegado y, mierda santa si no se moría de ganas también de saber de ella. No había intentado ponerse en contacto con él… y eso era algo que le tensaba los nervios. A pesar de que iba a intentar hacer las cosas bien, no quería perder el contacto con ella. Podía intentar ser amigos. Al menos, eso iba a intentar salvarlo.

Caminó hacia su casa a la hora de comer y por el trayecto sacó su móvil del bolsillo trasero del pantalón. Ningún mensaje, ni una llamada. Nada procedente de la casa de los Belloc. Era jueves. Quizá podrían verse esa tarde y él tendría oportunidad de explicarle. Abrió la aplicación de los mensajes y vaciló. ¿Querría ella verlo? ¿Estaría esperando algún movimiento por su parte o le sería completamente indiferente? Sergio se pasó nervioso una mano por el pelo, maldiciendo interiormente por sus dudas. No le eres indiferente. No la cagues más…

Antes de echarse atrás, tecleó en el aparato:

“Quiero verte”. Vaciló un segundo y aclaró: “Para hablar”. Pulsó la tecla de Enviar. Respiró hondo y deseó que ella no tardara mucho en responder.

Lisbeth caminaba hacia su casa también al otro lado de la ciudad. Cargada con libros para prepararse los próximos exámenes, estaba deseando llegar para poder quitarse el condenado uniforme y ponerse cómoda. Era algo que el año siguiente, en la universidad, no iba a echar de menos en absoluto. Maldijo cuando le sonó el móvil y no pudo mirarlo por tener ambas manos ocupadas. No estaba lejos de casa  y cuando llegó y tocó el timbre como pudo, enseguida Janna le cogió parte de la carga, como siempre. Tras besarla en la mejilla, le pidió que dejara los libros en el estudio y sacó el teléfono mientras subía los escalones que conducían a la planta superior y a su habitación. Sin embargo, se quedó parada a mitad cuando leyó el mensaje.

Sergio quería verle. Quería hablar. Ciertamente, era esto último lo que la había descolocado. Si no lo hubiera puesto o hubiese puesto cualquier otra excusa, incluso que quería verla para follar, no le habría sorprendido tanto. Ella empezaba a saber cómo era el Sergio oculto y, si estaba segura de que el que ella había conocido toda su vida no hablaba, el Sergio que no conocía lo hacía menos. Quería saber, desde luego, le interesaba desproporcionadamente escuchar cada palabra que él quisiera decirle, pero no estaba segura de que todo terminara en un nuevo embate contra sus sentimientos. Con él todo era así de intenso, para bien o para mal. Se jugaba su graduación y recordó la promesa que se había hecho no hacía ni tres días. No contaba, por supuesto, con que él se pondría en contacto con ella para verse. Pero aun así, si quería salir airosa en los estudios, no podía desconcentrarse. Se mordió el labio unos segundos mientras reanudaba la marcha hacia su cuarto y tecleó en el teléfono:

“No puedo. Estoy castigada”. Era una mentira como una catedral, pero sin arrepentimientos, se dijo.

Enseguida volvió a sonar el aparato.

“¿Por mí?” leyó. Mierda. Sí que había estado castigada por lo que había pasado entre ellos, pero él ni siquiera se había interesado en eso la última vez que se habían visto. Claro que estaba afectado por algo que ella desconocía, pensó al recordar su turbia miarada. Y se estaba interesando ahora.

“Por todo lo que pasó. Mi hermano se fue de la lengua”. Pulsó Enviar.

Sergio maldijo en cinco idiomas. Él había estado sumergido en su mierda, pero ella también había tenido su dosis. Y Fran… maldito fuera. La añoranza de él que sentía se adornó con un bonito estampado de rencor. Tenía ganas de cantarle las cuarenta.

Cayó en la cuenta de que, si estaba castigada por lo que había pasado en Saint Rocke’s, ese sábado de la playa… O bien se había escapado del castigo… o bien le estaba mintiendo, para evitarlo. Hizo una mueca cuando sintió el pellizco que esta última opción le había provocado en algún lugar de su pecho. Por supuesto que cabía la posibilidad: era un cabrón y como tal se había portado con ella.

“Quiero hablar contigo, Lisbeth”.

Sergio era insistente. Le hacía dudar. Mentira. No era él sólo. Era su retorcido corazón que era un yonki de lo que Sergio le daba.  Yo también quiero hablar  contigo… y más cosas…

“No puedo”.

“BlackRider. Conéctate. Por favor.”

¿BlackRider? Su nombre en internet. Estaba a un palmo de su alcance. Demasiado fácil como para resistirse. Un poquito. Sin salir de casa. Sin verlo. Sin tocarnos. Sólo un poquito…

Encendió el ordenador portátil de su escritorio y mientras arrancaba, se quitó el uniforme y se puso una camiseta y el pantalón del pijama. Cuando estuvo listo, inició el Messenger y lo buscó con el nick que le había dado. Solicitó amistad y enseguida fue aceptada.

“Hola”.