Fotografía #4

Una semana más participo en el reto Una Imagen y Mil Palabras. Esta vez tengo la sensación de que he utilizado la imagen para crear toda una historia que no tiene nada que ver con ella, pero… bueno. Espero, como siempre, que lo disfrutéis. 
 
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Fotografía #4

El humo del café recién hecho se mezclaba con el del cigarro que reposaba en el cenicero abarrotado de colillas, las volutas creando caprichosas formas bajo la luz del escritorio de trabajo. El resto de la estancia permanecía en penumbra y por las ventanas apenas se colaba la claridad tenue de alguna farola que mantenía la oscuridad de media noche alejada de las calles de la ciudad.

O’Neal se sentó en la ajada silla que crujió, cansada, bajo su peso. Se pasó las manos despeinando su cabello castaño mientras contemplaba los objetos sobre la mesa de caoba. Pulcramente ordenada. En claro contraste con el resto de la habitación. Y de su vida. Inspiró hondo, como cada vez que volvía a la tarea que le obsesionaba, y cogió la primera carpeta del montón de la derecha, depositándola frente a él. El familiar sudor frío cubrió en una capa leve su cuerpo, a pesar de que sólo estaba cubierto con los calzoncillos. Sin embargo, ninguna mueca de dolor o rabia cruzó su expresión. Eso había quedado dentro, muy dentro. El vivo fuego inicial había sustituido por uno mucho menos violento, aunque igualmente fuerte y poderoso, haciendo bullir esos sentimientos en su interior, a la espera de poder utilizarlos apropiadamente. Sabía esperar, oh, sí. Había aprendido a esperar.

Antes de sumergirse en la tarea, abrió el tercer cajón del escritorio, rebuscando entre las cosas que guardaba hasta dar con la botella de líquido ambarino. Whisky irlandés. No le importaba si era bueno o malo, tenía que ser irlandés. Como él. Como ellos. Echó un chorro demasiado generoso en el café. Pero aguantaba bien. Durante el último año, había entrenado sin mesura. Cogió la taza y tragó seguido al tiempo que abría la carpeta.

Las primeras fotografías eran bastante inocuas. No agredían su retina ni su cordura. Sólo rasgaban los recuerdos. La habitación que tan bien conocía, decorada con toda la parafernalia femenina. Los tonos pastel, los espejos, las flores. Alguna ropa dispersa sobre una cómoda…

Se detuvo en la imagen rotulada como Fotografía #4. Ésta mostraba unos zapatos elegantes y negros, de un tacón desmesurado —él no le habría permitido salir de casa con semejante calzado, pensó con humor agrio—, abandonados como si tal cosa frente a la ventana que daba al balcón de su habitación. Siempre le llamaba la atención porque, a pesar de que no contenía demasiada información para el caso, sí contenía otro tipo de testimonio. Ella se había hecho mayor. Ya no era la niña de rizos rubios, preciosos ojos azules y sonrisa mágica que le perseguía pidiendo su compañía y sus juegos. Sonrió, perdido en la nebulosa de recuerdos, mientras daba una calada al cigarrillo.

Sus ojos fueron a parar a la siguiente fotografía, en la que ya aparecían oscuras manchas rojas tiñendo la alfombra y el parqué, y su mano izquierda aplastó el cigarrillo, sin percatarse siquiera del quemado en su palma. Se obligó, a pesar de la angustia, a continuar con el visionado, repasando de nuevo cada mancha, cada objeto destrozado o tirado en el suelo que mostraban las instantáneas conforme se iban acercando al lugar exacto en el que se había perpetrado la atrocidad. Vació de un trago el tazón de café y vertió más whisky, esta vez solo, en el recipiente.

Por mucho que empapara sus neuronas en alcohol, era imposible atenuar, mucho menos detener, la vorágine de pensamientos, de imágenes, que las fotografías desataban en su cabeza, demasiado habituada a la deducción lógica. A reconstruir hechos a partir de pruebas. Aun así, volvió a vaciar la taza.

Se preparó para contemplar la siguiente foto, la que tantas veces le había provocado arcadas y repulsión, aun acostumbrado como estaba a ver escenas de ese tipo.

El cuerpo en una postura antinatural, imposible, abandonado boca abajo sobre la cama como si fuera un desecho, únicamente cubierto por las braguitas. Los rizos dorados crispados, los ojos azules vidriosos, la sonrisa mágica tornada en una mueca de terror. Las marcas moradas en el cuello, brazos, torso. Muslos. Una enorme y difusa marca de sangre empapando el colchón bajo sus caderas. Bajo su sexo. Y salpicaduras del líquido rojo por todas partes: paredes, muebles, suelo…

Se levantó de súbito, haciendo caer la silla hacia atrás y golpear el suelo. Cogió la botella de whisky y se amorró directamente a ella, tragando. Tragando hasta que hizo retroceder la bilis. Tragando y tragando hasta que se quemó por dentro y la ira y la rabia bulleron más fuerte. Necesitaba de esos sentimientos para no derrumbarse. Una vez calmados los espasmos de su estómago, bebió más tranquilo. Se giró y dio un par de pasos hasta quedar frente a un espejo de cuerpo entero, enfrentando su mirada del mismo color que el brebaje de la botella.

Parecía un hombre normal, de unos veinticinco. Serio y adusto, pero normal. Era cuando te asomabas a los pozos ambarinos que eran sus ojos, que deseabas huir despavorido. Allí sólo encontrabas desolación, había tanta vida como en el cuerpo tirado sobre la cama.

Ninguna.

Llevaba un año muerto. Para todos. Cuando se sumergió en esta locura, todos le abandonaron, creyendo que le faltaba un tornillo. Su novia, sus amigos y compañeros. Incluso sus padres. Le importaba una mierda. Cuando llegaron a la escena del crimen y se estableció el parentesco, le apartaron despiadadamente del caso. No importó qué dijera o qué puertas golpeara. Era su misma sangre la que estaba salpicada por todas partes. No iba a pensar con claridad. Sonrió siniestramente al recordarlo. En parte, tenían razón. Porque el caso estaba cerrado sin culpable, y en la tierra de donde venía, la venganza era algo privado.

Si se enteraran de lo que hacía cada noche desde aquel fatídico día, sería expulsado del cuerpo, sin contemplaciones. Tenía información confidencial encima del escritorio de la pocilga en la que vivía. Pero el uniforme y la placa habían quedado colgados en la percha de la entrada, junto con su reglamentaria. No la necesitaba, conocía mejores formas. Ahora sólo eran él y el hijo de puta que le había truncado la vida a su hermana pequeña. Miró de nuevo sus ojos, aterradores en su determinación. Antes de girarse para volver al trabajo, acarició perezosamente el nombre tatuado poco más abajo y a la izquierda de su ombligo, junto con una daga.

Eileen.

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4 comments

    1. Sí, es un relato muy oscuro. Además del género romántico, la novela negra y de misterio es otra de mis favoritas, aunque hasta ahora sólo había leído -no escrito- algo de ese género.

      Muchas gracias por leerme y comentar, Amaya 🙂 Un besote!

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