Dos vidas en una (III)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Viene de aquí)

Javi se cruzó de brazos y se apoyó en el quicio de la puerta. El asomo de una sonrisa transformaba su expresión sin llegar a alterarla, como el aleteo de algo divertido que no se llega a mostrar. Las virutas de vapor no eran tan densas como para ocultar el objeto de su curiosidad. Alex solía dejar la puerta abierta cuando se duchaba desde aquel día en que habían follado en ese mismo lugar y ya no tenía que depender de las casualidades para poder observarlo a placer.

—Largo de aquí, pervertido —le llegó la voz desde aquella nube de vapor bajo la ducha. Estaba embelesado mirando la espalda fibrada y el trasero prieto de Alex bajo el agua y no se había dado cuenta de que él se había percatado de su presencia.

—No sé quién es más pervertido, tú has dejado la puerta abierta.

Sí, ahora bromeaban sobre el asunto. Era increíble, jamás se habría imaginado una situación así antes.

Antes de descubrir a su compañero de piso con otro chico y que aquello le pusiera la vida patas arriba. Antes de perder una noche los papeles y acorrararlo en una salida de tono épica. Antes de andar intentado flirtear con él y que Alex perdiera la paciencia. O antes de habérselo tirado sin saber prácticamente lo que hacía.

Javi fantaseaba sin poder evitarlo con Alex. Desde aquel primer día en que lo vio con otro. Fantaseó primero con hacer lo que ellos hacían en la discoteca y luego fue mucho más allá. Fantaseó y fantaseó con llegar hasta el final.

Con Alex dentro de él.

Ufff…

—Eh, si no quieres problemas, deja de mirarme así. —Alex había salido de la ducha, gloriosamente desnudo, luciendo una semierección salpicada, lo mismo que el resto de su cuerpo, de gotitas de agua que acariciaban su piel tersa. Ñam. Javi era consciente de que se lo comía con los ojos, no podía evitarlo.

Y no era del todo justo, porque sabía que Alex quería más y se contenía.

—De vez en cuando tienes que ser tú quien tome la iniciativa para que yo sepa que también lo quieres, ¿entiendes? —le había dicho una tarde.

Y lo hacía. Llevaban más o menos juntos desde aquel sábado en el que había perdido por completo el norte. Vivían juntos y las ocasiones y situaciones se daban sin cesar, muchas veces acababan enredados como idiotas, besándose como posesos y masturbándose uno al otro. Otras veces Alex le había vuelto loco con la boca hasta hacerle perder el sentido. Las cosas no habían pasado de ahí, ni Alex había mostrado interés alguno porque pasara ni él tampoco.

Y empezaba a sentirse cómodo con las situaciones que implicaban los cuerpos de ambos desnudos y entrelazados.

El de Alex era una verdadera maravilla.

Sin embargo, apartó la mirada, cortado. No era que no quisiera “problemas”. Los quería, pero su comodidad no iba tan allá como para vacilarle a Alex de la misma forma en que su amigo lo hacía con él. Tampoco era por falta de ganas.

Alex vio cómo Javi arriesgaba una última mirada hacia su sexo y éste cabeceó antes de que pudiera enrollarse una toalla a las caderas. Sonrió con ironía: le gustaba jugar con su compañero de piso, era fácil, divertido y condenadamente frustrante. A veces Javi terminaba por caer con sutiles artimañas y él se sentía feliz. Otras veces pensaba que era un capullo por utilizar aquellos tejemanejes para conseguir sexo con Javi.

Sexo.

Por llamarlo de alguna forma.

Joder.

Se pasó las manos por el oscuro pelo húmedo, encarándose al espejo, soportando la mirada escrutadora de Javi ahora en su espalda y su trasero, dispuesto a seguir haciendo gala de fingida indiferencia. Se dio cuenta de que su compañero se sonrojaba sutilmente, pero no se movía de allí. Mierda, ¿iba a tener que vestirse ante sus narices sin hacer… absolutamente… nada… más? La medalla al honor y la castidad era suya, en el cielo, si iba a parar a tal lugar algún día.

Inspiró hondo, sacando el bote de desodorante y…

…Javi dio dos pasos y le abrazó por la espalda, pegando su torso a él. Alex se movió para darse la vuelta y se lo permitió. Sus bocas se buscaron y se unieron en un beso carnal y húmedo que los dejó jadeando.

Oh, sí.

—Eh, te voy a mojar —musitó Alex contra sus labios.

Javi negó levemente con la cabeza y sus manos se colaron por debajo de la toalla hasta sus glúteos, terminando ésta en el suelo y él desnudo. Juntaron sus caderas sintiendo lo que ambos necesitaban: saber que el otro estaba igual, que el deseo los consumía con la misma intensa llama.

Envuelto en los brazos de Alex, Javi se sentía valiente, capaz de todo. Y se lo decía con besos y restregones, con envites de su cadera contra el cuerpo desnudo de Alex. Y sabía que él lo entendía, comprendía cada pequeño paso que daba. Pronto sintió las manos de su compañero en su propio trasero, apretando también, polla contra polla, jadeo contra jadeo. Las caricias volaron, igual que la camiseta de Javi, trenzando sensaciones salpicadas de placer. Las manos de Alex sobre su torso repartían calor como brasas, le volvían loco y, de repente, bajaron y se colaron bajo sus pantalones vaqueros, apretando sus glúteos. Un gruñido escapó de su garganta, directo a la boca de Alex, y con manos temblorosas, se desabrochó la bragueta. No era la primera vez, y seguía poniéndose nervioso como el demonio, pero quería sentirlo, quería sentirlos. Juntos.

Sus sexos se tocaron, ardiendo, duros, excitados. Javi echó las caderas hacia atrás, sobresaltado, y dejaron de besarse. Sólo los jadeos de ambos se escuchaban en la estancia. Su cabeza era una tormenta de arena y su cuerpo, una espiral de deseo.

Y, mientras tanto, allí estaba Alex, boqueando por aire, apretando los puños que le habían soltado de su agarre. Esperando pacientemente a que a él se le pasara el momento de duda existencial.

Alzó la vista hasta sus ojos tan transparentes como el agua marina.

—Javi…

—Qué.

Se mantuvieron la mirada, la de Alex, vulnerable, la de Javi, desafiante.

Pero el desafío desapareció al ver que su compañero no le hacía ningún requerimiento. Sólo… le daba espacio, opción.

Javi pensó que se quemaría con el fuego que lo consumía.

—Te deseo —musitó.

El aire escapó suavemente del pecho de Alex, que lo envolvió en un abrazo, juntando sus torsos, sus sexos. Lo besó con ansia, agradeciendo la confesión que, sabía, le costaba a su amigo. Dos palabras que lo doblegaban ante él.

—Yo también te deseo. Tanto que me duele. Me desespero pensando si algún día… —tragó saliva, entre besos—, si esto es de verdad lo que quieres…

Javi quería cosas que no comprendía. Pero en ese momento, le importaban un pimiento.

—Lo que quiero —dijo bajando con la lengua por su cuello— es que me dejes hacer —susurró, y chupó fuerte en la base del cuello de Alex, que gimió en respuesta. —Me vuelve jodidamente loco oírte gemir por mí.

—Eso está bien, porque podemos convertir esto en una mierda de concurso para ver quién hace gemir más al otro —sonrió. —A mí también me gusta.

—Hoy voy a ganar yo.

A Alex le sorprendió la seriedad con la que Javi dijo aquello, pero luego, sintió su boca en uno de sus pezones y se olvidó del pensamiento. Javi le torturaba con la lengua y masajeando el piercing que llevaba en el otro pectoral.

Cogió los sexos de ambos, encerrándolos en una mano, y comenzó a masajearlos. También le extrañó que Javi le detuviera al poco y luego dejó de pensar cuando bajó lamiendo y besando su torso, su vientre, enroscando la lengua en su ombligo y obligándolo a jadear el corazón por la boca.

¿Iba a atreverse?

No iba a durar ni dos segundos.

—Javi…

Pero iba a la suya.

—Eh…! —Mírame al menos.

Su amigo, ya de rodillas, miró hacia arriba, su pene bamboleándose tanto que rozaba fugazmente su mejilla. Había fantaseado, dios, cómo lo había hecho, con estar dentro de su boca. No iba a durar…

Cerró los ojos, inspirando profundamente, cuando sintió la lengua sobre él. Suave, indecisa, mojada, tanteando. Luego Javi se lo introdujo en la boca y lo sacó, chupándolo lentamente.

Oh, sí. Joder.

Campeón en el concurso de hacer gemir al otro. No habían acabado, pero le otorgaba el título.

Echó la cabeza hacia atrás, aspirando con fuerza, con la siguiente acometida. Sus manos temblaron en el aire hasta que se posaron sobre el castaño cabello de Javi. Sin presionar, sólo… sintiendo los envites, el vaivén suave y sexual, de Javi sobre él. Un sueño que no sabía que había anhelado tanto.

Su lengua lo volvía loco, le acariciaba la cabeza, le azuzaba con jadeos y gemidos. No iba a durar… así… no…

Javi estaba extasiado. No sabía cómo iba a sentirse, pero se había arriesgado. Cualquier pensamiento relacionado con que estaba chupando una polla se evaporó en cuanto los gemidos y jadeos de placer de Alex le nublaron la razón. Se cogió, porque estaba más duro y su punta empezando a mojar, porque se moría de ganas de correrse con Alex. Y estaba tan cerca…

—Javi… —le escuchó jadear. Dios… Cerró los ojos, saboreándolo. —Javi, espera… —Unos tirones en su pelo y un toque de desesperación en su voz. —Joder… Javi, para si no quieres que me corra en tu… boca…

Saberlo lo lanzó a las estrellas y empezó a eyacular contra el suelo de azulejos, sus gemidos reverberando sobre el sexo de su amigo. Sin soltarlo ni un solo segundo, ah, no… Los chorros calientes no tardaron en llegar a su paladar, junto con los gruñidos de su dueño.

Alex no podía más y cuando escuchó a Javi gemir contra él, inmerso en su propio orgasmo, se perdió. Se corrió entre espasmos de placer, en la boca de Javi, tal y como había hecho este otras veces antes.

♠♠♠

—No tenías porqué hacerlo.

Media hora después, habían recogido el desaguisado del baño y se habían puesto unos pantalones. Estaban tumbados en la cama de Javi, ambos mirando el techo.

—El qué.

Alex le dio un mamporro contra el pecho.

—Lo que has hecho antes. ¿O es que vas a negarlo?

Javi sonrió, con los ojos cerrados.

—Lo negaré hasta la muerte.

—Cobarde.

Él se sentía algo así, pero supo que Alex no lo decía en serio.

—Lo he hecho porque he querido —dijo al cabo del rato.

Oyó el suspiro de Alex. Era sencillo hacerlo feliz. Aunque a él le costara cada paso, Alex se contentaba. Muy dentro de él tenía miedo de que algún día no fuera suficiente, de no poder ser lo que Alex quería. Pero él mismo era un mar de dudas. Nunca antes había atravesado una crisis existencial de tal magnitud.

Era consciente del apoyo de Alex y estaba sumamente agradecido.

— ¿Cuándo te diste cuenta de que… errr… ?

— ¿…me gustaban los tíos? —terminó Alex por él.

—Sí.

—Ya hace tiempo. Yo tendría unos diecisiete o dieciocho años.

—Eso fue antes de que viniéramos a vivir juntos para ir a la universidad.

Recordaba que, en aquella época, Alex le pareció un chico muy introvertido y serio. Luego, con el tiempo, se fue soltando, supuso que al coger confianza con él. De ello hacía ya más de diez años. ¿Cómo es que no se había dado cuenta nunca de que era gay?

— ¿Cómo es que nunca supe… ? No me di cuenta de que eras gay, en todo este tiempo.

—También me gustan las chicas. Quizá… es culpa mía, te he mostrado más una parte de mí que… la otra.

— ¿En serio? ¿Por qué?

Alex suspiró.

—Una vez hiciste… cierto comentario. Fue al principio de conocernos. Yo necesitaba fervientemente que funcionara mi emancipación, no quería problemas, así que… no quise causar mala impresión.

Javi se había quedado mudo.

—Joder. Lo siento. Me siento un idiota.

—Tranquilo. Fue hace mucho tiempo. No le hice el menor caso.

— ¿Qué dije?

—Dijiste: “Menos mal que juegas al fútbol, como yo. Se lo diré a mi padre, seguro que le tranquiliza. Le hacía muy poca gracia que compartiera un piso con otro tío, por si nos amariconábamos“.

Se lo soltó así, sin anestesia ni nada.

Alex no había hecho caso realmente del comentario salvo por el peligro que suponía que aquel chico se echara atrás y él tuviera que volver a casa, con sus padres, por no poder pagar el alquiler completo. Al menos, hasta que encontrara alguien más para compartir piso. Por eso intentó esconder sus gustos sexuales. Secretamente había albergado la esperanza de saber qué pensaba él realmente del asunto, pero nunca se lo planteó.

—Dios. Seguro que piensas que soy un gilipollas.

—Tú, no lo sé. Tu padre, un poco.

Javi permaneció en silencio tanto rato que Alex ya iba a decirle que había sido una broma de mal gusto, pero entonces habló.

—Mi padre se moriría si supiera lo que he estado haciendo estas últimas semanas.

Y ahí estaba. La realidad golpeándolos. Y de parte de quien menos debía.

Alex se giró para mirarlo, apoyando el codo en la cama y la cabeza en la mano.

—No has hecho nada malo.

Javi sonrió con ironía, aunque ni siquiera lo miró.

—Estoy condenadamente seguro de que él no opina lo mismo.

—Tienes casi treinta años. Debes vivir tu vida.

Su amigo resopló.

— ¿Tus padres te apoyan? Qué pregunta. Está claro que sí.

—A mi padre no le hizo gracia cuando se enteró. Se lo dijo mi madre, que lo sabía de antes. Estuvo una semana muy serio, casi no hablaba conmigo, pero tampoco me rechazaba. Al cabo de la semana se sentó conmigo y me echó la bronca por no haber sido lo suficientemente valiente como para contárselo yo. Mi madre me dijo después que lo que le había dolido era la falta de confianza. Pero sí, me apoyan. Básicamente no quieren saber nada de con quién me acuesto.

—Es fácil así.

—Sí. Es más fácil. Pero si fuera al contrario, yo seguiría siendo quien soy. Le pesara a quien le pesara.

Sabía que no era esa su intención, que intentaba apoyarlo, pero Javi se sintió presionado. Se levantó como un resorte y buscó una camiseta en el armario.

—Es tarde y quiero comprar unas cuantas cosas para el fin de semana, que estoy pelado. ¿Tú necesitas algo?

Alex se incorporó, resignado. Quizá se había metido donde no le llamaban. Andaba con pies de plomo, apreciando cada paso que Javi daba en su dirección, por insignificante que fuera. Pero había cosas que no lograba entender. Y no lo haría nunca.

—Tú mismo —musitó. —Sí, voy a vestirme y te acompaño.

Javi agradeció que Alex dejara el tema y saliera de su habitación. Cogió la billetera, calculando lo que tenía suelto y lo que quería comprar.

— ¡Date prisa, es viernes y cierran antes!

Sonó el timbre de la puerta y, distraído, fue a abrir. Cuando alzó la cara, se quedó congelado.

—Hola Javier. Perdona por presentarnos sin llamar, pero tu madre quería darte una sorpresa.

—Hola papá.

(sigue)

Dos vidas en una (II)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

Viene de aquí

Las siguientes semanas fueron difíciles. Una nueva rutina se había instaurado entre ellos. No habían vuelto a tocar el tema y Javi se comportaba de una forma que… le estaba volviendo loco. Había vuelto a los roces casuales, las miradas, las insinuaciones inconscientes, involuntarias. Incluso algún beso. Muy casto.

Alex lo entendía. No se terminaba de lanzar. No era que Javi necesitara empujones a la hora de ligar precisamente, pero eso era con las chicas, un terreno que pisaba frecuentemente, conocía y en donde se sentía como pez en el agua. Con él, sabía que su amigo andaba perdido. Alex tenía los nervios de punta y a menudo se encontraba buscando un minuto de soledad para respirar hondo y recobrar la compostura. No quería presionarle.

Una mañana de sábado estaba preparando café para desayunar antes de salir a correr. Todavía iba con el pijama y oyó los pasos de Javi entrando en la cocina. Al instante, lo tenía pegado a la espalda, abrazando su torso y dándole un pequeño beso en el cuello.

Alex se tensó.

—Buenos días —musitó Javi contra su espalda. — ¿Hay algo de café para mí?

Si no hablaban, o… lo-que-fuera, ya del tema acabaría explotando de una forma poco civilizada. Y su amigo no parecía estar muy dispuesto a tratar su encontronazo.

Apoyó las manos sobre la encimera y habló, sin girarse, en un tono cortante—: Sí, hay café para ti—, del que se arrepintió en el acto.

Javi había notado primero la tensión en los músculos de su espalda cuando había depositado el suave beso, aunque no era nada nuevo: ocurría últimamente cada vez que intentaba un acercamiento. Pero la voz de Alex al responderle hizo que deshiciera el abrazo y frunciera el ceño.

— ¿Qué te pasa?

Alex respiró hondo.

—No me pasa nada —respondió, girándose con la cafetera italiana ardiendo en la mano, haciendo que Javi diera dos pasos atrás mirándola como si fuera un arma.

—Joder, que no.

—Vamos a desayunar.

Alex dejó la cafetera en la mesa y continuó haciendo viajes, sacando tazas y cubiertos mecánicamente. Javi lo observaba en silencio, con el ceño fruncido. Puso tostadas para dos en la tostadora y sacó la mermelada y la mantequilla. Cuando todo estuvo dispuesto sobre la mesa, se sentaron a desayunar en silencio. Ambos se miraban a los los ojos, pero, al parecer, ninguno tenía intención de abrir la boca para otra cosa que no fuera comer.

Javi se arriesgó a pensar. Y pensó en aquello que no se había atrevido durante esos últimos días. Apuró la taza de café y la dejó sobre el plato. Habló sin levantar la vista.

— ¿No te gusta que… me acerque a ti? —Fue un murmullo apenas.

Alex no podía creer lo que estaba oyendo. Se levantó de la silla y empezó a recoger la mesa con inusitada rapidez y eficacia. Joder, era imposible que Javi estuviera preguntando aquello en serio y, si no fuera porque se recordaba asiduamente que debía concederle tiempo y espacio, le habría demostrado en aquel momento lo que le gustaba que se acercara a él. Era increíble que su amigo estuviera tan ciego y el simple pensamiento, la sencilla pregunta, lo sumía más en la desesperación. ¿Qué debía hacer? ¿Dejar salir todo lo que llevaba dentro sin ningún tipo de filtro, sin importar las consecuencias? No. Javi no estaba preparado para eso. ¿Por qué, maldito fuera, era tan inseguro con él? Nunca lo habría imaginado comportándose así con una tía. Se pasó la mano por la cabeza, alborotando el pelo. Luego se giró. Javi lo miraba de pie, junto a la silla.

Suspiró.

—Sí que me gusta que te acerques a mí —murmuró bajito y volvió a girarse para empezar a fregar cacharros.

De repente, lo sintió de nuevo a su espalda y la taza que tenía entre manos resbaló, rompiéndose en mil pedazos. De un pequeño corte en el dorso de la mano comenzó a manar sangre.

—  ¡Joder, Javi! —espetó llevándose la mano a la boca para chuparla.

—Lo  siento.

—No puedes hacer esto —exclamó Alex encarándolo de nuevo.

Ambos se miraban a los ojos. ¿Esto… el qué? ¿De qué estaban hablando? ¿De una taza rota? Todas las palabras no dichas quedaban suspendidas entre ellos, conectadas por sus miradas que iban más allá de lo físico. No importaban las tazas rotas, ni los acercamientos súbitos. Importaban las miradas, las insinuaciones y los roces.

Las erecciones.

Las cosas que quedaban encerradas en cada uno de ellos.

—No puedes buscarme de esa forma…

—Yo no te busco.

—… y luego no hacer nada.

Javi lo miró dolido.

—Eres un creído, imbécil. Yo no…

Alex lo cogió de los hombros y estiró los brazos para alejarlo un poco, porque, mierda, necesitaba espacio.

—Lo haces, Javi. Me buscas. —Hablaba con voz algo más dura de lo que pretendía, pero empezaba a estar al límite. —Me observas cuando me cambio de ropa, te he visto mirándome cuando me estoy duchando…  —El ceño de Javi era cada vez más profundo y su mirada pregonaba tormenta. — ¿Te  pone duro? No lo niegues. A mí sí. No soy de piedra, joder. A veces me miras como si fueras a saltar sobre mí y lo único que haces es… rozarme con el brazo o darme un beso en el hombro. ¿Pretendes volverme loco? —Bien, ahí estaba la explosión. Más o menos.— ¡Joder…!

Soltó sus hombros e intentó apartarse de Javi, pero éste lo agarró del cuello de la camiseta, respirando tan agitadamente que podía ver cómo las aletas de su nariz se movían. Quizá había traspasado el límite. Esperó el puñetazo. Pero no lo que vino.

Javi se lanzó a su boca. Mierda, llevaba semanas deseando hacerlo sin dar el paso. ¿Por qué? No tenía ninguna jodida idea. El miedo al rechazo era sólo una pequeña parte que, además, sabía, era incoherente: Alex lo deseaba. Pero él no era gay. Ahí estaba la verdadera razón por la que no daba el paso.

No podía ser homosexual.

La angustia que lo consumía cada vez que pensaba en ello se disolvió entre lenguas húmedas y tirones de pelo. Alex pegó sus caderas a las suyas y el aliento se le escapó de golpe al notarlos a ambos tan duros como el acero.

—Joder, Javi —gruñó Alex contra su boca, volviendo a besarle con fruición y cogiéndole por las caderas.

Aquello se iba a ir de madre. Dios, cómo lo deseaba.

Pero no.

Separó su boca de la de Alex y se escondió en su cuello jadeando como un bellaco y arrugando la camiseta de su amigo en sus puños apretados.

—Yo no soy gay —susurró muy bajito. Pero sintió la tensión en el cuerpo de Alex al instante y se mordió la lengua por capullo.

Notó como su amigo intentó zafarse de su abrazo, pero él se ciñó más, tratando de impedirlo. Era inútil. Alex estaba muy enfadado y no le faltaba la razón.

Bien. Ve a buscarte una tía, a ver si encuentras lo que quieres —espetó en un tono frío como el hielo en cuanto logró separarse de él. —Yo me largo a correr un rato. —Comenzó a caminar hacia la puerta de la cocina y, antes de salir, se giró un momento y habló con voz dura—: No vuelvas a buscarme a no ser que lo tengas claro.

Y desapareció por el umbral, dejándolo sumido en un estado de angustia y estupor denso como la niebla de Londres.

♦♦♦♦

Alex corría como si se lo llevasen los demonios. En cierto modo, así era. ¿Por qué diablos le has dicho eso? Desconocía si la furia que destilaba por cada poro de su piel iba dirigida a su amigo o hacia sí mismo, pero sabía que era lo que le espoleaba a correr como un maníaco. Sus pensamientos se encadenaban en su cabeza a la misma velocidad. Te habías prometido que le darías espacio, que tendrías paciencia, que serías comprensivo y le ayudarías.

La teoría era perfecta, pensó parando en una esquina a recuperar el aliento, porque era eso o sacar el hígado por la boca. Sin embargo, llevarla a cabo con la actitud que mantenía últimamente Javi era difícil, duro, complejo… imposible. Hacía tiempo que lo deseaba en las sombras, sin ningún tipo de ilusión, pero… después de aquella noche en que su compañero de piso se había lanzado a su cuello y él había terminado arrodillado con su polla en la bioca… No lo negaba: había albergado esperanzas.

Volvió a casa caminando, al tiempo que el abatimiento se iba haciendo hueco en él. No era que Javi se atreviera o no a dar el paso. La cuestión se centraba, se había dado cuenta, en si quería darlo. El último comentario le había herido, no podía negarlo. No porque se sintiera insultado o algo parecido, hacía tiempo que estaba más allá de eso. Le hería porque su amigo renegaba de aquello que les permitía estar juntos. Se resistía a ello. No quería estar con él, aunque todos sus instintos se rebelaran contra esa idea. Javi no se reconciliaba con el hecho de que le deseaba porque, en el fondo…, no quería desearlo.

Déjate de pamplinas. Dale tiempo u olvídalo, no te restriegues en el fango. 

Llegó a casa mucho más calmado, decidido a dejar pasar más tiempo, pero también a intentar hablar con Javi del asunto. Estaba condenadamente seguro de que él no lo estaría pasando bien tampoco.

Cogió ropa limpia del armario sumido en sus pensamientos, y se dirigió al cuarto de aseo. El chorro de agua caliente relajó sus músculos y calmó el frío  de febrero. Se enjabonó la cabeza pensando en el momento del desayuno una vez más. Le fastidiaba y mucho lo  que Javi hacía: tirar la piedra y esconder la mano. Por muy inconscientemente que fuera. No eran ningunos críos, él quería más y sabía que Javi también. Prueba de ello era el beso que se habían dado después y cómo les había puesto el simple roce. También sabía que lo que había dicho luego, “yo no soy gay”, era simple y llanamente la respuesta a la doctrina familiar. Debía agarrarse a eso  en lugar de pensar que era lo que Javi realmente sentía.

Se enjuagó el pelo y el roce de otro cuerpo le sobresaltó. Enseguida quiso  girarse, pero se lo impidieron, y al instante siguiente tuvo todo un cuerpo, piel con piel, pegado a su espalda. Sabía quién era.

Javi.

Joder.

Se le aceleró el pulso. No sabía qué pretendía su amigo ni cómo actuar. Si se lanzaba de lleno era posible que Javi se echara para atrás. Y, por todos los infiernos, estaba completamente desnudo contra él. Su sexo, que había estado semierecto debido a sus pensamientos y el agua caliente, cobró vida al instante. Las manos de Javi se pasearon por toda su anatomía sin ningún tipo de pudor, encendiéndolo, y sintió cómo encajaba su polla entre sus nalgas. Un jadeo escapó de su boca cuando los labios suaves y ardientes de su amigo besaron su nuca. Intentó girarse de nuevo, quería besarlo él también.

No rogó Javi, así… por favor…

¡Dios…!

Vinieron más forcejeos infructuosos que desencadenaron el balanceo de caderas de su amigo tras él. Podría llegar a correrse sólo así, sólo sintiendo cómo Javi se daba placer con su cuerpo. Estaba tan duro como él. Los jadeos de ambos llenaron el espacio y el chorro del agua los mojaba, ahora a uno, ahora al otro, conforme se movían. De repente, su mente hizo clic y por fin entendió lo que Javi necesitaba: quería su rendición; que estuviera quieto y se dejara hacer. Suspiró hondo y se relajó, aceptando, nervioso, la petición silenciosa de su amigo. Javi le apoyó las manos contra los azulejos de la pared, mientras seguía besándole y lamiéndole la espalda, y luego bajó sus manos a su torso, abrazándolo, pegándolo más a él. Alex no podía estarse quieto por más tiempo, echó las caderas hacia atrás, incitándolo, y fue premiado con un gemido que Javi no se preocupó por esconder.

Lo volvía loco. Ser testigo de Javi tomando la iniciativa era algo que le emocionaba muy hondo. Sucumbió a la necesidad de acariciarse y bajó una mano hasta su sexo, pero enseguida la de Javi la apartó y sustituyó. Los gemidos de ambos llenaron el espacio. Alex no sabía qué terreno pisaba, pero dejó de preocuparle en cuanto las sensaciones empezaron a desparramarse por sus terminaciones nerviosas, arrasando con cualquier pensamiento cuerdo. El placer ya se estaba enroscando cual serpiente en sus entrañas, tan cerca… y tan concentrado él en balancear sus caderas ahora contra su mano, ahora contra la polla de Javi, que la sorpresa fue mayúscula cuando lo que notó fue la punta de su amigo haciendo presión para entrar en él.

¡¡¿Qué??!

Se detuvo en seco y forcejeó de nuevo para darse la vuelta y, al menos, que Javi le mirara a la cara, pero era inútil. Un huracán de pensamientos embotó su mente y la punta de Javi le dilató. Jadeos y gruñidos leves brotaban de las gargantas de ambos, preñando el silencio del momento con sonidos de sexo,  un intercambio no verbal. ¿Sabes lo que te haces, Javi? Estaba nervioso e intentó un nuevo e infructuoso acercamiento a su amigo. Supo que era el momento de decir no, si era lo que quería. Sintió, entonces, la mano de Javi moviéndose de nuevo, despacio, en muda súplica, sobre su polla. Se escapó un jadeo de su garganta traidora. Aquel momento, suspendido en el tiempo, no duró más que unos segundos. Lo que Javi le hacía, le torturaba y le volvía loco al mismo tiempo.

La locura pudo más.

Echó una mano hacia atrás y presionó sobre el glúteo de su amigo, instándole a seguir y relajándose, aunque sin poder evitar apretar los dientes, intuyendo lo que venía.

Gruñó y golpeó con el puño los azulejos cuando Javi le penetró hasta el fondo sin dejar de acariciarle. Notó cómo apoyaba la frente en su espalda y luego se dejaba ir en sinuosas embestidas. Alex afianzó su postura y gruñó, las mandíbulas apretadas, con cada acometida de su amigo. Ninguno aguantó demasiado. En cuanto sintió que Javi se corría en su interior entre contenidos gemidos, él tampoco pudo reprimir el orgasmo y eyaculó con fuerza contra la pared mojada.

♦♦♦♦

La casa estaba en silencio. No sabía por cuanto tiempo había permanecido absorto bajo el chorro de agua caliente después de que Javi saliera a trompicones de la ducha y del cuarto de baño, huyendo.

Tampoco sabía si reír o llorar.

Cuando salió del estupor en el que se había sumergido, se había secado y vestido con un pantalón de chándal de algodón gris y una sudadera oscura. Miró la hora y supo que había estado en la ducha solo al menos media hora más. No sabía si Javi continuaba por allí. Fue a su cuarto y lo encontró sentado en el borde de su cama, con la mirada perdida y la cabeza apoyada en las manos.

La puerta estaba abierta de par en par, así que supuso que no le importaba si entraba. No pretendía echarle nada en cara; conociendo a Javi, probablemente se sentiría mal. Pero creía que merecía una explicación. O, al menos, pensaba que necesitaban hablar. Quizá debería haberlo obligado a ello hacía tiempo.

Javi sólo desvió la mirada hacia él durante un instante. Luego volvió a su ensimismamiento.

Ah, no.

— ¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó sin rodeos aunque intentando suavizar el tono.

Javi tardó un poco en responder, y lo hizo en voz baja y sin mirarle.

—Creo que está bastante claro…

Su voz sonaba empapada de culpabilidad y arrepentimiento. Alex no sabía qué decir, porque no pensaba calzarse él el papel de responsable de lo sucedido. Javi era mayorcito.

— ¿Sueles hacerlo así?

La pregunta le sorprendió, pero no hizo como si no supiera de lo que hablaba: ¿sueles hacerlo “así”? ¿Sueles ser pasivo?

Estaba bien que fueran al grano. Javi sentía curiosidad.

—No. —Tras unos instantes, aclaró—: Pero no era virgen.

Vio como Javi asentía levemente y se pasaba ambas manos por la cabeza, nervioso.

—Lo siento —musitó.

— ¿Qué sientes? —preguntó Alex, cruzándose de brazos y apoyando un hombro en la pared. Quería ayudarlo, de verdad que quería, pero parecía que a Javi se le atascaban las palabras y él no sabía qué hacer para que la cosa fluyera.

También había algo en su interior que, instintivamente, le hacía querer mantener las distancias. Mostrarse algo frío. Lo último que le había dicho Javi antes de abalanzarse sobre él en la ducha era que “él no era gay”.

—Esta mañana me has dicho que yo te buscaba, pero que no terminaba de hacer nada. Tienes razón. Lo hago… pero no quiero hacerlo —Alex apretó la mandíbula y Javi inspiró hondo. —Esto es… —hizo un gesto con las manos— completamente desconocido para mí. Además de que, por educación, me está prohibido. —Hizo una pausa. —Por eso lo ignoro, pero siempre termina explotándome en las manos. Como aquel viernes que volviste de juerga y te acorralé en la entrada de casa —alzó la vista para mirar a Alex un instante, pero enseguida volvió a bajarla al suelo. Y luego musitó—: Llevo dos semanas masturbándome pensando en ti, en aquella noche. No me atrevo a hacer otra cosa, aunque lo desee. No puedo lanzarme… lanzarme a la piscina del todo, porque eso sería reconocerlo y… creo que no puedo… aún…

Alex sintió lástima y quiso decirle que él también se había acariciado pensando en aquello. En lugar de eso, le dijo, muy bajito:

—Pero antes te has lanzado. De lleno.

Javi cerró los ojos. Todavía no sabía qué clase de demonio le había poseído para haber hecho aquello. Le avergonzaba terriblemente aunque, joder, lo había disfrutado. Mucho. Pero no era aquel su deseo más oscuro y lo que de verdad le avergonzaba eran la forma y el motivo.

La comisura de su boca se alzó en una media sonrisa sarcástica y llena de auto desprecio.

—Sí, ya lo sé.

A su amigo no le pasaba desapercibida la expresión de hastío. Su enfado disminuyó un poco.

—No es… nada malo. —Le parecía increíble estar diciendo algo así, él, que jamás se había justificado ante nadie ni había dado una maldita explicación sobre su modo de vida.

“Es malo cuando el motivo es tan retorcido”, pensó Javi. ¿Cómo se lo podía explicar? No sabía otra forma que siendo directo. Aun así, las palabras se le agriaban en la boca.

—No lo entiendes.

—Explícamelo.

Javi negó levemente con la cabeza y, un instante después, le dejó con la boca abierta.

—Siento lo que he hecho antes. Creí que haciendo eso, en lugar de lo que…  joder…, lo que de verdad quiero…, me sentiría… Necesitaba sentirme más… hombre  —musitó al final, con la voz rota y avergonzada. Tragó con dificultad y alzó la cabeza para mirar a  Alex. —Soy un idiota.

Alex apretó la mandíbula, esta vez para que no le cayera desparramada hasta el suelo. “Lo que de verdad quiero”. En medio de aquella sarta de estupideces no le había pasado desapercibida aquella puntilla. “Quiere que me lo tire. Yo a él“, pensó con el corazón disparado. También cayó en la cuenta de lo irónico que resultaba el comentario de su mejor amigo. Irónico e hiriente, si no fuera porque hacía tiempo que le resbalaban aquellas cosas. Sin embargo, viniendo de él…

Aunque asqueado, tuvo que preguntarlo.

— ¿Piensas que yo soy menos hombre por lo que he dejado que me hagas antes?

—No —respondió antes casi de que terminara de realizar la pregunta. —No, maldita sea, no… Mira, Alex, yo tengo mucha basura aquí —hizo un gesto tocándose la sien con dos dedos—, sabes de dónde vengo, conoces a mis padres y estoy seguro de que imaginas sus ideas sobre… esto. Antes de sentirte insultado, ponte un poco en mi lugar. —Se levantó, aunque no se atrevió a dar un paso hacia él. Cambió el peso entre los pies, nervioso, al ver que su amigo fruncía el ceño—. Por favor —musitó.

Alex apartó la vista. Le dolía ver a Javi así, pero por norma general, mandaba a los homófobos muy muy lejos. A la mierda, concretamente. Se dio cuenta de que no podía hacer eso con él. No quería.

Recordó la forma más o menos natural en que se dio cuenta de sus gustos sexuales. Aunque causó impacto en su familia, en ningún momento se sintió rechazado por la gente que quería. Debía ser duro para Javi. Más que lo fue para él.

— ¿Cuándo te diste cuenta de que… te gustaban los hombres? —preguntó, volviendo a mirarle.

—Hace poco. Muy poco.

— ¿Conmigo? — se atrevió a preguntar Alex.

—Sí. —Como el silencio se alargó, se obligó a explicarse un poco más—: Cuando te vi en aquella discoteca, con… aquel tío.

Alex asintió, recordando.

—Eres valiente —reconoció, pues se había lanzado más pronto que tarde a por él.

—No. No lo soy. En absoluto. La forma en que antes he… —negó con la cabeza, impotente.

—Olvida ya eso —resopló Alex. No lo decía en serio, por supuesto. Pero ambos necesitaban un respiro.

—Lo dirás de broma, ¿no?  Ha sido mi primera vez…

—Con un tío…

—Con un tío —aceptó.

Alex dudó un poco antes de preguntar. No lo habría reconocido jamás, pero le imponía la respuesta de Javi.

— ¿Cómo te has sentido?

Su amigo tardó algo en responder.

—Bien —musitó. —Muy bien. Creo que yo mejor que tú —insinuó alzando una ceja.

Alex alzó las dos y una media sonrisa se dibujó en su cara.

—No te creas. Aunque es posible que no me pueda sentar en bastante tiempo. —Luego volvió a ponerse serio—. Javi, me ha jodido mucho más que no hablaras conmigo que el… dolor físico, te lo aseguro.

Javi asintió, comprendiendo.

—No sabía… no sabía cómo acercarme a ti. Creo que se notaba todo este tiempo y al final, esta mañana, estabas enfadado… y con razón…

—No quería presionarte. Quizá debí tomar yo la iniciativa, pero… no quería empujarte a nada para lo que no estuvieras preparado.

Javi volvió a asentir. Luego apartó la mirada. Le costaba hablar de todo esto. Entonces, por supuesto, le costaría ir más allá.

—No sé si alguna vez estaré preparado para lo que… lo que quiero que me hagas —terminó la frase rápido y bajito.

Pero Alex le había oído. Oh, sí le había oído. Su sexo dio un respingo en sus pantalones, dando fe de ello y proclamando que él sí estaba preparado.

Sin embargo…

—Ya habrá tiempo para eso.

A Javi se le secó la boca ante el tono lleno de promesas, aunque parecía totalmente inconsciente, de Alex. Sin querer, bajó la mirada hasta el bulto que se le había formado entre las piernas y tragó saliva, apartando la mirada. Su propia entrepierna cobró vida ante el estímulo visual.

Y allí estaban los dos, de pie y empalmados, como dos bobalicones.

Alex sonrió con sarcasmo.

—No apartes la mirada. Mucho me temo que no va a ser la última situación incómoda que vivamos.

Javi también sonrió, agradecido de que Alex salvara el momento con la risa.

—Oh, sí, ya lo estoy viendo.

Ambos estallaron en carcajadas, el ambiente algo más distendido.

(sigue)

No suelo postear aquí nada que no sea escritura, pero esto no lo puedo dejar pasar. Estoy feliz.

Brianna's World

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Si hace un tiempo me llegan a decir que iba a vivir lo que estoy viviendo hoy, no lo habría creído.

Hace un par de meses, Divalentis Editorial convocó el Primer Certamen Literario Divalentis a través de su página web y las redes sociales. Yo me había presentado a varios concursos, pero este llamó mi atención porque se centraba en un género que me gusta y mucho: la Romántica Adulta. El premio consistía en un contrato de edición, pero es que además, los mejores 150 relatos presentados a concurso serían recopilados en una antología y publicados en un libro bajo el título de “150 rosas”.

Decidí presentarme con dos relatos y, cuál fue mi sorpresa el sábado pasado, que ambos han sido seleccionados para entrar a formar parte de la antología.

Creo que entré en estado de shock en el momento en que vi mi nombre en la…

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Amy en mi corazón…

(clic para música)

Estás plantado como un árbol muerto, inmóvil, inanimado. Tus ojos sin vida clavados en el sol de poniente, que con tenue luz acaricia tu piel blanca. La criatura vive con cada rayo que se pone, echa de menos la oscuridad. La amas y no importa nada más. La luz quema tus retinas, tus entrañas, pero queda poco… ¿Amy, dónde estás? Ella brilla allí, en el horizonte. Más allá de sueños y montañas, más allá de praderas de tiempo y sonrisas. La amas… más allá de la cruel cordura, de la amable locura. Cae la noche y todos se esconden de ella, se preparan para evitarla, pero tú…

Tú, árbol muerto, criatura oscura, sombra de lo que fuiste, tú sonríes. Porque la oscuridad está en tu habitación. Y la amas… la amas… ¿Amy, dónde estás? Brilla más allá de sueños y montañas, brilla en la oscuridad… Y la amas… como nadie más la ha amado. Ella brilla en tu oscuridad, más allá del tiempo y de las sonrisas, más allá de la cordura. La amas y no lo puedes evitar. Ella se fue, pero brilla en la oscuridad… Y ríes porque la oscuridad está en tu habitación. Hace tiempo que nadie habla contigo, pero no importa. Cada noche la esperas… la esperas plantado como un árbol muerto que mira el sol poniente y sonríe a las tinieblas. ¿Amy, dónde estás? Ella desapareció un día, sin avisar, misterio violento. Las pesadillas se apoderaron de ti, contándote la verdad. La muerte. Pero no quisiste creerlas. Así que la amas… La esperas cada noche. Y ella viene a ti, ella brilla en la oscuridad, más allá de sueños y pesadillas, más allá de las sonrisas y las lágrimas. Más allá de la vida… Más allá de la muerte. Ella brilla con sus blancas alas, muda de amor, en la oscuridad. La amas y la esperas y no importa nada. Porque la oscuridad está en ti. Ella… brilla… en ti.

Un chico para Mary (II)

deseo

(La primera parte aquí).

No era la primera vez que se lo pedían, ni sería la última. En otras ocasiones, algún cliente la había esperado al final de la noche para realizarle peticiones en su único favor, pero ella no solía mezclar trabajo y placer. Lo había aprendido a puñetazos, literalmente. Se encontró valorando la proposición… Sorprendida por el simple hecho de contemplar la posibilidad. ¿Por qué con él? ¿Iba a saltarse una de sus más firmes normas?

−No tienes dinero suficiente para esto. −El coqueteo en sus palabras, en su  lenguaje corporal, en el tono de su voz era estudiado, intencional y ensayado. Tenía mucha práctica y  estaba disfrutando como hacía semanas que no lo hacía, encerrada en su agrio humor de los últimos días. Leonardo tocaba partes de ella que estaban lastimadas, haciéndolas revivir, y estaba segura de que ni siquiera era consciente de ello.

−El caso es que… −se apoyó en sus rodillas desnudas para acercarse, tocando su piel suave, y bajó la voz −… tengo mucho mucho mucho dinero… −Depositó un beso en sus labios tan delicado como el aleteo de una mariposa. −Pero me gustaría dejarlo  fuera de…. esto.

Estaba presionando. Lo sabía. Había notado el estremecimiento en el cuerpo femenino al acariciar sus piernas y la suave inspiración al rozar sus labios. Se sentía atraída por él y él por ella, y si no estuviera tan a la defensiva se habría dado cuenta ya con una simple mirada. Pero le fastidiaba que hubiera sacado a colación el tema del dinero, como si su deseo fuera una mera transacción comercial. Lo degradaba y se degradaba a sí misma. Como si nadie pudiera sentir por ella algo genuino.

Apretó las manos sobre sus rodillas, conteniéndose para no echarle el sermón. Presionando para que se decidiera…

Mary dejó el vaso sobre la barra y se levantó. Sin dejar de mirarlo, caminó hacia la plataforma redonda que culminaba el escenario en el centro de la sala. Se subió a ella y se asió a la barra, balanceándose un poco con la familiaridad que da el uso continuo. No llevaba el atuendo adecuado (por dios, ¡ni siquiera ropa interior adecuada!), pero la mirada de él, que se acercaba lentamente siguiendo sus pasos, le quemaba. Parecía haberla despojado de capacidad de decisión. Y hacía tiempo que no se sentía así con nadie. Observó cómo él se sentaba en una butaca cercana y dejaba el vaso sobre una de las mesitas. No separaba sus ojos de los de ella y sabía que no se lo pediría de nuevo. Sólo rogaba con su mirada.

Sin darse apenas cuenta, Mary giró una vez alrededor de la barra, centrando su mirada en él de nuevo, observando como se apoyaba en el respaldo. Todo él dispuesto a disfrutar. De ella.

Otra vuelta. Y otra más. Cerró los ojos, dejándose ir, la suave música empapando sus sentidos, embotando su mente. El calor del licor ingerido le alentaba, pero era el fuego que prendía la mirada masculina sobre su piel el que le impedía replantearse lo que estaba haciendo. Simplemente, quería seguir sintiendo aquello, fuera lo que  fuera. Se sacó la camiseta sin mucha ceremonia, mostrando su sujetador de cómodo algodón. Quería provocar la misma hoguera en él.

Y Leo, entonces, se incorporó, apoyando los codos en las rodillas, entrelazando las manos. No supo si por prestar más atención o por esconder el bulto enorme que tenía entre las piernas. Verla moverse, contonearse, con los ojos cerrados, como disfrutando de un lascivo baile −un lascivo baile frente a él− le estaba alterando el pulso. Quizá no era buena idea. Quizá no debería habérselo pedido. Quizá ni siquiera debería estar allí, pensó al tiempo que pasaba una mano por su rostro.

Mary irradiaba sensualidad. Las luces creaban formas de sombras y colores sobre la piel que ella iba descubriendo, lentamente. A veces acariciaba una de esas porciones de piel y Leo se percató de la diferencia… No se acariciaba cuando actuaba frente al gran público. Era un rasgo sutil que a él le afectó desmesuradamente. Aquello era sólo para él. Su baile, su fantasía. Sus ojos estaban pegados a ella, a esos dedos suaves pasando por la piel de su muslo a medida que subía la falda, acariciando su glúteo redondo para colarse levemente por debajo de la tela de las braguitas. El gemido masculino se perdió con la música.  Braguitas blancas de algodón. Joder, su ropa interior. La de verdad. El encaje negro era para los demás. A él le enseñaba lo que le gustaba llevar a ella. Y su sexo apreciaba ese tipo de cosas, porque tuvo que recolocárselo en el apretado pantalón. Luego observó cómo introducía los dedos entre su pelo, soltando el enganche y desparramando una melena de oro y miel por su espalda de seda. Era un pecado comestible e inocente. Le disparó una mirada de un azul cristalino tan transparente que no encajaba con la forma de moverse que tenía. Y aun así, era perfecta.

—Yo también quiero verte —le sorprendió ella, mordiéndose el labio inferior.

Pasaron unos largos segundos hasta que Leo, que estaba fuertemente cogido a los reposabrazos de la butaca, soltó su agarre y, sin desconectar sus miradas, llevó sus manos a la bragueta. Bajó la cremallera del pantalón vaquero tan lentamente que el simple roce hizo magia sobre su sexo y tuvo que contener un gemido. Por la abertura, extrajo como pudo su miembro pulsante y más que duro. Le dio un par de pasadas con la mano, moviendo la piel y sintiendo el placer de la caricia, volviendo a apoyarse en los reposabrazos de la butaca. Dejándole espacio a ella para que lo observara a placer. Para que viera qué era lo que le hacía.

Mary apretó las piernas. Verlo ahí sentado, expuesto para ella, completamente vestido a excepción de su miembro duro le provocaba descargas entre las piernas. Pequeñas y placenteras. Era grande y sedoso. Terso. Acariciable. Aquello se estaba saliendo del cauce, comprendió, pero lo estaba disfrutando y su humor macilento de los últimos días había desaparecido. Se sentía adorada y el sentimiento era como una adicción.

—Más —le pidió.

Una comisura se alzó en la boca de Leo, apenas visible, pero lo hizo inmensamente más atractivo. Se incorporó y se sacó la camiseta por la cabeza, dejándola caer al suelo con un movimiento natural y volviendo a apoyar su espalda en el respaldo. Su mano fue a parar a su pecho y trazó un camino lento y descendente hasta topar con la cintura del vaquero. Desabrochó el botón y… dejó la mano sobre su muslo. Agarrando fuertemente la tela.

Quién estaba haciendo el estriptis a quién, se preguntó Mary escondiendo una sonrisa.

—Más —volvió a pedir y, esta vez, a Leo se le escapó una carcajada tan sincera que le aceleró el pulso en las venas.

La mano que se había quedado sobre el muslo se movió hipnóticamente hasta la base de su pene, lo envolvió con los dedos y subió en una larga caricia que le borró la sonrisa de la cara, cambiándola por una expresión de placer. No pudo evitar continuar con las caricias, lentas, perentorias, contenidas, mientras ella continuaba moviéndose alrededor de la barra. Sin separar los ojos de él, lo que le encendía de una forma inusitada.

Mary era incapaz de desviar la mirada. Aquel hombre, Leo, estaba sentado allí, como un banquete de los dioses, acariciándose por y para ella. Sus ojos seguían el movimiento ondulante de su mano. Arriba, abajo, arriba, caricia sobre el glande, abajo… Lento. Comedido. Húmedo… Ella empezaba a humedecerse también a causa del deseo.

Deseo. Se mordió el labio calibrando su respuesta. Era deseo puro y duro. Con otro movimiento fluido, se deshizo de la falda y se pegó a la barra de metal, colocándola entre sus piernas. Ajustó la posición y, mordiéndose el labio, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo. La primera descarga de placer le hizo jadear. Pronto cogió el ritmo y siguió acariciando su centro con movimientos más complejos y sinuosos. Sentía cómo la humedad entre sus piernas iba creciendo, lubricando la zona aun debajo de las braguitas de algodón, al tiempo que giraba y se abrazaba con las piernas a la barra de acero. Había cerrado los ojos concentrándose en su propio placer y cuando los abrió de nuevo para mirarle, le impresionó  lo que vio.

Leo caminaba hacia ella como un enorme felino acechando a su presa. No quería asustarla saltándole encima como una bestia en celo. Pero no había podido soportarlo más. Cuando Mary había echado la cabeza hacia atrás y cerrado los ojos, la expresión de placer lo había sorprendido por completo. ¿Qué demonios estaba…? Un ramalazo de fuego y placer recorrió su columna disparándose directamente en su sexo cuando lo comprendió. Tuvo que detener los movimientos de su mano y cogerse los testículos para evitar correrse. Se quedó absorto, jadeando y contemplando cómo Mary se acariciaba con la barra de metal, sutilmente pero sin esconderse.

No podía más.

Se levantó sin pensar mucho en lo que pretendía hacer. Sólo sabía que tenía que tocarla, que quería formar parte de su placer. Que anhelaba su tacto sobre él. Ella se quedó quieta tras la barra cuando llegó a su lado, los jadeos de ambos componiendo una erótica melodía. Alzó los brazos, pasándolos a cada lado de ella y llevando sus manos hasta el broche del sujetador. Abrazados como estaban, con la barra de por medio, desenganchó la prenda y la fue retirando suavemente, erizando la piel de sus brazos al pasar los tirantes. Así fue como Mary quedó desnuda frente a él, a excepción de las braguitas. Dejó caer la prenda al tiempo que contemplaba con maravillada concentración los senos de piel blanca y suave. Los rodeó, llenándose las manos de sensualidad, sintiendo el tacto, el peso, el balanceo, notando cómo las puntas rosadas se endurecían. Sentía su dolorosa erección palpitar contra el metal. Barra de acero contra barra de acero. La sensación de frío y calor era electrizante. Alzó sus ojos a los de ella, que lo miraba jadeante  y las manos fueron subiendo por su piel caliente, pasando por el cuello hasta tocar los labios. Con una caricia sutil los instó a abrirse e introdujo un pulgar. Mary lo lamió con fruición, y él se volvió loco de imaginar otra parte de él en su dulce boca.

—Quiero que me hagas esto, Mary… —rogó, juntando sus frentes, y ella chupó más fuerte.

El otro pulgar recibió el mismo tratamiento y luego bajó ambas manos a sus pezones, prodigándoles húmedas caricias que hicieron que ella echara la cabeza hacia atrás con un largo gemido. Una vez estuvieron convenientemente mojados, Leo pasó las manos alrededor de los senos y los apretó suavemente hasta que las húmedas cimas quedaron contra el frío metal. Escuchó como lejano el lamento femenino, observando absorto cómo las cúspides se tornaban más duras con el contraste.

−Muévete  −pidió, mientras se lamía los labios, deseoso de posarlos allí donde su vista se fijaba.

Ella obedeció, más por propio deseo que por acatar la orden. Comenzó un sutil balanceo arriba y debajo de la barra, acariciando ahora además de su sexo, sus pezones. El placer era líquido precipitándose por sus venas, disparando su pulso y su respiración.  Las sensaciones cada vez más intensas, creando espirales de gozo que la iban sumiendo poco a poco en un estado extático, pero conforme iba ascendiendo la sinuosa senda del deleite, trocitos pequeños de su consciencia iban despertando y tomando el control. ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué jugaba? Ella no era así, no hacía las cosas por despecho. Empezó a sentirse sucia… y justo antes de alcanzar la cima, se detuvo en seco, fuertemente agarrada a la barra de acero. Su respiración salía alterada y sentía el rubor en sus mejillas.  No se atrevía a alzar la mirada.

−¿Qué pasa, Mary? −le llegaron las palabras susurradas empapadas en desconcierto.

¿Qué iba a decirle?

−Yo… no soy así  −respondió, negando levemente con la cabeza.

Un dedo suave se apoyó en su barbilla en una caricia y le alzó el rostro. Pasaron unos segundos en que se miraron en silencio. La expresión de él cambió sutilmente.

−Así… ¿cómo? −inquirió. Aunque por su gesto, intuía de qué se trataba…

−No hago esto con desconocidos −contestó, molesta, al tiempo que se agachaba para recoger el sujetador del suelo.

Pero él la agarró del brazo y no dejó que se apartara.

−Mary, mírame. −Cuando logró que ella lo hiciera, continuó−: Estoy aquí, con mi poll… joder,… mi sexo al aire, completamente duro… por ti. Estoy excitado y deseo las mismas cosas que tú.  Quiero que me toques y me muero por tocarte −arrastró una caricia por el costado de su seno−, por besarte y lamer cada hueco de tu cuerpo  −la lengua jugó en su oreja, a través de los susurros. −Te deseo con la misma fuerza… o más, que tú a mí −empujó su  erección contra ella, hasta que su respiración le aseguró que le notaba. −Así que… no te escondas…  No me… dejes así… Quiero darte placer, no sólo que me lo des tú a mí…

Leo la besó, temblando por dentro de anticipación, rogando porque no se echara atrás ahora que estaban tan… cerca. Su sexo pulsaba contra el suave vientre de ella, anhelante de caricias y cuando sintió la mano de ella rozándolo, envolviéndolo, una gota brotó de su punta mojándolos a los dos.

−Espera −atenazó su muñeca, deteniéndola al borde mismo del precipicio. Con manos temblorosas, colocó a Mary justo como había estando antes de su pequeño ataque de conciencia. Las manos sobre la barra, algo por encima de su cabeza, y las piernas a ambos lados del mástil de metal. −¿Me harías un favor? −murmuró en su oído. Ante el gesto expectante de ella, continuó−: Sigue con lo que hacías antes. Quiero verte… llegar así… Yo te ayudo… −Colocó de nuevo las manos alrededor de sus pechos y esta vez los humedeció con la lengua, primero uno, luego el otro, para rozarlos alternativamente con el metal frío.

La voz melosa y oscura de Leo podría convencerla de que danzara sobre ascuas procedentes del mismísimo infierno, reflexionó Mary, su último pensamiento coherente antes de desconectar la capacidad de juicio. Se movía de nuevo contra la barra, sintiendo la presión sobre su clítoris y las pasadas húmedas y calientes alternando con el frío sobre sus pezones. No iba a tardar mucho en responder a su demanda, su bajo vientre se agitaba ya con el oleaje lascivo, sus entrañas comenzando a contraerse. Su amante arrastró su lengua hacia arriba, erizando la piel con la punta húmeda hasta llegar a su cuello. Se separó y miró. Y el brillo salvaje que vio en sus ojos le hizo apretar las piernas en torno a la barra, incrementando la presión, aumentando el roce para…

Joder, Mary… podría correrme sólo con mirarte…

…saltar en mil pedazos, desvanecerse en millones de rayos que atravesaron su cuerpo como agujas de placer que irradiaban en todas direcciones desde su sexo. El orgasmo la dejó jadeante, arrasada. Aquello estaba bien, porque Leo le hacía sentirse bien. No estaba simplemente siendo usada. Él ni siquiera había acabado… aún.

Giró despacio alrededor de la barra hasta que se colocó entre ésta y Leo, de espaldas a él. Su trasero apoyado en la abultada ingle, la tela blanca de las braguitas de por medio. Sintió el respingo de él cuando rozó su sexo. Le gustó y lo volvió a hacer: comenzó un sutil balanceo de caderas contra su miembro duro y fue recompensada con la respiración agitada de Leo sobre su oído.

—Mary…

La abrazó desde atrás, una mano sobre sus pechos, masajeándolos y acariciando sus puntas tersas. La otra mano viajó ávida hasta colarse por debajo de las braguitas y desplegó su magia sobre su clítoris. Comenzó así un baile íntimo entre los dos, moviéndose acompasados, dando y recibiendo placer, acelerando ambos pulsos y acompañándose con los gemidos contenidos. Pronto dos dedos masculinos estuvieron entrando y saliendo de ella, con la misma cadencia que sus embestidas desde atrás, el talón de la mano acariciando su centro sin parar. Mary creía que iba a desfallecer, él no había mentido cuando había dicho que quería complacerla. En absoluto.

Cuando estaba a punto de explotar, él paró de repente. Notó cómo apoyaba la frente sobre su hombro unos segundos, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Un sonido de papel rasgado. Después lo sintió manotear sobre su trasero y luego su pene resbalando a lo largo de toda su hendidura, tras haber apartado la tela blanca a un lado. Un envite, dos…

—Quiero estar dentro de ti. —Tercer envite… atrás… —Sentir cómo te corres a mi alrededor… —Otra lúbrica embestida… y su retirada… —Correrme dentro de ti —Las últimas palabras, un gruñido… y otra embestida húmeda a lo largo de su sexo. — ¿Me dejarás, Mary? Estar dentro de ti…

Lo sentía latir entre sus piernas, fuerte, caliente, duro, seda envolviendo acero… Ella misma pulsaba con la misma necesidad, al borde del orgasmo. Una leve inclinación, un sutil cambio de postura y él empujó toda su longitud ardiente en su interior con un gruñido desgarrando su garganta.

Lo que vino después fue la locura. Mary se afianzó bien al mástil de acero para soportar la intensidad que Leo imprimía a sus acometidas. La penetraba tan profundamente que tocaba partes muy ocultas de su interior, y no sólo físicas, para salir luego casi completamente, sus caderas moviéndose cual pistones bien engrasados. Ella no necesitaba más. Su sexo se contrajo una, dos veces… mil veces más… Espasmos del gozo más puro que había sentido nunca y luego… la lluvia.

Él eyaculando placer, palpitando dentro de ella en llamaradas vehementes que arrancaron gemidos agónicos de ambas gargantas. Mary se hubiera caído al suelo de no estar sujeta a la barra con sus manos y abrazada por él desde atrás. Sus piernas eran de gelatina y sus ojos de agua.

Leo la escuchó suspirar y la apretó más contra sí. Salió de ella despacio, sin querer abandonar aquel santuario, rogando porque le fueran permitidas más visitas. En un movimiento fluido, la cogió en brazos, cargando su cuerpo delicado, y se sentó en la butaca que hubiera utilizado antes, con ella en su regazo.

Permanecieron así durante mucho tiempo, cada uno perdido con sus propios demonios. Mary hacía muy poco que se había auto convencido de que no habría chicos para ella y no quería confiar. Temblaba como una hoja joven sólo de pensarlo. No quería volver a enamorarse. Nunca más. Y más lágrimas se deslizaron por sus mejillas con el funesto pensamiento. Leo las percibía y apretaba los dientes. Mary no le dejaría entrar, aunque le hubiera permitido la entrada física a su cuerpo. Las barreras que notaba eran sólidas e insensibles. No podía enamorarse de ella. No quería…

A pesar de los pensamientos tenebrosos, pronto cayeron ambos en un sueño profundo y apacible. Desnudos a medias y abrazados sobre una usada butaca de un club de estriptis. Nadie les molestó…

Gracias a tod@s por estar aquí; sin vosotros, parte de esto no tendría sentido. Mis mejores deseos para 2013 🙂

Un abrazo..

Brianna's World

Se termina un año, hora de hacer balance. La verdad es que, en estas fechas, todo se llena de balances y, salvo los que hablan de la puñetera crisis, todos suelen ser positivos (es típico de esta época, se nos endulza el cuerpo con tanto turrón). El mío no va a ser menos, y eso que no me gusta el turrón. Como en todo, 2012 ha tenido cosas buenas y menos buenas. La cosa está en quedarse con lo bueno y olvidar (o aprender de) lo malo: así es como te aseguras tu balance positivo.

Hace más de un año que empecé a escribir como Brianna, aunque creo que son mis primeras Navidades en las redes sociales. Llegué aquí principalmente para escribir y divertirme, dos cosas que, en mi caso, van de la mano. Pero la vida te sorprende y te llevas mucho más. Acabas el año sabiendo que…

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Un chico para Mary (I)

Un estremecimiento de anticipación la recorrió de arriba abajo, como siempre ocurría, dejándole cada fibra de su ser sensible y electrizada. Respiró hondo y atravesó decidida las telas que le separaban del escenario, caminando con toda la determinación que aquellos tacones le permitían. Al llegar a la barra, se agarró a ella y giró con un movimiento estilizado y sensual, comenzando a moverse según la coreografía ensayada.

Hacía tiempo que había aprendido la técnica para no sentirse intimidada cuando trabajaba. No era extrovertida por naturaleza, por lo que subirse a un escenario para quitarse la ropa al ritmo de una canción mientras cientos de ojos se posaban sobre su cuerpo desnudo había supuesto un problema al principio. Pero no tenía otro remedio. Así que lograba abstraerse centrándose en la música y evitando mirar directamente a nadie. La sala estaba en semipenumbra, un montón de lamparitas de luz tenue esparcidas como luciérnagas en la noche, por tanto no le resultaba complicado no ver lo que no quería. Un foco enorme desparramaba luz por su piel descubierta, fabricando ilusiones de sombras que se movían sobre ella al son de la canción. Los movimientos eran sensuales, pero estudiados. Sabía lo que gustaba y lo ejecutaba con precisión, aunque sin que pareciera forzado en absoluto. Sonreía. Parpadeaba, abanicando con sus largas pestañas. Insinuaba antes de desprenderse de una prenda, creando expectación. Recibía los halagos de los hombres con un guiño de ojos o un movimiento especial dedicado, como ella los llamaba.

Sabía hacer bien su trabajo y sabía lo que esos desconocidos veían. Un rostro juvenil, inocente, de ojos azules y labios carnosos enmarcado por una melena rubia. Y un cuerpo de vicio. Conocía el efecto que surtía la mezcla de inocencia y pecado que ella ofrecía. Y lo utilizaba. Lo que ganaba bailando en el club le permitía, junto con lo que ganaba su madre, vivir sin aprietos. Estaba cansada de contar cada céntimo que gastaba y de ver a su madre marchitarse desgañitándose para sacarlas adelante. Hacía un tiempo que las cosas habían cambiado, claro que su madre no sabía exactamente en qué trabajaba ella.

No estaba orgullosa. De cómo se ganaba la vida y, en los últimos tiempos, del resto de los aspectos de su existencia. Hasta no hacía mucho, estaba convencida de que lograría salir del agujero en que vivía y ser una mujer normal. Con un trabajo que le gustara —había estado estudiando para ello— y un chico a su lado que la quisiera. Pero ese chico, uno con el que compartía una larga historia, había comenzado una relación con otra persona y ella había perdido, en cierto sentido, el norte. La parte racional de su mente tenía claro que, en realidad, nunca había habido otra cosa que amistad y sexo entre ellos. Era esa otra parte de ella la que, rebelde, había esperado más. Le costaba admitirlo, pero le había afectado. Su autoestima había caído en picado. Era posible que su trabajo, el que de verdad se le daba bien, fuera bailar en un club de estriptis, por muy exclusivo que fuera. Era posible que no hubiera chicos para ella.

Echó una última mirada melancólica al extremo de la barra donde siempre la había esperado Sergio antes de concentrarse de lleno en el espectáculo, una sonrisa incitadora brillando en su rostro.

Leo estaba en el extremo de la barra más alejado del escenario, tomándose una cerveza fría. Había tenido un día de perros. Reunión tras reunión se habían sucedido las horas y no fue hasta que llegó por la noche a casa y se despojó del traje y la corbata que no respiró de verdad. Y eso que no tenía demasiados superiores en la empresa. Pero que uno de ellos fuera tu (tiránico) padre era peor que una condena. Se había colocado unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón blanco estampada con un dibujo desteñido y se había dirigido directo al club.

Quizá no hubiera recibido cariño paterno en su vida, pero sí dinero a mansalva. Y parte de él, lo había empleado hacía algunos meses en la compra del distinguido local conocido como Cocoon Paradise. Probablemente no había sido la mejor inversión, pero era rentable. Y le entretenía.

Eso lo había descubierto hacía varias semanas, cuando había decidido pasarse por el sitio en cuestión para ver qué era lo que había adquirido. Por norma general, no era asiduo de ese tipo de clubs, aunque sí que conocía un par de ellos. Siempre había tenido buena cabeza para los negocios, pensaba convertir el suyo en el mejor y para eso tenía que conocerlo.

La primera noche había llegado a mitad de la velada. Se sentó en una mesita iluminada con una luz tenue procedente de una lamparita y observó desde la oscuridad. En el escenario se sucedieron las bailarinas, todas ellas bonitas, algunas de rasgos exóticos. Morenas, pelirrojas, rubias y cobrizas. De edades entre los veinte y los cuarenta, todas con cuerpos para el pecado ejecutando danzas exuberantes que hipnotizaban a los parroquianos. El espectáculo de piel desnuda lo satisfizo y, cuando ya estaba tocando la noche a su fin, apareció ella.

Mary. Una rubia de grandes ojos azules y unos veinte años. Su miembro, que había permanecido semierecto durante todo el espectáculo, cobró vida al instante cuando la vio. La expresión inocente en el rostro contrastaba con un cuerpo que invitaba a placeres oscuros, el blanco y el negro. El ángel caído. La mezcla amenazaba con hacerle perder la compostura. No era el único, comprobó aquella noche. En algunas mesitas cercanas, los hombres, maridos correctos, afectuosos padres de familia, se acariciaban por debajo del mantel. Sin saber exactamente por qué —todavía—, aquel gesto le hizo querer gruñir. Todos parecían soñar con lo mismo. Pero aquel no era un local de prostitución y, si alguna de las chicas optaba por ese negocio, era de puertas hacia fuera.

Bebió un trago de cerveza fría, sonriendo al rememorar aquella primera noche. No fue la última. Leo averiguó sus turnos y acudió puntual a sus citas con Mary. Noche tras noche, terminaba sus horas en su club, por negocios, se decía. Conoció a muchos de sus empleados, a varias de las chicas, a todos los camareros y seguratas, pero Mary era reservada. No solía alternar con los clientes, ni siquiera con sus compañeros. Aunque, había observado, a veces se tomaba una copa al finalizar su show, cuando ya no quedaba casi nadie por allí.

El que ella evitara cualquier contacto le resultaba algo frustrante, debía reconocerlo. Y le atraía como un poderoso imán al mismo tiempo. La hacía misteriosa y él se descubría algunas veces imaginando sus secretos. Quería conocerlos. Se había convertido en una especie de objetivo personal. Y la fuerza del imán se había vuelto más intensa en los últimos días, cuando la habitual picardía de sus ojos había desaparecido, dejando paso a algo similar a la… melancolía. Estaba seguro que nadie excepto él se había percatado y sintió cierta preocupación al respecto: estaba siendo condenadamente observador con ella. Pero ese cambio sutil acicateaba su curiosidad como la de un crío de dos años. Esa noche iba a tentar a la suerte, despidiendo a todos y esperándola, pensó mientras la contemplaba absorto bailando en el escenario.

Desnudándose. Sensualidad irradiando por cada uno de los poros de su piel y estrellándose contra los de él, que la absorbían ávidos. Mary era puro fuego, puro deseo encerrado en un cuerpo voluptuoso que constreñía las entrañas de cada uno de los espectadores, incluido él. La ropa interior de negro encaje transparente invitaba a acercarse para ver lo que escondía debajo, y a su vez dejaba kilómetros de piel a la vista que se antojaba suave al tacto. Leo quería tocarla, acariciarla con las manos. Con la lengua. Su sexo pulsó bajo la bragueta cuando ella se deshizo del sujetador con un movimiento lento, arrastrando la tela por sus pechos. Eran perfectos, pero él ya los había visto antes. Y no se cansaba. Empuñó el botellín de cerveza dando dos tragos largos del frío líquido. Necesitaba refrescarse, pensó con ironía. Era el efecto que Mary tenía en él, más que el resto de bailarinas. Ardía. Literalmente, el calor invadía su cuerpo hasta la última célula, la hoguera más grande prendida en sus genitales. Mary daba vueltas a la barra como si ésta fuera su apoyo desde hacía años, en íntima confianza, contoneaba sus caderas, movía sus hombros y Leo absorbía fascinado cada balanceo de ella. No quería, pero su mente le jugaba malas pasadas disparándole imágenes de ella moviéndose como una bendición sobre él. Era un maldito pretencioso. Por lo que sabía, ella era una bailarina. Punto. No es que él quisiera pagarle…—nunca lo había hecho por placer—, pero se sorprendía preguntándose si por tenerla a ella cruzaría la invisible barrera.

Menudo insulto. Se dio una colleja mental. No iba a degradarlos a eso. Que las cosas siguieran su curso. Nunca había sido un capullo con las mujeres.

♠♠♠♠

Cuando salió a la estancia, todo estaba a oscuras ya. El último par de clientes abandonaba el local con paso inseguro y conversación animada con el jefe de camareros, que los acompañaba amablemente hacia la puerta. No vio a Will, el camarero de origen cubano y su amigo, por ninguna parte, pero se sentó a la barra igualmente a esperarlo. Se tomaría una tónica con él y charlarían de cosas triviales, como solían hacer mientras él recogía la barra.

−¿Qué desea tomar, señorita?

Mary alzó la vista, sin saber si estaba más sorprendida por el tono con que aquel tipo había pronunciado la palabra “señorita” o por su mera presencia, de la que no se había percatado antes. Sin embargo, la miraba expectante con una sonrisa amable en el rostro, así que respondió.

−Una… tónica.  Schweppes, por favor…

−Claro −respondió el tipo, girándose. Ella se quedó contemplando su espalda, de hombros anchos y fuertes; aunque la camiseta blanca que llevaba no fuera de las estrechas, la parte superior se ajustaba bastante a su cuerpo. ¿Quién era? No lo había visto antes por allí. No acostumbraba a alternar con clientes del local, pero él estaba cómodo tras la barra, así que pensó que podría tratarse de algún nuevo camarero. Aunque ni por asomo con la misma destreza que Will, pensó divertida.

Se giró y le sirvió la tónica, disparándole una mirada que a ella le robó el aliento. Por lo salvaje. Pero ese punto enseguida desapareció de los ojos negros como pozas y ella pensó si se lo habría imaginado.

−¿Eres nuevo?− preguntó sin ambages.

−Podría decirse que sí.

−Mmm… −asintió−, chico misterioso.

−No más que tú…

Sus miradas se conectaron durante unos segundos, intentando ir más allá de sus iris, más… adentro del otro.  Ella cogió el vaso y bebió. Había algo que… le atraía de aquel chico, la forma en que la miraba no era como la del resto de hombres, pensó mientras dejaba que el líquido transparente se deslizara por su garganta, notando las burbujas refrescantes… y otra cosa más. Miró el vaso extrañada y frunció el ceño.

−Eh, ¿quién eres tú y por qué quieres emborracharme?

Leo tuvo que sonreír. Se había quedado hipnotizado contemplando el movimiento de los músculos de su cuello al tragar, sus labios llenos apoyados con delicadeza en el borde del vaso. Quería morderle. Pero Mary estaba a la defensiva…

−Soy Leonardo Llach y no quiero emborracharte. Sólo invitarte a una copa. Te voy a acompañar −apuntó mientras se servía otro vaso con un líquido ambarino que olía a muchos más grados de alcohol que el suyo. Su sonrisa fue, por fin, correspondida  por la de ella.

♠♠♠♠

−No me puedo fiar de vosotros −rió ella al cabo del rato, apoyando la mano en su muslo y dejando una huella caliente aun con la tela vaquera de por medio.

No estaba ebria, pero el licor había hecho bien su trabajo, relajándola hasta el punto de permitirse reír. Estaban sentados juntos, en dos taburetes de la barra, charlando animadamente. Había intentado acercarse a ella, saber más, pero Mary esquivaba hábilmente sus insinuaciones. Alguien le había hecho daño no hacía mucho, de eso estaba seguro.

−Puedes fiarte de mí −una mentira susurrada, sólo porque la intención de traspasar sus barreras y conocer sus secretos se estaba convirtiendo en una necesidad.

Ella le miró a los ojos, por encima de la copa mientras bebía. Parecía estar calibrando la veracidad de su afirmación y Leo hizo todo lo posible porque su expresión pareciera sincera.

Quería follársela.

Así que probablemente no debería fiarse de él, a menos que buscaran lo mismo.  Pero hubo de reconocer que había algo más allá del simple sexo que tiraba de él, ese sutil cambio en su mirada de las últimas semanas…

Mary rió, una risa limpia y cristalina, despojada de cualquier deje teatral, muy diferente de las risas que le había dedicado al principio de la noche, que a él le calentó las entrañas. Estuvo a punto de gemir contra su propio vaso.

−¿Qué quieres de  mí? −preguntó, juguetona.

Ahora sí que no mintió.

−Quiero que bailes para mí, Mary… −La miró sin tapujos, y añadió susurrando−: Sólo para mí…

Dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Clic para música)

Cuando llegó a casa esa noche de juerga, su amigo y compañero de piso lo arrinconó en el pasillo y comenzó a besarlo con desesperación. Alex no se habría esperado esa reacción jamás, a pesar de que sabía cómo se sentía Javi con respecto a él. El miedo era una emoción poderosa y, sin embargo, ahí estaba, comiéndole la boca como si el fin del mundo se acercara.

— ¿Tienes idea de lo que estás haciendo? —susurró aceradamente entre besos. Quería estar seguro de que Javi sabía lo que se hacía, que no era una nueva partida del “tiro la piedra y escondo la mano”. No quería albergar esperanzas y luego… enfrentarse a una nueva negativa.

—No… —susurró a su vez Javi—. Ayúdame… —Un beso corto. —Alex… —la voz surgía rota de su garganta, antes de lanzarse a otro beso con lengua. —Por favor…

Alex no era capaz de negarse. Estaba absolutamente sumido en el placer de devorar por fin esa boca que le había estado prohibida y las palabras de su compañero apenas atravesaban la bruma de éxtasis. Sentía las manos de Javi por todo el cuerpo, rápidas, torpes, nerviosas, intentando llegar a cada rincón por encima y luego por debajo de la ropa. Metiéndole mano descaradamente. Javi. El contenido, el amigo, el… hetero. Él lo había sabido. A su compañero de piso podían irle las tías, pero también le iban los tíos. O, al menos, le iba él. ¿Cuál había sido el detonante? No tenía ni idea. Se había percatado de las miradas recorriéndole el cuerpo, de aquella especie de incomodidad de cierto tiempo hasta esta parte en las ocasiones en que se veían desnudos, cuando antes no había importado.

Se había dado cuenta también de los roces sutiles, de las miradas significativas. De los pantalones abultados. Conocía a Javi desde secundaria y jamás había mostrado ningún interés hacia los chicos. Más bien, al contrario; la cantidad de novias, rollos de una noche y acompañantes varias que le había conocido era un desfile que no tenía fin. No obstante, su comportamiento había cambiado desde hacía un par de meses. Cuando lo había pillado a él, enrollándose con otro tío en un rincón oscuro de una discoteca. Ambos compartían piso en la universidad y era de suponer que, siendo además amigos, lo compartían todo. O, al menos, el tipo de cosas de ese calibre. Alex no sabía por qué no se lo había contado. Quizá porque no iba ondeando sus preferencias sexuales cual bandera. O, sencillamente, porque, en un profundo rincón dentro de él, había temido la censura de su amigo. Cuando lo había pillado con aquel chico, había notado la mirada de perplejidad y enfado de Javi, que se había girado en redondo y salido del lugar a grandes zancadas. Le había costado lo suyo alcanzarlo y le había explicado que, aunque a veces salía con mujeres, casi siempre prefería a los hombres. Le había pedido perdón por no habérselo contado antes y le había dicho que esperaba que aquello no interfiriera en su relación.

Desde luego, la reacción que había esperado era la de censura, viniendo de la familia conservadora de la que provenía Javi. En absoluto había previsto una respuesta tan visceral, aunque fuera contenida. Lo había descolocado por completo. No podía ser que Javi… por él… No. Pero lo era. Aun sin querer hacerse ilusiones al respecto, veía claramente cada señal que, sabía, Javi no era consciente que mandaba. Intentó un par de veces acercarse, con muchísimo tacto, pero obtuvo sendas negativas, la última de ellas, acompañada por un comentario despreciativo. Habían terminado alejados uno del otro. Alex no quería saber nada de alguien que se comportaba de forma homófoba, aunque fuera sólo en momentos concretos. No reconocía a Javi en aquella persona y le dolía. Pero había seguido con su vida. Ya no salían juntos nunca. Hasta en casa se evitaban en lo posible, y cruzaban las palabras estrictamente necesarias.

Y un buen día, mejor, noche, llega a casa tan tarde como de costumbre y se encuentra a Javi no sólo esperándole, sino esperándole… para esto. Quería frenarlo, aquello era una locura, percibía cierta nota desesperada en las caricias y besos de Javi y quería detenerlo para decirle que todo estaba bien, que podían ir más despacio… Sobretodo porque pensaba que algo no estaba bien en los pensamientos de su amigo.

—Espera… Javi… —Pero no podía detenerlo. La mano que tanteaba su bajo vientre y su ombligo bajó de repente a su sexo.

Javi tenía que comprobarlo; necesitaba saber que no era el único sumido en aquella jodida locura. Bajó la mano hasta la entrepierna de su compañero de piso y mejor amigo, y lo encontró duro como el acero. Tanto como él. Aquello le incendió la sangre. Y el leve gemido de Alex en su boca hizo que explosionara. No podía creerlo, pero se moría por tocarlo ahí, sin nada, la piel contra su mano, contra su… polla. Quería masturbarlo hasta hacerle perder el control y que se corriera con él. Correrse juntos. Nunca había sentido una necesidad de tal calibre. Jamás con ninguna chica como con su… amigo. Dios, ¿por qué? No podía quitárselo de la cabeza desde que lo había visto enrollado con otro chico. La sorpresa había sido mayúscula, pero lo que realmente le había fastidiado fue la emoción fugaz que, como un rayo, lo había atravesado. Alex era suyo. Es decir, no importaba qué hiciera con las tías, pero ningún hombre iba a estar más cerca de Alex que él. ¿Aberrante?

Él no era gay.

Y sin embargo, cuando escuchó que Alex le decía que podían ir más despacio, negó como un poseso con la cabeza. Y cuando, después de eso, Alex le alzó la camiseta y comenzó a descender dejando una ardiente y húmeda huella por su pecho y vientre, no fue capaz de detenerlo. Si seguía jadeando así acabaría hiperventilando, pero estaba nervioso de cojones. Su cabeza le martilleaba con el “no, no no…” y su cuerpo estaba más que listo. Brutalmente listo. Dejó escapar un quejido, mezcla entre sollozo y gemido, y Alex separó la cabeza, respirando como él. Lo miró desde abajo, a los ojos. Y sus manos fueron directas a su bragueta…

Luego vinieron forcejeos. La violencia se desató entre ellos, Javi separándolo entre gruñidos y Alex deshaciéndose de sus manos y sus empujes para llegar a su objetivo, los jadeos y gañidos llenando el silencio del piso, hasta que llegó un momento en que no sabía si peleaba por apartarlo o… acercarlo más. Porque la jodida lucha se estaba llevando en su interior, entre su condenada cabeza y el resto de su ser… Y cuando la mano de Alex le rodeó, suave, firme… y sintió su lengua tibia sobre su piel, supo que, quizá había podido detenerlo en otras ocasiones, pero no iba a ser capaz de hacerlo ahora. Lo deseaba como el infierno. Ahí tienes una verdad pura, capullo.

Echó la cabeza hacia atrás, golpeándose contra la pared y temblando. Alex no se lo había metido en la boca, lo lamía con pericia, con… ganas. El placer y el deseo se arremolinaban en su bajo vientre, conjurando una espiral que difícilmente iba a poder soportar. Tenía los ojos cerrados y unas ganas de embestir que a duras penas podía contener. Pero no iba a hacerlo. No lo iba a hacer…

—Joder… —gruñó cuando su amigo lo introdujo en su boca, y Alex le devolvió el gemido que reverberó en cada nervio de su anatomía.

Alex no sabía cuáles iban a ser las consecuencias de sus actos. Sólo que Javi llevaba semanas pidiéndolo y que ahora ambos lo estaban disfrutando como si se acabara el mundo. Dar placer a veces era casi mejor que recibirlo. Y cuando descubres que alguien a quien deseas pero que descartas por que piensas que es imposible… siente lo mismo por ti… los fuegos artificiales están asegurados. Tenía una mano apoyada en la cadera de Javi para controlar el movimiento y bajó la otra despacio hasta su propio sexo, estaba tan duro… Bajó más y apretó la bolsa que colgaba en un intento por relajarse. Aquello no podía durar mucho más, aceleró el ritmo, intensificó las caricias… Javi empezó a perder el control y eso arañaba peligrosamente su cordura…

Javi, que tenía los ojos cuidadosamente cerrados, los abrió. Pero no era el techo lo que quería ver, así que bajó la cabeza. La cabeza de Alex se movía sobre él y verlo sobre su sexo fue realmente perturbador. Alargó una mano que temblaba más de lo que quería reconocer y le acarició el pelo. Y al instante, la mirada de su amigo le quemaba la retina, convirtiendo su sangre en lava. No hizo falta más. Apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza cuando el orgasmo más poderoso que había sentido nunca se apoderó de él, recorriendo cada fibra de su ser, anulando cualquier indicio de pensamiento o voluntad, doblegándolo, doblándolo hacia delante. Se corrió como no lo había hecho jamás con ninguna chica y estaba tan sumido en las sensaciones, que el pensamiento ni siquiera hizo mella en él.

Cuando terminó, las piernas le temblaban tanto que no le aguantaron y resbaló por la pared, hasta apoyar su culo en el suelo. Apenas fue consciente de que Alex se apartaba con premura y desaparecía por la puerta del baño. Respiraba como si hubiera corrido una jodida maratón y cuando logró apaciguarla, sus jadeos se convirtieron en sollozos y los ojos se le humedecieron.

Alex había salido corriendo. Huyendo, era consciente. Pero ¿qué otra maldita cosa podía hacer? Estaba prácticamente fuera de control y dudaba seriamente que su amigo estuviera listo para lo que él tenía en mente. Así que allí, entre aquellas cuatro paredes, más sólo que la una, se masturbó pensando en Javi por primera vez. Porque cada vez que se le había pasado el pensamiento por la mente con anterioridad se había sentido tan sucio que lo había aplastado sin conmiseración, reprimiéndose. Pero esa vez era suya… Oh, sí…

No creía haber durado más de un minuto y tardó otro más en asearse y salir. Porque se había dado cuenta de cómo se había quedado Javi tras su encontronazo y quería comprobar que estuviera bien y, de paso, sacudirse la capa de culpabilidad que empezaba a cubrirle pegajosamente.

Lo encontró en salón, sentado en el sofa, con los codos apoyados en las rodillas. Tenía los ojos enrojecidos, pero secos, y miraba al frente. No desvió la vista del infinito cuando él entró en la estancia y se quedó de pie, a unos metros. Alex no sabía qué decir. “Lo siento” no entraba en sus planes porque no lo sentía en absoluto y no pensaba dejar que Javi se deshiciera de su parte de responsabilidad de algo que él también había querido. Esperaba que no…

—No puedo creer que haya dejado que me hagas eso…

Alex abrió los ojos herido, y dio dos pasos atrás…

—No lo digo en ese sentido —se apresuró a aclarar Javi, ahora mirándole a los ojos—, lo digo… por mí…

Por cómo era él, por cómo había sido educado siempre, por lo que pensaba que quería en la vida, lo que hasta hacía no mucho, había sido un pilar bien asentado en su existencia. Alex lo entendía. Él mismo había pasado por el proceso…

—Te ha gustado.

No era una pregunta.

—Sí —susurró Javi, mirando de nuevo al frente, y vio cómo se le humedecían de nuevo los ojos.

Alex sintió pesar por su amigo. Por el camino que tenía que recorrer. Por todo lo que le quedaba por asumir. Iba a estar a su lado.

Si se lo permitía.

(sigue)

Cae la máscara

Soy noche oscura, corazón de fuego. Siniestra melodía la que conduce mi vida. Mi alma, bruma de tinieblas, vuela errante sobre la faz de la Tierra, perdida… y encontrada en ti.

Sin farsas, sin mentiras. Me tienes y me pierdes. En tinta negra rota por sollozos, dejo caer la máscara que me esconde de ti, sinuosas líneas que explican mi ser y mi sentir. Luz y oscuridad no pueden convivir.

Y dejo caer mi máscara para mostrar la… Oscuridad… que habita en mí…

Crónicas Oscuras. Transición

Este es el relato con el que participo en el Juego de Verano convocado por Paty C. Marín, autora del blog Cuentos Íntimos. Espero lo disfrutéis.

(clic para música)

Crónicas Oscuras. Transición

Cierro los ojos y todavía puedo ver el horrible lugar.

La luz tenue y rojiza de las llamas en la pared. El aire es espeso, viciado, un pesado perfume a exóticas especias lo impregna todo. Y el olor metálico. Sé que no estoy sola, a pesar de que la penumbra es tan densa que no veo más allá de un par de metros de mí. Algo… o alguien me acecha desde uno de los rincones oscuros de esta mazmorra donde todo es humedad y frío. Y en un recóndito lugar oculto dentro de mi ser todavía soy capaz de albergar algo de temor. Mis sentidos están abotargados debido a la ponzoña que seguramente todavía recorre mis venas. Me muevo y el sonido de las cadenas y el dolor de las argollas en mis muñecas y tobillos me llega distorsionado, amortiguado.

Un estremecimiento me recorre con el recuerdo.

—No has podido evitarlo.

Su voz preñada de preocupación me trae de vuelta al presente y abro los ojos despacio. Él cree que es por esto, la escena escabrosa que tengo ante mí, por lo que me siento así, como si el mundo hubiera seguido girando a una velocidad y yo lo hiciera a otra más lenta. Gravitando.

No le miro.

Estamos sentados en el suelo, las espaldas apoyadas en la pared. Mi vista fija en los dos cuerpos que descansan para siempre, colgando en posturas retorcidas e imposibles de la cama donde hasta ahora habían dormido plácidamente. Pero no los veo. Ni me preocupan. Sus vidas por la mía. Lo que siento es un alivio inmenso, tan infinito que no me cabe en el pecho. Quizá he escapado de un infierno para adentrarme en otro.

—Háblame —le pido con voz monótona, carente de todo sentimiento.

Seth se encoje de hombros. No le temo. Ya no. Él me ha ayudado.

—Akrash me capturó y me convirtió. Ella es… Antigua. Es poderosa y su sed de sangre no conoce límites. Tiene varios esclavos de sangre que le sirven y… cuando uno no aguanta, rápidamente se consigue un sustituto. —No me engaño en cuanto a lo que significa “aguantar”, a pesar de que su voz suena tan desprovista de emociones como la mía propia. Habla mirando al frente, al parecer, ambos sin amedrentarnos ante el grotesco cuadro que presenciamos. —Cada uno de nosotros habitamos una celda en el subsuelo. Ella nos trae… comida. —La pausa que ha hecho ha sido por mí. Porque cree que todavía puede alterarme el mero hecho de que haya sido simplemente “comida” para alguien. O algo. —Y luego nos busca para… alimentarse de nosotros. Entre otras cosas — murmura más bajito. —No sé por qué condenada razón comenzó a llamarme con mayor asiduidad. Probablemente porque me resistía como un maldito tigre acorralado. Eso… le gusta. Tenía claro que si seguía así, no aguantaría mucho más. Entonces, un día cuando me devolvieron a mi celda, era una hembra joven, de pelo oscuro y ojos claros, la que estaba esperándome encadenada en mi aposento. —Esperando a ser su… comida.

Yo. Ahora sí, un escalofrío me recorre, indicándome que todavía tengo la capacidad de sentir intacta. Lo oigo continuar con el relato, pero me sumerjo en mi propia maraña de recuerdos.

Me despierto confusa en un lugar que está frío. Y mojado. Tenebroso. La violencia ocupa mis ideas, pero éstas son inconexas, como cables que no están debidamente enlazados. No puedo pensar con claridad. Ni ver. Pero escucho la respiración ajena perfectamente. Acelerada y contenida al tiempo. Siento una palpitación, un dolor punzante que sacude mi cuello y alguna otra zona de mi cuerpo. Cuando quiero tocarme para ver de qué se trata, compruebo que de nuevo estoy atada. Gimo agónicamente por el terror instintivo que se dispara por mis venas. No conozco el origen de mi temor pero es la señal inequívoca que lanza la parte subconsciente de mi cerebro, que parece saber más que yo. De mi garganta surge un gruñido que no soy capaz de reconocer como propio; estoy afónica. De haber gritado. Empiezo a temblar incontrolablemente y cierro los ojos. Estoy tan cansada… débil. Las lágrimas comienzan a rodar mientras me muerdo el labio para contener el alarido de terror que lucha por salir de mí. Estoy a punto de perder el control o el conocimiento, y entonces… siento una leve caricia en mi rostro que recoge una lágrima.

—… Ya se habían alimentado de ti. —Seth me ayuda a recomponer el paisaje de mi memoria. —Varias veces. Y yo estaba tan sediento

Por el rabillo del ojo veo cómo aprieta el puño sobre su muslo. Aparto la mirada rápidamente, sintiéndome repentinamente mareada.

—Acababa de servir a Akrash y estaba apenas fuera de control. —Su voz suena envuelta en pena.

Lo siguiente a la caricia que siento es un inmenso y lacerante dolor en el cuello, seguido de pulsos de succión desenfrenados. El deseo de perder definitivamente la consciencia y que termine el infierno me invade. Me siento mareada, débil, confusa… La vista comienza a fundirse en negro. El final ha llegado. Bienvenido sea. Me dejo arrastrar… Y siento entonces el roce húmedo en mi boca. Me lamo los labios antes resecos y el sabor que invade mi paladar me deja paralizada. Es intenso y adictivo. Pura ambrosía. Relamo los labios en busca de más y algo presiona en mi boca. Chupo y succiono y, oh sí, el líquido preciado  atraviesa mi paladar y desciende por mi garganta. Algo primario, algo instintivo toma las riendas de mi ser y me lanzo hacia delante en busca de más. No me importa el daño ni el precio. Obtengo lo que quiero… hasta que me separan bruscamente de la fuente de mi droga. Los jadeos que escapan de mi boca se confunden con los gruñidos de ese… ser, que se aleja de nuevo hasta los confines de la estancia, sumido en la oscuridad más absoluta. Y ahora sí, pierdo el sentido.

Los recuerdos de los días pasados están confusos y enmarañados, la percepción del tiempo, difuminada. Sé que esa secuencia se repitió varias veces, mas ignoro si era siempre la sangre del mismo individuo  la que bebía. La ansiedad hace mella en mí al percatarme de que no soy capaz de recordar de forma ordenada, sólo trazos de aquí y de allá, sin orden ni concierto. El nudo que se me forma en la boca del estómago hace que comience a jadear para poder llevar aire a mis pulmones.

La mano de él envuelve la mía cuando percibe que algo no va bien.

El frío de la celda, la humedad calando profundo en cada poro de mi piel, helándome las entrañas. Las argollas en mis pies y mis manos, la postura sostenida, el entumecimiento de mis miembros. El olor especiado, intenso, penetrando en mis fosas nasales y derritiendo mi capacidad de raciocinio. 

El sexo.

—Me follaste.

—Sí.

No le recrimino nada, pero suelto su mano.

—No sólo tú… ¿verdad?

Sé que está apretando los dientes. Los oigo chirriar. Ahora soy capaz de eso.

—No.

Me levanto, alejándome de él sin demasiada intención y contemplo con fría indiferencia el dantesco escenario en el que nos hayamos. Las paredes de madera de la cabaña con algunas sangrientas salpicaduras, las níveas sábanas violadas de rojo intenso. Los ojos desencajados de terror, los brazos y piernas retorcidos en posiciones antinaturales. Aparto la mirada, inquieta.

Me despierto y, como es habitual, al principio no reconozco dónde estoy. Todavía soy humana y la sangre de él sigue teniendo el efecto ponzoñoso en mí. No tengo forma de saber si es de día o de noche, no llega ni una maldita onda de luz aquí abajo. No tengo hambre ni sueño y he recuperado gran parte de mi fuerza. Diría que he sobrepasado mis anteriores límites, pues soy capaz de escuchar con claridad los movimientos de las patas de los insectos que habitan los muros de las mazmorras y distingo las formas y siluetas de la estancia, donde antes sólo veía negrura.

Soy perfectamente capaz de percibirlo a él. Hay una corriente diferente entre nosotros. Y estoy segura de que le ocurre lo mismo. Sabe que estoy despierta, a pesar de que no he movido un músculo. 

Siento cómo se pone en pie y camina lento hacia mí. Abro los ojos y alzo la cabeza para mirarle. Su actitud es cautelosa y su expresión, preocupada. Me observa con el ceño fruncido y los labios apretados, valorando mi estado. Sí. Siento su hambre, su… sed. Su lucha interior. Busca mi mirada al tiempo que una de sus manos toca mi cara en una caricia lenta y ligera que desciende hasta apartar mi melena sucia y oscura a un lado. Dejando mi  cuello al descubierto. Cierro los ojos con fuerza, sabiendo lo que viene a continuación. 

No es suave cuando muerde y algo que escapa a mi comprensión me revela que no puede serlo. Suelto un gañido de dolor sin poder evitarlo, al tiempo que aprieto, indefensa, la mandíbula. Ya he luchado otras veces como he podido, atada de piernas y manos, pero ha sido inútil. Siento la acostumbrada succión y los tirones en mi entrepierna, una sensación novedosa de las últimas veces, que llega a ser… placentera. Él me sostiene con sus brazos fuertes, como si no quisiera que me quedara colgando de las argollas si las piernas me fallan. Cuando está seguro de que eso no va a ocurrir, sus manos se pasean por mis costados, calentando mi cuerpo sumido en el helor. 

Hay otra cosa que calienta mi vientre. Ignoro si es la primera vez o si siempre ha sido así y he estado tan alienada que no me he dado cuenta hasta ahora. Comienza a balancearse contra mí, buscando ese roce íntimo entre la piel de mi estómago y su verga, al tiempo que lame mi cuello recogiendo más líquido vital. Los relámpagos de placer se extienden por mi cuerpo encendiendo cada una de mis zonas más sensibles. Gimo y dejo caer mi cabeza contra su hombro, derrotada en el primer asalto. El deseo es como una droga que corre por mis venas alcanzando lugares recónditos, llenándolo todo con sus latigazos. No lo comprendo su origen ahora. Pero no puedo hacer otra cosa que someterme a él.

Él entiende. Lame mis heridas hasta que dejan de punzar y sus manos se desplazan a mi pecho. De un tirón, aparta la mugrienta ropa y me acaricia mientras su boca traza un sendero de fuego hasta llegar a uno de los pezones. Bendigo secretamente las cadenas que me mantienen presa y me impiden apartarlo. Mi cabeza cae hacia atrás cuando una de sus manos se cuela entre mis piernas, apartando tela. No es paciente y dos dedos se pasean por la lúbrica superficie para terminar en mi interior. Entrando y saliendo. Entrando… y saliendo. 

En una chispa de lucidez me doy cuenta de lo que va a pasar y me impulso contra él, agrediéndole con lo único que puedo: mis dientes, que no son, ni por asomo, tan puntiagudos como los suyos. Le muerdo el cuello con fuerza y tiro, desgarrando carne y piel. Escucho su rugido de dolor y me empotra brutalmente contra la pared, su cuerpo presionando a todo lo largo del mío. Otra vez ese líquido, su sangre, en mi boca. Puro deleite. Me relamo y eso parece romper definitivamente su control.

Gruñe y me penetra de una estocada, al tiempo que vuelve a hundir sus colmillos en mi piel. Yo grito como una posesa. Pero no es de dolor, a pesar de que es enorme. Las sensaciones se mezclan en mi interior formando un torbellino de intenso gozo. El sabor de su sangre sacudiendo violentamente mis papilas gustativas. La succión en mi vena, los tirones en mi centro de placer. Uno, y otro… y otro más. Su sexo entrando y saliendo del mío, tan duro y caliente que acaricia cada porción de lubricada piel interna, tan grande que llega hasta mi alma ya condenada. 

Me alza con sus fuertes brazos hasta que las cadenas tiran tanto de mis miembros que duelen. Pero así sus movimientos son más libres, más desatados. Las sensaciones son cada vez más poderosas, los movimientos más animales. Está bebiendo demasiado. Estoy mareada de placer y de debilidad. Pero no soy capaz de negarle nada. Él parece saber mejor que yo lo que necesito. Lo que ambos necesitamos. 

El orgasmo me sorprende completamente indefensa. Me arrasa como una enorme ola de deleite que no deja nada tras de sí, salvo un cuerpo inerte abrazado a su verdugo. Él se suelta del agarre a mi cuello para echar la cabeza atrás mientras se corre. Y aunque se ha apresurado a cerrar los ojos, me da tiempo a ver el destello sobrenatural que desprenden en ese momento. Soy —más— consciente de que me encuentro en brazos de un ser sobrehumano y la feliz noticia no hace mella en mí.

Probablemente porque estoy convencida de que yo estoy a poco de serlo, si no me he convertido ya en uno.

Cuando ambos recuperamos el aliento, sale de mi interior y noto la humedad descender por mis muslos. Me baja hasta dejarme de rodillas en el suelo y él prácticamente se desploma también, jadeando en busca de aire. Recuerdo entonces que es probable que haya terminado de servir a nuestra Ama y la debilidad haya hecho mella en él. No obstante, se abre la muñeca y me la ofrece. La reacción de mi cuerpo me sorprende incluso a mí. Me abalanzo sobre ella y succiono como si en ello me fuera la vida. 

Y puede que así sea.

—Deja de pensar en eso. —Su voz me llega desde atrás. Me giro y veo que no se ha movido, sigue sentado en el suelo, la espalda apoyada en la pared. Sin embargo, su mirada ha cambiado. El fulgor que tan familiar me es y que relaciono con el placer, brilla en sus ojos en este mismo instante. Sé que puede oler mis estados de ánimo basales. Mi… excitación.

—¿En qué? —le reto, mirándolo fijamente a los ojos y disfrutando de su brillo.

—Ya lo sabes —musita—. En nosotros jodiendo.

Sus palabras desnudas provocan la aparición de una imagen muy explícita en mi cabeza. Lo que me lleva a la siguiente pregunta.

—¿Cuántas veces?

Seth sabe a lo que me refiero y no se escaquea.

Aunque tampoco me responde.

—¿Conmigo o con los demás?

No puedo evitar un lamento. Sus palabras hieren como dagas punzantes.

—Lo siento —murmulla, apartando la mirada. Está mortalmente serio y me doy cuenta de que él ha sufrido tanto como yo al tener que compartirme.  No por motivos románticos. Sé que se siente culpable. —No sé cuántas veces fueron. Yo… cuando bebes de alguien es difícil controlar a la bestia interna. Sus instintos son fuertes y no sólo quiere… sangre.

—Yo acabo de… beber —todavía me cuesta la terminología— y soy capaz de controlarme perfectamente.

—Pero sientes la atracción. —No puedo negárselo. No hacia mis víctimas, con ellas poco queda por hacer. Sin embargo, Seth… Sonríe de medio lado al adivinar mis pensamientos. —Aunque me repudies, ahora mismo te sientes atraída por mí. Y sólo puedes resistirte porque la sangre con la que te has alimentado era humana.

Lo que me recuerda lo que acabo de hacer.

—Por eso yo me resistí las primeras veces. Tu… sangre humana diluía la de Ella. Akrash me permitía beber de ella cada vez, aunque poca cantidad. Ni te imaginas cómo me sentía. —Lo veo negar levemente con la cabeza, dudando si seguir hablando o no… Le animo—. Euforia. Drogado, la voluntad anulada. Vergonzosamente excitado. Deseándola, aunque me asqueara. —Sonríe con cinismo al tiempo que me mira. Establece paralelismos demasiado a la ligera. —Cuanto más antigua es la sangre que tomas, con más intensidad te golpean tus necesidades mas animales. Pero basta que tomes sangre de nuestra especie para que las sientas y ruegues por ser capaz de contenerte. O no —añade.

No entiendo esta última parte. ¿Cómo no voy a querer negarme?

O… ¿no habla de mí…?

—Así que ahí tienes tu respuesta, Allianna. ¿Cuántas veces? —Se encoge de hombros. —Cada vez, cada condenada vez, que volví de ella. —Su voz es dura, pero sospecho que no contra mí. —Sólo pude contenerme las tres primeras veces que bebí de ti. Luego… tu sangre ya empezaba a parecerse a la nuestra y…

No continúa la frase, pero sé perfectamente lo que quiere decir. Sangre y sexo siempre van unidos. Al menos, en… nuestra especie.

Porque eso es lo que soy ahora, ¿no?

—¿Por qué me diste tu sangre? —Aunque suene a acusación, no es lo que pretendo. Sólo quiero comprender; saber cómo he llegado hasta aquí. —Cuando bebiste de mí la primera vez… ¿Por qué lo hiciste? Sólo tengo esas sensaciones ligadas a ti, no recuerdo que ningún otro… esclavo me alimentara.

Seth frunce el ceño profundamente. Parece ofendido, pero no me importa.

—Cuando llegaste a mi celda, estabas al borde de la muerte. Seguro que no era yo el primer esclavo al que te ofrecían, es más, apostaría a que te habían probado unos cuantos. Te habría matado —continúa. —Si no te hubiera ofrecido mi sangre. Te habría matado.

Asiento, comprendiendo el motivo. Así que se dedicaba a salvar —y a convertir, en el proceso— a las pobres mortales que éramos llevadas allí como carnaza.

—¿Alimentaste a más chicas, aparte de mí?

Me mira durante unos segundos, antes de contestar. Veo la duda en sus ojos.

—No —dice, por fin, desviando la mirada.

Soy la única. Su respuesta me sorprende y altera el pulso en mis venas. Me lo recrimino en silencio. No quiero sentir nada por él. Me ha ayudado a escapar. Pero me ha condenado.

—¿Por qué yo? —surge la pregunta en tono frío, muy diferente de como me siento por dentro.

Seth juega con un jirón de tela, despedazado de sus ropas.

—¿Y por qué no? —responde indiferente. No me lo trago. Y él lo sabe. Suspira. —La chica anterior a ti, la que nos… trajeron para alimentarnos. Murió en mis manos. Yo la maté cuando bebí de ella la última vez. Me di cuenta entonces de que todas… todas las anteriores habían muerto igual. No conmigo, pero con alguno de mis… compañeros. Y yo fui responsable de una pequeña parte de sus muertes.

Una pequeña carga más de culpabilidad para su conciencia. Por un momento me olvido de mi desgracia para centrarme en la de él. ¿Cuánto tiempo ha permanecido en esos calabozos? ¿Cuánto tiempo sirviendo como reservorio de sangre y como semental para esa… arpía? ¿Cuántas vejaciones y violaciones?

¿Cómo ha sobrevivido?

Seth me mira desde abajo. Su expresión es tan seria que apostaría mi vida inmortal a que conoce cada uno de los pensamientos que están cruzando mi cabeza.

—¿Qué… hacíais cuando ella… te mandaba llamar? —me atrevo a preguntar. La curiosidad, el morbo, me pueden. Mala idea. Sus pupilas aumentan hasta que el negro copa casi todo y sus ojos se achican tanto que acaban siendo dos rendijas y parece capaz de enviar un mortífero rayo a través de ellos. Peligroso.

Desvío la mirada. Y acabo topando de nuevo con los dos cuerpos que yacen inertes en la cama. No sé el tiempo que llevamos aquí, pero probablemente estén ya fríos. La realidad me golpea de nuevo, atravesando los muros de embotamiento que me rodean. ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así? ¿Qué condenada vida me espera?

—No has podido evitarlo —me repite Seth desde atrás.

—¿Ahora me lees el pensamiento?

—No. Pero sé lo que se siente los… primeros días. Yo no tuve ocasión de… matar, porque nos racionaban las presas. Los… otros, Sus secuaces, nos separaban antes de que acabáramos con ellas. Era otro de los pasatiempos favoritos de Akrash. Contemplar cómo los recién convertidos nos volvíamos bestias irracionales y separarnos de lo que más ansiábamos. También disfrutaba con las palizas que recibíamos de sus sirvientes cuando nos enfrentábamos a ellos. Nunca eran menos de cuatro —una risa baja y despreciativa surge de su boca—, no se atreverían.

Levanta la mirada hacia mí.

—Pero hubiera matado si me hubieran dejado. Estoy seguro como el demonio.

Sus palabras no me consuelan. Ni por mí, ni por él. Las lágrimas empiezan a rodar por mi cara y me asusto. No quiero tocarlas porque sé el color que tienen ahora.

Seth se levanta de un salto y se acerca a mí cuando me ve temblar. Despacio, como si no quisiera asustar a un animal salvaje y estuviera pidiendo permiso al mismo tiempo. Su mano se alza lentamente y aparta el pelo negro de mi rostro. Me mira a los ojos, transparente. Y acerca su cabeza tanto que tengo que cerrarlos, tal es la intensidad de su mirada. Entonces, lo siento. Su lengua, con movimientos tan sosegados como el resto, sigue el camino de las lágrimas, recogiéndolas con ternura.

—No quiero ser así. —Mi voz surge en un lamento tan bajo y agudo que por un instante, dudo que me haya oído. Pero sus sentidos son igual de agudos que los míos.

Y me abraza fuerte, escondiendo su rostro en mi cuello. Me comprime de tal forma que si hubiera sido humana, estoy segura de que me habría roto más de una costilla. Oigo su respiración alterada y comprendo que no es sólo mi consuelo, sino el suyo también.

Yo no quiero ser así, pero de otra forma, estaría muerta. Él me ha salvado, pagando ambos un precio elevado. Los recuerdos de los primeros días en las mazmorras son muy confusos, pero van tomando consistencia y orden a medida que avanzan los días, las semanas. Conforme él me va ofreciendo su vena y su sangre poderosa empieza a formar parte de la mía. Fortaleciéndome.

Sé el riesgo que ha corrido al hacerlo. La apuesta por salvar nuestras vidas condenadas.

Recuerdo la farsa para hacer creer a los guardias que mi debilidad va en aumento. La complicidad.

Recuerdo las sesiones inevitables de sexo necesitado. Su cuerpo caliente y duro contra el mío, sosnteniéndome, el balanceo, el placer. Los gemidos acallados a besos. Con su sangre en mí, lo deseo más cada vez. Yo tomando la iniciativa, a pesar de estar encadenada a la pared. Y él ofreciendo y buscando solaz simultáneamente. Comprendiendo mi biología, que es igual que la suya, y no negándome nada. Recuerdo el día en que mis caninos están lo suficientemente desarrollados como para tomar lo que necesito y le muerdo, incontenible, en el cuello. Su alarido de dolor es mi placer.

Recuerdo el día que estamos listos para escapar. Los planes trazados en noches interminables, sin otra cosa mejor que hacer. La huida, con la adrenalina pulsando en nuestros cuerpos y el miedo a volver a ser capturados atenazando nuestras almas. Corriendo a través de campos en la noche cerrada. Vamos, vamos vamos. Saltando muros de piedra, los perros y demás bestias ladrando a lo lejos.  Hasta llegar aquí. A la humilde granja donde sus tranquilos propietarios se disponían a dormir como cualquier otra noche de sus sosegadas vidas.

Los pensamientos sobre lo que ha ocurrido después se mezclan con los besos cálidos de Seth en mi cuello. Me lame en lentas pasadas y su boca succiona alterándome el pulso. Y, con la guardia baja, lloro al mismo tiempo por las vidas que he sesgado. Y todas aquellas que estoy condenada a sesgar. Seth me oye sollozar y, con los ojos cerrados, restriega su cara contra la mía rezando como una letanía “No, no no…”. Me besa en la boca, intentando acallarme, y lo consigue. Nuestras lenguas bailan juntas danzas antiguas, sus manos empiezan a recorrer mis costados, aprietan mis nalgas y siento su sexo duro contra mí. Me separo un instante y lo que veo me trastorna: su cara toda manchada con mis lágrimas.

—Aquí no, por favor —suplico, entre más sollozos. No quiero que haya luz, ni quiero dejarme llevar donde antes he perdido el control de mis actos. —Llévame fuera.

Me carga, con mis piernas abrazadas a su cintura y nos desmaterializamos. Lo he visto ensayar el truco y tiene que enseñarme. Una cosa más.

Conforme aparecemos en medio del bosque, me empotra contra el tronco de una enorme haya. El golpe hace que caigan hojas y frutos al suelo, mas nosotros ya no nos percatamos. Estamos a millas de allí. Rasgando ropas, mordiendo y empujando en una lucha por llegar al otro. Mis senos quedan expuestos al frío aire de la noche en cuestión de un segundo y al siguiente, tengo su boca sobre ellos. Hambrienta, lame y succiona hasta el dolor. Pero en lugar de gritar, me muerdo el labio y le hinco las uñas en la espalda. Su gruñido reverbera en mi pezón, enviando calambres de placer a lo largo de mi cuerpo, que terminan reuniéndose en mi entrepierna. Muevo las caderas, intentando acariciarme contra él, pero no consigo llegar y gimo de frustración. Seth reajusta la postura sin dejar de besar mis senos y su polla acaba encajada entre mis piernas. Ambos jadeamos el alma cuando nos movemos frenéticos contra el otro. Las telas sobran entre nuestros sexos y me afano por apartarlas. Lo cojo en mi mano, acero envuelto en seda, buscando un mejor ángulo y su punta lubrica mi clítoris, convirtiendo las caricias en pura lujuria. Le masturbo despacio, los movimientos repercutiendo en mi centro. Observo cómo separa su rostro de mis pechos y la agónica expresión de placer que muestra me sobrecoge.

No quiero darle sólo placer. Quiero hacerle daño. Por todo lo que me ha hecho.

Aprieto fuerte el agarre hasta que gruñe y sus dedos se crispan.

¡Perra…!

Pero no se separa, me sigue dejando hacer. ¿Se autocastiga? Aprieto más fuerte.

Ruge como un animal y coge mi mano, separándola de su sexo y alzándola por encima de mi cabeza. Me abrazo fuerte con las piernas para no caerme y su polla queda en mi entrada, nuestras miradas suspendidas, las respiraciones aceleradas y jadeantes. Nuestros anhelos gravitando a nuestro alrededor. Los imposibles y los… posibles.

Me penetra despacio, pidiendo permiso y perdón. No cierro los ojos. Quiero verlo, quiero contemplar su arrepentimiento y lamer sus heridas. Cuando está completamente encajado, sus colmillos comienzan a alargarse por el placer. Sé que quiere morderme mientras me folla. Beber de mí mientras me entrega su otro líquido preciado.

Pero ahora no es como antes. No tiene que recuperarse de Akrash. Ni tiene que darme su sangre ya para hacerme fuerte. Inmortal. Así que apoya la frente en mi hombro con un lamento, escondiendo el rostro y negándose una de sus necesidades, y empieza a moverse entre mis piernas. Lento al principio. Pero la parte animal es fuerte en nosotros ahora y el instinto difícil de coartar. Pronto se centra en nuestro placer, olvidándose de mi yugular y el simple hecho me… apena.

Su sexo es enorme dentro de mí. Me ensancha y me acaricia dando a la palabra lascivia nuevas connotaciones. Mis propios caninos se alargan por el placer y la necesidad de él aumenta. Ya no soy capaz de esconderlos cuando le beso en el hombro y él se percata.

Muerde, joder… su voz baja y rasposa me sobrecoge. Mi voluntad no es tan fuerte como la suya.

O quizá, me creo con más derecho que él.

Asciendo lamiendo su cuello. Él se mueve en suaves ondas dentro de mí, estocadas limpias, firmes e intensas que me preñan de deleite. Su pulso late fuerte y rápido bajo mi lengua. No me lo pienso más y hundo mis colmillos en él. Escucho su alarido de dolor mezclado con el gemido de placer que le sigue y siento los pulsos de su sexo en mi interior. Lo percibo todo lejano, pues su sangre invade mi boca y es el éxtasis en estado puro. Succiono y lamo para conseguir más de su sabor y es éste junto con su orgasmo lo que detona el mío. Las contracciones de mi sexo alrededor del suyo se alternan con mis succiones en su vena, elevando mi placer hasta el misticismo.

Sexo y sangre. Sangre y sexo.

Cuando el sentido y la cordura vuelven a mi ser, siento a Seth temblar. Sigue dentro de mí, duro. Mi espalda arde, probablemente por los arañazos de la corteza sobre mi piel. Nuestras respiraciones son erráticas. Le acaricio el pelo y sale con cuidado de mí, depositándome en el suelo. No soy capaz de enfrentar su mirada. Todavía me cuesta morderle y que me deje beber de él, así que mantengo la vista al suelo mientras siento la humedad descender por  mis muslos. Pero no me va a dejar escaquearme. Posa su mano en mi barbilla y presiona alzando mi rostro. Nos miramos durante unos instantes y luego sonríe de medio lado. Su dedo pulgar vaga alrededor de mi boca y por mis mejillas. Luego se lo acerca a la boca y lo lame. La mezcla de su sangre y mis lágrimas.

El gesto es tan lascivo que altera de nuevo mi pulso. Me acerco a él y comienza a lamer el resto de lo que queda en mi rostro. Su erección no ha perdido dureza ni por un instante. Sin dejar de abrazarnos y besarnos, nos acostamos en el tupido suelo, cubierto de vegetación. Celebrando la vida, tras el infierno.

Ahora somos libres. Sin Akrash ni sus secuaces. Sólo nosotros y nuestros propios demonios.

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