Dame luz

Buenas!! Hace dos semanas que no participo en el reto Una Imagen y Mil Palabras por cuestiones de curro, pero ya estoy de vuelta! Esta semana proponía la imagen mi compi de batallas Paty C. Marín y el mini relato que he escrito es el siguiente. Espero que os guste (la foto la encontraréis al final del mismo).

Dame luz

Nada más llegar, fue directo al cuarto de baño y abrió el grifo del lavabo. Observó con fría distancia cómo el rojo diluido teñía la superficie blanca, arrastrando parte de su suciedad. Había otra parte de la que no se libraba jamás.

Sin mirarse al espejo —nunca había sido capaz de enfrentar su mirada en esos momentos—, se descalzó y comenzó el ritual de deshacerse de las ropas manchadas, la camiseta, el pantalón. Menos mal que eran negros. De otro modo, no podría haber caminado por las calles de la ciudad, por mucho que se escondiera entre las sombras.

Se metió bajo el chorro de la ducha, cerrando los ojos y sintiendo el agua acariciar su piel y llevarse por el sumidero algo más de suciedad. Siempre la exterior. No importaba. Hacía mucho tiempo que había prohibido decir ni una palabra a su conciencia. La maldita, como castigo, se había esfumado. Lo que resultaba jodidamente conveniente para su trabajo. Estaba acostumbrado a convivir con su mierda interior, no tenía más remedio. Lo que él hacía, requería un corazón helado. Y lo hacía por dinero. Aunque según las reglas establecidas, estaba del lado de los buenos, él no veía demasiada diferencia entre los dos bandos. La mayor parte de las veces terminaba saltándose los límites de la legalidad, con permiso de sus superiores, por supuesto. Mierda, ellos no tenían que pringarse con sangre.

Se secó tras la rápida ducha, recobrando el status quo consigo mismo y, desnudo, caminó por el piso, buscando la cocina. Era una jodienda vivir de piso franco en piso franco, pero tenía siempre las mayores comodidades y la nevera llena. Cuando la encontró, abrió la puerta de la nevera que proyectó un halo de luz tenue, iluminando la estancia. Escogió una cerveza y se lanzó, exhausto, al sofá, dispuesto a disfrutar.

No duró mucho.

Su teléfono, el otro, vibró sobre la mesa. Una oleada de nervios lo atravesó de cabo a rabo. Ese móvil sólo lo conocían dos personas en todo el mundo. El temblor de la mano casi hizo que se le cayera al suelo. Un mensaje de texto. Lo abrió.

“Ya viene.”

Se sentó, dejando la cerveza de lado y apoyando los codos en las rodillas, la cabeza en las manos. Los dedos se crisparon entre su pelo, intentando contener los pensamientos, las emociones. ¿Ya habían pasado nueve meses?, pensó, aterrado. Cogió la cerveza y la terminó de tirón. Necesitaba otra, se dijo, mientras iba directo a la nevera.

Pero no llegó hasta ella. Maldito fuera. No iba a presentarse así.

Se movió, inquieto y desnudo como iba, por la oscuridad del salón. Tenía que ir. No sabía si sería capaz de… hacer lo que tenía que hacer, pero tenía que estar con ella. Sólo que…

Joder.

No podía hacerlo. Él era un ser oscuro, perteneciente a las sombras, a la noche. Y ella era la luz, la transparencia, la claridad. Él era capaz de matar a sangre fría, era lo que hacía y lo hacía muy bien; limpio, rápido, fácil. No se inmutaba lo más mínimo, no sufría. Y ella…. ella daba vida. La estaba dando en ese preciso momento. Gracias, en parte, a él. Mierda santa…

Cómo habían terminado ella y él enredados entre mantas de hilo, en medio del desierto de Namib era algo que todavía no entendía. La había rescatado de las zarpas de un grupo de  soldados que servían al régimen talibán. No era nada especial, estaba acostumbrado a ese tipo de operaciones colaterales a la misión principal. Conocía demasiado bien el terror en los ojos de la rescatada  y el síndrome de enamoramiento de su rescatador, nunca le habían afectado especialmente. Siempre había conseguido comportarse con las víctimas.

Pero no había podido resistirse con ella. No fue capaz ni esa primera vez en la arena fría ni las que siguieron, en lugares mucho menos aceptables. Caer una vez era excusable. No era de piedra. Sin embargo, se había perdido en su interior muchas más veces de las justificables, llevado por una pasión que no era ciega. Era pragmático, sabía lo que le estaba sucediendo. Pero un tipo como él no podía permitírselo. Así que no dejó que ella tuviera esperanza alguna. Desde el principio dejó claras las normas: era sexo, no quería nada más de ella.

Maldito mentiroso. Era un hijo de puta.

Bien entrenado, eso sí. Ella lo creyó.

Se habían separado en la base norteamericana que quedaba al norte, tras salvar varios obstáculos estratégicos. Lo que él conocía como escurrirse por la noche cual sabandija resbalosa: sin ruidos, sin señales. Matando en silencio. Un beso en la frente y su hijo en su interior. Solo que ahí todavía no lo sabía.

La revelación llegó dos meses más tarde. Era lista, se las había ingeniado para hacerle llegar la noticia a una sombra que no existía, como él. Lo había dejado noqueado. Un golpe en la sien no habría sido más efectivo. Incapaz de moverse o pensar durante mucho rato.

Él no podía ser padre.

No sabía serlo.

No quería serlo.

Pero el calor que sintió en su interior se convirtió en una especie de droga para él. Algo que no sentía a menudo. Algo que no había sentido desde… aquel tiempo con ella en Irak.

En Irak. Rió con amargura, recordándolo. Había hecho a su hijo en Irak.

No podía ser padre, se repitió.

No podía tocar a su hijo con sus manos rojas, acunarlo entre sus ropas oscuras manchadas.

No podía exponerlo a la vida que llevaba, igual que no había podido exponer a su madre.

Supo que la decisión estaba tomada incluso antes de planteársela. Necesitaba verlo. No podía resistirse. Otra vez.

Se vistió con rapidez y eficacia, movimientos calculados. En dos minutos estaba en la calle. En diez, en el hospital. Sabía cuál, había seguido todo el embarazo con detalle, aunque ella no lo supiera.

Temblaba como un maldito junco al viento cuando enfiló el pasillo. Se paró ante la puerta, recuperando el aliento. Serénate, joder.

No dejaba de resultarle irritablemente cómico que asesinar se le diera mejor que esto. Empujó la puerta y la volvió a ver. No estaba sola, una enfermera revisaba el gotero, pero se apresuró a salir al ver las miradas que intercambiaron. O, quizá, su aspecto.

—Hola. —La voz le salió rasgada y carraspeó.

—Hola —dijo, una sonrisa asomando a la comisura de sus labios, como si no estuviera convencida de que debiera salir. Al ver cómo él buscaba ávidamente con la mirada a través de la habitación, ella habló—: Está aquí.

La cuna era tan menuda que no la había visto, pegada al otro lado de la cama. Se acercó despacio, conteniendo el aliento. ¿Iba a ser capaz?

Lo vio. Un cuerpo de un tamaño que no parecía humano, sino alguna especie de duende. Contempló el ritmo pausado de su respiración. Sus manos y sus pies diminutos. Sus orejas, la nariz y la boca. Fascinado con la idea de que esa pequeña personita era parte de él.

Escuchó sorber y miró a su otra mitad. Tenía los ojos empañados en lágrimas.

—Es una niña —pronunció, con voz rota.

—¿Puedo? —preguntó, alargando los brazos, mirando de nuevo a su hija.

Ella hizo un ruido que pretendía ser un “sí”.

Cuando la alzó en sus manos, le embargó tal emoción que le costó respirar con normalidad. Aquel pequeño ser abrió sus ojos rasgados, mirándolo directamente. Él se encogió al pensar en lo que sería capaz de ver en su interior si penetraba demasiado lejos. Pero la mano de duende envolvió su enorme pulgar, dándole la inocencia que a él le faltaba. Dándole luz.

Y entonces notó la humedad sobre su rostro y se preguntó qué diablos iba a hacer el resto de su condenada vida sin aquellas dos personas.

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6 comments

  1. Precioso Brianna, muy bonito y ya te he comentado antes que me ha encantado el ritmo,me ha parecido como ver una escena en una peli.
    La pregunta es: la continuación es a imaginar?? ** 😀
    Un besito!

    1. Hola Cuqui! Bienvenida a mi rinconcito!! Gracias por tus palabras, me encanta que te guste (ya te lo he dicho por allí también 😀 ). Me temo que no tiene continuación, en principio. Es el relato de la foto y ya está; llevo entre manos otro largo y no quiero dispersarme mucho… pero ahí está… igual algún día, lo rescato… 🙂

      Un besote y estás en tu casa.. 😉

  2. Perfecto corazón, que bonito de verdad. La imagen me encantó, le queda perfecta al relato. Cuando lo leí me pareció tan tierno el momento del encuentro con su hijita, que casi lloro. 🙂
    Un beso

  3. Hola, Brianna… ¡al fin, te hago una visita! Si te digo la verdad, vine por la foto -es impactante-. Fue lo primero que ví en mi reader de WP e hice clic. Luego, me cautivaron tus palabras. Muy buena historia.

    1. Hola Patricia! Bienvenida a mi rinconcito, como en casa, eh?

      La imagen es fascinante, siempre me han gustado esas fotos de hombres con bebés, son muy tiernas. Y tierno era todo lo que se me ocurría, por eso pensé en darle un tinte más oscuro… Me alegra que te haya gustado el resultado 🙂

      Un besote guapa!

Un penique por tus pensamientos...

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