Sigo aquí

 
Una semana más, participo en el reto de Una imagen y mil palabras. Esta vez, yo misma propuse la imagen, algo bastante abierto a interpretaciones, en mi opinión, aunque yo no tuviera ni idea de qué estaba mirando el tipo este… Espero que os guste. 
 
 

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Sigo aquí

Está rompiendo el alba y la claridad se cuela por la ventana, tiñendo de grises la habitación. Yo llevo horas sin poder dormir. Primero, por lo que hemos estado haciendo. Después, pensando y desgranando sentimientos.

Sigo aquí.

Me doy por vencido. Esta noche no es de dormir. Los sueños, los anhelos, quedaron atrás. Tras un hondo suspiro, me levanto y me enfundo unos vaqueros que dejo a medio abrochar. Qué diferente me siento, la languidez haciendo presa de mis miembros. La pereza, de mis neuronas. Hacía tanto tiempo que no estaba tan sereno que me cuesta reconciliarme con la sensación.

Camino hacia la ventana, sintiendo el tacto de la moqueta en mis pies descalzos, la tela vaquera sobre mis piernas y mi sexo, tus manos erizando todavía mi piel. A pesar de la serenidad, mis sentidos están más sensibles que nunca. Me siento vivo.

Al otro lado del cristal, la misma quietud que siento yo por dentro. No hay tráfico ni tumultos. Las calles mojadas y prácticamente solitarias, los funcionarios empezando a vestir la ciudad. No quiero enfrentarme al mundo, nunca he querido, ahora lo sé. Mi corazón repiquetea con el pensamiento. Sigo aquí, sigo aquí, sigo aquí

Giro el rostro y te miro, desparramado sobre la cama, con completo abandono. Tu pecho sube y baja en una cadencia armoniosa. Envidio tu descanso. Contemplo con absorta morosidad tu cuerpo desnudo enmarañado con las sábanas arrugadas. Tu torso lampiño y delineado, tus caderas suaves enmarcando tu pene ahora dócil, tus piernas fuertes. Tus manos que me han llevado al cielo. Tu rostro joven y perfecto, tu pelo alborotado. Me enamoro y no quiero decirlo. Todavía no puedo.

Pero sigo aquí.

No me he ido. Es lo que más extraño me resulta. En mi anterior vida, nunca me quedaba a esperar que mi amante de turno despertara por la mañana para verla sonreír. No me interesaban las sonrisas ni las palabras. Ni las miradas. Hacían que me sintiera falso, hueco, cabrón. No soportaba toda esa parafernalia. Buscaba el consuelo del sexo duro y sin contemplaciones. Vaciarme de amargura en el cuerpo de quien estuviera dispuesta.

Entonces llegaste tú y todo eso comenzó a cambiar. Nuestros primeros encuentros fueron violentos. Me pedías cosas que yo no sabía que podía dar. Ni siquiera sabía que quería dar. Me agobiabas con tus insinuaciones y tus sonrisas. Me molestaba encontrarme contigo por los garitos de moda, por la calle. No toleraba las situaciones en las que me empecé a ver envuelto.

Nuestro primer beso fue furioso, aunque tú ni siquiera me tocaste. En tu juventud, la madurez había florecido mucho antes que en mí. Te respondí con ansia y me separé con ansiedad. “Que te jodan”.

Por aquel entonces, no sabía que quien quería joderte era yo. Sonrío con acritud al recordarlo…

Nuevos encuentros en callejones oscuros, igualmente violentos. Tú convenciéndome, aguantando mis envites, mis salidas de tono. Yo alternándote con mujeres que no te llegaban ni a la suela de los zapatos. Me perdía en la oscuridad de la calle contigo, manoseando, sintiendo nuestros sexos crecer juntos, acariciando un torso igual de musculoso que el mío, agarrando tu pelo castaño para poder hundir mi lengua aún más en tu boca dulce, para poder gravitar en el interior de tus ojos azules. Descubriendo sensaciones nuevas para mí. Siempre me separé de ti con la misma frase: “que te jodan”.

Luego terminaba la noche en la cama de mujeres a las que volteaba para no ver lo que no quería ver, y lloraba lágrimas invisibles entre sus sábanas…

Con el tiempo, fui yo quien te buscaba. Me adentraba en locales donde agachaba la cabeza para evitar encontrarme con la mirada de nadie, temblando. “Jodido maricón”, me gritaban en mi cabeza. No me daba cuenta de que, en realidad, nadie me miraba. Nadie, excepto tú.

No mostraste signo alguno de victoria y te lo agradecí secretamente. Nuestra primera vez fue en un cuarto oscuro, rodeados de otros como tú. Fue rápido, violento, rudo. Yo, incapaz de atar mis emociones en corto, las dejé gravitar a su antojo. Pero, una vez más, tú comprendías. Dejé marcas en tu cuello y sé que te hice daño. Cómo quisiera borrar aquello y sustituirlo por los sentimientos depurados que hoy acepto.

Hoy sé lo que siento. Te miro y sé que que estoy enamorado, aunque no lo diga en voz alta. Todavía. Anoche volvimos a encontrarnos. Esta vez nos buscamos los dos. Abatido, acaricié una de las marcas que dejé en tu cuello la última vez, te pedí perdón con mi tacto. Sin embargo, tú me cogiste de la mano y me arrastraste hasta tu casa. Yo no protesté.

Anoche empezó una nueva vida para mí. Sin despedirme de la anterior. Me entregué a ti sin ambages por fin y me limpiaste por dentro, ordenando toda mi caótica existencia de un sólo polvo. Bueno, más de uno…

Y sigo aquí.

Sigo aquí esperando a que despiertes, porque anhelo las sonrisas, las miradas. Las palabras no dichas. Ansío tu piel y tu cuerpo y todo tu ser…

Tus párpados tiemblan un par de veces antes de mostrar tu soñolienta mirada azul. Estiras el brazo hacia el lado que yo ocupaba hace un rato y, nervioso, alzas la cabeza, buscándome.

—Sigo aquí. —Mi voz surge ronca porque todavía no la he estrenado hoy. Tu sonrisa me derrite, mi sexo se sacude… y con pasos lentos, camino hasta ti.

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Un penique por tus pensamientos...

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