Un chico para Mary

Un chico para Mary (II)

deseo

(La primera parte aquí).

No era la primera vez que se lo pedían, ni sería la última. En otras ocasiones, algún cliente la había esperado al final de la noche para realizarle peticiones en su único favor, pero ella no solía mezclar trabajo y placer. Lo había aprendido a puñetazos, literalmente. Se encontró valorando la proposición… Sorprendida por el simple hecho de contemplar la posibilidad. ¿Por qué con él? ¿Iba a saltarse una de sus más firmes normas?

−No tienes dinero suficiente para esto. −El coqueteo en sus palabras, en su  lenguaje corporal, en el tono de su voz era estudiado, intencional y ensayado. Tenía mucha práctica y  estaba disfrutando como hacía semanas que no lo hacía, encerrada en su agrio humor de los últimos días. Leonardo tocaba partes de ella que estaban lastimadas, haciéndolas revivir, y estaba segura de que ni siquiera era consciente de ello.

−El caso es que… −se apoyó en sus rodillas desnudas para acercarse, tocando su piel suave, y bajó la voz −… tengo mucho mucho mucho dinero… −Depositó un beso en sus labios tan delicado como el aleteo de una mariposa. −Pero me gustaría dejarlo  fuera de…. esto.

Estaba presionando. Lo sabía. Había notado el estremecimiento en el cuerpo femenino al acariciar sus piernas y la suave inspiración al rozar sus labios. Se sentía atraída por él y él por ella, y si no estuviera tan a la defensiva se habría dado cuenta ya con una simple mirada. Pero le fastidiaba que hubiera sacado a colación el tema del dinero, como si su deseo fuera una mera transacción comercial. Lo degradaba y se degradaba a sí misma. Como si nadie pudiera sentir por ella algo genuino.

Apretó las manos sobre sus rodillas, conteniéndose para no echarle el sermón. Presionando para que se decidiera…

Mary dejó el vaso sobre la barra y se levantó. Sin dejar de mirarlo, caminó hacia la plataforma redonda que culminaba el escenario en el centro de la sala. Se subió a ella y se asió a la barra, balanceándose un poco con la familiaridad que da el uso continuo. No llevaba el atuendo adecuado (por dios, ¡ni siquiera ropa interior adecuada!), pero la mirada de él, que se acercaba lentamente siguiendo sus pasos, le quemaba. Parecía haberla despojado de capacidad de decisión. Y hacía tiempo que no se sentía así con nadie. Observó cómo él se sentaba en una butaca cercana y dejaba el vaso sobre una de las mesitas. No separaba sus ojos de los de ella y sabía que no se lo pediría de nuevo. Sólo rogaba con su mirada.

Sin darse apenas cuenta, Mary giró una vez alrededor de la barra, centrando su mirada en él de nuevo, observando como se apoyaba en el respaldo. Todo él dispuesto a disfrutar. De ella.

Otra vuelta. Y otra más. Cerró los ojos, dejándose ir, la suave música empapando sus sentidos, embotando su mente. El calor del licor ingerido le alentaba, pero era el fuego que prendía la mirada masculina sobre su piel el que le impedía replantearse lo que estaba haciendo. Simplemente, quería seguir sintiendo aquello, fuera lo que  fuera. Se sacó la camiseta sin mucha ceremonia, mostrando su sujetador de cómodo algodón. Quería provocar la misma hoguera en él.

Y Leo, entonces, se incorporó, apoyando los codos en las rodillas, entrelazando las manos. No supo si por prestar más atención o por esconder el bulto enorme que tenía entre las piernas. Verla moverse, contonearse, con los ojos cerrados, como disfrutando de un lascivo baile −un lascivo baile frente a él− le estaba alterando el pulso. Quizá no era buena idea. Quizá no debería habérselo pedido. Quizá ni siquiera debería estar allí, pensó al tiempo que pasaba una mano por su rostro.

Mary irradiaba sensualidad. Las luces creaban formas de sombras y colores sobre la piel que ella iba descubriendo, lentamente. A veces acariciaba una de esas porciones de piel y Leo se percató de la diferencia… No se acariciaba cuando actuaba frente al gran público. Era un rasgo sutil que a él le afectó desmesuradamente. Aquello era sólo para él. Su baile, su fantasía. Sus ojos estaban pegados a ella, a esos dedos suaves pasando por la piel de su muslo a medida que subía la falda, acariciando su glúteo redondo para colarse levemente por debajo de la tela de las braguitas. El gemido masculino se perdió con la música.  Braguitas blancas de algodón. Joder, su ropa interior. La de verdad. El encaje negro era para los demás. A él le enseñaba lo que le gustaba llevar a ella. Y su sexo apreciaba ese tipo de cosas, porque tuvo que recolocárselo en el apretado pantalón. Luego observó cómo introducía los dedos entre su pelo, soltando el enganche y desparramando una melena de oro y miel por su espalda de seda. Era un pecado comestible e inocente. Le disparó una mirada de un azul cristalino tan transparente que no encajaba con la forma de moverse que tenía. Y aun así, era perfecta.

—Yo también quiero verte —le sorprendió ella, mordiéndose el labio inferior.

Pasaron unos largos segundos hasta que Leo, que estaba fuertemente cogido a los reposabrazos de la butaca, soltó su agarre y, sin desconectar sus miradas, llevó sus manos a la bragueta. Bajó la cremallera del pantalón vaquero tan lentamente que el simple roce hizo magia sobre su sexo y tuvo que contener un gemido. Por la abertura, extrajo como pudo su miembro pulsante y más que duro. Le dio un par de pasadas con la mano, moviendo la piel y sintiendo el placer de la caricia, volviendo a apoyarse en los reposabrazos de la butaca. Dejándole espacio a ella para que lo observara a placer. Para que viera qué era lo que le hacía.

Mary apretó las piernas. Verlo ahí sentado, expuesto para ella, completamente vestido a excepción de su miembro duro le provocaba descargas entre las piernas. Pequeñas y placenteras. Era grande y sedoso. Terso. Acariciable. Aquello se estaba saliendo del cauce, comprendió, pero lo estaba disfrutando y su humor macilento de los últimos días había desaparecido. Se sentía adorada y el sentimiento era como una adicción.

—Más —le pidió.

Una comisura se alzó en la boca de Leo, apenas visible, pero lo hizo inmensamente más atractivo. Se incorporó y se sacó la camiseta por la cabeza, dejándola caer al suelo con un movimiento natural y volviendo a apoyar su espalda en el respaldo. Su mano fue a parar a su pecho y trazó un camino lento y descendente hasta topar con la cintura del vaquero. Desabrochó el botón y… dejó la mano sobre su muslo. Agarrando fuertemente la tela.

Quién estaba haciendo el estriptis a quién, se preguntó Mary escondiendo una sonrisa.

—Más —volvió a pedir y, esta vez, a Leo se le escapó una carcajada tan sincera que le aceleró el pulso en las venas.

La mano que se había quedado sobre el muslo se movió hipnóticamente hasta la base de su pene, lo envolvió con los dedos y subió en una larga caricia que le borró la sonrisa de la cara, cambiándola por una expresión de placer. No pudo evitar continuar con las caricias, lentas, perentorias, contenidas, mientras ella continuaba moviéndose alrededor de la barra. Sin separar los ojos de él, lo que le encendía de una forma inusitada.

Mary era incapaz de desviar la mirada. Aquel hombre, Leo, estaba sentado allí, como un banquete de los dioses, acariciándose por y para ella. Sus ojos seguían el movimiento ondulante de su mano. Arriba, abajo, arriba, caricia sobre el glande, abajo… Lento. Comedido. Húmedo… Ella empezaba a humedecerse también a causa del deseo.

Deseo. Se mordió el labio calibrando su respuesta. Era deseo puro y duro. Con otro movimiento fluido, se deshizo de la falda y se pegó a la barra de metal, colocándola entre sus piernas. Ajustó la posición y, mordiéndose el labio, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo. La primera descarga de placer le hizo jadear. Pronto cogió el ritmo y siguió acariciando su centro con movimientos más complejos y sinuosos. Sentía cómo la humedad entre sus piernas iba creciendo, lubricando la zona aun debajo de las braguitas de algodón, al tiempo que giraba y se abrazaba con las piernas a la barra de acero. Había cerrado los ojos concentrándose en su propio placer y cuando los abrió de nuevo para mirarle, le impresionó  lo que vio.

Leo caminaba hacia ella como un enorme felino acechando a su presa. No quería asustarla saltándole encima como una bestia en celo. Pero no había podido soportarlo más. Cuando Mary había echado la cabeza hacia atrás y cerrado los ojos, la expresión de placer lo había sorprendido por completo. ¿Qué demonios estaba…? Un ramalazo de fuego y placer recorrió su columna disparándose directamente en su sexo cuando lo comprendió. Tuvo que detener los movimientos de su mano y cogerse los testículos para evitar correrse. Se quedó absorto, jadeando y contemplando cómo Mary se acariciaba con la barra de metal, sutilmente pero sin esconderse.

No podía más.

Se levantó sin pensar mucho en lo que pretendía hacer. Sólo sabía que tenía que tocarla, que quería formar parte de su placer. Que anhelaba su tacto sobre él. Ella se quedó quieta tras la barra cuando llegó a su lado, los jadeos de ambos componiendo una erótica melodía. Alzó los brazos, pasándolos a cada lado de ella y llevando sus manos hasta el broche del sujetador. Abrazados como estaban, con la barra de por medio, desenganchó la prenda y la fue retirando suavemente, erizando la piel de sus brazos al pasar los tirantes. Así fue como Mary quedó desnuda frente a él, a excepción de las braguitas. Dejó caer la prenda al tiempo que contemplaba con maravillada concentración los senos de piel blanca y suave. Los rodeó, llenándose las manos de sensualidad, sintiendo el tacto, el peso, el balanceo, notando cómo las puntas rosadas se endurecían. Sentía su dolorosa erección palpitar contra el metal. Barra de acero contra barra de acero. La sensación de frío y calor era electrizante. Alzó sus ojos a los de ella, que lo miraba jadeante  y las manos fueron subiendo por su piel caliente, pasando por el cuello hasta tocar los labios. Con una caricia sutil los instó a abrirse e introdujo un pulgar. Mary lo lamió con fruición, y él se volvió loco de imaginar otra parte de él en su dulce boca.

—Quiero que me hagas esto, Mary… —rogó, juntando sus frentes, y ella chupó más fuerte.

El otro pulgar recibió el mismo tratamiento y luego bajó ambas manos a sus pezones, prodigándoles húmedas caricias que hicieron que ella echara la cabeza hacia atrás con un largo gemido. Una vez estuvieron convenientemente mojados, Leo pasó las manos alrededor de los senos y los apretó suavemente hasta que las húmedas cimas quedaron contra el frío metal. Escuchó como lejano el lamento femenino, observando absorto cómo las cúspides se tornaban más duras con el contraste.

−Muévete  −pidió, mientras se lamía los labios, deseoso de posarlos allí donde su vista se fijaba.

Ella obedeció, más por propio deseo que por acatar la orden. Comenzó un sutil balanceo arriba y debajo de la barra, acariciando ahora además de su sexo, sus pezones. El placer era líquido precipitándose por sus venas, disparando su pulso y su respiración.  Las sensaciones cada vez más intensas, creando espirales de gozo que la iban sumiendo poco a poco en un estado extático, pero conforme iba ascendiendo la sinuosa senda del deleite, trocitos pequeños de su consciencia iban despertando y tomando el control. ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué jugaba? Ella no era así, no hacía las cosas por despecho. Empezó a sentirse sucia… y justo antes de alcanzar la cima, se detuvo en seco, fuertemente agarrada a la barra de acero. Su respiración salía alterada y sentía el rubor en sus mejillas.  No se atrevía a alzar la mirada.

−¿Qué pasa, Mary? −le llegaron las palabras susurradas empapadas en desconcierto.

¿Qué iba a decirle?

−Yo… no soy así  −respondió, negando levemente con la cabeza.

Un dedo suave se apoyó en su barbilla en una caricia y le alzó el rostro. Pasaron unos segundos en que se miraron en silencio. La expresión de él cambió sutilmente.

−Así… ¿cómo? −inquirió. Aunque por su gesto, intuía de qué se trataba…

−No hago esto con desconocidos −contestó, molesta, al tiempo que se agachaba para recoger el sujetador del suelo.

Pero él la agarró del brazo y no dejó que se apartara.

−Mary, mírame. −Cuando logró que ella lo hiciera, continuó−: Estoy aquí, con mi poll… joder,… mi sexo al aire, completamente duro… por ti. Estoy excitado y deseo las mismas cosas que tú.  Quiero que me toques y me muero por tocarte −arrastró una caricia por el costado de su seno−, por besarte y lamer cada hueco de tu cuerpo  −la lengua jugó en su oreja, a través de los susurros. −Te deseo con la misma fuerza… o más, que tú a mí −empujó su  erección contra ella, hasta que su respiración le aseguró que le notaba. −Así que… no te escondas…  No me… dejes así… Quiero darte placer, no sólo que me lo des tú a mí…

Leo la besó, temblando por dentro de anticipación, rogando porque no se echara atrás ahora que estaban tan… cerca. Su sexo pulsaba contra el suave vientre de ella, anhelante de caricias y cuando sintió la mano de ella rozándolo, envolviéndolo, una gota brotó de su punta mojándolos a los dos.

−Espera −atenazó su muñeca, deteniéndola al borde mismo del precipicio. Con manos temblorosas, colocó a Mary justo como había estando antes de su pequeño ataque de conciencia. Las manos sobre la barra, algo por encima de su cabeza, y las piernas a ambos lados del mástil de metal. −¿Me harías un favor? −murmuró en su oído. Ante el gesto expectante de ella, continuó−: Sigue con lo que hacías antes. Quiero verte… llegar así… Yo te ayudo… −Colocó de nuevo las manos alrededor de sus pechos y esta vez los humedeció con la lengua, primero uno, luego el otro, para rozarlos alternativamente con el metal frío.

La voz melosa y oscura de Leo podría convencerla de que danzara sobre ascuas procedentes del mismísimo infierno, reflexionó Mary, su último pensamiento coherente antes de desconectar la capacidad de juicio. Se movía de nuevo contra la barra, sintiendo la presión sobre su clítoris y las pasadas húmedas y calientes alternando con el frío sobre sus pezones. No iba a tardar mucho en responder a su demanda, su bajo vientre se agitaba ya con el oleaje lascivo, sus entrañas comenzando a contraerse. Su amante arrastró su lengua hacia arriba, erizando la piel con la punta húmeda hasta llegar a su cuello. Se separó y miró. Y el brillo salvaje que vio en sus ojos le hizo apretar las piernas en torno a la barra, incrementando la presión, aumentando el roce para…

Joder, Mary… podría correrme sólo con mirarte…

…saltar en mil pedazos, desvanecerse en millones de rayos que atravesaron su cuerpo como agujas de placer que irradiaban en todas direcciones desde su sexo. El orgasmo la dejó jadeante, arrasada. Aquello estaba bien, porque Leo le hacía sentirse bien. No estaba simplemente siendo usada. Él ni siquiera había acabado… aún.

Giró despacio alrededor de la barra hasta que se colocó entre ésta y Leo, de espaldas a él. Su trasero apoyado en la abultada ingle, la tela blanca de las braguitas de por medio. Sintió el respingo de él cuando rozó su sexo. Le gustó y lo volvió a hacer: comenzó un sutil balanceo de caderas contra su miembro duro y fue recompensada con la respiración agitada de Leo sobre su oído.

—Mary…

La abrazó desde atrás, una mano sobre sus pechos, masajeándolos y acariciando sus puntas tersas. La otra mano viajó ávida hasta colarse por debajo de las braguitas y desplegó su magia sobre su clítoris. Comenzó así un baile íntimo entre los dos, moviéndose acompasados, dando y recibiendo placer, acelerando ambos pulsos y acompañándose con los gemidos contenidos. Pronto dos dedos masculinos estuvieron entrando y saliendo de ella, con la misma cadencia que sus embestidas desde atrás, el talón de la mano acariciando su centro sin parar. Mary creía que iba a desfallecer, él no había mentido cuando había dicho que quería complacerla. En absoluto.

Cuando estaba a punto de explotar, él paró de repente. Notó cómo apoyaba la frente sobre su hombro unos segundos, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Un sonido de papel rasgado. Después lo sintió manotear sobre su trasero y luego su pene resbalando a lo largo de toda su hendidura, tras haber apartado la tela blanca a un lado. Un envite, dos…

—Quiero estar dentro de ti. —Tercer envite… atrás… —Sentir cómo te corres a mi alrededor… —Otra lúbrica embestida… y su retirada… —Correrme dentro de ti —Las últimas palabras, un gruñido… y otra embestida húmeda a lo largo de su sexo. — ¿Me dejarás, Mary? Estar dentro de ti…

Lo sentía latir entre sus piernas, fuerte, caliente, duro, seda envolviendo acero… Ella misma pulsaba con la misma necesidad, al borde del orgasmo. Una leve inclinación, un sutil cambio de postura y él empujó toda su longitud ardiente en su interior con un gruñido desgarrando su garganta.

Lo que vino después fue la locura. Mary se afianzó bien al mástil de acero para soportar la intensidad que Leo imprimía a sus acometidas. La penetraba tan profundamente que tocaba partes muy ocultas de su interior, y no sólo físicas, para salir luego casi completamente, sus caderas moviéndose cual pistones bien engrasados. Ella no necesitaba más. Su sexo se contrajo una, dos veces… mil veces más… Espasmos del gozo más puro que había sentido nunca y luego… la lluvia.

Él eyaculando placer, palpitando dentro de ella en llamaradas vehementes que arrancaron gemidos agónicos de ambas gargantas. Mary se hubiera caído al suelo de no estar sujeta a la barra con sus manos y abrazada por él desde atrás. Sus piernas eran de gelatina y sus ojos de agua.

Leo la escuchó suspirar y la apretó más contra sí. Salió de ella despacio, sin querer abandonar aquel santuario, rogando porque le fueran permitidas más visitas. En un movimiento fluido, la cogió en brazos, cargando su cuerpo delicado, y se sentó en la butaca que hubiera utilizado antes, con ella en su regazo.

Permanecieron así durante mucho tiempo, cada uno perdido con sus propios demonios. Mary hacía muy poco que se había auto convencido de que no habría chicos para ella y no quería confiar. Temblaba como una hoja joven sólo de pensarlo. No quería volver a enamorarse. Nunca más. Y más lágrimas se deslizaron por sus mejillas con el funesto pensamiento. Leo las percibía y apretaba los dientes. Mary no le dejaría entrar, aunque le hubiera permitido la entrada física a su cuerpo. Las barreras que notaba eran sólidas e insensibles. No podía enamorarse de ella. No quería…

A pesar de los pensamientos tenebrosos, pronto cayeron ambos en un sueño profundo y apacible. Desnudos a medias y abrazados sobre una usada butaca de un club de estriptis. Nadie les molestó…

Un chico para Mary (I)

Un estremecimiento de anticipación la recorrió de arriba abajo, como siempre ocurría, dejándole cada fibra de su ser sensible y electrizada. Respiró hondo y atravesó decidida las telas que le separaban del escenario, caminando con toda la determinación que aquellos tacones le permitían. Al llegar a la barra, se agarró a ella y giró con un movimiento estilizado y sensual, comenzando a moverse según la coreografía ensayada.

Hacía tiempo que había aprendido la técnica para no sentirse intimidada cuando trabajaba. No era extrovertida por naturaleza, por lo que subirse a un escenario para quitarse la ropa al ritmo de una canción mientras cientos de ojos se posaban sobre su cuerpo desnudo había supuesto un problema al principio. Pero no tenía otro remedio. Así que lograba abstraerse centrándose en la música y evitando mirar directamente a nadie. La sala estaba en semipenumbra, un montón de lamparitas de luz tenue esparcidas como luciérnagas en la noche, por tanto no le resultaba complicado no ver lo que no quería. Un foco enorme desparramaba luz por su piel descubierta, fabricando ilusiones de sombras que se movían sobre ella al son de la canción. Los movimientos eran sensuales, pero estudiados. Sabía lo que gustaba y lo ejecutaba con precisión, aunque sin que pareciera forzado en absoluto. Sonreía. Parpadeaba, abanicando con sus largas pestañas. Insinuaba antes de desprenderse de una prenda, creando expectación. Recibía los halagos de los hombres con un guiño de ojos o un movimiento especial dedicado, como ella los llamaba.

Sabía hacer bien su trabajo y sabía lo que esos desconocidos veían. Un rostro juvenil, inocente, de ojos azules y labios carnosos enmarcado por una melena rubia. Y un cuerpo de vicio. Conocía el efecto que surtía la mezcla de inocencia y pecado que ella ofrecía. Y lo utilizaba. Lo que ganaba bailando en el club le permitía, junto con lo que ganaba su madre, vivir sin aprietos. Estaba cansada de contar cada céntimo que gastaba y de ver a su madre marchitarse desgañitándose para sacarlas adelante. Hacía un tiempo que las cosas habían cambiado, claro que su madre no sabía exactamente en qué trabajaba ella.

No estaba orgullosa. De cómo se ganaba la vida y, en los últimos tiempos, del resto de los aspectos de su existencia. Hasta no hacía mucho, estaba convencida de que lograría salir del agujero en que vivía y ser una mujer normal. Con un trabajo que le gustara —había estado estudiando para ello— y un chico a su lado que la quisiera. Pero ese chico, uno con el que compartía una larga historia, había comenzado una relación con otra persona y ella había perdido, en cierto sentido, el norte. La parte racional de su mente tenía claro que, en realidad, nunca había habido otra cosa que amistad y sexo entre ellos. Era esa otra parte de ella la que, rebelde, había esperado más. Le costaba admitirlo, pero le había afectado. Su autoestima había caído en picado. Era posible que su trabajo, el que de verdad se le daba bien, fuera bailar en un club de estriptis, por muy exclusivo que fuera. Era posible que no hubiera chicos para ella.

Echó una última mirada melancólica al extremo de la barra donde siempre la había esperado Sergio antes de concentrarse de lleno en el espectáculo, una sonrisa incitadora brillando en su rostro.

Leo estaba en el extremo de la barra más alejado del escenario, tomándose una cerveza fría. Había tenido un día de perros. Reunión tras reunión se habían sucedido las horas y no fue hasta que llegó por la noche a casa y se despojó del traje y la corbata que no respiró de verdad. Y eso que no tenía demasiados superiores en la empresa. Pero que uno de ellos fuera tu (tiránico) padre era peor que una condena. Se había colocado unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón blanco estampada con un dibujo desteñido y se había dirigido directo al club.

Quizá no hubiera recibido cariño paterno en su vida, pero sí dinero a mansalva. Y parte de él, lo había empleado hacía algunos meses en la compra del distinguido local conocido como Cocoon Paradise. Probablemente no había sido la mejor inversión, pero era rentable. Y le entretenía.

Eso lo había descubierto hacía varias semanas, cuando había decidido pasarse por el sitio en cuestión para ver qué era lo que había adquirido. Por norma general, no era asiduo de ese tipo de clubs, aunque sí que conocía un par de ellos. Siempre había tenido buena cabeza para los negocios, pensaba convertir el suyo en el mejor y para eso tenía que conocerlo.

La primera noche había llegado a mitad de la velada. Se sentó en una mesita iluminada con una luz tenue procedente de una lamparita y observó desde la oscuridad. En el escenario se sucedieron las bailarinas, todas ellas bonitas, algunas de rasgos exóticos. Morenas, pelirrojas, rubias y cobrizas. De edades entre los veinte y los cuarenta, todas con cuerpos para el pecado ejecutando danzas exuberantes que hipnotizaban a los parroquianos. El espectáculo de piel desnuda lo satisfizo y, cuando ya estaba tocando la noche a su fin, apareció ella.

Mary. Una rubia de grandes ojos azules y unos veinte años. Su miembro, que había permanecido semierecto durante todo el espectáculo, cobró vida al instante cuando la vio. La expresión inocente en el rostro contrastaba con un cuerpo que invitaba a placeres oscuros, el blanco y el negro. El ángel caído. La mezcla amenazaba con hacerle perder la compostura. No era el único, comprobó aquella noche. En algunas mesitas cercanas, los hombres, maridos correctos, afectuosos padres de familia, se acariciaban por debajo del mantel. Sin saber exactamente por qué —todavía—, aquel gesto le hizo querer gruñir. Todos parecían soñar con lo mismo. Pero aquel no era un local de prostitución y, si alguna de las chicas optaba por ese negocio, era de puertas hacia fuera.

Bebió un trago de cerveza fría, sonriendo al rememorar aquella primera noche. No fue la última. Leo averiguó sus turnos y acudió puntual a sus citas con Mary. Noche tras noche, terminaba sus horas en su club, por negocios, se decía. Conoció a muchos de sus empleados, a varias de las chicas, a todos los camareros y seguratas, pero Mary era reservada. No solía alternar con los clientes, ni siquiera con sus compañeros. Aunque, había observado, a veces se tomaba una copa al finalizar su show, cuando ya no quedaba casi nadie por allí.

El que ella evitara cualquier contacto le resultaba algo frustrante, debía reconocerlo. Y le atraía como un poderoso imán al mismo tiempo. La hacía misteriosa y él se descubría algunas veces imaginando sus secretos. Quería conocerlos. Se había convertido en una especie de objetivo personal. Y la fuerza del imán se había vuelto más intensa en los últimos días, cuando la habitual picardía de sus ojos había desaparecido, dejando paso a algo similar a la… melancolía. Estaba seguro que nadie excepto él se había percatado y sintió cierta preocupación al respecto: estaba siendo condenadamente observador con ella. Pero ese cambio sutil acicateaba su curiosidad como la de un crío de dos años. Esa noche iba a tentar a la suerte, despidiendo a todos y esperándola, pensó mientras la contemplaba absorto bailando en el escenario.

Desnudándose. Sensualidad irradiando por cada uno de los poros de su piel y estrellándose contra los de él, que la absorbían ávidos. Mary era puro fuego, puro deseo encerrado en un cuerpo voluptuoso que constreñía las entrañas de cada uno de los espectadores, incluido él. La ropa interior de negro encaje transparente invitaba a acercarse para ver lo que escondía debajo, y a su vez dejaba kilómetros de piel a la vista que se antojaba suave al tacto. Leo quería tocarla, acariciarla con las manos. Con la lengua. Su sexo pulsó bajo la bragueta cuando ella se deshizo del sujetador con un movimiento lento, arrastrando la tela por sus pechos. Eran perfectos, pero él ya los había visto antes. Y no se cansaba. Empuñó el botellín de cerveza dando dos tragos largos del frío líquido. Necesitaba refrescarse, pensó con ironía. Era el efecto que Mary tenía en él, más que el resto de bailarinas. Ardía. Literalmente, el calor invadía su cuerpo hasta la última célula, la hoguera más grande prendida en sus genitales. Mary daba vueltas a la barra como si ésta fuera su apoyo desde hacía años, en íntima confianza, contoneaba sus caderas, movía sus hombros y Leo absorbía fascinado cada balanceo de ella. No quería, pero su mente le jugaba malas pasadas disparándole imágenes de ella moviéndose como una bendición sobre él. Era un maldito pretencioso. Por lo que sabía, ella era una bailarina. Punto. No es que él quisiera pagarle…—nunca lo había hecho por placer—, pero se sorprendía preguntándose si por tenerla a ella cruzaría la invisible barrera.

Menudo insulto. Se dio una colleja mental. No iba a degradarlos a eso. Que las cosas siguieran su curso. Nunca había sido un capullo con las mujeres.

♠♠♠♠

Cuando salió a la estancia, todo estaba a oscuras ya. El último par de clientes abandonaba el local con paso inseguro y conversación animada con el jefe de camareros, que los acompañaba amablemente hacia la puerta. No vio a Will, el camarero de origen cubano y su amigo, por ninguna parte, pero se sentó a la barra igualmente a esperarlo. Se tomaría una tónica con él y charlarían de cosas triviales, como solían hacer mientras él recogía la barra.

−¿Qué desea tomar, señorita?

Mary alzó la vista, sin saber si estaba más sorprendida por el tono con que aquel tipo había pronunciado la palabra “señorita” o por su mera presencia, de la que no se había percatado antes. Sin embargo, la miraba expectante con una sonrisa amable en el rostro, así que respondió.

−Una… tónica.  Schweppes, por favor…

−Claro −respondió el tipo, girándose. Ella se quedó contemplando su espalda, de hombros anchos y fuertes; aunque la camiseta blanca que llevaba no fuera de las estrechas, la parte superior se ajustaba bastante a su cuerpo. ¿Quién era? No lo había visto antes por allí. No acostumbraba a alternar con clientes del local, pero él estaba cómodo tras la barra, así que pensó que podría tratarse de algún nuevo camarero. Aunque ni por asomo con la misma destreza que Will, pensó divertida.

Se giró y le sirvió la tónica, disparándole una mirada que a ella le robó el aliento. Por lo salvaje. Pero ese punto enseguida desapareció de los ojos negros como pozas y ella pensó si se lo habría imaginado.

−¿Eres nuevo?− preguntó sin ambages.

−Podría decirse que sí.

−Mmm… −asintió−, chico misterioso.

−No más que tú…

Sus miradas se conectaron durante unos segundos, intentando ir más allá de sus iris, más… adentro del otro.  Ella cogió el vaso y bebió. Había algo que… le atraía de aquel chico, la forma en que la miraba no era como la del resto de hombres, pensó mientras dejaba que el líquido transparente se deslizara por su garganta, notando las burbujas refrescantes… y otra cosa más. Miró el vaso extrañada y frunció el ceño.

−Eh, ¿quién eres tú y por qué quieres emborracharme?

Leo tuvo que sonreír. Se había quedado hipnotizado contemplando el movimiento de los músculos de su cuello al tragar, sus labios llenos apoyados con delicadeza en el borde del vaso. Quería morderle. Pero Mary estaba a la defensiva…

−Soy Leonardo Llach y no quiero emborracharte. Sólo invitarte a una copa. Te voy a acompañar −apuntó mientras se servía otro vaso con un líquido ambarino que olía a muchos más grados de alcohol que el suyo. Su sonrisa fue, por fin, correspondida  por la de ella.

♠♠♠♠

−No me puedo fiar de vosotros −rió ella al cabo del rato, apoyando la mano en su muslo y dejando una huella caliente aun con la tela vaquera de por medio.

No estaba ebria, pero el licor había hecho bien su trabajo, relajándola hasta el punto de permitirse reír. Estaban sentados juntos, en dos taburetes de la barra, charlando animadamente. Había intentado acercarse a ella, saber más, pero Mary esquivaba hábilmente sus insinuaciones. Alguien le había hecho daño no hacía mucho, de eso estaba seguro.

−Puedes fiarte de mí −una mentira susurrada, sólo porque la intención de traspasar sus barreras y conocer sus secretos se estaba convirtiendo en una necesidad.

Ella le miró a los ojos, por encima de la copa mientras bebía. Parecía estar calibrando la veracidad de su afirmación y Leo hizo todo lo posible porque su expresión pareciera sincera.

Quería follársela.

Así que probablemente no debería fiarse de él, a menos que buscaran lo mismo.  Pero hubo de reconocer que había algo más allá del simple sexo que tiraba de él, ese sutil cambio en su mirada de las últimas semanas…

Mary rió, una risa limpia y cristalina, despojada de cualquier deje teatral, muy diferente de las risas que le había dedicado al principio de la noche, que a él le calentó las entrañas. Estuvo a punto de gemir contra su propio vaso.

−¿Qué quieres de  mí? −preguntó, juguetona.

Ahora sí que no mintió.

−Quiero que bailes para mí, Mary… −La miró sin tapujos, y añadió susurrando−: Sólo para mí…