Cajón de sueños

…o pajas mentales

All Hallow’s Eve 2014

Camina arrastrando sus pasos a través de la noche, confuso. Las calles están atestadas de gente armando escándalo a pesar del frío, aunque él no es capaz de sentirlo. Su cuerpo está abotargado, alejado de la realidad, y su mente, sumida en una espesa neblina que filtra cualquier información que pueda alcanzar a sus adormecidos sentidos. No le preocupa no comprender con claridad lo que ocurre a su alrededor; lo que le asusta de verdad es la aparente incapacidad de enfocar con claridad su vista y de que sus miembros respondan naturalmente a las órdenes de su cerebro.

Continúa su sinuoso vagabundear, cojeando y chocando con personas ebrias de una alegría que él no entiende.

—¡Eh! ¡Mira por dónde vas!

No es capaz de responder al improperio. Se esfuerza por observarlo:  su indumentaria es extraña, pero no sabe por qué. Gime con agonía y sigue su camino ignorando la reacción que ha provocado a su alrededor y, aunque es consciente de que vaga, tiene muy claro hacia dónde se dirigen sus pasos.

A casa.

Tiene doce años y es completamente capaz de llegar hasta su casa, está seguro. Se ha despertado hace un… rato —gime de nuevo ante su incapacidad de concretar el lapso— en una sala de hospital demasiado fría y demasiado oscura, completamente desorientado. No tiene recuerdo alguno sobre cómo ha llegado hasta allí. Ha intentado preguntar a una mujer vestida de enfermera (las enfermeras de verdad no gritan ante sus pacientes), pero únicamente ha logrado empujar un lóbrego lamento a través de una voz que no ha reconocido como suya.

—¡Buen disfraz, tío! —Otro de los trausentes le habla con una sonrisa puntiaguda de la que gotea un líquido rojo, devolviéndole al presente.

Se mira las manos, esas que son demasiado grandes como para ser  suyas y que también están impregnadas en líquido rojo, y las aprieta, pringosas. Como ha ocurrido en el hospital, empieza a perder la poca conciencia que tiene, la neblina vuelve con fuerza a dispersarse por su mente, por sus sentidos hasta hacerle olvidar quién es, hasta hacerle sentir como si fuera otro. Aprieta los dientes con fuerza, en un vano intento de mantener la cordura…

—Eh, tío… Era de buen rollo. —La tez de su interlocutor se vuelve macilenta a pesar del maquillaje, ahora puede verlo con diáfana claridad. —Oye, ¿de qué vas? Sueltam…

Escucha un grito, lejano y aterrador. Y luego, nada.

Una nueva convulsión le despierta. Está tirado en la calzada y de nuevo escucha esa voz espeluznante que sabe que surge de su propia garganta. Se levanta con cuidado, torpe, no controla su cuerpo, e intenta enfocar la vista sin conseguirlo del todo. Hay un bulto inmóvil en el suelo y otras figuras más lejanas. Algunas aplauden. Otras le miran con admiración. Un grupo lo hace con temor.

Su casa está cerca. Lo sabe. Continúa su lastimero paseo, acarreando el peso de un cuerpo que es demasiado grande para él, abrumado por sensaciones que es incapaz de procesar. Hay fuego y canciones, gente con escobas y con cuchillos que le atraviesan el cráneo. Niños que alborotan, gritando «¿truco o trato?». Gente con colmillos y con ropas manchadas de rojo y él se afana por llegar a casa y poder descansar.

Ya la ve, al fondo de la calle. Conforme se acerca con pasos lentos y tortuosos, siente la calma, la sobriedad. Como si de un absurdo despropósito más se tratara, una foto suya enmarcada en un lóbrego marco negro reposa junto a la danzante llama de una vela, adornando la puerta de su casa.

Tampoco lo comprende.

Llama a la puerta, ha debido de perder las llaves en el ese extraño hospital. Una anciana abre la puerta, vestida completamente de negro, con un pañuelo arrugado en sus manos. Sus ojos enrojecidos lo miran con reprobación y aprienta los labios.

—En esta casa no estamos para celebr…

Comienza a hablar, pero él sólo quiere ver a su madre. La hace a un lado y entra en la casa, por fin. Sabe que está en la cocina. Ella siempre está en la cocina, adora cocinar. La encuentra sentada a la mesa, frente a una taza humeante, en un ambiente sosegado pero triste. Alza la vista hacia él, pero no muestra signo alguno de reconocimiento. Si acaso, un gesto de hastío. Con lo que él necesita un abrazo…

—Mamá. —La voz surge clara ahora, aunque sabe que no es la suya.

El gesto de su madre cambia y una mueca de dolor lo desfigura. Las lágrimas desbordan sus ojos cuando habla:

— ¿Qué maldita broma es ésta? ¿Viene así, disfrazado, a burlarse de nuestro dolor?

Él no entiende nada.  Necesita un abrazo de su madre. Sentirse seguro de nuevo.

—Mamá, soy yo.

La neblina asoma de nuevo. Se mueve en un intento de despejarse y se apoya en la encimera. La mujer que le ha abierto la puerta ha vuelto y abraza a su desconsolada madre.

—No sé quién es ni si le parece divertido, pero le ruego que se vaya.

Se pone nervioso. Pasea la vista por la familiar estancia. Ésa es su casa. La neblina se ha hecho tan espesa que empapa su mente y sus sentidos hasta que casi es incapaz de reconocerla, pero es su casa. Lo siente en la sangre.

Se mira de nuevo sus manos manchadas. Su madre dirige la vista hacia el mismo sitio, dejando de llorar. La cautela reemplaza a la pena en su mirada. Contempla esas manos enormes teñidas de carmesí y luego le mira a él a los ojos. Con miedo.

—Begoña, vaya a su casa a descansar —le dice a la mujer en tono tranquilo.

La mujer asiente, presintiendo que algo extraño ocurre, y sale por la puerta. Él se frota las manos, muy nervioso. Sabe que está perdiendo el sentido otra vez.

—Mamá… —intenta de nuevo, con esfuerzo, con esa horrible voz.

No es él.

— ¿Quién eres?

Ya casi no la ve, aunque la ha escuchado perfectamente. «Soy yo, mamá», llora por dentro. Su visión se vuelve clara de repente. El rostro de su madre es una máscara absoluta de terror mientras le mira.

Baja la vista a esas manos grandes y sucias que no son suyas. Está empuñando un afilado cuchillo de cocina y siente que ese rostro que, ahora sabe, no es el suyo, sonríe con maldad.

Un vano último intento:

—Corre mamá.

 

sangre

 

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Crónicas Oscuras. Transición

Este es el relato con el que participo en el Juego de Verano convocado por Paty C. Marín, autora del blog Cuentos Íntimos. Espero lo disfrutéis.

(clic para música)

Crónicas Oscuras. Transición

Cierro los ojos y todavía puedo ver el horrible lugar.

La luz tenue y rojiza de las llamas en la pared. El aire es espeso, viciado, un pesado perfume a exóticas especias lo impregna todo. Y el olor metálico. Sé que no estoy sola, a pesar de que la penumbra es tan densa que no veo más allá de un par de metros de mí. Algo… o alguien me acecha desde uno de los rincones oscuros de esta mazmorra donde todo es humedad y frío. Y en un recóndito lugar oculto dentro de mi ser todavía soy capaz de albergar algo de temor. Mis sentidos están abotargados debido a la ponzoña que seguramente todavía recorre mis venas. Me muevo y el sonido de las cadenas y el dolor de las argollas en mis muñecas y tobillos me llega distorsionado, amortiguado.

Un estremecimiento me recorre con el recuerdo.

—No has podido evitarlo.

Su voz preñada de preocupación me trae de vuelta al presente y abro los ojos despacio. Él cree que es por esto, la escena escabrosa que tengo ante mí, por lo que me siento así, como si el mundo hubiera seguido girando a una velocidad y yo lo hiciera a otra más lenta. Gravitando.

No le miro.

Estamos sentados en el suelo, las espaldas apoyadas en la pared. Mi vista fija en los dos cuerpos que descansan para siempre, colgando en posturas retorcidas e imposibles de la cama donde hasta ahora habían dormido plácidamente. Pero no los veo. Ni me preocupan. Sus vidas por la mía. Lo que siento es un alivio inmenso, tan infinito que no me cabe en el pecho. Quizá he escapado de un infierno para adentrarme en otro.

—Háblame —le pido con voz monótona, carente de todo sentimiento.

Seth se encoje de hombros. No le temo. Ya no. Él me ha ayudado.

—Akrash me capturó y me convirtió. Ella es… Antigua. Es poderosa y su sed de sangre no conoce límites. Tiene varios esclavos de sangre que le sirven y… cuando uno no aguanta, rápidamente se consigue un sustituto. —No me engaño en cuanto a lo que significa “aguantar”, a pesar de que su voz suena tan desprovista de emociones como la mía propia. Habla mirando al frente, al parecer, ambos sin amedrentarnos ante el grotesco cuadro que presenciamos. —Cada uno de nosotros habitamos una celda en el subsuelo. Ella nos trae… comida. —La pausa que ha hecho ha sido por mí. Porque cree que todavía puede alterarme el mero hecho de que haya sido simplemente “comida” para alguien. O algo. —Y luego nos busca para… alimentarse de nosotros. Entre otras cosas — murmura más bajito. —No sé por qué condenada razón comenzó a llamarme con mayor asiduidad. Probablemente porque me resistía como un maldito tigre acorralado. Eso… le gusta. Tenía claro que si seguía así, no aguantaría mucho más. Entonces, un día cuando me devolvieron a mi celda, era una hembra joven, de pelo oscuro y ojos claros, la que estaba esperándome encadenada en mi aposento. —Esperando a ser su… comida.

Yo. Ahora sí, un escalofrío me recorre, indicándome que todavía tengo la capacidad de sentir intacta. Lo oigo continuar con el relato, pero me sumerjo en mi propia maraña de recuerdos.

Me despierto confusa en un lugar que está frío. Y mojado. Tenebroso. La violencia ocupa mis ideas, pero éstas son inconexas, como cables que no están debidamente enlazados. No puedo pensar con claridad. Ni ver. Pero escucho la respiración ajena perfectamente. Acelerada y contenida al tiempo. Siento una palpitación, un dolor punzante que sacude mi cuello y alguna otra zona de mi cuerpo. Cuando quiero tocarme para ver de qué se trata, compruebo que de nuevo estoy atada. Gimo agónicamente por el terror instintivo que se dispara por mis venas. No conozco el origen de mi temor pero es la señal inequívoca que lanza la parte subconsciente de mi cerebro, que parece saber más que yo. De mi garganta surge un gruñido que no soy capaz de reconocer como propio; estoy afónica. De haber gritado. Empiezo a temblar incontrolablemente y cierro los ojos. Estoy tan cansada… débil. Las lágrimas comienzan a rodar mientras me muerdo el labio para contener el alarido de terror que lucha por salir de mí. Estoy a punto de perder el control o el conocimiento, y entonces… siento una leve caricia en mi rostro que recoge una lágrima.

—… Ya se habían alimentado de ti. —Seth me ayuda a recomponer el paisaje de mi memoria. —Varias veces. Y yo estaba tan sediento

Por el rabillo del ojo veo cómo aprieta el puño sobre su muslo. Aparto la mirada rápidamente, sintiéndome repentinamente mareada.

—Acababa de servir a Akrash y estaba apenas fuera de control. —Su voz suena envuelta en pena.

Lo siguiente a la caricia que siento es un inmenso y lacerante dolor en el cuello, seguido de pulsos de succión desenfrenados. El deseo de perder definitivamente la consciencia y que termine el infierno me invade. Me siento mareada, débil, confusa… La vista comienza a fundirse en negro. El final ha llegado. Bienvenido sea. Me dejo arrastrar… Y siento entonces el roce húmedo en mi boca. Me lamo los labios antes resecos y el sabor que invade mi paladar me deja paralizada. Es intenso y adictivo. Pura ambrosía. Relamo los labios en busca de más y algo presiona en mi boca. Chupo y succiono y, oh sí, el líquido preciado  atraviesa mi paladar y desciende por mi garganta. Algo primario, algo instintivo toma las riendas de mi ser y me lanzo hacia delante en busca de más. No me importa el daño ni el precio. Obtengo lo que quiero… hasta que me separan bruscamente de la fuente de mi droga. Los jadeos que escapan de mi boca se confunden con los gruñidos de ese… ser, que se aleja de nuevo hasta los confines de la estancia, sumido en la oscuridad más absoluta. Y ahora sí, pierdo el sentido.

Los recuerdos de los días pasados están confusos y enmarañados, la percepción del tiempo, difuminada. Sé que esa secuencia se repitió varias veces, mas ignoro si era siempre la sangre del mismo individuo  la que bebía. La ansiedad hace mella en mí al percatarme de que no soy capaz de recordar de forma ordenada, sólo trazos de aquí y de allá, sin orden ni concierto. El nudo que se me forma en la boca del estómago hace que comience a jadear para poder llevar aire a mis pulmones.

La mano de él envuelve la mía cuando percibe que algo no va bien.

El frío de la celda, la humedad calando profundo en cada poro de mi piel, helándome las entrañas. Las argollas en mis pies y mis manos, la postura sostenida, el entumecimiento de mis miembros. El olor especiado, intenso, penetrando en mis fosas nasales y derritiendo mi capacidad de raciocinio. 

El sexo.

—Me follaste.

—Sí.

No le recrimino nada, pero suelto su mano.

—No sólo tú… ¿verdad?

Sé que está apretando los dientes. Los oigo chirriar. Ahora soy capaz de eso.

—No.

Me levanto, alejándome de él sin demasiada intención y contemplo con fría indiferencia el dantesco escenario en el que nos hayamos. Las paredes de madera de la cabaña con algunas sangrientas salpicaduras, las níveas sábanas violadas de rojo intenso. Los ojos desencajados de terror, los brazos y piernas retorcidos en posiciones antinaturales. Aparto la mirada, inquieta.

Me despierto y, como es habitual, al principio no reconozco dónde estoy. Todavía soy humana y la sangre de él sigue teniendo el efecto ponzoñoso en mí. No tengo forma de saber si es de día o de noche, no llega ni una maldita onda de luz aquí abajo. No tengo hambre ni sueño y he recuperado gran parte de mi fuerza. Diría que he sobrepasado mis anteriores límites, pues soy capaz de escuchar con claridad los movimientos de las patas de los insectos que habitan los muros de las mazmorras y distingo las formas y siluetas de la estancia, donde antes sólo veía negrura.

Soy perfectamente capaz de percibirlo a él. Hay una corriente diferente entre nosotros. Y estoy segura de que le ocurre lo mismo. Sabe que estoy despierta, a pesar de que no he movido un músculo. 

Siento cómo se pone en pie y camina lento hacia mí. Abro los ojos y alzo la cabeza para mirarle. Su actitud es cautelosa y su expresión, preocupada. Me observa con el ceño fruncido y los labios apretados, valorando mi estado. Sí. Siento su hambre, su… sed. Su lucha interior. Busca mi mirada al tiempo que una de sus manos toca mi cara en una caricia lenta y ligera que desciende hasta apartar mi melena sucia y oscura a un lado. Dejando mi  cuello al descubierto. Cierro los ojos con fuerza, sabiendo lo que viene a continuación. 

No es suave cuando muerde y algo que escapa a mi comprensión me revela que no puede serlo. Suelto un gañido de dolor sin poder evitarlo, al tiempo que aprieto, indefensa, la mandíbula. Ya he luchado otras veces como he podido, atada de piernas y manos, pero ha sido inútil. Siento la acostumbrada succión y los tirones en mi entrepierna, una sensación novedosa de las últimas veces, que llega a ser… placentera. Él me sostiene con sus brazos fuertes, como si no quisiera que me quedara colgando de las argollas si las piernas me fallan. Cuando está seguro de que eso no va a ocurrir, sus manos se pasean por mis costados, calentando mi cuerpo sumido en el helor. 

Hay otra cosa que calienta mi vientre. Ignoro si es la primera vez o si siempre ha sido así y he estado tan alienada que no me he dado cuenta hasta ahora. Comienza a balancearse contra mí, buscando ese roce íntimo entre la piel de mi estómago y su verga, al tiempo que lame mi cuello recogiendo más líquido vital. Los relámpagos de placer se extienden por mi cuerpo encendiendo cada una de mis zonas más sensibles. Gimo y dejo caer mi cabeza contra su hombro, derrotada en el primer asalto. El deseo es como una droga que corre por mis venas alcanzando lugares recónditos, llenándolo todo con sus latigazos. No lo comprendo su origen ahora. Pero no puedo hacer otra cosa que someterme a él.

Él entiende. Lame mis heridas hasta que dejan de punzar y sus manos se desplazan a mi pecho. De un tirón, aparta la mugrienta ropa y me acaricia mientras su boca traza un sendero de fuego hasta llegar a uno de los pezones. Bendigo secretamente las cadenas que me mantienen presa y me impiden apartarlo. Mi cabeza cae hacia atrás cuando una de sus manos se cuela entre mis piernas, apartando tela. No es paciente y dos dedos se pasean por la lúbrica superficie para terminar en mi interior. Entrando y saliendo. Entrando… y saliendo. 

En una chispa de lucidez me doy cuenta de lo que va a pasar y me impulso contra él, agrediéndole con lo único que puedo: mis dientes, que no son, ni por asomo, tan puntiagudos como los suyos. Le muerdo el cuello con fuerza y tiro, desgarrando carne y piel. Escucho su rugido de dolor y me empotra brutalmente contra la pared, su cuerpo presionando a todo lo largo del mío. Otra vez ese líquido, su sangre, en mi boca. Puro deleite. Me relamo y eso parece romper definitivamente su control.

Gruñe y me penetra de una estocada, al tiempo que vuelve a hundir sus colmillos en mi piel. Yo grito como una posesa. Pero no es de dolor, a pesar de que es enorme. Las sensaciones se mezclan en mi interior formando un torbellino de intenso gozo. El sabor de su sangre sacudiendo violentamente mis papilas gustativas. La succión en mi vena, los tirones en mi centro de placer. Uno, y otro… y otro más. Su sexo entrando y saliendo del mío, tan duro y caliente que acaricia cada porción de lubricada piel interna, tan grande que llega hasta mi alma ya condenada. 

Me alza con sus fuertes brazos hasta que las cadenas tiran tanto de mis miembros que duelen. Pero así sus movimientos son más libres, más desatados. Las sensaciones son cada vez más poderosas, los movimientos más animales. Está bebiendo demasiado. Estoy mareada de placer y de debilidad. Pero no soy capaz de negarle nada. Él parece saber mejor que yo lo que necesito. Lo que ambos necesitamos. 

El orgasmo me sorprende completamente indefensa. Me arrasa como una enorme ola de deleite que no deja nada tras de sí, salvo un cuerpo inerte abrazado a su verdugo. Él se suelta del agarre a mi cuello para echar la cabeza atrás mientras se corre. Y aunque se ha apresurado a cerrar los ojos, me da tiempo a ver el destello sobrenatural que desprenden en ese momento. Soy —más— consciente de que me encuentro en brazos de un ser sobrehumano y la feliz noticia no hace mella en mí.

Probablemente porque estoy convencida de que yo estoy a poco de serlo, si no me he convertido ya en uno.

Cuando ambos recuperamos el aliento, sale de mi interior y noto la humedad descender por mis muslos. Me baja hasta dejarme de rodillas en el suelo y él prácticamente se desploma también, jadeando en busca de aire. Recuerdo entonces que es probable que haya terminado de servir a nuestra Ama y la debilidad haya hecho mella en él. No obstante, se abre la muñeca y me la ofrece. La reacción de mi cuerpo me sorprende incluso a mí. Me abalanzo sobre ella y succiono como si en ello me fuera la vida. 

Y puede que así sea.

—Deja de pensar en eso. —Su voz me llega desde atrás. Me giro y veo que no se ha movido, sigue sentado en el suelo, la espalda apoyada en la pared. Sin embargo, su mirada ha cambiado. El fulgor que tan familiar me es y que relaciono con el placer, brilla en sus ojos en este mismo instante. Sé que puede oler mis estados de ánimo basales. Mi… excitación.

—¿En qué? —le reto, mirándolo fijamente a los ojos y disfrutando de su brillo.

—Ya lo sabes —musita—. En nosotros jodiendo.

Sus palabras desnudas provocan la aparición de una imagen muy explícita en mi cabeza. Lo que me lleva a la siguiente pregunta.

—¿Cuántas veces?

Seth sabe a lo que me refiero y no se escaquea.

Aunque tampoco me responde.

—¿Conmigo o con los demás?

No puedo evitar un lamento. Sus palabras hieren como dagas punzantes.

—Lo siento —murmulla, apartando la mirada. Está mortalmente serio y me doy cuenta de que él ha sufrido tanto como yo al tener que compartirme.  No por motivos románticos. Sé que se siente culpable. —No sé cuántas veces fueron. Yo… cuando bebes de alguien es difícil controlar a la bestia interna. Sus instintos son fuertes y no sólo quiere… sangre.

—Yo acabo de… beber —todavía me cuesta la terminología— y soy capaz de controlarme perfectamente.

—Pero sientes la atracción. —No puedo negárselo. No hacia mis víctimas, con ellas poco queda por hacer. Sin embargo, Seth… Sonríe de medio lado al adivinar mis pensamientos. —Aunque me repudies, ahora mismo te sientes atraída por mí. Y sólo puedes resistirte porque la sangre con la que te has alimentado era humana.

Lo que me recuerda lo que acabo de hacer.

—Por eso yo me resistí las primeras veces. Tu… sangre humana diluía la de Ella. Akrash me permitía beber de ella cada vez, aunque poca cantidad. Ni te imaginas cómo me sentía. —Lo veo negar levemente con la cabeza, dudando si seguir hablando o no… Le animo—. Euforia. Drogado, la voluntad anulada. Vergonzosamente excitado. Deseándola, aunque me asqueara. —Sonríe con cinismo al tiempo que me mira. Establece paralelismos demasiado a la ligera. —Cuanto más antigua es la sangre que tomas, con más intensidad te golpean tus necesidades mas animales. Pero basta que tomes sangre de nuestra especie para que las sientas y ruegues por ser capaz de contenerte. O no —añade.

No entiendo esta última parte. ¿Cómo no voy a querer negarme?

O… ¿no habla de mí…?

—Así que ahí tienes tu respuesta, Allianna. ¿Cuántas veces? —Se encoge de hombros. —Cada vez, cada condenada vez, que volví de ella. —Su voz es dura, pero sospecho que no contra mí. —Sólo pude contenerme las tres primeras veces que bebí de ti. Luego… tu sangre ya empezaba a parecerse a la nuestra y…

No continúa la frase, pero sé perfectamente lo que quiere decir. Sangre y sexo siempre van unidos. Al menos, en… nuestra especie.

Porque eso es lo que soy ahora, ¿no?

—¿Por qué me diste tu sangre? —Aunque suene a acusación, no es lo que pretendo. Sólo quiero comprender; saber cómo he llegado hasta aquí. —Cuando bebiste de mí la primera vez… ¿Por qué lo hiciste? Sólo tengo esas sensaciones ligadas a ti, no recuerdo que ningún otro… esclavo me alimentara.

Seth frunce el ceño profundamente. Parece ofendido, pero no me importa.

—Cuando llegaste a mi celda, estabas al borde de la muerte. Seguro que no era yo el primer esclavo al que te ofrecían, es más, apostaría a que te habían probado unos cuantos. Te habría matado —continúa. —Si no te hubiera ofrecido mi sangre. Te habría matado.

Asiento, comprendiendo el motivo. Así que se dedicaba a salvar —y a convertir, en el proceso— a las pobres mortales que éramos llevadas allí como carnaza.

—¿Alimentaste a más chicas, aparte de mí?

Me mira durante unos segundos, antes de contestar. Veo la duda en sus ojos.

—No —dice, por fin, desviando la mirada.

Soy la única. Su respuesta me sorprende y altera el pulso en mis venas. Me lo recrimino en silencio. No quiero sentir nada por él. Me ha ayudado a escapar. Pero me ha condenado.

—¿Por qué yo? —surge la pregunta en tono frío, muy diferente de como me siento por dentro.

Seth juega con un jirón de tela, despedazado de sus ropas.

—¿Y por qué no? —responde indiferente. No me lo trago. Y él lo sabe. Suspira. —La chica anterior a ti, la que nos… trajeron para alimentarnos. Murió en mis manos. Yo la maté cuando bebí de ella la última vez. Me di cuenta entonces de que todas… todas las anteriores habían muerto igual. No conmigo, pero con alguno de mis… compañeros. Y yo fui responsable de una pequeña parte de sus muertes.

Una pequeña carga más de culpabilidad para su conciencia. Por un momento me olvido de mi desgracia para centrarme en la de él. ¿Cuánto tiempo ha permanecido en esos calabozos? ¿Cuánto tiempo sirviendo como reservorio de sangre y como semental para esa… arpía? ¿Cuántas vejaciones y violaciones?

¿Cómo ha sobrevivido?

Seth me mira desde abajo. Su expresión es tan seria que apostaría mi vida inmortal a que conoce cada uno de los pensamientos que están cruzando mi cabeza.

—¿Qué… hacíais cuando ella… te mandaba llamar? —me atrevo a preguntar. La curiosidad, el morbo, me pueden. Mala idea. Sus pupilas aumentan hasta que el negro copa casi todo y sus ojos se achican tanto que acaban siendo dos rendijas y parece capaz de enviar un mortífero rayo a través de ellos. Peligroso.

Desvío la mirada. Y acabo topando de nuevo con los dos cuerpos que yacen inertes en la cama. No sé el tiempo que llevamos aquí, pero probablemente estén ya fríos. La realidad me golpea de nuevo, atravesando los muros de embotamiento que me rodean. ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así? ¿Qué condenada vida me espera?

—No has podido evitarlo —me repite Seth desde atrás.

—¿Ahora me lees el pensamiento?

—No. Pero sé lo que se siente los… primeros días. Yo no tuve ocasión de… matar, porque nos racionaban las presas. Los… otros, Sus secuaces, nos separaban antes de que acabáramos con ellas. Era otro de los pasatiempos favoritos de Akrash. Contemplar cómo los recién convertidos nos volvíamos bestias irracionales y separarnos de lo que más ansiábamos. También disfrutaba con las palizas que recibíamos de sus sirvientes cuando nos enfrentábamos a ellos. Nunca eran menos de cuatro —una risa baja y despreciativa surge de su boca—, no se atreverían.

Levanta la mirada hacia mí.

—Pero hubiera matado si me hubieran dejado. Estoy seguro como el demonio.

Sus palabras no me consuelan. Ni por mí, ni por él. Las lágrimas empiezan a rodar por mi cara y me asusto. No quiero tocarlas porque sé el color que tienen ahora.

Seth se levanta de un salto y se acerca a mí cuando me ve temblar. Despacio, como si no quisiera asustar a un animal salvaje y estuviera pidiendo permiso al mismo tiempo. Su mano se alza lentamente y aparta el pelo negro de mi rostro. Me mira a los ojos, transparente. Y acerca su cabeza tanto que tengo que cerrarlos, tal es la intensidad de su mirada. Entonces, lo siento. Su lengua, con movimientos tan sosegados como el resto, sigue el camino de las lágrimas, recogiéndolas con ternura.

—No quiero ser así. —Mi voz surge en un lamento tan bajo y agudo que por un instante, dudo que me haya oído. Pero sus sentidos son igual de agudos que los míos.

Y me abraza fuerte, escondiendo su rostro en mi cuello. Me comprime de tal forma que si hubiera sido humana, estoy segura de que me habría roto más de una costilla. Oigo su respiración alterada y comprendo que no es sólo mi consuelo, sino el suyo también.

Yo no quiero ser así, pero de otra forma, estaría muerta. Él me ha salvado, pagando ambos un precio elevado. Los recuerdos de los primeros días en las mazmorras son muy confusos, pero van tomando consistencia y orden a medida que avanzan los días, las semanas. Conforme él me va ofreciendo su vena y su sangre poderosa empieza a formar parte de la mía. Fortaleciéndome.

Sé el riesgo que ha corrido al hacerlo. La apuesta por salvar nuestras vidas condenadas.

Recuerdo la farsa para hacer creer a los guardias que mi debilidad va en aumento. La complicidad.

Recuerdo las sesiones inevitables de sexo necesitado. Su cuerpo caliente y duro contra el mío, sosnteniéndome, el balanceo, el placer. Los gemidos acallados a besos. Con su sangre en mí, lo deseo más cada vez. Yo tomando la iniciativa, a pesar de estar encadenada a la pared. Y él ofreciendo y buscando solaz simultáneamente. Comprendiendo mi biología, que es igual que la suya, y no negándome nada. Recuerdo el día en que mis caninos están lo suficientemente desarrollados como para tomar lo que necesito y le muerdo, incontenible, en el cuello. Su alarido de dolor es mi placer.

Recuerdo el día que estamos listos para escapar. Los planes trazados en noches interminables, sin otra cosa mejor que hacer. La huida, con la adrenalina pulsando en nuestros cuerpos y el miedo a volver a ser capturados atenazando nuestras almas. Corriendo a través de campos en la noche cerrada. Vamos, vamos vamos. Saltando muros de piedra, los perros y demás bestias ladrando a lo lejos.  Hasta llegar aquí. A la humilde granja donde sus tranquilos propietarios se disponían a dormir como cualquier otra noche de sus sosegadas vidas.

Los pensamientos sobre lo que ha ocurrido después se mezclan con los besos cálidos de Seth en mi cuello. Me lame en lentas pasadas y su boca succiona alterándome el pulso. Y, con la guardia baja, lloro al mismo tiempo por las vidas que he sesgado. Y todas aquellas que estoy condenada a sesgar. Seth me oye sollozar y, con los ojos cerrados, restriega su cara contra la mía rezando como una letanía “No, no no…”. Me besa en la boca, intentando acallarme, y lo consigue. Nuestras lenguas bailan juntas danzas antiguas, sus manos empiezan a recorrer mis costados, aprietan mis nalgas y siento su sexo duro contra mí. Me separo un instante y lo que veo me trastorna: su cara toda manchada con mis lágrimas.

—Aquí no, por favor —suplico, entre más sollozos. No quiero que haya luz, ni quiero dejarme llevar donde antes he perdido el control de mis actos. —Llévame fuera.

Me carga, con mis piernas abrazadas a su cintura y nos desmaterializamos. Lo he visto ensayar el truco y tiene que enseñarme. Una cosa más.

Conforme aparecemos en medio del bosque, me empotra contra el tronco de una enorme haya. El golpe hace que caigan hojas y frutos al suelo, mas nosotros ya no nos percatamos. Estamos a millas de allí. Rasgando ropas, mordiendo y empujando en una lucha por llegar al otro. Mis senos quedan expuestos al frío aire de la noche en cuestión de un segundo y al siguiente, tengo su boca sobre ellos. Hambrienta, lame y succiona hasta el dolor. Pero en lugar de gritar, me muerdo el labio y le hinco las uñas en la espalda. Su gruñido reverbera en mi pezón, enviando calambres de placer a lo largo de mi cuerpo, que terminan reuniéndose en mi entrepierna. Muevo las caderas, intentando acariciarme contra él, pero no consigo llegar y gimo de frustración. Seth reajusta la postura sin dejar de besar mis senos y su polla acaba encajada entre mis piernas. Ambos jadeamos el alma cuando nos movemos frenéticos contra el otro. Las telas sobran entre nuestros sexos y me afano por apartarlas. Lo cojo en mi mano, acero envuelto en seda, buscando un mejor ángulo y su punta lubrica mi clítoris, convirtiendo las caricias en pura lujuria. Le masturbo despacio, los movimientos repercutiendo en mi centro. Observo cómo separa su rostro de mis pechos y la agónica expresión de placer que muestra me sobrecoge.

No quiero darle sólo placer. Quiero hacerle daño. Por todo lo que me ha hecho.

Aprieto fuerte el agarre hasta que gruñe y sus dedos se crispan.

¡Perra…!

Pero no se separa, me sigue dejando hacer. ¿Se autocastiga? Aprieto más fuerte.

Ruge como un animal y coge mi mano, separándola de su sexo y alzándola por encima de mi cabeza. Me abrazo fuerte con las piernas para no caerme y su polla queda en mi entrada, nuestras miradas suspendidas, las respiraciones aceleradas y jadeantes. Nuestros anhelos gravitando a nuestro alrededor. Los imposibles y los… posibles.

Me penetra despacio, pidiendo permiso y perdón. No cierro los ojos. Quiero verlo, quiero contemplar su arrepentimiento y lamer sus heridas. Cuando está completamente encajado, sus colmillos comienzan a alargarse por el placer. Sé que quiere morderme mientras me folla. Beber de mí mientras me entrega su otro líquido preciado.

Pero ahora no es como antes. No tiene que recuperarse de Akrash. Ni tiene que darme su sangre ya para hacerme fuerte. Inmortal. Así que apoya la frente en mi hombro con un lamento, escondiendo el rostro y negándose una de sus necesidades, y empieza a moverse entre mis piernas. Lento al principio. Pero la parte animal es fuerte en nosotros ahora y el instinto difícil de coartar. Pronto se centra en nuestro placer, olvidándose de mi yugular y el simple hecho me… apena.

Su sexo es enorme dentro de mí. Me ensancha y me acaricia dando a la palabra lascivia nuevas connotaciones. Mis propios caninos se alargan por el placer y la necesidad de él aumenta. Ya no soy capaz de esconderlos cuando le beso en el hombro y él se percata.

Muerde, joder… su voz baja y rasposa me sobrecoge. Mi voluntad no es tan fuerte como la suya.

O quizá, me creo con más derecho que él.

Asciendo lamiendo su cuello. Él se mueve en suaves ondas dentro de mí, estocadas limpias, firmes e intensas que me preñan de deleite. Su pulso late fuerte y rápido bajo mi lengua. No me lo pienso más y hundo mis colmillos en él. Escucho su alarido de dolor mezclado con el gemido de placer que le sigue y siento los pulsos de su sexo en mi interior. Lo percibo todo lejano, pues su sangre invade mi boca y es el éxtasis en estado puro. Succiono y lamo para conseguir más de su sabor y es éste junto con su orgasmo lo que detona el mío. Las contracciones de mi sexo alrededor del suyo se alternan con mis succiones en su vena, elevando mi placer hasta el misticismo.

Sexo y sangre. Sangre y sexo.

Cuando el sentido y la cordura vuelven a mi ser, siento a Seth temblar. Sigue dentro de mí, duro. Mi espalda arde, probablemente por los arañazos de la corteza sobre mi piel. Nuestras respiraciones son erráticas. Le acaricio el pelo y sale con cuidado de mí, depositándome en el suelo. No soy capaz de enfrentar su mirada. Todavía me cuesta morderle y que me deje beber de él, así que mantengo la vista al suelo mientras siento la humedad descender por  mis muslos. Pero no me va a dejar escaquearme. Posa su mano en mi barbilla y presiona alzando mi rostro. Nos miramos durante unos instantes y luego sonríe de medio lado. Su dedo pulgar vaga alrededor de mi boca y por mis mejillas. Luego se lo acerca a la boca y lo lame. La mezcla de su sangre y mis lágrimas.

El gesto es tan lascivo que altera de nuevo mi pulso. Me acerco a él y comienza a lamer el resto de lo que queda en mi rostro. Su erección no ha perdido dureza ni por un instante. Sin dejar de abrazarnos y besarnos, nos acostamos en el tupido suelo, cubierto de vegetación. Celebrando la vida, tras el infierno.

Ahora somos libres. Sin Akrash ni sus secuaces. Sólo nosotros y nuestros propios demonios.

(Más Crónicas Oscuras aquí)

Poseer

(Aviso: contenido homoerótico)
 
 
 

Poseer es dar placer. Son dos cuerpos entrelazados sobre sábanas oscuras de satén. Piel contra piel, alma contra alma. Son lenguas que se buscan para danzas ancestrales y trazan senderos de fuego y recorren kilómetros de suave lienzo que se estremece a su paso. Me pintas con lúbricos caminos mientras yo hago lo propio. Tu sabor es frenesí en mi cerebro, caos en mi pulso. Desciendo lamiendo valles de músculos trémulos, buscando lo que anhelo con desesperación.

El oscuro objeto de mi obsesión aparece ante mi vista, erguido y orgulloso, acero rodeado de seda. Terso calor infernal. Humedezco inconscientemente mis labios y cambio mi posición a petición de tus manos. Mi cetro en tu boca, tu cetro en la mía. Eres el Rey de mi placer consumiéndome en delicadas pasadas, en sutiles envites. Invitando y tentando, cada vez más profundo. Despacio, me das tiempo. Tus gemidos reverberan en mi piel y sé que te gusta lo que hago entre tus piernas porque me das gotas de tu gozo y yo quiero más. Quiero más de ese sabor salado, de ese fluido lúbrico que enloquece mis sentidos y chupo con más fuerza. Atreviéndome. Y me respondes. Me follas la boca como si te envolviera la locura y es esa misma locura la que me embarga al sentirte tan dentro de mí. Al estar tan dentro de ti.

Poseer es alimentar la hoguera. La mía arde en mis entrañas, en mi bajo vientre y entre mis piernas, lanzando cálidos estremecimientos a través de cada fibra nerviosa de mi cuerpo. Es una espiral que me traga, me absorbe, me consume. Me consumes y me posees con la magia que despliegas allí donde tus labios me tientan, tu lengua me impregna y tu boca me traga. Esto es tan nuevo para mí… y soy tan tuyo ahora mismo…

Poseer y darse a cambio. Siento esa necesidad, de darme a ti a cambio de poseerte. Estoy tan duro… Y el placer es tan… intenso… No había sentido nada igual antes. No había hecho nada igual antes… Nunca… antes… igual… Los ritmos cuidados se van perdiendo, las cadencias desacompasando. Algo instintivo, animal, toma el control y la mente desconecta… Sólo placer, sólo jadeos, sólo deleite, sólo sudor, sólo gozo, sólo placer y placer… y placer…. No puedo evitar darme a ti, es la demanda natural de mi cuerpo, intento avisarte, apartarte. Me coges más fuerte, me chupas más fuerte, me lames más fuerte… y, oh, joder, me doy a ti en largos pulsos que arquean mi espalda hundiéndome más en tu interior. El orgasmo arrasa con lo que queda de mi conciencia, haciéndome gritar como con nadie más lo he hecho.

Ahora posees algo de mí en tu interior. Me doy cuenta, jadeante, y no me doy permiso para pensarlo. Te sales de mí despacio, al borde mismo del precipicio, y me giras, cara a cara. Quiero darte lo mismo, quiero poseerte de la misma forma. Mi alma ruega por ello. Pero llora también por algo más. Me mueves y te veo. Brillante por el sudor, brillante por mi saliva, brillante por ser tú. Tu mueca es tranquila, pero tus ojos muestran la tormenta que llevas dentro. Me acerco a ti para aliviarla, para poseerte como quiero, pero me coges la muñeca como un cepo, sin dejarme llegar hasta ti. Provocándome más hambre. Tus ojos están tan fijos en los míos que creo que estás viendo hasta el rincón más oscuro de mi ser. Ese que me impide ser lo que quiero y hacer lo que deseo. Mi piel crepita de ansiedad por tocarte y entonces lo veo.

Sin soltarme la mano, alzas la otra hasta tu boca, dejando caer lo que yo he dejado antes ahí y provocando un pálpito en mi sexo semierecto. Tus ojos siguen fijos en los míos, preguntando y ansiando. Yo desvío la mirada, siguiendo hipnotizado el camino descendente de tu mano, que envuelve tu verga en una lasciva caricia. Arriba y abajo, tan despacio, tan… contenido. Nuestros gemidos brotan a la vez.  Mi dureza es palpable de nuevo. Vuelvo mi vista a tus ojos que no se han separado de mí ni por un instante. Las palabras sobran desde hace tiempo entre nosotros. Sé lo que quieres. La sangre se dispara en mis venas cargada de adrenalina. Me he resistido. Pero yo también lo quiero. Oh, joder, cómo lo deseo…

Asiento levemente y tu voz sale oscura: “¿Seguro?”.

“Sí”.

Me giras lentamente mientras siento el pulso atronar en mis oídos. Posturas que nunca he probado, sensaciones nuevas. Te noto detrás de mí, pero los nervios no me permiten sentirte. Tus manos trazando de nuevo tiernos senderos por mi cuerpo, por mi espalda, mis hombros, mis glúteos. Caricias perdidas que se encuentran poco a poco en un mismo lugar. Susurros tranquilizadores, susurros enloquecedores. Susurros que rozan mi corazón y me roban el aliento y la razón. “Te quiero”. Mi polla llora gotas blancas de pasión oscura. Tu mano las recoge y las esparce rodeándome con los dedos y siento que no puedo, que no aguanto…

Tu presencia roma y caliente en mi entrada retiene el ascenso del placer. Gimo sin poder evitarlo, con temor pero deseándote. Empujo y empujas. Murmuras, gruñes. Gruño. Más envites y el dolor. Y el placer. Cada vez más adentro. Me posees. Pero, no. Soy yo quien te posee. Quien te aloja, quien te tiene. La mezcla de sensaciones explosiva nuevamente me hace desconectar la razón. Sólo siento. Sólo te siento. Completamente ensartado, siento tu ingle contra mis nalgas, tus testículos rozando los míos. Lleno. Te mueves y tu frente se apoya en mi hombro, jadeando el placer contra mi piel. Sales despacio… y entras fuerte. Y gruño. Vuelves a salir… y a entrar. Y me coges de nuevo, rodeando mi dureza para sacarme lamentos a base de caricias. De embestidas. Dentro, fuera, dentro… fuera… dentro… fuera… Tu mano sube y baja sobre mi longitud, extrayendo deleite por su punta. La marea de sensaciones me embota cada vez más y no puedo… Muerdo el satén oscuro de la almohada para contenerlo todo, las emociones, el dolor, la lujuria y el placer. El amor.

Pero no puedo contenerme más. No quiero hacerlo. Suelto el mordisco y grito el alma por la boca en un orgasmo devastador. El que nunca me he permitido sentir. Lo siento contigo ahora, las oleadas asolan mi interior liberándome de pesadas y gruesas cadenas que no sabía que me retenían. Despojándome de todo, volviéndome cristalino, transparente. Limpio. Inmaculado…

Y te siento. Te disparas dentro de mí, tibio y suave. Intenso. Néctar de vida. Placer líquido…

Ambos caemos en un abrazo enredado, en una cama al fin caliente, en un sopor satisfecho y feliz…

Poseer es llegar hasta ese punto más oscuro y secreto dentro de alguien. Poseer es abrir las puertas y abrazarlo como si fuera la fuente misma de la luz.

 

Dame luz

Buenas!! Hace dos semanas que no participo en el reto Una Imagen y Mil Palabras por cuestiones de curro, pero ya estoy de vuelta! Esta semana proponía la imagen mi compi de batallas Paty C. Marín y el mini relato que he escrito es el siguiente. Espero que os guste (la foto la encontraréis al final del mismo).

Dame luz

Nada más llegar, fue directo al cuarto de baño y abrió el grifo del lavabo. Observó con fría distancia cómo el rojo diluido teñía la superficie blanca, arrastrando parte de su suciedad. Había otra parte de la que no se libraba jamás.

Sin mirarse al espejo —nunca había sido capaz de enfrentar su mirada en esos momentos—, se descalzó y comenzó el ritual de deshacerse de las ropas manchadas, la camiseta, el pantalón. Menos mal que eran negros. De otro modo, no podría haber caminado por las calles de la ciudad, por mucho que se escondiera entre las sombras.

Se metió bajo el chorro de la ducha, cerrando los ojos y sintiendo el agua acariciar su piel y llevarse por el sumidero algo más de suciedad. Siempre la exterior. No importaba. Hacía mucho tiempo que había prohibido decir ni una palabra a su conciencia. La maldita, como castigo, se había esfumado. Lo que resultaba jodidamente conveniente para su trabajo. Estaba acostumbrado a convivir con su mierda interior, no tenía más remedio. Lo que él hacía, requería un corazón helado. Y lo hacía por dinero. Aunque según las reglas establecidas, estaba del lado de los buenos, él no veía demasiada diferencia entre los dos bandos. La mayor parte de las veces terminaba saltándose los límites de la legalidad, con permiso de sus superiores, por supuesto. Mierda, ellos no tenían que pringarse con sangre.

Se secó tras la rápida ducha, recobrando el status quo consigo mismo y, desnudo, caminó por el piso, buscando la cocina. Era una jodienda vivir de piso franco en piso franco, pero tenía siempre las mayores comodidades y la nevera llena. Cuando la encontró, abrió la puerta de la nevera que proyectó un halo de luz tenue, iluminando la estancia. Escogió una cerveza y se lanzó, exhausto, al sofá, dispuesto a disfrutar.

No duró mucho.

Su teléfono, el otro, vibró sobre la mesa. Una oleada de nervios lo atravesó de cabo a rabo. Ese móvil sólo lo conocían dos personas en todo el mundo. El temblor de la mano casi hizo que se le cayera al suelo. Un mensaje de texto. Lo abrió.

“Ya viene.”

Se sentó, dejando la cerveza de lado y apoyando los codos en las rodillas, la cabeza en las manos. Los dedos se crisparon entre su pelo, intentando contener los pensamientos, las emociones. ¿Ya habían pasado nueve meses?, pensó, aterrado. Cogió la cerveza y la terminó de tirón. Necesitaba otra, se dijo, mientras iba directo a la nevera.

Pero no llegó hasta ella. Maldito fuera. No iba a presentarse así.

Se movió, inquieto y desnudo como iba, por la oscuridad del salón. Tenía que ir. No sabía si sería capaz de… hacer lo que tenía que hacer, pero tenía que estar con ella. Sólo que…

Joder.

No podía hacerlo. Él era un ser oscuro, perteneciente a las sombras, a la noche. Y ella era la luz, la transparencia, la claridad. Él era capaz de matar a sangre fría, era lo que hacía y lo hacía muy bien; limpio, rápido, fácil. No se inmutaba lo más mínimo, no sufría. Y ella…. ella daba vida. La estaba dando en ese preciso momento. Gracias, en parte, a él. Mierda santa…

Cómo habían terminado ella y él enredados entre mantas de hilo, en medio del desierto de Namib era algo que todavía no entendía. La había rescatado de las zarpas de un grupo de  soldados que servían al régimen talibán. No era nada especial, estaba acostumbrado a ese tipo de operaciones colaterales a la misión principal. Conocía demasiado bien el terror en los ojos de la rescatada  y el síndrome de enamoramiento de su rescatador, nunca le habían afectado especialmente. Siempre había conseguido comportarse con las víctimas.

Pero no había podido resistirse con ella. No fue capaz ni esa primera vez en la arena fría ni las que siguieron, en lugares mucho menos aceptables. Caer una vez era excusable. No era de piedra. Sin embargo, se había perdido en su interior muchas más veces de las justificables, llevado por una pasión que no era ciega. Era pragmático, sabía lo que le estaba sucediendo. Pero un tipo como él no podía permitírselo. Así que no dejó que ella tuviera esperanza alguna. Desde el principio dejó claras las normas: era sexo, no quería nada más de ella.

Maldito mentiroso. Era un hijo de puta.

Bien entrenado, eso sí. Ella lo creyó.

Se habían separado en la base norteamericana que quedaba al norte, tras salvar varios obstáculos estratégicos. Lo que él conocía como escurrirse por la noche cual sabandija resbalosa: sin ruidos, sin señales. Matando en silencio. Un beso en la frente y su hijo en su interior. Solo que ahí todavía no lo sabía.

La revelación llegó dos meses más tarde. Era lista, se las había ingeniado para hacerle llegar la noticia a una sombra que no existía, como él. Lo había dejado noqueado. Un golpe en la sien no habría sido más efectivo. Incapaz de moverse o pensar durante mucho rato.

Él no podía ser padre.

No sabía serlo.

No quería serlo.

Pero el calor que sintió en su interior se convirtió en una especie de droga para él. Algo que no sentía a menudo. Algo que no había sentido desde… aquel tiempo con ella en Irak.

En Irak. Rió con amargura, recordándolo. Había hecho a su hijo en Irak.

No podía ser padre, se repitió.

No podía tocar a su hijo con sus manos rojas, acunarlo entre sus ropas oscuras manchadas.

No podía exponerlo a la vida que llevaba, igual que no había podido exponer a su madre.

Supo que la decisión estaba tomada incluso antes de planteársela. Necesitaba verlo. No podía resistirse. Otra vez.

Se vistió con rapidez y eficacia, movimientos calculados. En dos minutos estaba en la calle. En diez, en el hospital. Sabía cuál, había seguido todo el embarazo con detalle, aunque ella no lo supiera.

Temblaba como un maldito junco al viento cuando enfiló el pasillo. Se paró ante la puerta, recuperando el aliento. Serénate, joder.

No dejaba de resultarle irritablemente cómico que asesinar se le diera mejor que esto. Empujó la puerta y la volvió a ver. No estaba sola, una enfermera revisaba el gotero, pero se apresuró a salir al ver las miradas que intercambiaron. O, quizá, su aspecto.

—Hola. —La voz le salió rasgada y carraspeó.

—Hola —dijo, una sonrisa asomando a la comisura de sus labios, como si no estuviera convencida de que debiera salir. Al ver cómo él buscaba ávidamente con la mirada a través de la habitación, ella habló—: Está aquí.

La cuna era tan menuda que no la había visto, pegada al otro lado de la cama. Se acercó despacio, conteniendo el aliento. ¿Iba a ser capaz?

Lo vio. Un cuerpo de un tamaño que no parecía humano, sino alguna especie de duende. Contempló el ritmo pausado de su respiración. Sus manos y sus pies diminutos. Sus orejas, la nariz y la boca. Fascinado con la idea de que esa pequeña personita era parte de él.

Escuchó sorber y miró a su otra mitad. Tenía los ojos empañados en lágrimas.

—Es una niña —pronunció, con voz rota.

—¿Puedo? —preguntó, alargando los brazos, mirando de nuevo a su hija.

Ella hizo un ruido que pretendía ser un “sí”.

Cuando la alzó en sus manos, le embargó tal emoción que le costó respirar con normalidad. Aquel pequeño ser abrió sus ojos rasgados, mirándolo directamente. Él se encogió al pensar en lo que sería capaz de ver en su interior si penetraba demasiado lejos. Pero la mano de duende envolvió su enorme pulgar, dándole la inocencia que a él le faltaba. Dándole luz.

Y entonces notó la humedad sobre su rostro y se preguntó qué diablos iba a hacer el resto de su condenada vida sin aquellas dos personas.

El Bosque

Me adentré en el bosque siguiendo un pálpito. El frondoso follaje de la vegetación dibujaba ante mí un túnel tenebroso que, sin embargo, me produjo una intensa sensación de paz. Mis ojos se movieron, mirando alrededor, contemplando los colores verdes, marrones, rojos y ocres. Camuflé mis pasos, mis sonidos. Y cerré los ojos, sin dejar de caminar, aguzando el resto de los sentidos. Una corriente de agua, a lo lejos. El ulular de un búho preparándose para la noche. Animales pequeños trepando las rústicas cortezas, algunos, observándome curiosos. Insectos bajo la hojarasca y los troncos, bajo las piedras. Podía escuchar cada uno de sus sonidos.

Volví a abrir los ojos al percatarme de que me había detenido. El corazón del bosque me envolvía en su fresco interior. Alcé las manos despacio para que la bruma húmeda y fría me pusiera la carne de gallina. Sonreí, mirando alrededor. Te presentía.

Reanudé mi marcha por la senda, alejándome de la civilización. Dejaba que la alfombra tejida de musgo y hierba acariciara mis pies desnudos, disfrutando del agradable cosquilleo húmedo. Sentí el retumbar de un latido perdido, que no era el mío. La sonrisa en mi rostro se ensanchó. Otro latido. Otro y otro más, erráticos al principio, pero esbozando poco a poco la melodía rítmica que tan bien conocía. Proyectando en el espacio amortiguado del bosque la cadencia que mis pasos seguían.  Aun no sabiendo hacia dónde me dirigía, éstos eran firmes y decididos. Y yo, como ferviente y mística discípula, confiaba.

Algo tomó forma en mi mano, que se balanceaba suavemente en mi costado, al compás de mis andares. La sensación de unos dedos entrelazando los míos, una tierna caricia en mi muñeca. Me detuve lentamente y miré la palma. Vacía. Pero la calidez del contacto hechizaba mis nervios excitados. Sonreí, cómplice, aligerando el paso. Cada vez más cerca.

La humedad aumentó en el seno de la salvaje espesura, mojando mi piel. El ambiente comenzó a cargarse de electricidad, conjurando una atmósfera densa, casi tangible. Me detuve para contemplar con el mismo asombro de siempre las chispas de energía que se transformaban en relámpagos en el aire y  dibujaban telarañas azules sobre mi tez húmeda. Noté el calor invadiendo mi pecho y mi vientre. Sentí ganas de gritar de puro éxtasis. Anhelo de formar con mi voz tu nombre de música ancestral. Giré sobre mí misma, fascinada, admirando el espectáculo que me rodeaba. Mi corazón atronaba en mi pecho al percibir tu latido fuerte y limpio. Te sentía en el tuétano de mis huesos, en la sangre que se precipitaba veloz por mis venas.

Como en un sueño brumoso, tuve consciencia, al fin, del lugar hacia donde me dirigía cuando advertí el tenue resplandor al fondo. Eché a correr, eufórica, sobre el manto verde tupido. Deshaciéndome de la túnica que cubría mi desnudez y notando tu caricia sobre mi cuerpo. Me di cuenta de que había anochecido mientras me aproximaba al claro y me detuve abruptamente en el borde del mismo. Inspiré para serenarme y di un paso adelante, dejándome bañar por la luz de la luna. El paisaje se dibujaba ante mí en tonos negros, grises y plateados fulgurantes. Busqué, ávida.

De pronto, una calma sobrecogedora. Advertí tu presencia a mis espaldas, los últimos vestigios de energía crepitando alrededor. Al fin corpóreo. Palpable. Inspiré profundamente, trayendo a mi interior el olor silvestre y tu perfume especiado. Me giré, desprendiendo gotitas de rocío silvestre desde las hebras de mi cabello. Y me vi envuelta en tus brazos, que me hicieron arder bajo la luz de aquella luna llena.

Fotografía #4

Una semana más participo en el reto Una Imagen y Mil Palabras. Esta vez tengo la sensación de que he utilizado la imagen para crear toda una historia que no tiene nada que ver con ella, pero… bueno. Espero, como siempre, que lo disfrutéis. 
 
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Fotografía #4

El humo del café recién hecho se mezclaba con el del cigarro que reposaba en el cenicero abarrotado de colillas, las volutas creando caprichosas formas bajo la luz del escritorio de trabajo. El resto de la estancia permanecía en penumbra y por las ventanas apenas se colaba la claridad tenue de alguna farola que mantenía la oscuridad de media noche alejada de las calles de la ciudad.

O’Neal se sentó en la ajada silla que crujió, cansada, bajo su peso. Se pasó las manos despeinando su cabello castaño mientras contemplaba los objetos sobre la mesa de caoba. Pulcramente ordenada. En claro contraste con el resto de la habitación. Y de su vida. Inspiró hondo, como cada vez que volvía a la tarea que le obsesionaba, y cogió la primera carpeta del montón de la derecha, depositándola frente a él. El familiar sudor frío cubrió en una capa leve su cuerpo, a pesar de que sólo estaba cubierto con los calzoncillos. Sin embargo, ninguna mueca de dolor o rabia cruzó su expresión. Eso había quedado dentro, muy dentro. El vivo fuego inicial había sustituido por uno mucho menos violento, aunque igualmente fuerte y poderoso, haciendo bullir esos sentimientos en su interior, a la espera de poder utilizarlos apropiadamente. Sabía esperar, oh, sí. Había aprendido a esperar.

Antes de sumergirse en la tarea, abrió el tercer cajón del escritorio, rebuscando entre las cosas que guardaba hasta dar con la botella de líquido ambarino. Whisky irlandés. No le importaba si era bueno o malo, tenía que ser irlandés. Como él. Como ellos. Echó un chorro demasiado generoso en el café. Pero aguantaba bien. Durante el último año, había entrenado sin mesura. Cogió la taza y tragó seguido al tiempo que abría la carpeta.

Las primeras fotografías eran bastante inocuas. No agredían su retina ni su cordura. Sólo rasgaban los recuerdos. La habitación que tan bien conocía, decorada con toda la parafernalia femenina. Los tonos pastel, los espejos, las flores. Alguna ropa dispersa sobre una cómoda…

Se detuvo en la imagen rotulada como Fotografía #4. Ésta mostraba unos zapatos elegantes y negros, de un tacón desmesurado —él no le habría permitido salir de casa con semejante calzado, pensó con humor agrio—, abandonados como si tal cosa frente a la ventana que daba al balcón de su habitación. Siempre le llamaba la atención porque, a pesar de que no contenía demasiada información para el caso, sí contenía otro tipo de testimonio. Ella se había hecho mayor. Ya no era la niña de rizos rubios, preciosos ojos azules y sonrisa mágica que le perseguía pidiendo su compañía y sus juegos. Sonrió, perdido en la nebulosa de recuerdos, mientras daba una calada al cigarrillo.

Sus ojos fueron a parar a la siguiente fotografía, en la que ya aparecían oscuras manchas rojas tiñendo la alfombra y el parqué, y su mano izquierda aplastó el cigarrillo, sin percatarse siquiera del quemado en su palma. Se obligó, a pesar de la angustia, a continuar con el visionado, repasando de nuevo cada mancha, cada objeto destrozado o tirado en el suelo que mostraban las instantáneas conforme se iban acercando al lugar exacto en el que se había perpetrado la atrocidad. Vació de un trago el tazón de café y vertió más whisky, esta vez solo, en el recipiente.

Por mucho que empapara sus neuronas en alcohol, era imposible atenuar, mucho menos detener, la vorágine de pensamientos, de imágenes, que las fotografías desataban en su cabeza, demasiado habituada a la deducción lógica. A reconstruir hechos a partir de pruebas. Aun así, volvió a vaciar la taza.

Se preparó para contemplar la siguiente foto, la que tantas veces le había provocado arcadas y repulsión, aun acostumbrado como estaba a ver escenas de ese tipo.

El cuerpo en una postura antinatural, imposible, abandonado boca abajo sobre la cama como si fuera un desecho, únicamente cubierto por las braguitas. Los rizos dorados crispados, los ojos azules vidriosos, la sonrisa mágica tornada en una mueca de terror. Las marcas moradas en el cuello, brazos, torso. Muslos. Una enorme y difusa marca de sangre empapando el colchón bajo sus caderas. Bajo su sexo. Y salpicaduras del líquido rojo por todas partes: paredes, muebles, suelo…

Se levantó de súbito, haciendo caer la silla hacia atrás y golpear el suelo. Cogió la botella de whisky y se amorró directamente a ella, tragando. Tragando hasta que hizo retroceder la bilis. Tragando y tragando hasta que se quemó por dentro y la ira y la rabia bulleron más fuerte. Necesitaba de esos sentimientos para no derrumbarse. Una vez calmados los espasmos de su estómago, bebió más tranquilo. Se giró y dio un par de pasos hasta quedar frente a un espejo de cuerpo entero, enfrentando su mirada del mismo color que el brebaje de la botella.

Parecía un hombre normal, de unos veinticinco. Serio y adusto, pero normal. Era cuando te asomabas a los pozos ambarinos que eran sus ojos, que deseabas huir despavorido. Allí sólo encontrabas desolación, había tanta vida como en el cuerpo tirado sobre la cama.

Ninguna.

Llevaba un año muerto. Para todos. Cuando se sumergió en esta locura, todos le abandonaron, creyendo que le faltaba un tornillo. Su novia, sus amigos y compañeros. Incluso sus padres. Le importaba una mierda. Cuando llegaron a la escena del crimen y se estableció el parentesco, le apartaron despiadadamente del caso. No importó qué dijera o qué puertas golpeara. Era su misma sangre la que estaba salpicada por todas partes. No iba a pensar con claridad. Sonrió siniestramente al recordarlo. En parte, tenían razón. Porque el caso estaba cerrado sin culpable, y en la tierra de donde venía, la venganza era algo privado.

Si se enteraran de lo que hacía cada noche desde aquel fatídico día, sería expulsado del cuerpo, sin contemplaciones. Tenía información confidencial encima del escritorio de la pocilga en la que vivía. Pero el uniforme y la placa habían quedado colgados en la percha de la entrada, junto con su reglamentaria. No la necesitaba, conocía mejores formas. Ahora sólo eran él y el hijo de puta que le había truncado la vida a su hermana pequeña. Miró de nuevo sus ojos, aterradores en su determinación. Antes de girarse para volver al trabajo, acarició perezosamente el nombre tatuado poco más abajo y a la izquierda de su ombligo, junto con una daga.

Eileen.

Sigo aquí

 
Una semana más, participo en el reto de Una imagen y mil palabras. Esta vez, yo misma propuse la imagen, algo bastante abierto a interpretaciones, en mi opinión, aunque yo no tuviera ni idea de qué estaba mirando el tipo este… Espero que os guste. 
 
 

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Sigo aquí

Está rompiendo el alba y la claridad se cuela por la ventana, tiñendo de grises la habitación. Yo llevo horas sin poder dormir. Primero, por lo que hemos estado haciendo. Después, pensando y desgranando sentimientos.

Sigo aquí.

Me doy por vencido. Esta noche no es de dormir. Los sueños, los anhelos, quedaron atrás. Tras un hondo suspiro, me levanto y me enfundo unos vaqueros que dejo a medio abrochar. Qué diferente me siento, la languidez haciendo presa de mis miembros. La pereza, de mis neuronas. Hacía tanto tiempo que no estaba tan sereno que me cuesta reconciliarme con la sensación.

Camino hacia la ventana, sintiendo el tacto de la moqueta en mis pies descalzos, la tela vaquera sobre mis piernas y mi sexo, tus manos erizando todavía mi piel. A pesar de la serenidad, mis sentidos están más sensibles que nunca. Me siento vivo.

Al otro lado del cristal, la misma quietud que siento yo por dentro. No hay tráfico ni tumultos. Las calles mojadas y prácticamente solitarias, los funcionarios empezando a vestir la ciudad. No quiero enfrentarme al mundo, nunca he querido, ahora lo sé. Mi corazón repiquetea con el pensamiento. Sigo aquí, sigo aquí, sigo aquí

Giro el rostro y te miro, desparramado sobre la cama, con completo abandono. Tu pecho sube y baja en una cadencia armoniosa. Envidio tu descanso. Contemplo con absorta morosidad tu cuerpo desnudo enmarañado con las sábanas arrugadas. Tu torso lampiño y delineado, tus caderas suaves enmarcando tu pene ahora dócil, tus piernas fuertes. Tus manos que me han llevado al cielo. Tu rostro joven y perfecto, tu pelo alborotado. Me enamoro y no quiero decirlo. Todavía no puedo.

Pero sigo aquí.

No me he ido. Es lo que más extraño me resulta. En mi anterior vida, nunca me quedaba a esperar que mi amante de turno despertara por la mañana para verla sonreír. No me interesaban las sonrisas ni las palabras. Ni las miradas. Hacían que me sintiera falso, hueco, cabrón. No soportaba toda esa parafernalia. Buscaba el consuelo del sexo duro y sin contemplaciones. Vaciarme de amargura en el cuerpo de quien estuviera dispuesta.

Entonces llegaste tú y todo eso comenzó a cambiar. Nuestros primeros encuentros fueron violentos. Me pedías cosas que yo no sabía que podía dar. Ni siquiera sabía que quería dar. Me agobiabas con tus insinuaciones y tus sonrisas. Me molestaba encontrarme contigo por los garitos de moda, por la calle. No toleraba las situaciones en las que me empecé a ver envuelto.

Nuestro primer beso fue furioso, aunque tú ni siquiera me tocaste. En tu juventud, la madurez había florecido mucho antes que en mí. Te respondí con ansia y me separé con ansiedad. “Que te jodan”.

Por aquel entonces, no sabía que quien quería joderte era yo. Sonrío con acritud al recordarlo…

Nuevos encuentros en callejones oscuros, igualmente violentos. Tú convenciéndome, aguantando mis envites, mis salidas de tono. Yo alternándote con mujeres que no te llegaban ni a la suela de los zapatos. Me perdía en la oscuridad de la calle contigo, manoseando, sintiendo nuestros sexos crecer juntos, acariciando un torso igual de musculoso que el mío, agarrando tu pelo castaño para poder hundir mi lengua aún más en tu boca dulce, para poder gravitar en el interior de tus ojos azules. Descubriendo sensaciones nuevas para mí. Siempre me separé de ti con la misma frase: “que te jodan”.

Luego terminaba la noche en la cama de mujeres a las que volteaba para no ver lo que no quería ver, y lloraba lágrimas invisibles entre sus sábanas…

Con el tiempo, fui yo quien te buscaba. Me adentraba en locales donde agachaba la cabeza para evitar encontrarme con la mirada de nadie, temblando. “Jodido maricón”, me gritaban en mi cabeza. No me daba cuenta de que, en realidad, nadie me miraba. Nadie, excepto tú.

No mostraste signo alguno de victoria y te lo agradecí secretamente. Nuestra primera vez fue en un cuarto oscuro, rodeados de otros como tú. Fue rápido, violento, rudo. Yo, incapaz de atar mis emociones en corto, las dejé gravitar a su antojo. Pero, una vez más, tú comprendías. Dejé marcas en tu cuello y sé que te hice daño. Cómo quisiera borrar aquello y sustituirlo por los sentimientos depurados que hoy acepto.

Hoy sé lo que siento. Te miro y sé que que estoy enamorado, aunque no lo diga en voz alta. Todavía. Anoche volvimos a encontrarnos. Esta vez nos buscamos los dos. Abatido, acaricié una de las marcas que dejé en tu cuello la última vez, te pedí perdón con mi tacto. Sin embargo, tú me cogiste de la mano y me arrastraste hasta tu casa. Yo no protesté.

Anoche empezó una nueva vida para mí. Sin despedirme de la anterior. Me entregué a ti sin ambages por fin y me limpiaste por dentro, ordenando toda mi caótica existencia de un sólo polvo. Bueno, más de uno…

Y sigo aquí.

Sigo aquí esperando a que despiertes, porque anhelo las sonrisas, las miradas. Las palabras no dichas. Ansío tu piel y tu cuerpo y todo tu ser…

Tus párpados tiemblan un par de veces antes de mostrar tu soñolienta mirada azul. Estiras el brazo hacia el lado que yo ocupaba hace un rato y, nervioso, alzas la cabeza, buscándome.

—Sigo aquí. —Mi voz surge ronca porque todavía no la he estrenado hoy. Tu sonrisa me derrite, mi sexo se sacude… y con pasos lentos, camino hasta ti.

Adictos

Ésta es la imagen propuesta para esta semana en el grupo de Una Imagen y Mil Palabras.

Por diversas razones, ando bastante desmotivada (reconozco que pensé en dejarlo pasar), pero estoy bastante comprometida con el proyecto-juego desde el principio, así que he decidido participar esta vez también. Con lo que saliera…

Adictos

…mis manos resbalan por tu espalda cubierta por una fina capa de sudor sobre los músculos ondulantes. Piel caliente, ardiendo. Como tu carne en mi interior. Como nuestros cuerpos entrelazados, acoplados, amados. Los labios suaves y carnosos se me antojan tan apetecibles que no puedo evitar morderlos con ansia. Tu respuesta me llega en un gruñido que araña peligrosamente mi cordura.

¿Cómo pueden decir que esto está mal? ¿Cómo pensarlo, siquiera?

Me encanta la forma en que te mueves sobre mi cuerpo sensible. Delicado y duro al mismo tiempo. Sabes lo que provocas en mí y lo haces a conciencia. Pero yo también sé provocarte y lanzarte a las estrellas. Es lo que anhelo. Es lo que anhelas

Así es nuestro deseo. Una droga que se extiende copando el ambiente allá donde nos encontremos juntos, sin ambages, como si fuera un perfume dulce y vaporoso que inunda nuestros sentidos, anulando nuestra voluntad. Rebajándonos a nuestra calidad primitiva, de forma que sólo somos capaces de obedecer nuestros instintos. Soy adicta a eso. Soy adicta a ti

El placer se va tejiendo como una telaraña que se enreda entre cada fibra de mi ser, haciéndola vibrar, embotando mis neuronas. Me oyes gemir y todavía lo haces más duro. Grito. Aquí puedo gritar, ¿por qué no? Grito aún más alto. Dejo salir todo lo que reprimo en mi solitaria vida. Aúllo cuando introduces una mano entre nosotros para aumentar el placer. Más droga. Soy adicta.

Echas la cabeza hacia atrás, observándome con media sonrisa y me enamoro. Otra vez. Otra vez y otra vez. Me ahogo en tu mirada y te maldigo por ese aire de suficiencia. Quiero que seas adicto, como yo. Quiero que sufras el mismo tipo de hechizo, que me empuja hacia ti como si fuera un puñetero imán. Ansío ese momento de conexión, ese en que somos uno. En que unimos mente y cuerpo, y entendemos… Comprendemos que, no importan los obstáculos, siempre volveremos a por más… Lo siento ahora… tan cerca… mientras te mueves sobre mí como una bendición. Y tu mirada ahora ha cambiado. Tus ojos aparecen nublados, empapados de emociones…

No podemos decirlo en voz alta.

Nos destrozaría.

Ambos escondemos nuestros rostros en el cuello del otro, buscando cobijo. Protegiéndonos, mientras dejamos que el placer arrase nuestros cuerpos… y el caos nuestras mentes.

Quedamos limpios y nos hacen sentir sucios…

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Qué lejano me parece ahora, mientras los recuerdos me asaltan en la intensa quietud de mi habitación juvenil. Lejano, porque ya te ansío de nuevo. Sin embargo, algunas partes de mí todavía palpitan enviando recuerdos a los receptores de mis neuronas.

Escucho tu voz, a través de las paredes de mi casa. No estás lejos, unos cuantos pasos me llevarían hasta ti. Y tus risas me tientan tanto… Ojalá pudiera lanzarme a tus brazos sin importar nada ni nadie. Pero soy menor y mis padres no atenderían a razones. Me enviarían a una cárcel peor que ésta de barrotes invisibles en la que vivo. El sólo hecho de pensar que nos puedan separar me hace temblar de ansiedad.

Tumbada en mi cama virginal, contemplo desapasionadamente cómo los últimos rayos de sol se cuelan por la ventana, revelando motas de polvo flotando en el aire. Me recreo en ello mientras me preparo para afrontar una cena más contigo. Una reunión familiar más preñada de formalismos y falsas palabras. Mis padres, mi hermano, tú y yo.

Me invade la ira cuando te tratan con condescendencia. Mientras señalan nuestras diferencias, tejiendo con sutiles artimañas una red entre nosotros que cada vez es más tupida. Una red que, a pesar de ser translúcida, nos muestra cada vez más distorsionados a los ojos del otro.

Lo intuyen. No queda otra explicación. Saben de nuestra adicción. Saben que sólo soy libre cuando estoy contigo, entre sábanas revueltas, volando agarrada a tu cintura sobre tu moto, riendo a carcajadas con cualquier nimiedad, comiéndote a besos…

Su red jamás se volverá opaca.

Soy adicta a ti. Y eso me hace fuerte.

Mil palabras valen más que una imagen

Buenas!

Dicen que ‘quien no tiene faena, se busca’. Y es cierto. Hoy os traigo una cosilla, algo nuevo que me traigo entre manos junto con otras tantas chicas.

La cosa comienza entre una amiga y compi bloguera, Aeren, y yo en Facebook, donde ella colgaba fotos y escribía unos textos preciosos inspirados en ellas. Me maravillaba la frescura y espontaneidad del texto junto a la foto y no sabía si sería yo capaz de hacer algo así, en el momento. A partir del hilo de comentarios derivados, surgieron el concepto de “El Club de las Varitas de Incienso” (XDD) y la idea de organizar algo divertido y sin complicaciones  por la  red social.

Tras madurar el  asunto, la cosa quedó así:

  • Participa quien quiera y pueda.
  • Los lunes se propone una foto (cada vez una de nosotras) y tenemos hasta el viernes a las 21.00, hora española, para subir el relato como documento en el grupo que hemos creado: Una Imagen y Mil Palabras.
  • Serán de temática libre, aunque siempre relacionada con la imagen, y de una extensión entre 500 y 1500 palabras (de ahí el nombre del grupo).
  • Después, las demás criticamos criticamos y criticamos XD (voy a aclarar, porque habrá quien no me conozca, que esto último está en tono de guasa, eh?).

Bueno, comienza el reto. La primera en proponer imagen ha sido Aeren (bastante jodidilla a primera vista, por cierto XD) y mi mini relato es el siguiente:

Gadiro

Escuchó a alguien quejarse de la temperatura a sus espaldas y supuso que el ambiente era demasiado sofocante allí dentro, así que optó por sacarse el abrigo negro de paño que llevaba puesto.

Hacía siglos que él no sentía ni frío ni calor. Se guiaba por la observación de la ropa de los demás, para escoger su propia vestimenta. Ese día una camisa blanca y un chaleco gris marengo cubrían su torso, complementando a un traje de lana fina de un gris todavía más oscuro. No le había costado elegir los tejidos ni los colores, porque bastaba una ojeada al exterior desde su casa para saber que hacía un frío polar, aunque no fueras capaz de sentirlo. Todo el mundo sabía cómo eran los inviernos en Manhattan.

Por lo visto, el personal encargado de mantenimiento del Museo Metropolitano de Nueva York también era consciente, porque la gente en la sala se despojaba de sus prendas hasta quedar en mangas de camisa o tirantes, lo que sólo podía significar que la calefacción estaba demasiado alta. Aunque él jamás había podido sentir ese tipo de calor sobre su piel, había aprendido a observar a su alrededor para lograr pasar desapercibido en sus costumbres.

Cada día acudía a esa misma sala, ubicada en las galerías arqueológicas egipcias del museo. Cada día pasaba horas allí, de pie —tampoco era capaz de acusar la sensación de cansancio—, frente a la misma pieza. Intentando con lo poco que le quedaba de alma, arrancar algo, lo que fuera, de ella. Un sentimiento. Una mísera emoción.

Paseó la vista por la estancia, procurando que nadie se fijara en él demasiado. Aunque los cubría con lentillas, era consciente del fulgor que sus ambarinos ojos proyectaban y del mal que podían causar. Por eso, evitaba el contacto directo con otros ojos. La gente parecía ajena a su presencia. Sin embargo, sabía que ciertas personas lo tenían fichado. Siempre allí. Cada día. Frente a la misma pieza arqueológica. Si fuera capaz de sentirlo, un ramalazo de miedo le habría recorrido la espina con ese simple pensamiento. Aunque fuera a él a quien debieran temer.

Estaba seguro de lo que la gente pensaba al observar aquel objeto en concreto. Una pieza tallada en mármol que mostraba a un hombre mortal siendo sostenido y besado por lo que popularmente era conocido como un ‘ángel de la muerte’. Estando ubicada en una de las salas egipcias, sabía que lo que la mente del humano del siglo XXI deducía era que se trataba de alguna representación mitólogica o mística de la época. Sin detenerse a pensar que la figura apenas tenía semejanza con el arte egipcio de finales de su imperio. Aunque tampoco encajaría en la sala que mostraba las obras de la Antigua Grecia.

Lo cierto era que no encajaba en ningún sitio, al igual que él mismo, porque no había salas en ningún museo arqueológico dedicadas al lugar del que había salido.

Contuvo el impulso de pasar la mano por la superficie, conjurando un recuerdo de hacía más de once mil años. El tacto del mármol. La suavidad y su frescor. Alguien se había tomado la molestia de capturar el momento para posteridad con enervante fidelidad.

Como si no estuviera grabado a fuego en su mente. Imborrable, perdurable y hostigador.

No sentía la angustia emocional, pero sí la física y en multitud de ocasiones había tenido que tragar para llevar de vuelta la bilis a su lugar de origen.

Lo que la gente llamaba con ligereza ‘ángel de la muerte’ no era sino una horripilante y atroz criatura alada del mundo antiguo que perseguía a la gente de su época para sustraerle sus emociones. Oh, sí. Las gorgonas no eran peligrosas por petrificar a través de su mirada, para después matar al pobre incauto, como se creía en la actualidad.

Por el contrario, su interés radicaba en mantener vivas a sus víctimas, para que recogieran por ellas más emociones humanas que alimentaran su emponzoñado ser, así de ávidas se sentían. Una vez eras presa de su mirada, quedabas petrificado momentáneamente por la ausencia completa, brusca e instantánea de emoción o sensación alguna. Dejabas de sentir calor o frío, dolor o placer, amor u odio. Pasabas a ser parte de ella, si esa era su voluntad, tus ojos detentando el poder de absorber emociones también, la necesidad de volver a ella como un condenado esclavo a servírselas en bandeja.

No era posible resistirse a su temible encantamiento. Incluso él, Gadiro, gemelo de Atlas, Rey y jefe militar atlante, había caído preso del hechizo de Euríale, tal y como mostraba la injuriosa pieza que tenía frente a él, y aún continuaba sirviéndola a través de los milenios.

El mundo había cambiado de mil formas diferentes. Había visto a su pueblo vencido por los enemigos, su tierra había desaparecido tragada por el océano dejando tras de sí un reguero de leyendas. El mundo moderno se lo había tragado a él.

Después de once mil años, seguía arrastrando su subyugada existencia  por la faz de la Tierra, sin poder revelar su identidad. Pasando desapercibido. Tragando emociones de pobres mortales sin que él mismo pudiera experimentar una sola de ellas.

Y, precisamente por eso, era capaz de seguir haciendo su trabajo. Sin que expresión alguna se dibujara en su rostro, agarró su abrigo y se giró, dando la espalda a la escultura que mostraba el abrazo oscuro entre él y Euríale.

Al salir a la calle, a la ventisca, supuso que debía colocarse el abrigo y así lo hizo. Giró la esquina y se encaminó en dirección a Central Park, en busca de sus próximas víctimas.


Pero tú me amas

Acurrucada en una esquina del sofá, envuelta en tu albornoz y oliendo a ti, contemplo la lluvia que arrecia en el exterior. La ducha me ha relajado, ahuyentando por unos minutos los miedos que últimamente se retuercen en mis entrañas, como un nido de serpientes venenosas.

Mechones de pelo húmedo resbalan por mi rostro al rodearme las rodillas con ambos brazos, mientras miro los caprichosos caminos que las gotas de agua dejan en los cristales. El libro ha quedado olvidado a mi vera. Prefiero perderme en la lluvia. Perderme e imaginar lo que me vas a hacer cuando vuelvas.

Un escalofrío me recuerda que estoy mojada, aunque el ambiente en el interior es cálido. Todo en tu casa es cálido. Tu sonrisa. Tus manos. Tu cuerpo y tus ojos. Me refugio en ese calor, huyendo de las peleas, los gritos, los enfrentamientos. Huyendo del arrepentimiento que me desgarra por el dolor que sé les he causado a aquellos que me aman.

Pero tú me amas.

Lo siento en cada beso, en cada abrazo, en cada caricia. En cada contacto profundo, húmedo y candente de nuestros cuerpos. Lo siento en tu mirada azul, que asaetea mi alma virgen.

Sé que tú también has arriesgado. Y te lo perdono, porque yo también te amo y sólo arriesgando hemos llegado donde estamos.

Miro el reloj que cuelga de la pared de la biblioteca donde cada tarde te espero y que marca, incansable, los segundos que quedan para que atravieses la puerta. No queda mucho, pienso, nerviosa. No queda mucho para sentirme de nuevo a salvo de mis demonios, de la gente, del mundo abobinable que no quiere que estemos juntos.

Y para que el tiempo no sea un cruel verdugo de mi paciencia, imagino mundos atemporales, en los que no hay edades, y recuerdo sin descanso nuestros besos, nuestras conversaciones, nuestros silencios.

Anhelo cada uno de ellos. Siempre. El deseo de tenerte a mi lado me consume, mientras azuzo el oído, esperando oír la llave en la cerradura. Para correr a recibirte, dejando el albornoz atrás. Para deshacer el nudo de tu corbata y comerte la boca a mordiscos.

Para llevarte al dormitorio y besarte hasta que ambos perdamos el sentido.

Ya está. Mi corazón se acelera. La llave girando y abriendo nuestro acogedor universo.

Para Aurora Salas, quien me sugirió esta imagen. No sé si es lo que esperabas, pero es lo que ha salido… 🙂 Espero que te guste.