B. Wild

Terreno Prohibido

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Hola, hola a tod@s. Ando desaparecida, aunque no tanto. Sigo escribiendo Terreno Prohibido, aunque a un ritmo muuuucho más lento que el de antes, y estoy, como muchos sabéis, en mi otro blog (Brianna’s World) y en las RRSS (Facebook, Twitter, Pinterest).

Dejé que publicar capítulos porque mi tiempo libre se vio drásticamente reducido y no podía seguir un ritmo que me complaciese ni complaciese a lectores (un capítulo de poco más de mil palabras cada seis meses no satisface a nadie, a mí la primera xD). Pero ahora empiezo a vislumbrar el final de la historia de Sergio y Lisbeth, y he pensado empezar a subirla a Wattpad, por comodidad de todos (lo-que-voy-a-echar-de-menos-este-blog). Hace tanto tiempo que quizá no recordéis de qué va:

Elizabeth Belloc lleva una vida normal. A pesar de su juventud, tiene las ideas claras y, aunque es una buena hija y una estudiante ejemplar, tiene su vena rebelde. Su debilidad es Sergio, el mejor amigo de su hermano mayor, de quien está secretamente enamorada y al que no duda en meter en algún que otro aprieto.

Sergio creció en una zona marginal, muy diferente del hogar de los Belloc. Criado en un burdel y rodeado de malas influencias, alguien supo tirar de él y hacer que no cayera en los mismos pozos que los chicos de su barrio. Su vida es tranquila, pero tiene un temperamento fuerte que sale a la superficie cuando meten el dedo en su herida más profunda y su odio más visceral: su padre.

Lisbeth y Sergio pertencen a mundos opuestos, pero no pueden dejar de estar juntos, no importa cuantas veces lo intenten. Porque lo que sienten uno por el otro no es fácil, pero tampoco débil.

Podéis empezar a leerla pinchando en la imagen de arriba o aquí. Os agradeceré toda difusión 😉

Aprovecho para informaros de que El chico de la eterna sonrisa ha volado hasta Amazon. Si tenéis Kindle Unlimited, podéis leerlo gratis, y ya sabéis, si os gustó, no dejéis de ponerle estrellitas y de compartirlo.

Y eso es todo, que no es poco, por el momento ^^

Arriésgate

La brisa ondula su cabello. El mar engulle una enorme esfera de fuego allá, en el horizonte.

—¿Por qué vuelves? —Mira sobre su hombro, donde una pequeña multitud baila semidesnuda con los pies descalzos sobre la arena blanca.

«¿Por qué insistes? No lo entiendo».

Él sigue su mirada y esconde una sonrisa; sabe lo que está pensando. La observa con vehemencia, sopesando los mil detalles. Las diez mil razones.

—Quizá me pone que me digas que no —relativiza al final.

Ella sonríe ampliamente.

—¿Eso quiere decir que perderás el interés en cuanto te diga que sí?

Él sonríe generosamente, también.

Durante un lapso pequeño y eterno a la vez. Sus ojos, conectados. Su voz, un susurro.

—Lo que de verdad quiero saber es si tú estás lo suficientemente interesada como para arriesgarte.

ϖ©

All Hallow’s Eve 2014

Camina arrastrando sus pasos a través de la noche, confuso. Las calles están atestadas de gente armando escándalo a pesar del frío, aunque él no es capaz de sentirlo. Su cuerpo está abotargado, alejado de la realidad, y su mente, sumida en una espesa neblina que filtra cualquier información que pueda alcanzar a sus adormecidos sentidos. No le preocupa no comprender con claridad lo que ocurre a su alrededor; lo que le asusta de verdad es la aparente incapacidad de enfocar con claridad su vista y de que sus miembros respondan naturalmente a las órdenes de su cerebro.

Continúa su sinuoso vagabundear, cojeando y chocando con personas ebrias de una alegría que él no entiende.

—¡Eh! ¡Mira por dónde vas!

No es capaz de responder al improperio. Se esfuerza por observarlo:  su indumentaria es extraña, pero no sabe por qué. Gime con agonía y sigue su camino ignorando la reacción que ha provocado a su alrededor y, aunque es consciente de que vaga, tiene muy claro hacia dónde se dirigen sus pasos.

A casa.

Tiene doce años y es completamente capaz de llegar hasta su casa, está seguro. Se ha despertado hace un… rato —gime de nuevo ante su incapacidad de concretar el lapso— en una sala de hospital demasiado fría y demasiado oscura, completamente desorientado. No tiene recuerdo alguno sobre cómo ha llegado hasta allí. Ha intentado preguntar a una mujer vestida de enfermera (las enfermeras de verdad no gritan ante sus pacientes), pero únicamente ha logrado empujar un lóbrego lamento a través de una voz que no ha reconocido como suya.

—¡Buen disfraz, tío! —Otro de los trausentes le habla con una sonrisa puntiaguda de la que gotea un líquido rojo, devolviéndole al presente.

Se mira las manos, esas que son demasiado grandes como para ser  suyas y que también están impregnadas en líquido rojo, y las aprieta, pringosas. Como ha ocurrido en el hospital, empieza a perder la poca conciencia que tiene, la neblina vuelve con fuerza a dispersarse por su mente, por sus sentidos hasta hacerle olvidar quién es, hasta hacerle sentir como si fuera otro. Aprieta los dientes con fuerza, en un vano intento de mantener la cordura…

—Eh, tío… Era de buen rollo. —La tez de su interlocutor se vuelve macilenta a pesar del maquillaje, ahora puede verlo con diáfana claridad. —Oye, ¿de qué vas? Sueltam…

Escucha un grito, lejano y aterrador. Y luego, nada.

Una nueva convulsión le despierta. Está tirado en la calzada y de nuevo escucha esa voz espeluznante que sabe que surge de su propia garganta. Se levanta con cuidado, torpe, no controla su cuerpo, e intenta enfocar la vista sin conseguirlo del todo. Hay un bulto inmóvil en el suelo y otras figuras más lejanas. Algunas aplauden. Otras le miran con admiración. Un grupo lo hace con temor.

Su casa está cerca. Lo sabe. Continúa su lastimero paseo, acarreando el peso de un cuerpo que es demasiado grande para él, abrumado por sensaciones que es incapaz de procesar. Hay fuego y canciones, gente con escobas y con cuchillos que le atraviesan el cráneo. Niños que alborotan, gritando «¿truco o trato?». Gente con colmillos y con ropas manchadas de rojo y él se afana por llegar a casa y poder descansar.

Ya la ve, al fondo de la calle. Conforme se acerca con pasos lentos y tortuosos, siente la calma, la sobriedad. Como si de un absurdo despropósito más se tratara, una foto suya enmarcada en un lóbrego marco negro reposa junto a la danzante llama de una vela, adornando la puerta de su casa.

Tampoco lo comprende.

Llama a la puerta, ha debido de perder las llaves en el ese extraño hospital. Una anciana abre la puerta, vestida completamente de negro, con un pañuelo arrugado en sus manos. Sus ojos enrojecidos lo miran con reprobación y aprienta los labios.

—En esta casa no estamos para celebr…

Comienza a hablar, pero él sólo quiere ver a su madre. La hace a un lado y entra en la casa, por fin. Sabe que está en la cocina. Ella siempre está en la cocina, adora cocinar. La encuentra sentada a la mesa, frente a una taza humeante, en un ambiente sosegado pero triste. Alza la vista hacia él, pero no muestra signo alguno de reconocimiento. Si acaso, un gesto de hastío. Con lo que él necesita un abrazo…

—Mamá. —La voz surge clara ahora, aunque sabe que no es la suya.

El gesto de su madre cambia y una mueca de dolor lo desfigura. Las lágrimas desbordan sus ojos cuando habla:

— ¿Qué maldita broma es ésta? ¿Viene así, disfrazado, a burlarse de nuestro dolor?

Él no entiende nada.  Necesita un abrazo de su madre. Sentirse seguro de nuevo.

—Mamá, soy yo.

La neblina asoma de nuevo. Se mueve en un intento de despejarse y se apoya en la encimera. La mujer que le ha abierto la puerta ha vuelto y abraza a su desconsolada madre.

—No sé quién es ni si le parece divertido, pero le ruego que se vaya.

Se pone nervioso. Pasea la vista por la familiar estancia. Ésa es su casa. La neblina se ha hecho tan espesa que empapa su mente y sus sentidos hasta que casi es incapaz de reconocerla, pero es su casa. Lo siente en la sangre.

Se mira de nuevo sus manos manchadas. Su madre dirige la vista hacia el mismo sitio, dejando de llorar. La cautela reemplaza a la pena en su mirada. Contempla esas manos enormes teñidas de carmesí y luego le mira a él a los ojos. Con miedo.

—Begoña, vaya a su casa a descansar —le dice a la mujer en tono tranquilo.

La mujer asiente, presintiendo que algo extraño ocurre, y sale por la puerta. Él se frota las manos, muy nervioso. Sabe que está perdiendo el sentido otra vez.

—Mamá… —intenta de nuevo, con esfuerzo, con esa horrible voz.

No es él.

— ¿Quién eres?

Ya casi no la ve, aunque la ha escuchado perfectamente. «Soy yo, mamá», llora por dentro. Su visión se vuelve clara de repente. El rostro de su madre es una máscara absoluta de terror mientras le mira.

Baja la vista a esas manos grandes y sucias que no son suyas. Está empuñando un afilado cuchillo de cocina y siente que ese rostro que, ahora sabe, no es el suyo, sonríe con maldad.

Un vano último intento:

—Corre mamá.

 

sangre

 

Dos vidas en una (VII)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Viene de aquí).

Dejó el chupito con un golpe seco sobre la barra y se dio la vuelta. No le apetecía bailar y dudaba mucho que pudiera hacerlo sin caer en el ridículo. Entornó los ojos hasta que localizó el diván donde estaba Fran. El humo de discoteca y las luces de colores no le ayudaron en absoluto cuando se puso a caminar con paso inestable hasta allí. Se dejó caer en el mullido y sucio asiento. La música atronaba en la sala y la gente parecía divertirse, pero él  ni siquiera quería estar allí.

Sólo que desde hacía días, no sabía ni dónde quería ni dónde debía estar.

Era su amigo el que tiraba de él la mayor parte de las veces. Alex sólo se concentraba en ir a trabajar, ducharse y dormir. Sin embargo, Fran insistía en que debía salir a distraerse y normalmente era tan persuasivo —oh, conozco una palabra mejor: pelmazo—, que accedía sólo para que le dejara en paz. En ese preciso instante estaba sentado a su lado, negociando con sonrisas y palabras bien puestas su siguiente affaire. Un momento después, se giró hacia él:

—Fíjate, aquel tipo de allí no te quita ojo —gritó para hacerse oír. Le pasó el liado que se estaban fumando a medias y continuó—: ¿Piensas hacerle esperar toda la noche?

Una sonrisa torcida se dibujó en la cara de Alex. Fran le estaba echando de  su lado para montárselo con aquel chico, pero no pensaba irse. Él le había arrastrado hasta allí, ahora iba a cargar con su presencia. Dio una calada al cigarro y miró a través del humo al chico de la barra. Ya se había dado cuenta, el tipo no se había movido de allí y su mirada volvía una y otra vez a él. Otro momento, otro lugar, otra situación. Otro universo y se habría escapado con él. Ese era su antiguo mundo.

Su nuevo mundo era una mierda.

Una sucesión de días en los que no tenía ni idea de cómo llenar el tiempo. Se había prohibido pensar en alguien —¿o se lo había prohibido Fran? No importaba, él había estado de acuerdo—, y la cosa funcionaba mientras estuviera trabajando o cuando conseguía dormirse. El resto del tiempo, Alguien se colaba en su mente al menor descuido. Y eso le cabreaba, tal y como estaban las cosas.

Hacía más de una semana, en aquel descampado solitario, se había dado cuenta de varias cosas. La principal y más complicada era que, no importaba cuán enfadado estuviera con Alguien, siempre terminaba cediendo. Alguien hablaba y le tocaba la fibra de formas que nunca nadie había hecho. Desplegaba emociones que no había sentido y que le dejaban expuesto, vulnerable. La sensación no le gustaba en absoluto, y mucho menos conforme habían terminado aquel día.

Después de que Alguien se negara a aceptar su explicación sobre su amistad con Fran y se girara en redondo, él permaneció varios minutos más allí, de pie. Intentando tragar y recoger su orgullo maltrecho. Habían estado a punto de hacerlo, maldita fuera, y Alguien ni siquiera confiaba en él. ¿Por qué lo hacía, entonces? ¿Por marcar su territorio frente a Fran? ¿Por probar con él, que era su amigo, sería más fácil, y después seguir su camino? ¿Ellos, que vivían juntos hacía más de diez años, eran un simple rollo? No importaba. Debía haber dejado que volviera caminando a casa, pero ninguno de los dos fue tan terco. Recogió el casco del suelo y se lo puso. Arrancó la moto y le alcanzó. Sólo paró a su lado y, sin cruzar palabra, subió detrás de él. Las manos esta vez fueron a su lugar, las asas que llevaba la máquina en la parte trasera para tal efecto. Ni un roce más.

Llegaron demasiado rápido.

Su acompañante bajó de la moto raudo y silencioso, y se encaminó a su portal —su antiguo portal.

—Javi… —Ni siquiera se giró y eso le quemó. —¿No piensas decir nada más?

Entonces sí que se volvió, con los ojos enrojecidos.

—¿Qué más quieres que diga? —Estaba dolido. Miró hacia un lado y el otro,  buscando las palabras, una explicación o, quizá, sólo comprobaba que no hubiese público. —Mierda, déjame en paz… Yo no he buscado nada de esto…

Alex sabía perfectamente a qué se refería con esto. Nadie lo busca.

Las palabras se agolparon en su cabeza, rebotando, enredándose. Le habría gustado explicarle tantas cosas… Pero era estando sereno cuando tenía su capacidad discursiva en mejores condiciones. Y en aquel momento estaba de todo menos sereno. Cuando Javi volvió a clavar la vista en él, su mirada estaba cargada de un complejo mensaje, contradictorio y enrevesado, seguramente inconsciente. Un mensaje que, a pesar de ser silencioso, Alex comprendía bien, y entonces todo aquello que revoloteaba por su cabeza cayó, dejando en supremacía sólo dos palabras: Déjalo ir.

Déjalo ir. Déjalo ir. Déjalo ir…

No recordaba cuánto tiempo más había permanecido allí. Podían ser unos minutos o una hora, pero él ya no estaba.

Una semana después. Él ya no estaba. Y Alex se había convertido en un jodido autómata, negándose a sentirse culpable por algo de lo que no era sino mitad responsable, enfadado consigo mismo, con Javi, con el mundo.

Era un condenado zombie, con los sentidos tan desconectados de su cerebro que allí mismo, mientras Fran le pasaba la mano sobre los hombros y le relamía la oreja por enésima vez para que se largara, le pareció verlo ahí plantado entre el gentío, como un roble lleno de vida en un bosque seco.

Y asombrosamente, sólo tardó medio minuto en percatarse de que no estaba imaginándoselo.

♠♠♠♠

Cuando el noventa y nueve coma nueve por ciento de su cerebro le había intentado disuadir de ir allí, debía haber hecho caso. Por algo era. Sin embargo, cuando había salido esa noche de sábado a despejarse —u olvidar, si quería ser poético—, vagamente se había dado cuenta de hacia donde se dirigían sus pasos y se había confiado a ese cero coma uno por ciento que, se percató, manejaba su corazón.

Ante sí tenía la ilustración a todo dolor, en tres dimensiones y en movimiento de las razones por las que en su cabeza saltaban las alarmas cada vez que había considerado la opción de ir a buscar a Alex allí. Se había quedado plantado como un pasmarote cuando había localizado a su compañero de piso fumando y con aquel tipo —de nuevo— abrazado a él y comiéndole la oreja sin ningún disimulo. Aunque, a decir verdad,  en aquel lugar nadie hacía nada con disimulo. Era como lo que aconsejaba aquella machacada frasecita: la gente bailaba como si no les viera nadie y amaba, aunque fuera sólo en el sentido superficial o físico, como si nunca les hubiesen hecho daño.

Sólo que a él sí se lo habían hecho.

Sólo que aceptar el argumento, era aceptar que…

Unos ojos de color verde claro y de turbia mirada se clavaron en los suyos. Y así permanecieron unos segundos, suspendidos en la nada, porque a Alex parecía darle igual y él… Él era incapaz de moverse ni un palmo hasta que aquellos ojos no le soltaran.

Un tercer par de ojos de unieron a la fiesta y el momento se rompió. Javi frunció el ceño cuando Fran desvió su mirada también hasta él y aquello pareció detonar el movimiento. Fran sonrió, Alex se puso en pie y él… Ni de coña pensaba quedarse a ver de nuevo el espectáculo con el que todo  aquel lío había empezado. Con el que su sosegada y tranquila vida anterior se había esfumado. Se giró en redondo, dispuesto a volver a su madriguera y no salir de allí hasta que aprendiera a obedecer a su cerebro. Llevaba días echando de menos a Alex, cada uno de los que habían estado separados. Quería hablar con él, se había convertido en su necesidad más acuciante, parecía incluso que superaba a la de dormir, a la vista de los hechos. Estando solo en casa había tenido mucho tiempo para pensar y, por mucho que quisiera evitarlo, sus pensamientos siempre acababan en el mismo punto: Alex. No había habido margen para una charla serena entre ellos la última vez que se habían visto. Estaba claro que su relación había dado un vuelco de ciento ochenta grados y donde antes había camaradería y compañerismo, ahora lo ocupaban todo las emociones. El comportamiento de ambos se había vuelvo completamente visceral en cuanto al otro y si querían aclarar las cosas, si quería que Alex le explicara de qué iba con Fran, tenía que dejarle hablar con tranquilidad. Por mucho que le escociera. Él mismo no había podido disculparse aún por la forma en que había actuado cuando sus padres habían llegado por sorpresa a casa.

Aquellas conclusiones habían estado claras y brillantes en su mente durante los solitarios días de meditación. Sin embargo, ahora que intentaba abrirse paso entre el enardecido gentío para salir de aquel lugar, empezaba a arrepentirse de la decisión. Apretó los dientes con fuerza. Maldito Alex, sólo quería que volviera a casa, con él, como antes.

Una mano se cerró con fuerza en su muñeca y él, sabiendo perfectamente quién era, la sacudió para deshacerse del cepo y seguir andando. Sin embargo, la mano volvió a cogerle con mayor ímpetu, y tiró de él, dándole la vuelta.

Alex tenía el entrecejo fruncido y parloteaba en voz alta, pero aun así, Javi no podía oírle con aquel estruendo. Su interlocutor pareció percatarse, porque empezó a gesticular y a señalar el lugar donde lo había encontrado. Al principio no comprendió, pero sólo tardó un segundo.

A través de la penumbra, Javi vio lo que Alex quería mostrarle. No estoy con él. Y, a no ser que estuvieran montándose un trío, cuya opción ya era demasiado retorcida para la ordenada cabecita de Javi, era cierto: Fran estaba parcialmente oculto por otro tipo, que estaba prácticamente encima de él, y ambos se besaban como si no existiera el mañana. Miró extrañado a Alex, preguntándose qué diantres entonces hacía él allí al lado, pero desechó el pensamiento. La verdad pura y dura era que no entendía nada, no comprendía aquel mundo ni encajaba en él, y se cuestionó por enésima vez por qué había ido a parar a aquel sitio. Sin palabras, volvió a girarse y continuó su camino hacia la salida con paso más relajado. Allí, de todas formas, no podrían hablar.

Alex maldijo en todos y cada uno de los idiomas que conocía, desvió la mirada un segundo, sopesando las opciones rápidamente, pero al instante estaba siguiendo a aquel cabezota hacia fuera. No sabía qué le sorprendía más, si el hecho de que su compañero de piso que había sido habitualmente homófobo se hubiera atrevido a adentrarse en aquella zona, o que hubiese ido a buscarle después de que sus últimas palabras literales hubieran incluido un “déjame en paz”. Probablemente, la mezcla de ambas cosas hacía que el desconcierto creciera de forma exponencial. Súmale el alcohol y el humo que había estado fumando, a Alex le costaba pensar.

No era sólo eso.

Estaba harto de que Javi jugara con él como si fuera un muñeco o, mejor, un campo de pruebas. Ensayo y error. Ahora quiero probar una buena polla dura, ahora no soporto pensar que acabo de hacer lo que acabo de hacer. Vienes a buscarme y me disparas esa mirada inconsciente que me habla de todo lo que quieres hacerme, y cuando estamos pegados, piel  con piel, me pides cosas que ni siquiera comprendes aún. Pero luego me dices que te deje en paz.

— ¡Javi! ¡¡Javi!! —Empezó a llamarlo en el hall de la discoteca, donde el volumen de la música había bajado considerablemente y sabía que le oía perfectamente. Aunque el maldito idiota seguía andando a buen paso.  — ¡JAVI!

Javi continuó caminando, a pesar de que escuchaba a Alex llamarle a grito pelado. Se sentía incómodo e inseguro allí, no sabía qué era lo que iba a pasar, lo que iban a decirse. Lo que iban a hacerse. Buscaba un lugar con algo más de intimidad, pero incluso la calle estaba atestada de gente. Se alejó de la puerta, agobiado, y rodeó la esquina de aquella gigantesca discoteca, parándose entonces. Allí sólo había un par de parejas dándose el lote, lo suficientemente inmersos en su mundo como para ignorarlos a ellos.

Alex paró en seco cuando volvió la esquina y lo vio allí parado. Su pecho bajaba y subía un poco más alterado de lo normal. Era hipnótico. Javi prendió allí la mirada, sin saber bien qué tenía que decir ahora. Su propia respiración era errática, estaba nervioso como el demonio. Y notaba la mirada de Alex quemándole.

—¿Qué haces aquí, Javi? —Su voz no surgió tan firme como para esconder que Alex no iba algo colocado. Aunque aplaudió el esfuerzo.

Miró el cigarro liado que aún colgaba de su mano izquierda. —Qué mierda haces con eso…

—No creo que te incumba —cortó Alex.

—Quiero que vuelvas a casa. —Javi fue contundente en el tono, escondiendo también su inquietud. Su estado de humor era bastante peligroso, Alex lo había obligado a adentrarse en aquella zona para buscarlo, y él no estaba preparado para dejarse ver por allí todavía.

—¿Para qué? ¿Para correrte unas cuantas veces conmigo y luego esfumarte a esconderte en el fondo del armario? No, gracias —escupió Alex, envalentonado por el alcohol.

—Eres un gilipollas, Alex. Deja de decir tonterías o…

—¿O qué? —le cortó. —¿Vas a meterte otra vez en mi ducha, girarme contra la pared y follarme sin dar la cara?

Javi enmudeció. La humedad acudió rápidamente a sus ojos.

—Joder, Alex… —musitó con voz rota, antes de darle la espalda y empezar a caminar, alejándose de él.

Mierda. Mierda, mierda, mierda. ¡Joder!

Alex se quedó parado un segundo, el tiempo suficiente para insultarse mentalmente en doce idiomas y darse cuenta de que Javi se había largado llorando y que él mismo tenía una sospechosa humedad en sus ojos. Tiró el cigarro de mala gana y apuró el paso para encontrarlo.

No era justo que pagara su propia inseguridad con él de esa forma. Cada uno tenía su propia jodida espiral de destrozo neuronal.

Lo encontró sentado en un portal, una manzana más allá. La calle estaba prácticamente desierta, era bien entrada la madrugada. Se sentó en silencio a su lado. Javi sorbió y se pasó una mano por los ojos para secarse las lágrimas, sin mirarle. Alex tragó, acongojado.

—Estoy colgado por ti —reconoció, sin levantar la vista. — No lo digo para presionarte, es que… no puedo hacer esto. Estar ahí para el sexo, para que vayas descubriendo todo esto y luego… a lo mejor…, decidas que quieres volver a lo de antes o que prefieres estar con alguien más.

Javi permaneció en silencio unos segundos. Ahí estaba lo que había sospechado, lo que le asustaba. No sabía por qué. Quizá porque era un paso más, un paso más allá, alejándose de todo lo que conocía. De la seguridad.

Pero no pensaba perder a Alex.

—Yo también estoy colgado por ti —reconoció en un susurro, mirando al suelo. Como Alex no dijo nada, siguió—: Vuelve a casa conmigo, por favor. Si no quieres… —carraspeó—, si no quieres, no tendremos más sexo. Sólo quiero estar contigo. Por favor. Vuelve.

Ahora sí alzó la cara para mirar a su amigo, porque aquel seguía callado. Alex también le miraba, con un brillo especial en los ojos y dos lágrimas surcando sus mejillas.

—¿Estás colgado por mí?

Javi asintió. Alex resopló y se limpió las lágrimas.

—Pensaba que esto era… que estabas experimentando. Que podías confundir un encaprichamiento transitorio con algo más. Dios, me he comido muchísimo la cabeza con eso. Con todo lo que pasó el otro día y…

—¿Un encaprichamiento transitorio? —interrumpió la diatriba.

—Sí. Por ser tu primero. Que luego te dieras cuenta de la cantidad de tíos que hay ahí…

—Alex —le cortó—, nunca me ha gustado ningún otro tío. Ni siquiera me han llamado la atención. Sólo… sólo hago esto contigo. Sólo quiero hacerlo contigo.

Ufff…

Alex lo cogió por la nuca y le besó en la boca. Era la primera vez que hacían algo así en la calle con posible público, pero Javi ni siquiera se percató del asunto. Simplemente, se dejó llevar. Y como hacía una semana que no se veían ni se tocaban, se besaron con ansia, abrazándose, recorriéndose con las manos por encima de la ropa, el corazón bombeando con fuerza porque habían hallado un resquicio, una forma de encontrarse de nuevo.

—Vamos a casa —musitó Alex contra su boca.

Javi asintió. Se levantaron y comenzaron a caminar, tranquilos, uno junto al otro. Sus manos se rozaron un par de veces y Alex dudó, pero, al final, cogió la de Javi. Éste le miró y luego le sonrió con lentitud.

Pasearon hasta casa como cualquier pareja.

Dos vidas en una (VI)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Viene de aquí).

Javi medía cerca de un metro noventa de alto y no era en absoluto estrecho de hombros. Había sido elegido como portero del equipo en parte por su corpulencia y, siendo un tipo pacífico, jamás se habían atrevido a amenazarle físicamente hasta ese momento. Lo cual lo descolocó un poco.

No.

Mierda.

No era la amenaza de la paliza —en cierto recóndito lugar de su interior reconocía que se la merecía—, era la otra amenaza. Una que le  hizo desviar la mirada y tragar, nervioso. Una que lanzó una llamarada de calor que recorrió su espina dorsal e inundó sus pómulos, abrasándolos. Que hizo que su erección recobrase fuerza.

Su voz surgió más  firme de lo que pensaba cuando habló.

— ¿No piensas escucharme antes de amenazarme de esa forma?

—Tú no te has cortado un pelo en meterme mano antes de nada. —Su cara ardió un poco más. A los dioses gracias por estar casi a oscuras. —Querías hablar. Di lo que tengas que decir…

Alex estaba realmente cabreado. En lugar de ponerse un poco en su piel, todo lo contrario, no iba a ponérselo fácil.

Maldito  fuera.

—Quería pedirte perdón —murmuró con el ceño fruncido.

Alex lo miraba ceñudo también. Durante unos segundos no dijo nada. Era como si no le importara. Su expresión no había variado en nada, igual que su respiración. Estaba plantado delante de él como si fuera una cáscara vacía.

Y vacía surgió su voz cuando habló.

—Es un poco tarde para eso, Javi…

—Venga ya.  He pasado un fin de semana del demonio  y ahora…

—  ¿Y crees que el mío ha sido mejor? He estado esperando una mísera llamada tuya como un gilipollas…

—…que pensaba que por fin estaríamos otra vez como antes…

— ¿Como antes? —preguntó perplejo Alex—. ¿Como antes de qué?

—Antes de que te fueras de casa cabreado como un mono, sin entender nada. Sin pararte a pensar ni un momento en mí, en lo que suponía para mí que vinieran mis padres en ese preciso jodido momento —después de haber tenido otra primera vez contigo. Javi se mordió la lengua.

Había hablado demasiado quizá, porque se sintió desnudo. Su respiración era ahora agitada y esperó con el corazón en un puño que Alex lo entendiera.

—Tú me echaste.

—No, yo no te eché,  te necesitaba allí, joder, y…

—Sí lo hiciste.  Me dijiste cosas, me dijiste que…

— ¡Te pedí que no dijeras nada!

— ¡Me pediste que llevara a una tía, joder! —Hacía rato que ambos habían perdido el resuello y se gritaban en aquel lugar donde nadie podía escucharles. — ¿Quieres que te entienda? No puedo entender eso. Puedo entender que tu padre sea un capullo, pero no el  teatro que quieres montar para complacerle. No quiero comprender nada más, porque cuanto más lo intento, más asco me doy a mí mismo… y yo ya he pasado por eso,  maldita sea. No pienso volver ahí…

A Javi le avergonzaba admitir que Alex tenía razón. Se estaba comportando como un crío pero no podía evitarlo. Mucho menos cuando no contaba con el apoyo de su amigo. El miedo y la inseguridad le apretaban la garganta hasta la asfixia, a él, que nunca había dudado de sí mismo. Se había dado cuenta de que le necesitaba más que nunca para poder recorrer el único camino que se abría ante él. La otra opción, la de convertir su vida en un teatro como había dicho Alex,  se le antojaba cada vez más repulsiva. No quería vivir como lo había hecho ese fin de semana con sus padres. Serio, seco por dentro. Avergonzado de algo que le había hecho más feliz que cualquier otra cosa en su puñetera vida. Guardando las formas.  Mintiendo.

—No quiero que sientas asco por mi culpa. —Aquella afirmación le había escocido en los ojos y Alex parecía afectado cuando la dijo. Más palabras que se habían escapado, comprendió. ¿Qué estaban haciendo? Los dos tenían mucho que decirse y cada uno lo reprimía por una causa diferente—. Yo… te necesito a mi lado.

Y acompañó aquel susurro con un paso hacia él.

Porque se sentía como un maldito adolescente que no sabía acercarse al otro salvo de aquella manera. La física.

Alex había bajado mucho la guardia. Observó impasible a Javi dar un paso hacia él. Intentaba pensar en la forma de salir de aquel enredo sin que el orgullo de ninguno de los dos quedara demasiado malparado, porque ambos tenían mucha basura que tirarse en cara. Y ninguno solía moverse en aquellas aguas pantanosas.

El enfado había dado paso a una especie de entumecimiento, un letargo mental que no ponía filtros a sus palabras. No quería abrirse demasiado, por miedo a lo que pudiera suceder si lo hacía. Y luego llamaba cobarde a Javi. Los dos estaban heridos, los dos querían algo del otro. Algo que no sabía si obtendrían ni a qué precio.

—Puedo hacerlo, Javi —murmuró ya sin saber muy bien qué decía o, peor, con qué intención—. Puedo estar con una tía, fingirlo… o no, si eso es lo que quieres. Ya lo sabes. Puedo seguir como antes de que me besaras —su voz interior le dijo que ni de coña—, me iba bien. Incluso puedo seguir teniendo sexo contigo cuando te apetezca…

—Hijo de puta…

Javi avanzó como un tren de carga hasta chocar con él. Sintió sus manos en el pecho y el empujón antes de poder prevenirlo y casi cayó de espaldas. Sin embargo, se alzó de nuevo, enfrentándolo.  Retándolo con la mirada  y una expresión glacial en el rostro. ¿Así era como se hacía reaccionar a Javi? ¿Hundiéndole pequeñas dagas en el pecho? Unas por  otras…

— ¿Qué pasa, Javi? —La voz melosa contradecía a su gesto, una canción engañosa, suave…— ¿No me necesitas para eso? Un títere más en tu función, así papaíto estará contento. No te preocupes, seré bueno, como lo he sido siempre. Ni siquiera tú sospechaste en mucho tiempo que también me van los tíos… —se acercó peligrosamente a su rostro, los labios casi tocándose— …hasta que me viste con uno. Y entonces me quisiste…

Javi lo cogió del cuello de la camisa y lo sacudió, y sólo un segundo después le estaba devorando la boca. Alex tembló, cerrando los puños sobre los antebrazos de su amigo. Porque había esperado un puñetazo, una buena pelea. Estaba enfadado y quería enfadar a Javi. Romper el abismo que los separaba a golpes. Un beso como aquel en su estado no era… bueno.

—Maldito idiota —gruñó Javi contra sus labios—, no entiendes nada. —La sangre atronaba en sus oídos, prácticamente ni se escuchaba a sí mismo y no podía dejar de besarlo casi con violencia. Esa era su necesidad. —No te necesito para eso. —No quería decirlo, no después de todo lo que había  dicho Alex para herirlo. Sus manos abandonaron el cuello de la camisa y pasaron a su nuca. Para herirme. Dejó de besarlo, cerrando los ojos y apoyando su frente contra la de Alex, entendiendo algo. Estás tan herido como yo. Sus alientos se entremezclaban acelerados. Sabía que Alex le estaba mirando, sentía sus manos aferradas todavía a sus brazos y supo que iba a separarlo de él por la presión de sus dedos. —Te necesito… a ti.— Se pegó todavía más, cuerpo contra cuerpo.

Después el mundo se desvaneció a su alrededor. Las bocas chocaron con una exigencia descarnada, sus lenguas buscándose, los dientes mordiendo. Las neuronas de Alex habían cortocircuitado al escuchar aquellas últimas palabras. No era mucho, pero apreció que Javi dejara de lado el orgullo un segundo para hacerle saber cómo se sentía. Y mientras notaba sus manos recorriendo su torso por debajo de la camisa otra vez, se dio cuenta de que no habían aclarado prácticamente nada. ¿Era por el sexo? Los botones de su camisa fueron sacados de sus ojales y sus propias manos bajaron hasta el trasero de Javi, presionando una ingle contra la otra. Los dos igual de duros…

— ¿Es por esto? —susurró entre besos. — ¿Esto es lo que quieres? — ¿Lo único que quieres?

La última pregunta sólo sonó en su cabeza, receloso con la respuesta. Javi estaba experimentando por primera vez muchas cosas. Y él estaba más que dispuesto a enseñarle; demasiado dispuesto, de hecho. Su camisa había volado y Javi estaba lamiendo cada centímetro de él… bajando… y cuando estuvo cerca de la cinturilla de los vaqueros, le disparó una elocuente mirada que respondía sin palabras a sus preguntas. Igual de excitado que él, igual de necesitado.

Javi no bajó más. Inició el camino de ascenso y cuando estuvo a su altura, lo besó con ansia, destrozando sus terminaciones nerviosas, desconectando sus neuronas. Poniéndolo en modo sólo-siente. Él llevaba la iniciativa y el simple hecho hacía peligrar la cordura de Alex. Le gustaba aquel universo paralelo, aquella oscuridad envolvente y tibia, aquel mundo de sensaciones desprovistas de pensamientos. Era fácil dejarse llevar.

—Sí.

No supo a qué venía aquello. Sus manos ya tocaban piel tambien. Carne suave y caliente. Jadeó con el balanceo de caderas, más cerca, más cerca.

—Sí, quiero esto, Alex.

Gimió con fuerza cuando sintió su mano acariciándole, arriba y abajo, presionando todo su sexo. Gimió cuando notó que él también estaba húmedo, preparado. Javi pasó el pulgar por su punta enviando rayos de placer a cada maldito rincón de su cuerpo. Su capacidad de raciocinio cada vez estaba más mermada y Javi también parecía fuera de sí.

—Joder…

—Eso también.

Una carcajada mezclada con un gemido surgió de su garganta. Le importó poco, nadie podía escucharlos allí. Estaban en un jodido descampado,  mezclando alientos, sudor, saliva y semen. Mezclando gemidos en su universo paralelo. De los dos. Nadie más podía entrar y Javi lo sabía. Aquel encuentro surgido de la necesidad era lo más auténtico que habían tenido y sin embargo, a él no le gustaba la sensación opresiva de todas las palabras que no se habían dicho. Aun así, estaba a punto. Apretó el puño de Javi pidiéndole silenciosamente que aflojara el ritmo. Le hizo caso, pero no dejó de acariciarlo. Él también tenía a Javi en su mano y relajó el ritmo. Necesitaba conectar con él de alguna otra forma.

Oh,  sí… Podía haber seguido como siempre, le había dicho…

Javi cogió la mano que le quedaba libre y le miró a los ojos. Tenían una expresión que no había visto nunca en él. Vulnerable y decidido. Lamió un dedo. Alex notó su lengua enroscada y húmeda, y su sexo se volvió de acero. Una idea se abrió paso como un pequeño rayo en su cabeza, mientras ambos se observaban, pero la desechó. Sin embargo, Javi se sacó la mano de la boca y, despacio, la llevó hasta su trasero.

Alex jadeó el corazón por la boca. No podía ser. Javi le besó, quemándole con la mirada. Maldito fuera. No importaban las palabras, ni las heridas. Alex estaba sumido en la misma necesidad, curarse con la piel y el placer.  Con la exigencia de estar uno dentro del otro. No podía ser…

Su compañero le aferró por la muñeca cuando desplazó la mano para posarla en uno de sus glúteos. No era allí donde la quería.

—Javi… —musitó, intentando hacerle entrar en razón.

—Quiero esto —le respondió él—,  lo quiero hace tiempo. Y tú lo sabes.

Su voz estaba teñida de un tono íntimo, seguro y de una súplica subyacente.

Aquel no podía ser el momento.

Sin embargo, en aquel descampado, semivestidos y sin una superficie cómoda, sin nada de lo que Alex había imaginado, su dedo se hundió en el oscuro orificio de Javi, despacio, y buscó aquel punto que, sabía, haría a su amigo volver a por más.

Javi jadeaba intentando camuflar sus nervios. Apretó los dientes con la primera presión y durante unos segundos más. Alex estaba atento a su expresión, y lo besó cuando supo que exhalaría un alarido de placer. Volvió a acariciar esa superficie rugosa una y otra vez, y acompasó el movimiento al de su mano sobre su sexo. Movió las caderas.

Así será cuando te folle. Su mirada y sus besos le hablaban de promesas serias. Y Javi las aceptaba con cada movimiento de su propia mano sobre el sexo de Alex. Quería devolverle tanto placer como estaba recibiendo. Quería aprender a hacerlo. Quería llevarlo a donde él mismo estaba. Los jadeos se mezclaban de nuevo y él necesitaba más. Necesitaba a Alex con él. Lo necesitaba de una forma que empezaba a comprender. Necesitaba deshacerse de las ataduras.

La cordura de Alex estaba al límite. Un clic y todo estallaría, piloto automático en marcha, todo fuera de control. Apretó los dientes por enésima vez cuando sintió que,  por enésima vez, iba a correrse.

— Alex…

Eso es, encima, gime mi nombre…

—Vamos a hacerlo…

¡¿Qué!?

—Shhh, Javi… No… —joder, casi no podía hablar—, no digas nada… Ahora no, aquí… no…

— ¿Llevas condones?

Alex dejó de moverse.

Así no era como debería ser.

La primera vez de Javi. Enfadados, pelea, sexo, heridos, sexo… La primera vez de Javi…

El shock le duró dos segundos. Los que tardó Javi en apremiarlo con más susurros y besos con lengua. Tan sumido en aquella vorágine de excitación que no sabía lo que decía.

Pero era mayorcito.

Clic.

— ¿Llevas? —volvió a decir, su aliento y su lengua en el cuello de Alex. No se  había parado mucho a pensar nada. Si lo hacía, se echaría atrás. Pero estaba disfrutando como hacía tiempo que no lo hacía. Llevar la iniciativa era un poderoso afrodisíaco cuando te respondían, él lo sabía de sobra, y ahora lo estaba descubriendo con Alex.

Sólo que él no parecía especialmente contento con la idea.

—Llevo —murmuró, tirándose la  mano al bolsillo trasero del pantalón.

Vio como sus manos temblaron un segundo al rasgar el envoltorio y no supo por qué aquel gesto de inseguridad le tocó un lugar muy escondido en el pecho. Alex se enfundó el preservativo y le agarró por la cadera, acercando sus cuerpos, abrazándolo. Sus manos recorrieron suaves su espalda y su boca besó y lamió su cuello. Parecía que la urgencia había dado paso a una sosegada decisión.  A una ternura inusitada.

—Date la vuelta.

Javi le hizo caso. Alex siguió envolviéndolo con los brazos, bajando una mano hasta su sexo, y comenzó a masturbarlo de nuevo. Le besaba la nuca y movía las caderas en una sutil cadencia, acariciándose él mismo. La  sangre de ambos se disparó en las venas. Javi tenía el vello de punta y Alex un nudo en la garganta. Aligeró el ritmo de sus caricias.

—Me voy a correr —Javi jadeaba por llevar aire a sus pulmones. No tenía ni idea de cómo tenía que hacer aquello.

—Quiero que lo hagas —musitó Alex en su nuca. Él mismo estaba al borde y, a cierto nivel, aquel hecho le hizo presentir que aquello iba a ser un desastre.

El orgasmo recorrió a Javi en fuertes oleadas de placer, su sexo pulsando y Alex recogiendo todo lo que de allí salía. Luego notó que manoseaba su propio sexo y supo lo que estaba haciendo. Tragó cuando sintió la punta de su amigo entre sus glúteos y cómo éste comenzaba un suave vaivén. Se sentía inseguro y vulnerable y no le gustaba en absoluto.

—Hazlo ya, Alex…

Un sonido mecánico y un zumbido llegó a alguna parte de su córtex cerebral, pero lo desechó. Sin embargo, era insistente. Continuó y Alex alejó las caderas de él, aunque su frente seguía apoyada en su espalda y su respiración continuaba siendo errática.

De pronto la nebulosa de su mente se dispersó y comprendió que era un teléfono móvil.

El móvil de Alex.

Él no hizo gesto alguno por moverse para cogerlo.

Y el aparato continuó sonando y Alex jadeando.

— ¿No piensas cogerlo? —El tono de voz  ya mostraba algo de lo que a Javi le estaba pasando por la cabeza.

Se giró y se subió el pantalón y su orgullo.

Alex esperó hasta recuperar algo del resuello que había perdido. Maldito teléfono. Ni se había acordado de silenciarlo o desconectarlo. O, ya que estábamos, lanzarlo al jodido bosque. Se sacó el preservativo y se subió también los pantalones. La fiesta allí se había terminado. Sabía quién era el  que llamaba con toda probabilidad y luego meditaría seriamente si mandarlo al infierno o agradecerle infinitamente la llamada. Era muy probable que le hubiera salvado de meter la pata hasta el fondo.

No se cortó en buscar el aparato y descolgar, a pesar de que había notado el veneno en la pregunta de Javi.

— ¿Piensas venir a cenar? —dijo la voz al otro lado de la línea, sin molestarse siquiera en saludar. —Lo digo porque podrías avisar y no estamos aquí mis tripas y yo peleándonos…

—Sí, ahora voy —respondió, mirando a Javi. Le dolía en el alma la expresión que tenía en la cara.

Colgó.

Y Javi desvió la mirada.

—Qué idiota soy… —resopló con desprecio y otra cosa que a Alex le pellizcó el corazón.

—No eres ningún idiota —dijo con voz serena y seria. —Y no es lo que piensas —añadió la desgastada expresión.

— ¿Y tú cómo sabes lo que pienso?

Tenía razón. Era lo que todo aquel rato le había estado carcomiendo. No habían hablado, no sabía qué pensaba. Ni Javi sabía qué pensaba él.

No tenían ni puta idea de cómo hacer funcionar una relación seria. Porque todo lo que ambos habían tenido siempre habían sido mentiras o rollos de una noche.

—No lo sé —admitió.

—Llévame de vuelta —pidió Javi, mientras se dirigía hasta la moto y cogía el casco.

—Javi… —habla conmigo, por favor…

¿Por qué le costaba tanto decirlo?

Su compañero se giró en redondo y, por un segundo, pensó que volverían al principio, esperó un puñetazo.

Habría sido algo.

Habría sido mejor que lo que vino.

—Dime una cosa, ¿era Fran?

—Sí, pero…

—Deja de hablar, deja de poner jodidas excusas si no quieres que te parta la cabeza.

—No son excusas —frunció el ceño. Caminó hasta la moto pasando por su lado. Harto de aquella espiral donde siempre volvían al principio de todo. —Tenía que dormir en algún sitio.

—Oh, sí. Qué conveniente…

Alex no quería más discusiones. Tenía la cabeza abotargada con todo lo que había pasado aquella noche, Javi estaba equivocado y sabía que no le iba a resultar fácil sacarlo de su error, no con unas pocas palabras. Él mismo no sabía cómo manejar todo aquello. Pero el tono mordaz le cabreó.

—Fran es mi amigo. Ha estado ahí siempre que lo he necesitado y es lo que ha pasado esta vez. Sólo somos amigos. Punto.

¿Por qué se estaba justificando?

Javi. Por Javi.

— ¿Sólo amigos? —Ironía destilando por cada sílaba. Incredulidad. — ¿No os habéis acostado?

Alex apretó los labios, pero no desvió la mirada.

Un batallón de palabras pugnó por salir, de su garganta; explicaciones de lo que eran y no eran Fran y él. Javi jamás lo entendería.

Lo vio asentir.

—Llévame a casa —volvió a pedir con voz dura.

—No he estado con nadie más desde que estoy contigo. —Un último intento.

—Y por qué he de creerte…

Aquello dolió.

Tragó saliva antes de volver a hablar. Suplicar no era lo suyo.

—Podrías confiar en mí. —Su voz surgió tan dura como la de su amigo. Un vano intento de encubrir su herido orgullo.

Mantuvieron las miradas, retándose en silencio. Siempre en silencio. Javi dejó caer el casco y se giró, alejándose de él. Buscó la solitaria carretera y comenzó a caminar de vuelta a la ciudad, con los ojos húmedos y la mandíbula y los puños apretados.

Dos vidas en una (V)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Viene de aquí).

Si había algo que muchos considerarían una locura era negarse a una noche de placer con un amante como Fran. Alex estaba seguro de que él era de los pocos que lo había hecho, pensó jadeando acelerado, y esas ocasiones pertenecían a un pasado lejano y oscuro, del que no quería saber nada más.

Sin embargo, iba a hacerlo de nuevo. Iba a negarse.

—Iré muy despacio —le dijo Fran, cauto, aunque jadeante también, confundiendo los motivos.

Él mismo estaba confundido. Por un lado quería ahuyentar los demonios dejando que Fran se lo hiciera, entregar su cuerpo y su conciencia a alguien en quien confiaba plenamente; pero por otro lado, había algo punzante y jodidamente molesto en algún lugar de su cabeza —o su pecho, no lo sabía con seguridad— que le impedía seguir adelante, comparado con lo cual, Pepito Grillo era un amabilísimo ser.

—Sabes que puedes confiar en mí…

—No es eso… —susurró.

Ambos iban recuperando el resuello y Fran se incorporó lentamente, volviendo los pantalones a su lugar. Sin embargo, lo miraba con el ceño fruncido, así que pensó que debía explicarse un poco más.

Sólo que su mente era un caos incluso para él mismo.

Javi era la clave de todo.

Pero sus últimas palabras habían roto algo dentro de él.

Y después ni siquiera se había dignado a llamarle.

Era un condenado cobarde.

Que no merecía la pena.

Entonces… ¿entendería Fran aquello?

— ¿Qué pasa? —interrumpió sus pensamientos en voz baja.

Lo miró a los ojos. Toda la ropa estaba ya en su sitio; había comprendido que las cosas no iban a ir más allá. No esta vez.

Titubeó un poco antes de hablar. Se sentía inseguro e incapaz de explicarse.

—Es Javi.

—Mierda.

Aquella palabra, susurrada al mismo tiempo que su amigo se pasaba las manos por su pelo dejándolo revuelto, le hizo sentirse mal.

Alex le miró suplicando. Suplicando que le entendiera, como solía hacer, casi sin mediar palabra. Suplicaba que le ayudara a entenderse a sí mismo.

Sin embargo, cuando Fran volvió a mirarle, supo que él tampoco comprendía nada. Lo cual, no era una buena noticia.

—Después de lo que me has contado… —negó con la cabeza, como si algo le resultara demasiado complejo—, ¿piensas que debes tener alguna consideración con él? —En la pausa que dejó para que su amigo respondiera, Alex no dijo nada. Fran resopló. —Joder, yo tengo ganas de partirle la cara a ese niñato cabrón…

No. Fran no iba a entender si no le decía algo que él se guardaba. Algo que iba a cobrar un realismo brutal conforme las palabras fueran dichas en voz alta. Algo que él mismo llevaba días digiriendo sin darse cuenta, algo que le costaba reconocer…

Le aterraba…

—Me gustó.

Apartó la mirada cuando lo dijo, tan bajito que dudaba si Fran le habría oído. Un ligero escalofrío le recorrió la espina dorsal.

Al cabo del rato, y como su amigo no decía nada, siguió hablando. El silencio era un peso excesivo en ese momento.

—Sé que no lo entiendes, pero me gustó. Me entró el pánico. Tuve miedo de girarme y darle una paliza allí mismo, bajo el chorro de la ducha —frunció el ceño, reviviendo por enésima vez aquel singular momento. —Tuve miedo también de venirme abajo, de terminar llorando en el suelo, encogido sobre mí mismo, delante de él.

Una pausa más, un instante de silencio lapidario.

—Pero me gustó.

Y un susurro más. Esperó que sirviera; era incapaz de explicarse mejor.

Fran entendió de repente lo que Alex le estaba diciendo. Tras todos aquellos años de abismo oscuro, de dolor y vergüenza, de idas y venidas… estaba listo. Él sabía que había sido una parte importante en aquel engranaje complejo, pero comprendió que se había terminado —al menos, por el momento— y su corazón se encogió. No era alguien que se abriera fácilmente, ni siquiera con Alex, así que se pasó las manos nervioso por la cara para esconder una incómoda humedad en sus ojos.

Era un maldito cabrito, porque en realidad, se alegraba por su amigo. Él jamás podría darle lo que se merecía…

De repente se vio envuelto por un abrazo fuerte y sincero. Los ojos de Alex también tenían aquella misma humedad y le sorprendió, aunque él los hubiese visto derramados y rojos en otras ocasiones ya muy lejanas.

—Gracias.

♠♠♠♠

—Bueno hijo, veo que te las sigues arreglando muy bien por aquí —dijo su padre antes de darle un fraternal abrazo en la puerta de su casa—, aunque creo que no te vendría mal una mano femenina —añadió guiñándole un ojo, —En serio, Javier, me gustaría tener nietos antes de convertirme en un vejestorio al que le es imposible contener la baba. Tráenos por casa a esa chica, nos encantará conocerla.

Javi plegó la última sábana de la colada y la guardó, limpia, en el cuarto que utilizaban para los invitados. Recordó la efusiva despedida de sus padres por enésima vez, y por enésima vez se tragó la bilis que le subía por la garganta.

No era por la mentirijilla de que hubiera una chica en su vida; era por la gran mentira en que había convertido su vida al decirlo en voz alta. A pesar de que Alex no le había escuchado, sentía que lo había traicionado de una forma profunda, hiriente, insultante.

Se sentía como una sabandija.

Y le añoraba de una forma lacerante.

La presencia de sus padres en casa ese fin de semana, salpicada primero por punzantes conversaciones entre bastidores y luego por la ausencia de Alex, lo había sumido en el caos y también en la reflexión.

Tantas noches de domingo que habían pasado entre risas y mandos de videoconsola, o, últimamente, sumergidos en su propio mundo… de los dos… Y ahora estaba sentado sólo en el sofá del salón de casa. Hacía dos días, sólo dos puñeteros días, que no hablaba con él y estaba sumido en la desesperación. Ni siquiera sabía dónde estaba durmiendo y era un camino en  el que no quería ahondar. No podía imaginar qué iba a ser de él si seguía metido en esa especie de dependencia de Alex. Estaba enfadado con él porque no había siquiera intentado comprenderle; estaba enfadado consigo mismo por las estupideces que le había dicho la noche en que llegaron sus padres a casa. Quería  decirle que no era él quien hablaba, sino el miedo, que le echaba de menos. Quería echarle en cara que se hubiera largado en lugar de ayudarle a pasar aquel fin de semana con su padre y su… recién descubierta sexualidad. Su cabeza era una vorágine, un absoluto caos. Pero una cosa tenía clara.

Era él quien debía dar el paso.

Álex había tenido santa paciencia en multitud de ocasiones. Era el momento de darle algo, un poco más de él.

A primera hora de  la mañana se plantaría en la puerta de su trabajo para hablar con él.

♠♠♠♠

Y la realidad fue que no tuvo ocasión de hacerlo.

Estaba en la cocina tomándose un café bien cargado —dormir bien no era una de las cosas que había hecho el fin de semana— cuando escuchó la llave en la cerradura.

Sólo había una persona, a parte de él, que tenía llave.

La sangre se le disparó en las venas, el corazón atronándole en los oídos.

Se asomó al pasillo y vio a Álex entrar por la puerta. Una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios, pero su compañero no la vio.

Ni siquiera le miró.

 —Hola —dijo mientras caminaba a buen paso hasta su cuarto. —No te preocupes, sólo he venido a buscar ropa  para ir a trabajar y me largo. No te molesto.

Un profundo ceño se tragó a la sonrisa.

¿Molestar?

¿No iba a decir nada más?

¿Ni le iba a dar la oportunidad de hablar a él?

Lo siguió por la casa hasta su habitación dispuesto a discutir su humor y, ya de paso, el suyo propio. Entonces el móvil de Álex sonó.

—No, no toques. Bajo ya.

Tras el corto mensaje, Álex colgó y continuó metiendo ropa sin mucho orden ni concierto en una bolsa de deporte.

A Javi se le encendió una bombilla en el cerebro. Había alguien esperándole. Al momento estaba ardiendo. No sabía si de rabia, vergüenza o impotencia. Desde luego,  no de celos.

Con movimientos rápidos e inconscientes fue hasta el salón, cuyo ventanal daba a la calle de la portería, y se asomó.

Y allí estaba, apoyando sobre un coche y encendiéndose un cigarro, aquel chico. El mismo de la discoteca. El compañero de trabajo de Álex. Todo un puto modelo de Armani.

Aquello escoció. En los ojos y en otras partes que no quiso reconocer.

Escuchó los pasos que volvían de la habitación de Álex, pero no se giró. No sabía lo que  llevaba grabado en la cara.

—Javi…

Silencio. Y un susurro.

—… adiós.

Álex cerró la puerta y bajó las escaleras de dos en dos. Sentía la necesidad de… correr,  de alejarse del humo espeso que llenaba su casa. Sus nervios crepitaban encendidos y sus pensamientos iban desde la necesidad visceral de abrazar a Javi hasta la intención primaria de darle un buen puñetazo por testarudo. No sabía qué había estado pasando por la cabecita de su amigo durante esos dos días, pero se negaba en rotundo a ser él quien lo buscara esta vez.

— ¿Qué tal ha ido ahí arriba? —Fran exhaló el humo con elegancia, encubriendo su avidez de información.

Pero Álex únicamente soltó un resoplido nada elegante y un escueto “vámonos”.

♠♠♠♠

Eran cerca de las ocho de la tarde y hacía frío, pero Javi no lo notaba. Estaba apoyado en la pared de enfrente del edificio de oficinas donde trabajaba Álex y llevaba allí como tres cuartos de hora. La moto estaba aparcada justo delante de él, así que debía seguir dentro.

O eso esperaba.

También esperaba que no saliera por aquella puerta con aquel chico. Lo deseaba fervientemente. No necesitaba más turbación, muchas gracias. Había bastado con todo el día anterior y la noche insomne, cargados de imágenes, de hipótesis, de perturbadoras posibilidades… La necesidad de saber que no habían dormido juntos era tan imperiosa que… bueno, que allí estaba, su orgullo pisoteado por él mismo para poder acercarse a Álex.

De un bote se despegó de la pared en cuanto lo vio aparecer por la puerta.

Álex se quedó inmóvil un segundo. Lo que menos esperaba después de aquella locura día era encontrarse a Javi allí. Llevaba horas soñando con llegar a casa de Fran, ducharse y meterse en la cama para caer en un reparador coma, pero intuía que aún le  quedaba alguna batalla que librar ese martes. Así que tomó una buena bocanada de aire para serenarse e intentar no empezar con mal pie lo que fuera que tenía que venir y cruzó la calle.

—Hola —le dijo Javi en un tono tímido. Estaba nervioso, cambiaba el peso de un pie al  otro y no hacía más que mirar por encima de su hombro, evitando su mirada.

—Hola.

Silencio.

Volvió a respirar hondo y preguntó en un tono neutro, suave: — ¿Qué haces aquí?

—  ¿Y tu… compañero? —titubeó.

Álex frunció el ceño y, por todos los dioses que intentó aplacar la llamarada de furia que le quemó el pecho.

¿Así que era eso?

—Fran ha salido hace un rato. —Utilizó su nombre a propósito. No quería a un Javi dubitativo; lo quería tan cabreado como él. Era la única forma de jugar aquel partido, de tener una conversación en las mismas condiciones. No se sentía especialmente inclinado a ser complaciente esta vez, sobretodo después de comprobar que lo que había hecho mover ficha a Javi eran los celos, la desconfianza quizá. No él. — ¿Qué quieres, Javi?

La pregunta directa no amilanó a Javi.

—Quiero hablar. —Vio como Álex alzaba una ceja. —Pero no aquí —añadió.

Álex asintió.

Se giró, fue hasta su moto y le lanzó el casco, que él atrapó al vuelo. Lo miró un segundo y se acercó a la moto, donde Alex ya estaba montado y arrancando.

—Póntelo tú —dijo, al tiempo que se lo entregaba y montaba tras él.

Álex lo aceptó y en menos de medio minuto estaban volando por la avenida atestada del tráfico en hora punta. No sabía dónde le llevaba y, francamente, poco le importaba. La moto, como cualquier otra, tenía un par de asas en el asiento para que el acompañante se cogiera y ahí era donde normalmente ponía sus manos cada vez que subía con él.

Esta vez, por propia voluntad y con naturalidad, rodearon la cintura de Álex. Al instante una reconfortante sensación le recorrió y pensó que podría apoyarse en él. Se acercó más, completando el abrazo, su pecho contra la fuerte espalda de su amigo, la cabeza descansando sobre la parte superior… Joder, no sabía cuánto lo había necesitado. Y era consciente que lo estaba tomando sin permiso. Álex estaba muy cabreado.

Sin embargo, sintió cómo hinchaba el pecho en un profundo suspiro…

Qué cómodo era aquello. Sin miradas, ni palabras, ni respuestas. Durante unos minutos, era como si tuviera a Álex para sí sin importar nada más. Para sentirlo, abrazarlo. Para decirle cosas que él no escucharía. Para acariciar su vientre tan suave y firme…

Notó cómo se tensaba la carne bajo sus dedos. Al fin y al cabo, Álex sólo llevaba una camisa. Él también le sentía, y sin embargo, seguía concentrado en conducir la moto por aquella solitaria carretera. La oscuridad les rodeaba, la brisa le daba en la cara, pero él estaba ardiendo…

Ni siquiera pensaba cuando dejó sus manos vagabundear por el torso de Álex, paseándose por su pecho despacio. Giró la cabeza, apretando la frente contra la espalda de su amigo, depositó un beso suave, secreto, y luego apretó sus caderas contra su trasero. Un instante sin tiempo ni luz, una acogedora oscuridad, todo sentidos.  Oh,  sí.  Javi estaba muy bien ahí. Y cuando la palabra “cobarde” se quiso colar en su mente, le pegó una patada y bajó las manos más todavía.

Álex podía estar cabreado. Pero en cierta zona de su anatomía, estaba como él.

Caliente y muy duro.

Javi ahogó un gemido contra la espalda de Álex. Sus manos no se movieron de donde estaban porque, joder, era absolutamente incapaz de despegarlas de allí.

Ojalá pudieran hacerlo así.

Ojalá pudieran seguir en aquel universo paralelo perdido en el silencio y la negrura.

Ojalá Álex no parara nunca la moto.

Ojalá…

 ♠♠♠♠

Álex detuvo la moto en un descampado rodeado por un pequeño bosque de coníferas. Respiraba como una locomotora descarrilada. El casco le estaba ahogando así que se lo  quitó y, en cuanto Javi bajó, desmontó él y se alejó unos pasos con intención de tranquilizarse un poco.

Y una mierda.

¿De qué iba Javi? Después de lo que le había dicho el viernes por la noche, no se había dignado, ya no a disculparse, sino siquiera a llamarle. No había querido hablar con él mientras sus papaítos estuvieron en su casa. Había intentado por todos los medios intentar no sacar las cosas de quicio hasta que no hablaran, darle el beneficio de la duda. Pero darle espacio y tiempo no significaba aquello. Resopló enfurecido.

Enfurecido y excitado como el demonio.

La ironía impregnó un poco su semblante al reconocer que le había gustado. Maldito fuera, lo deseaba con todo su ser. Javi lo sabía. ¿Jugaba con él? No lo creía capaz. Sin embargo, ese conocimiento no le hacía más feliz. No tenía ni idea de cómo reaccionar ante aquello, se sentía perdido en una espesa bruma de furia y excitación. Sabía que tenía que calmarse, pero… lo cierto era que no quería.

No quería volver a dar su brazo a torcer. Otra vez él, no.

No quería comprender, ni escuchar excusas.

No quería complacer. Salvo de una sola manera.

Javi llevaba un rato parado junto a la moto. A pesar de estar de espaldas a él, presentía el cabreo de su amigo. Es más, lo veía claramente: la postura rígida, los hombros subiendo y bajando con cada rabiosa respiración.

Toda la culpa era suya. El momento mágico había pasado y no era justo para Álex que él se quedara callado. Le debía un montón de cosas…

Avanzó hasta él y, despacio, le puso una mano en el hombro, instándolo a que se girase para poder mirarlo cuando hablara.

—No me toques. —Fue un susurro bajo y acerado que mostraba claramente el humor de Álex.

En lugar de retroceder, que era lo que debería haber hecho, no movió un ápice la mano de allí.

—Álex…

Éste se sacudió su toque y se giró, echando humo, el ceño fruncido.

—No vuelvas a tocarme —, su voz surgía rasgada, conteniendo lo que sin duda tenía intención de ser un grito. —Ahora mismo tengo tantas ganas de follarte como de darte una paliza. Y no creo que quieras ninguna de las dos cosas…

Dos vidas en una (IV)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Viene de aquí)

—Hola. ¿Puedo quedarme aquí esta noche?

Fran se apartó y le abrió la puerta de su casa, como siempre.

—Claro.

Alex pasó y dejó caer la mochila en un rincón, dejando caer después su cuerpo traspasado de cansancio en el sofá. Fran alzó una ceja en su dirección.

—Te veo derrotado.

Lo estaba. Era viernes por la noche y lo único que le apetecía era dormir.

— ¿Vas a salir hoy?

—Estaba pensando en cenar algo rápido, cambiarme y salir, sí. Aunque algo me dice que los planes van a variar… ligeramente.

Alex sonrió sin mucha gana. Sabía que, si se lo pedía, Fran se quedaría allí con él. Incluso apostaría por que lo haría sin siquiera pedírselo.

Pero no.

—Sigue con tu vida. Yo me quedo aquí, sólo necesito un techo para dormir —le aseguró.

—Para mí que lo que necesitas es un corrector de ojeras y un buen repaso.

—JA. Muy gracioso.

—Anda, date una ducha. Nos vamos a cenar.

—No. Ni de coña me sacas hoy de fiesta —dijo Alex mirándolo con el ceño fruncido.

—Creo que la fiesta se ha ido al garete. Nos vamos a cenar, yo tengo que comer para sobrevivir. Y tú también.

Pon un amigo toca-pelotas en tu vida. Un buen amigo toca-pelotas. Conocía a Fran casi desde que empezó la universidad, una larga relación que había empezado con sexo, continuado con más sexo y, bueno… ahora eran grandes amigos y seguían practicando sexo juntos cuando les apetecía. Su relación nunca había sido amorosa, en todo caso, platónica. Se tenían gran aprecio y Alex confiaba en Fran ciegamente. Cuando llegó a la ciudad, le abrió todas las puertas secretas de ésta.

Tres cuartos de hora más tarde, sentado frente a un plato de tagliatelle al pesto cuya salsa todavía humeaba, Alex rumiaba lo que le rondaba la mente bajo la inquisidora mirada de su amigo..

—Creo que estoy colgado de alguien que está… muy al fondo del armario —dijo al fin.

—Uff… —El sonido fue acompañado por un gesto de dolor exagerado.

Alex resopló.

—Eso mismo. Uf.

—Llevas semanas desaparecido. Sólo te veo en el trabajo —dijo Fran, mientras se llevaba una copa de Protos a los labios—, ¿tiene algo que ver con eso?

Alex lo miró fijamente. Iba a ser una bomba, cuando la soltara. Asintió una vez.

Fran alzó las cejas.

— ¿Y dónde diantres os lo montáis?

Casi escupió el trozo de pan de ajo que se había metido en la boca. Su amigo y compañero de trabajo siempre con lo mismo. Alex solía hacer como él. Todo era más fácil así. Quedarse con lo básico, lo instintivo. Pero aquella era una situación especial.

—En mi casa —mencionó como si nada, cuando terminó de tragar.

Eso, al parecer, llamó la atención de Fran, que se apoyó en la mesa, echándose hacia delante, toda sus sentidos puestos en él.

—Tú nunca llevas a nadie a tu casa.

Tic-tac. La mecha de la bomba se encendía…

Ellos mismos siempre habían terminado en cualquier rincón o en casa de Fran. Sólo había pisado su piso como amigo, en alguna fiesta o cena informal.

—Él vive allí también. —Alex habló bajito a drede, sabiendo que aun así, Fran escucharía cualquier palabra surgida de sus labios.

Y los ojos se le abrieron como platos.

— ¿Javi?

Alex volvió a asentir.

Boooom!

Tras unos instantes en los que procesó la noticia, Fran se volvió a apoyar en el respaldo de la silla, al tiempo que soltaba un silbido.

—Pero Javi es… es…

— ¿Hetero? Hum, no lo creo. Hace un par de semanas yo habría dicho lo mismo, pero cuando llegué a casa un viernes de madrugada, se me tiró al cuello. —Alex utilizaba un lenguaje y un tono casual, porque sabía que su amigo estaba boquiabierto y…, qué diantre, estaba disfrutando con ello. Por una vez, la  situación era a la inversa.

Fran cogió de nuevo la copa de vino y la vació en tres tragos. Después sonrió.

—Qué calladito te lo tenías. Y yo preocupándome porque estabas poco hablador. Pensaba que ocurría algo más serio, no que estuvieras retozando en el fondo del armario con el cachas de tu compañero de piso.

Alex suspiró, y la sonrisa y el divertimento desaparecieron de su expresión. Enrolló más pasta en su tenedor, jugueteando.

—Ojalá fuera tan fácil —dijo. —  ¿Alguna vez te has liado con alguien que estuviera dentro del armario?

Pretendía ser una pregunta retórica, de las que hacen a uno reflexionar sobre el asunto.

—Sí. Una vez lo hice. Contigo.

¿Qué?

— ¿Qué? Ni hablar. Yo no estaba dentro del armario. Me aceptaba. Sabía perfectamente lo que quería, lo que me gustaba…

—Ya, ya, ya… Le pegabas a todo, lo recuerdo. Pero que lo supieras y lo aceptaras… no significa que no te importara lo que la gente pensara. Te escondías. —Tras una pausa, añadió—: A veces creo que todavía lo haces.

El ceño de Alex no podía estar más fruncido. Por supuesto, como siempre, Fran tenía razón. Con Javi se había escondido bastante. Mucho. Y muy bien. También procuraba ser discreto en el trabajo y en el equipo de fútbol. No era que se escondiera, simplemente dejaba los asuntos de alcoba fuera de esos escenarios.

Sin embargo, no se cortaba un pelo cuando salía por la noche.

—No lo hago. No me importa lo que la gente piense, solo que no lo llevo tatuado en la frente. Lo de Javi es diferente. —Volvió a fruncir el ceño, lleno de pesar. —Ya me ha recalcado en un par de ocasiones que él no es gay, justo después de besarme. —La expresión de Fran imitó a la suya—. A veces me he sentido… joder, he sentido como si estuviera forzándolo o algo parecido. Algo muy feo. Estoy seguro de que tú nunca te has sentido así conmigo.

—No —aceptó Fran. —Nunca.

—Ahí tienes la diferencia.

Fran estaba rumiando, sacando conclusiones y desechando ideas, y Alex casi podía escuchar cómo funcionaba la maquinara en su cabeza.

—Pero, entonces… sí os habéis liado. —Al ver cómo Alex volvía a asentir, continuó preguntando. —Y… ¿hasta dónde habéis llegado, si se puede saber?

Alex soltó una carcajada y luego tragó.

—Eso, Fran, no es de tu jodida incumbencia.

Fran alzó ambas manos, aceptándolo. Estaba en plan guasón y Alex lo necesitaba como amigo  y confidente.

—Vale. Es verdad. Sólo quiero hacerme cargo de la situación para poder entender lo que me dices. Estás muy apagado. No me gusta.

Alex siguió comiendo en silencio durante unos minutos, mientras ordenaba los hechos en su cabeza. Sabía que podía confiar plenamente en Fran, de hecho, jamás se había guardado nada con él; pero en cierto modo, sentía que debía respetar la intimidad de Javi.

A pesar de que en esos precisos momentos pensara que no se merecía ninguna consideración por su parte.

Fran esperaba pacientemente, comiendo también.

—Nos hemos liado. Últimamente, casi a diario, a menudo más de una vez al día.  Sin llegar hasta el final. —Sintió que le ardía el rostro al decir esto. Nunca había dado explicaciones de nada. —Al principio, en un par de ocasiones me llegó a decir que él no era gay casi al mismo tiempo que me metía mano —el semblante de Fran pareció convertirse en granito al escuchar esas palabras—. Ahora ya no lo dice, pero a veces he tenido la sensación fugaz de que… se siente mal al hacer lo que hace conmigo…

—Qué cabrón… —le interrumpió.

—No, no lo es. Está confundido…

— ¿Confundido? Y una mierda —volvió a interrumpirle Fran. Estaba enfadado. —Alguien que saca la mano, te toca el paquete y luego la esconde es un calientapollas. Y tu amiguito tiene toda la pinta… No me gusta la gente que juega así.

Y, aunque Alex sabía que Fran volvía a tener razón, le repateaba en una zona muy dentro de su pecho que insultara así a Javi.

—Las cosas no son tan sencillas. —Su voz denotando enfado.

Se midieron con las miradas durante unos minutos, ambos ceños fruncidos. En el fondo, Fran se preocupaba por él. Sólo que tenía una forma peculiar de mostrarle su apoyo. Nunca se había andado con rodeos y el que fuera tan directo era algo que Alex siempre había respetado y agradecido en él.

Vio como desviaba la mirada y suspiraba.

— ¿Qué haces en mi casa en lugar de con tu chico si tanto lo defiendes? —El tono de Fran era ahora más conciliador.

Alex apartó el plato, desganado.

—Como te he dicho, las cosas no son tan sencillas. —Hizo una pausa, escogiendo las palabras. Él tampoco tenía muy claro aún cómo había terminado llamando a la puerta de Fran para dormir en su casa. —Su padre es… estricto. Ha crecido en una familia conservadora. Yo ya lo intuía, por ciertos comentarios que hacía a veces, por eso intenté que no supiera nada de esa… parte de mí. Pero luego me descubrió y… , bueno, parece que no le soy del todo indiferente —murmuró con sarcasmo. Lo cierto era que tenía miedo de ser sólo la puerta que le abría el mundo gay. —El caso es que cuando por fin parecía que estábamos llegando a algo… todo se ha ido a la mierda.

Alex lo miró, esperando que con eso bastara.

—Sé más claro —pidió Fran.

—Morboso.

—Mucho. —Una cínica sonrisa y un trago de vino acompañaron a la palabra.

—Digamos que hoy, después de pasar una tarde estupenda y muy satisfactoria en nuestro cuarto de baño, sus padres se han presentado en la puerta. —El sarcasmo empapaba cada palabra pronunciada.

De nuevo, un silbido de agravio escapó de los labios de Fran.

—No es la primera vez que vienen, claro. Pero Javi estaba… Bueno, sensible con el tema. Asustado. Mierda, se sentía culpable, estaba nervioso, irascible… La cena ha sido un auténtico caos, fingiendo delante de sus padres y lanzándonos pullas a sus espaldas. O en la cocina.

Oh, sí. En la cocina se había montado la gorda, mientras recogían las cosas de la cena y los padres de Javi se instalaban para pasar el fin de semana en la habitación libre del piso que ambos compartían. El tono había sido comedido, pero las palabras hirientes. Se habían echado en cara muchas cosas y él había perdido la paciencia cuando su compañero de piso le había pedido “como amigo” que, por favor, fingiera que tenía una novia, que trajera a alguien a casa a comer el día siguiente. Desde luego, Javi había perdido el norte; estaba absolutamente obsesionado con que su padre notaría de alguna forma, acabaría sabiendo lo que allí había pasado en las últimas horas.

Que Javi no tuviera el coraje para enfrentarse a sus padres le jodía, pero bien, quizá era irracional por su parte pensar que lo que había entre ellos era algo  significativo, algo por lo que realmente hubiera que arriesgar una relación familiar. Javi sólo estaba experimentando, así que comprendía, aunque le doliera, que no diera la cara por ellos. Pero la sugerencia de la novia había sido el colmo. Y acabó mandándolo a la mierda y diciéndole que se iba a pasar la noche de viernes jodiendo con su supuesta novia.

Se arrepentía de cada palabra. Pero no de haber salido de aquella casa antes de que el fin de semana terminara. No quería imaginar cómo iba a ser si tenía que tomar por referencia las primeras horas.

—Yo soy la “novia”, ¿no? —apuntó Fran bromeando.

Pero la mirada que le lanzó Alex congeló el humor de su compañero de cena.

—Está bien, lo siento. No sabía que te afectara tanto. —Se miraron en silencio los dos. — ¿Te afecta tanto?

Alex asintió lentamente. Luego apartó la mirada, agobiado por desnudarse así, aunque fuera frente a Fran, que lo sabía todo de él.

Su amigo suspiró y volvió a echar el cuerpo hacia delante, buscando intimidad para lo que iba a decir.

—Ese tío es un necio. No sabe lo que tiene, ni lo valora. No todo el mundo tiene un periodo de adaptación, alguien que comprenda sus miedos y sepa esperar o hacer las cosas bien. Pero bueno, eso es algo que tú y yo sabemos de primera mano. —Tras una pausa significativa, continuó en tono más íntimo. —Tampoco tiene ni idea de lo que se pierde al dejarte ir así. No dejes que te hunda; puedo, aunque me cuesta, entender su postura, pero… joder, no tiene catorce años. Tiene que hacerse cargo de la situación, de lo que quiere en su vida. Y tú tienes que seguir con la tuya. Él se lo pierde, ¿entiendes?

Mierda. Alex tenía los ojos húmedos, de modo que parpadeó varias veces, incómodo.

—Vámonos a casa —sugirió Fran.

—No quiero sexo.

Tsé, ni yo, creído. —El tono se volvió más serio. —Haremos lo que tú quieras.

Alex se moría por acostarse a dormir y no despertarse hasta el lunes, como mínimo.

Cuando llegaron a casa, convenció a Fran para que saliera por ahí, era viernes y él no necesitaba niñera. Se iba directo al catre. Aquel le hizo jurar y perjurar que se encontraba bien antes de salir por la puerta.

Una vez solo, fue al cuarto donde se iba a quedar y sacó ropa limpia de la mochila que había traído. Intentó no pensar en si Javi se atrevería a llamarlo al día siguiente o si esperaría a que sus padres se fuesen el domingo. Intentó no pensar en la posibilidad de que no llamara. De que tuviera que ser él de nuevo quien tirara del carro. Estaba más cansado de lo que creía. Se fue directo a la ducha, intentando no pensar en nada en absoluto.

Pero su mente era una bastarda traicionera y, cuando estuvo bajo el chorro caliente de agua, una imagen muy nítida de lo que había pasado bajo otra ducha hacía tan sólo unos días inundó su cabeza con un brillo cegador. Imposible de ignorar. Seguía pareciéndole increíble que Javi hubiese hecho aquello. Y más increíble aún que él le hubiese dejado hacerlo, teniendo en cuenta las circunstancias. Al parecer, Javi tenía ese poder sobre él. El poder de hacerle olvidar incluso su nombre, de barrerlo todo, lo bueno, lo malo, para dejar sólo su mera y brillante presencia.

Alex se veía arrastrado por ella sin redención. Esa… inocencia que Javi desprendía en cada acción y en cada palabra, que perfumaba su piel y envolvía sus risas. Que excusaba sus actos… Esa era la misma que él había tenido  tiempo atrás.

Y era la que anulaba todos sus sentidos.

Por eso, aunque se le habían puesto los pelos como escarpias y un gélido escalofrío había recorrido su columna vertebral cuando Javi lo giró contra la pared en la ducha, se había rendido sin remordimientos.

Por eso, en ese mismo instante, él mismo tenía la frente apoyada en la pared, mientras el agua caliente le recorría la piel, recreando dos escenas de su vida muy parecidas… y muy diferentes. Lo sabía. Se estaba lanzando a la hoguera y se iba a quemar. Era completa y absolutamente consciente de que estaba yendo más allá, de que Javi no tenía nada claro, mientras que él, beso a beso, se había ido colgando más de su amigo. Y “colgarse” era una forma suave de decirlo. La otra palabra, que sin duda lo definía mejor, se la había prohibido a sí mismo.

Y mientras pensaba en todo eso, cerró los ojos y bajó la mano hasta su sexo. Porque, maldito fuera, Javi estaba en todas partes. Pero, sobretodo, estaba detrás de él, suspirando su deseo en su oído y calentándole la espalda con su piel. Besándole la nuca y diciéndole sin palabras tras su discusión, lo que su cuerpo quería. No se había permitido revivir ese encuentro en la ducha durante todo ese tiempo. Le daba pavor. Pero esa noche en la que habían discutido intensamente y se habían separado, se sentía tremendamente solo. Y abrió las compuertas de los recuerdos, dejando a las sensaciones libres en sus sentidos. Mientras se acariciaba con los ojos cerrados y la frente apoyada contra los azulejos, alzó la otra mano hasta la alcachofa de la ducha, mojándola bien, y luego descendió hasta sus glúteos. Dejó que el agua mojara bien la zona entre jadeos y comenzó a acariciarse, centrándose en el recuerdo de Javi e ignorando otros menos agradables. Introdujo un dedo acariciando el lugar que muy pocos habían acariciado y el placer le hizo apretar los dientes. Sus jadeos eran los únicos que se oían en el cuarto de baño mientras se acariciaba y se penetraba cada vez con mayor intensidad, recordando la última vez que había bajado las barreras…

—Javi… —jadeó justo antes de que un potente orgasmo le hiciera temblar entre gruñidos.

♠♠♠♠

Aunque no hasta el lunes, Alex durmió aquel fin de semana mucho más de lo que habría esperado. Estaba cansado, pero lo que realmente le hacía dormir era la apatía.

Como había esperado, pasó todo el sábado y  Javi no llamó.

Lo quería fuera de circulación mientras sus padres estuvieran en casa. ¿Qué pensaba que iba a hacer? ¿Meterle mano delante de sus progenitores a sabiendas de que él no quería? Igual a Javi le preocupaba ser incapaz de resistirse y delatarse él mismo, pensó Alex con ironía.

Pensó en llamar él. Fran se enfadó cuando supo que la mera idea se le estaba pasando por la cabeza.

—Tú eres quien decide, y yo te voy a apoyar. Pero, joder, él hizo mal. Deja que se sienta un poco responsable, al menos…

Y, claro, él pensaba en frío. Y tenía razón.

Qué malditamente frustrante.

Fran no se despegó de él en todo el fin de semana. Quizá porque observaba cómo su ánimo se iba agriando con las horas. Estaba desconcertado, porque nunca antes lo había visto tan preocupado. Salvo, quizá… cuando lo conoció.

Aquella etapa fue oscura.

El sábado por la noche cenaron en casa y luego Fran propuso ver una película con intención de llenar la cabeza de su amigo con otras cosas, al menos, durante un par de horas. Ambos sentados al sofá, con la única luz de una lámpara ambiental y la pantalla de televisión, bebieron cerveza y comieron Doritos. Y alguno se pasó con el líquido ambarino, porque tras terminar la película estaba de lo más hablador.

Alex sabía que la incontinencia verbal que sufría no se debía sólo al alcohol; Fran estaba con él y Javi, no. Cualquier deferencia que hubiera querido mantener para con él se había esfumado con el paso de las horas. Le sentaba bien hablar, le sentaba bien que Fran escuchara. Le sentaba genial sentirse comprendido y consolado por él. Como había sido siempre.

Fran abrió otra cerveza para él mientras escuchaba a Alex descargar, hablaba y hablaba sobre Javi, sobre cómo era su relación antes de que se produjera su primer encuentro. Le confesó que alguna vez había ya pensado en él de forma sexual, aunque había desechado la idea conociendo las convenciones de su compañero de piso. La sorpresa cuando llegó aquel viernes a casa y Javi le besó con tal ansia que le derritió por dentro y terminó de rodillas ante él. Fran escuchó luego sobre los tiras-y-aflojas de la incipiente relación, las discusiones,… Alex hablaba sin cesar y él sólo asentía o preguntaba algo cuando no lo entendía, simplemente para que no dejara de hacerlo, porque, maldito fuera, su amigo era como un jodido compartimento estanco con el asunto de Javi y él sinceramente pensaba que le estaba quemando por dentro.

Mostrarse comprensivo se tornó complicado, no obstante, cuando su amigo le confesó que, en realidad, sí habían llegado hasta el final. El relato de cómo Javi se le había acercado en la ducha le congeló el torrente sanguíneo y le enfureció. Y luego la incredulidad hizo presa en él al saber que Alex le había dejado hacer. Incluso más, el tono que empleaba al contárselo era íntimo e incrédulo a su vez, pero para nada triste o reprobatorio.

Fran estaba mudo.

Conocía la historia de su amigo. Las consecuencias que había tenido aquel suceso lejano en el tiempo les había afectado a los dos cuando se conocieron. Fran se las arregló, aun no sabía cómo, pues Alex se mostraba completamente cerrado, para llegar hasta el fondo del asunto. Se había implicado más de lo meramente necesario en apoyar a Alex porque lo valoraba como amigo y persona, pero también porque había llegado a tocar sus propias fibras sensibles. Sabía que a Alex todavía le afectaba cuando se daban ciertas situaciones, así que hizo lo que casi siempre funcionaba para ambos.

Alex sentía los párpados pesados y tenía la mirada borrosa. Pero la lucidez de sus pensamientos era clara: sabía perfectamente lo que estaba contando, aunque no tenía ni idea de lo que pensaría Fran al respecto. Seguro que lo tomaba por loco, después de todo. De momento, lo había dejado mudo, cosa absolutamente inusual en su amigo, que solía tener réplica para todo. El silencio se extendió entre los dos; normalmente se sentía cómodo con él, pero esta vez le estaba poniendo nervioso. Y cuando ya buscaba frenéticamente algo más que decir (o sencillamente, iba a pedirle a Fran que, por todos los santos, dijera algo), éste se echó hacia delante y lo besó.

Lo besó como había hecho en multitud de ocasiones antes, con la maestría que otorga una vasta experiencia, su lengua pintando la seducción en su boca, arrancándole un jadeo y extrayéndole una respuesta. Alex respondía por propia voluntad, por el reconocimiento de su cuerpo hacia el de Fran que encajaban siempre tan bien y solía ser la promesa de placer absoluto. Por la necesidad de cobijo que siempre le atenazaba cuando algunos recuerdos recorrían sin permiso sus neuronas.

Qué curioso. Esos recuerdos se habían mantenido a buen recaudo cuando lo había hecho con Javi bajo la ducha, y sin embargo, se habían vuelto a esparcir ahora, simplemente contándole la experiencia a Fran.

No podía pensar con claridad, no con la mente abotargada de recuerdos y alcohol, ni con la mano de Fran acariciando con tanta pericia su sexo que sentía que el aire no llegaba a su cerebro como debía. Sabía lo que su amigo quería hacer, se lo iba a ofrecer como otras veces y él aceptaría, porque lo necesitaba, aunque sólo con él… Sólo con Fran. Sus manos desabrochaban botones sin ninguna torpeza, lo cual quería decir que no iba tan borracho como quería creer; Fran estaba tan excitado como él y contuvo un jadeo en cuanto le cogió. Cerró los ojos, tragándose los nervios, porque podía confiar en Fran…

Sin embargo, al hacerlo, otros jadeos mucho más contenidos e inexpertos, unos que le erizaron por dentro cargándole de electricidad, vinieron a su oído desde atrás…

Cortó el enfurecido beso, dejando caer la cabeza.

Javi…

—Espera… —jadeó, aun estando duro como el granito, y puso las manos sobre el pecho de Fran.

Amy en mi corazón…

(clic para música)

Estás plantado como un árbol muerto, inmóvil, inanimado. Tus ojos sin vida clavados en el sol de poniente, que con tenue luz acaricia tu piel blanca. La criatura vive con cada rayo que se pone, echa de menos la oscuridad. La amas y no importa nada más. La luz quema tus retinas, tus entrañas, pero queda poco… ¿Amy, dónde estás? Ella brilla allí, en el horizonte. Más allá de sueños y montañas, más allá de praderas de tiempo y sonrisas. La amas… más allá de la cruel cordura, de la amable locura. Cae la noche y todos se esconden de ella, se preparan para evitarla, pero tú…

Tú, árbol muerto, criatura oscura, sombra de lo que fuiste, tú sonríes. Porque la oscuridad está en tu habitación. Y la amas… la amas… ¿Amy, dónde estás? Brilla más allá de sueños y montañas, brilla en la oscuridad… Y la amas… como nadie más la ha amado. Ella brilla en tu oscuridad, más allá del tiempo y de las sonrisas, más allá de la cordura. La amas y no lo puedes evitar. Ella se fue, pero brilla en la oscuridad… Y ríes porque la oscuridad está en tu habitación. Hace tiempo que nadie habla contigo, pero no importa. Cada noche la esperas… la esperas plantado como un árbol muerto que mira el sol poniente y sonríe a las tinieblas. ¿Amy, dónde estás? Ella desapareció un día, sin avisar, misterio violento. Las pesadillas se apoderaron de ti, contándote la verdad. La muerte. Pero no quisiste creerlas. Así que la amas… La esperas cada noche. Y ella viene a ti, ella brilla en la oscuridad, más allá de sueños y pesadillas, más allá de las sonrisas y las lágrimas. Más allá de la vida… Más allá de la muerte. Ella brilla con sus blancas alas, muda de amor, en la oscuridad. La amas y la esperas y no importa nada. Porque la oscuridad está en ti. Ella… brilla… en ti.

Un chico para Mary (II)

deseo

(La primera parte aquí).

No era la primera vez que se lo pedían, ni sería la última. En otras ocasiones, algún cliente la había esperado al final de la noche para realizarle peticiones en su único favor, pero ella no solía mezclar trabajo y placer. Lo había aprendido a puñetazos, literalmente. Se encontró valorando la proposición… Sorprendida por el simple hecho de contemplar la posibilidad. ¿Por qué con él? ¿Iba a saltarse una de sus más firmes normas?

−No tienes dinero suficiente para esto. −El coqueteo en sus palabras, en su  lenguaje corporal, en el tono de su voz era estudiado, intencional y ensayado. Tenía mucha práctica y  estaba disfrutando como hacía semanas que no lo hacía, encerrada en su agrio humor de los últimos días. Leonardo tocaba partes de ella que estaban lastimadas, haciéndolas revivir, y estaba segura de que ni siquiera era consciente de ello.

−El caso es que… −se apoyó en sus rodillas desnudas para acercarse, tocando su piel suave, y bajó la voz −… tengo mucho mucho mucho dinero… −Depositó un beso en sus labios tan delicado como el aleteo de una mariposa. −Pero me gustaría dejarlo  fuera de…. esto.

Estaba presionando. Lo sabía. Había notado el estremecimiento en el cuerpo femenino al acariciar sus piernas y la suave inspiración al rozar sus labios. Se sentía atraída por él y él por ella, y si no estuviera tan a la defensiva se habría dado cuenta ya con una simple mirada. Pero le fastidiaba que hubiera sacado a colación el tema del dinero, como si su deseo fuera una mera transacción comercial. Lo degradaba y se degradaba a sí misma. Como si nadie pudiera sentir por ella algo genuino.

Apretó las manos sobre sus rodillas, conteniéndose para no echarle el sermón. Presionando para que se decidiera…

Mary dejó el vaso sobre la barra y se levantó. Sin dejar de mirarlo, caminó hacia la plataforma redonda que culminaba el escenario en el centro de la sala. Se subió a ella y se asió a la barra, balanceándose un poco con la familiaridad que da el uso continuo. No llevaba el atuendo adecuado (por dios, ¡ni siquiera ropa interior adecuada!), pero la mirada de él, que se acercaba lentamente siguiendo sus pasos, le quemaba. Parecía haberla despojado de capacidad de decisión. Y hacía tiempo que no se sentía así con nadie. Observó cómo él se sentaba en una butaca cercana y dejaba el vaso sobre una de las mesitas. No separaba sus ojos de los de ella y sabía que no se lo pediría de nuevo. Sólo rogaba con su mirada.

Sin darse apenas cuenta, Mary giró una vez alrededor de la barra, centrando su mirada en él de nuevo, observando como se apoyaba en el respaldo. Todo él dispuesto a disfrutar. De ella.

Otra vuelta. Y otra más. Cerró los ojos, dejándose ir, la suave música empapando sus sentidos, embotando su mente. El calor del licor ingerido le alentaba, pero era el fuego que prendía la mirada masculina sobre su piel el que le impedía replantearse lo que estaba haciendo. Simplemente, quería seguir sintiendo aquello, fuera lo que  fuera. Se sacó la camiseta sin mucha ceremonia, mostrando su sujetador de cómodo algodón. Quería provocar la misma hoguera en él.

Y Leo, entonces, se incorporó, apoyando los codos en las rodillas, entrelazando las manos. No supo si por prestar más atención o por esconder el bulto enorme que tenía entre las piernas. Verla moverse, contonearse, con los ojos cerrados, como disfrutando de un lascivo baile −un lascivo baile frente a él− le estaba alterando el pulso. Quizá no era buena idea. Quizá no debería habérselo pedido. Quizá ni siquiera debería estar allí, pensó al tiempo que pasaba una mano por su rostro.

Mary irradiaba sensualidad. Las luces creaban formas de sombras y colores sobre la piel que ella iba descubriendo, lentamente. A veces acariciaba una de esas porciones de piel y Leo se percató de la diferencia… No se acariciaba cuando actuaba frente al gran público. Era un rasgo sutil que a él le afectó desmesuradamente. Aquello era sólo para él. Su baile, su fantasía. Sus ojos estaban pegados a ella, a esos dedos suaves pasando por la piel de su muslo a medida que subía la falda, acariciando su glúteo redondo para colarse levemente por debajo de la tela de las braguitas. El gemido masculino se perdió con la música.  Braguitas blancas de algodón. Joder, su ropa interior. La de verdad. El encaje negro era para los demás. A él le enseñaba lo que le gustaba llevar a ella. Y su sexo apreciaba ese tipo de cosas, porque tuvo que recolocárselo en el apretado pantalón. Luego observó cómo introducía los dedos entre su pelo, soltando el enganche y desparramando una melena de oro y miel por su espalda de seda. Era un pecado comestible e inocente. Le disparó una mirada de un azul cristalino tan transparente que no encajaba con la forma de moverse que tenía. Y aun así, era perfecta.

—Yo también quiero verte —le sorprendió ella, mordiéndose el labio inferior.

Pasaron unos largos segundos hasta que Leo, que estaba fuertemente cogido a los reposabrazos de la butaca, soltó su agarre y, sin desconectar sus miradas, llevó sus manos a la bragueta. Bajó la cremallera del pantalón vaquero tan lentamente que el simple roce hizo magia sobre su sexo y tuvo que contener un gemido. Por la abertura, extrajo como pudo su miembro pulsante y más que duro. Le dio un par de pasadas con la mano, moviendo la piel y sintiendo el placer de la caricia, volviendo a apoyarse en los reposabrazos de la butaca. Dejándole espacio a ella para que lo observara a placer. Para que viera qué era lo que le hacía.

Mary apretó las piernas. Verlo ahí sentado, expuesto para ella, completamente vestido a excepción de su miembro duro le provocaba descargas entre las piernas. Pequeñas y placenteras. Era grande y sedoso. Terso. Acariciable. Aquello se estaba saliendo del cauce, comprendió, pero lo estaba disfrutando y su humor macilento de los últimos días había desaparecido. Se sentía adorada y el sentimiento era como una adicción.

—Más —le pidió.

Una comisura se alzó en la boca de Leo, apenas visible, pero lo hizo inmensamente más atractivo. Se incorporó y se sacó la camiseta por la cabeza, dejándola caer al suelo con un movimiento natural y volviendo a apoyar su espalda en el respaldo. Su mano fue a parar a su pecho y trazó un camino lento y descendente hasta topar con la cintura del vaquero. Desabrochó el botón y… dejó la mano sobre su muslo. Agarrando fuertemente la tela.

Quién estaba haciendo el estriptis a quién, se preguntó Mary escondiendo una sonrisa.

—Más —volvió a pedir y, esta vez, a Leo se le escapó una carcajada tan sincera que le aceleró el pulso en las venas.

La mano que se había quedado sobre el muslo se movió hipnóticamente hasta la base de su pene, lo envolvió con los dedos y subió en una larga caricia que le borró la sonrisa de la cara, cambiándola por una expresión de placer. No pudo evitar continuar con las caricias, lentas, perentorias, contenidas, mientras ella continuaba moviéndose alrededor de la barra. Sin separar los ojos de él, lo que le encendía de una forma inusitada.

Mary era incapaz de desviar la mirada. Aquel hombre, Leo, estaba sentado allí, como un banquete de los dioses, acariciándose por y para ella. Sus ojos seguían el movimiento ondulante de su mano. Arriba, abajo, arriba, caricia sobre el glande, abajo… Lento. Comedido. Húmedo… Ella empezaba a humedecerse también a causa del deseo.

Deseo. Se mordió el labio calibrando su respuesta. Era deseo puro y duro. Con otro movimiento fluido, se deshizo de la falda y se pegó a la barra de metal, colocándola entre sus piernas. Ajustó la posición y, mordiéndose el labio, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo. La primera descarga de placer le hizo jadear. Pronto cogió el ritmo y siguió acariciando su centro con movimientos más complejos y sinuosos. Sentía cómo la humedad entre sus piernas iba creciendo, lubricando la zona aun debajo de las braguitas de algodón, al tiempo que giraba y se abrazaba con las piernas a la barra de acero. Había cerrado los ojos concentrándose en su propio placer y cuando los abrió de nuevo para mirarle, le impresionó  lo que vio.

Leo caminaba hacia ella como un enorme felino acechando a su presa. No quería asustarla saltándole encima como una bestia en celo. Pero no había podido soportarlo más. Cuando Mary había echado la cabeza hacia atrás y cerrado los ojos, la expresión de placer lo había sorprendido por completo. ¿Qué demonios estaba…? Un ramalazo de fuego y placer recorrió su columna disparándose directamente en su sexo cuando lo comprendió. Tuvo que detener los movimientos de su mano y cogerse los testículos para evitar correrse. Se quedó absorto, jadeando y contemplando cómo Mary se acariciaba con la barra de metal, sutilmente pero sin esconderse.

No podía más.

Se levantó sin pensar mucho en lo que pretendía hacer. Sólo sabía que tenía que tocarla, que quería formar parte de su placer. Que anhelaba su tacto sobre él. Ella se quedó quieta tras la barra cuando llegó a su lado, los jadeos de ambos componiendo una erótica melodía. Alzó los brazos, pasándolos a cada lado de ella y llevando sus manos hasta el broche del sujetador. Abrazados como estaban, con la barra de por medio, desenganchó la prenda y la fue retirando suavemente, erizando la piel de sus brazos al pasar los tirantes. Así fue como Mary quedó desnuda frente a él, a excepción de las braguitas. Dejó caer la prenda al tiempo que contemplaba con maravillada concentración los senos de piel blanca y suave. Los rodeó, llenándose las manos de sensualidad, sintiendo el tacto, el peso, el balanceo, notando cómo las puntas rosadas se endurecían. Sentía su dolorosa erección palpitar contra el metal. Barra de acero contra barra de acero. La sensación de frío y calor era electrizante. Alzó sus ojos a los de ella, que lo miraba jadeante  y las manos fueron subiendo por su piel caliente, pasando por el cuello hasta tocar los labios. Con una caricia sutil los instó a abrirse e introdujo un pulgar. Mary lo lamió con fruición, y él se volvió loco de imaginar otra parte de él en su dulce boca.

—Quiero que me hagas esto, Mary… —rogó, juntando sus frentes, y ella chupó más fuerte.

El otro pulgar recibió el mismo tratamiento y luego bajó ambas manos a sus pezones, prodigándoles húmedas caricias que hicieron que ella echara la cabeza hacia atrás con un largo gemido. Una vez estuvieron convenientemente mojados, Leo pasó las manos alrededor de los senos y los apretó suavemente hasta que las húmedas cimas quedaron contra el frío metal. Escuchó como lejano el lamento femenino, observando absorto cómo las cúspides se tornaban más duras con el contraste.

−Muévete  −pidió, mientras se lamía los labios, deseoso de posarlos allí donde su vista se fijaba.

Ella obedeció, más por propio deseo que por acatar la orden. Comenzó un sutil balanceo arriba y debajo de la barra, acariciando ahora además de su sexo, sus pezones. El placer era líquido precipitándose por sus venas, disparando su pulso y su respiración.  Las sensaciones cada vez más intensas, creando espirales de gozo que la iban sumiendo poco a poco en un estado extático, pero conforme iba ascendiendo la sinuosa senda del deleite, trocitos pequeños de su consciencia iban despertando y tomando el control. ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué jugaba? Ella no era así, no hacía las cosas por despecho. Empezó a sentirse sucia… y justo antes de alcanzar la cima, se detuvo en seco, fuertemente agarrada a la barra de acero. Su respiración salía alterada y sentía el rubor en sus mejillas.  No se atrevía a alzar la mirada.

−¿Qué pasa, Mary? −le llegaron las palabras susurradas empapadas en desconcierto.

¿Qué iba a decirle?

−Yo… no soy así  −respondió, negando levemente con la cabeza.

Un dedo suave se apoyó en su barbilla en una caricia y le alzó el rostro. Pasaron unos segundos en que se miraron en silencio. La expresión de él cambió sutilmente.

−Así… ¿cómo? −inquirió. Aunque por su gesto, intuía de qué se trataba…

−No hago esto con desconocidos −contestó, molesta, al tiempo que se agachaba para recoger el sujetador del suelo.

Pero él la agarró del brazo y no dejó que se apartara.

−Mary, mírame. −Cuando logró que ella lo hiciera, continuó−: Estoy aquí, con mi poll… joder,… mi sexo al aire, completamente duro… por ti. Estoy excitado y deseo las mismas cosas que tú.  Quiero que me toques y me muero por tocarte −arrastró una caricia por el costado de su seno−, por besarte y lamer cada hueco de tu cuerpo  −la lengua jugó en su oreja, a través de los susurros. −Te deseo con la misma fuerza… o más, que tú a mí −empujó su  erección contra ella, hasta que su respiración le aseguró que le notaba. −Así que… no te escondas…  No me… dejes así… Quiero darte placer, no sólo que me lo des tú a mí…

Leo la besó, temblando por dentro de anticipación, rogando porque no se echara atrás ahora que estaban tan… cerca. Su sexo pulsaba contra el suave vientre de ella, anhelante de caricias y cuando sintió la mano de ella rozándolo, envolviéndolo, una gota brotó de su punta mojándolos a los dos.

−Espera −atenazó su muñeca, deteniéndola al borde mismo del precipicio. Con manos temblorosas, colocó a Mary justo como había estando antes de su pequeño ataque de conciencia. Las manos sobre la barra, algo por encima de su cabeza, y las piernas a ambos lados del mástil de metal. −¿Me harías un favor? −murmuró en su oído. Ante el gesto expectante de ella, continuó−: Sigue con lo que hacías antes. Quiero verte… llegar así… Yo te ayudo… −Colocó de nuevo las manos alrededor de sus pechos y esta vez los humedeció con la lengua, primero uno, luego el otro, para rozarlos alternativamente con el metal frío.

La voz melosa y oscura de Leo podría convencerla de que danzara sobre ascuas procedentes del mismísimo infierno, reflexionó Mary, su último pensamiento coherente antes de desconectar la capacidad de juicio. Se movía de nuevo contra la barra, sintiendo la presión sobre su clítoris y las pasadas húmedas y calientes alternando con el frío sobre sus pezones. No iba a tardar mucho en responder a su demanda, su bajo vientre se agitaba ya con el oleaje lascivo, sus entrañas comenzando a contraerse. Su amante arrastró su lengua hacia arriba, erizando la piel con la punta húmeda hasta llegar a su cuello. Se separó y miró. Y el brillo salvaje que vio en sus ojos le hizo apretar las piernas en torno a la barra, incrementando la presión, aumentando el roce para…

Joder, Mary… podría correrme sólo con mirarte…

…saltar en mil pedazos, desvanecerse en millones de rayos que atravesaron su cuerpo como agujas de placer que irradiaban en todas direcciones desde su sexo. El orgasmo la dejó jadeante, arrasada. Aquello estaba bien, porque Leo le hacía sentirse bien. No estaba simplemente siendo usada. Él ni siquiera había acabado… aún.

Giró despacio alrededor de la barra hasta que se colocó entre ésta y Leo, de espaldas a él. Su trasero apoyado en la abultada ingle, la tela blanca de las braguitas de por medio. Sintió el respingo de él cuando rozó su sexo. Le gustó y lo volvió a hacer: comenzó un sutil balanceo de caderas contra su miembro duro y fue recompensada con la respiración agitada de Leo sobre su oído.

—Mary…

La abrazó desde atrás, una mano sobre sus pechos, masajeándolos y acariciando sus puntas tersas. La otra mano viajó ávida hasta colarse por debajo de las braguitas y desplegó su magia sobre su clítoris. Comenzó así un baile íntimo entre los dos, moviéndose acompasados, dando y recibiendo placer, acelerando ambos pulsos y acompañándose con los gemidos contenidos. Pronto dos dedos masculinos estuvieron entrando y saliendo de ella, con la misma cadencia que sus embestidas desde atrás, el talón de la mano acariciando su centro sin parar. Mary creía que iba a desfallecer, él no había mentido cuando había dicho que quería complacerla. En absoluto.

Cuando estaba a punto de explotar, él paró de repente. Notó cómo apoyaba la frente sobre su hombro unos segundos, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Un sonido de papel rasgado. Después lo sintió manotear sobre su trasero y luego su pene resbalando a lo largo de toda su hendidura, tras haber apartado la tela blanca a un lado. Un envite, dos…

—Quiero estar dentro de ti. —Tercer envite… atrás… —Sentir cómo te corres a mi alrededor… —Otra lúbrica embestida… y su retirada… —Correrme dentro de ti —Las últimas palabras, un gruñido… y otra embestida húmeda a lo largo de su sexo. — ¿Me dejarás, Mary? Estar dentro de ti…

Lo sentía latir entre sus piernas, fuerte, caliente, duro, seda envolviendo acero… Ella misma pulsaba con la misma necesidad, al borde del orgasmo. Una leve inclinación, un sutil cambio de postura y él empujó toda su longitud ardiente en su interior con un gruñido desgarrando su garganta.

Lo que vino después fue la locura. Mary se afianzó bien al mástil de acero para soportar la intensidad que Leo imprimía a sus acometidas. La penetraba tan profundamente que tocaba partes muy ocultas de su interior, y no sólo físicas, para salir luego casi completamente, sus caderas moviéndose cual pistones bien engrasados. Ella no necesitaba más. Su sexo se contrajo una, dos veces… mil veces más… Espasmos del gozo más puro que había sentido nunca y luego… la lluvia.

Él eyaculando placer, palpitando dentro de ella en llamaradas vehementes que arrancaron gemidos agónicos de ambas gargantas. Mary se hubiera caído al suelo de no estar sujeta a la barra con sus manos y abrazada por él desde atrás. Sus piernas eran de gelatina y sus ojos de agua.

Leo la escuchó suspirar y la apretó más contra sí. Salió de ella despacio, sin querer abandonar aquel santuario, rogando porque le fueran permitidas más visitas. En un movimiento fluido, la cogió en brazos, cargando su cuerpo delicado, y se sentó en la butaca que hubiera utilizado antes, con ella en su regazo.

Permanecieron así durante mucho tiempo, cada uno perdido con sus propios demonios. Mary hacía muy poco que se había auto convencido de que no habría chicos para ella y no quería confiar. Temblaba como una hoja joven sólo de pensarlo. No quería volver a enamorarse. Nunca más. Y más lágrimas se deslizaron por sus mejillas con el funesto pensamiento. Leo las percibía y apretaba los dientes. Mary no le dejaría entrar, aunque le hubiera permitido la entrada física a su cuerpo. Las barreras que notaba eran sólidas e insensibles. No podía enamorarse de ella. No quería…

A pesar de los pensamientos tenebrosos, pronto cayeron ambos en un sueño profundo y apacible. Desnudos a medias y abrazados sobre una usada butaca de un club de estriptis. Nadie les molestó…

Un chico para Mary (I)

Un estremecimiento de anticipación la recorrió de arriba abajo, como siempre ocurría, dejándole cada fibra de su ser sensible y electrizada. Respiró hondo y atravesó decidida las telas que le separaban del escenario, caminando con toda la determinación que aquellos tacones le permitían. Al llegar a la barra, se agarró a ella y giró con un movimiento estilizado y sensual, comenzando a moverse según la coreografía ensayada.

Hacía tiempo que había aprendido la técnica para no sentirse intimidada cuando trabajaba. No era extrovertida por naturaleza, por lo que subirse a un escenario para quitarse la ropa al ritmo de una canción mientras cientos de ojos se posaban sobre su cuerpo desnudo había supuesto un problema al principio. Pero no tenía otro remedio. Así que lograba abstraerse centrándose en la música y evitando mirar directamente a nadie. La sala estaba en semipenumbra, un montón de lamparitas de luz tenue esparcidas como luciérnagas en la noche, por tanto no le resultaba complicado no ver lo que no quería. Un foco enorme desparramaba luz por su piel descubierta, fabricando ilusiones de sombras que se movían sobre ella al son de la canción. Los movimientos eran sensuales, pero estudiados. Sabía lo que gustaba y lo ejecutaba con precisión, aunque sin que pareciera forzado en absoluto. Sonreía. Parpadeaba, abanicando con sus largas pestañas. Insinuaba antes de desprenderse de una prenda, creando expectación. Recibía los halagos de los hombres con un guiño de ojos o un movimiento especial dedicado, como ella los llamaba.

Sabía hacer bien su trabajo y sabía lo que esos desconocidos veían. Un rostro juvenil, inocente, de ojos azules y labios carnosos enmarcado por una melena rubia. Y un cuerpo de vicio. Conocía el efecto que surtía la mezcla de inocencia y pecado que ella ofrecía. Y lo utilizaba. Lo que ganaba bailando en el club le permitía, junto con lo que ganaba su madre, vivir sin aprietos. Estaba cansada de contar cada céntimo que gastaba y de ver a su madre marchitarse desgañitándose para sacarlas adelante. Hacía un tiempo que las cosas habían cambiado, claro que su madre no sabía exactamente en qué trabajaba ella.

No estaba orgullosa. De cómo se ganaba la vida y, en los últimos tiempos, del resto de los aspectos de su existencia. Hasta no hacía mucho, estaba convencida de que lograría salir del agujero en que vivía y ser una mujer normal. Con un trabajo que le gustara —había estado estudiando para ello— y un chico a su lado que la quisiera. Pero ese chico, uno con el que compartía una larga historia, había comenzado una relación con otra persona y ella había perdido, en cierto sentido, el norte. La parte racional de su mente tenía claro que, en realidad, nunca había habido otra cosa que amistad y sexo entre ellos. Era esa otra parte de ella la que, rebelde, había esperado más. Le costaba admitirlo, pero le había afectado. Su autoestima había caído en picado. Era posible que su trabajo, el que de verdad se le daba bien, fuera bailar en un club de estriptis, por muy exclusivo que fuera. Era posible que no hubiera chicos para ella.

Echó una última mirada melancólica al extremo de la barra donde siempre la había esperado Sergio antes de concentrarse de lleno en el espectáculo, una sonrisa incitadora brillando en su rostro.

Leo estaba en el extremo de la barra más alejado del escenario, tomándose una cerveza fría. Había tenido un día de perros. Reunión tras reunión se habían sucedido las horas y no fue hasta que llegó por la noche a casa y se despojó del traje y la corbata que no respiró de verdad. Y eso que no tenía demasiados superiores en la empresa. Pero que uno de ellos fuera tu (tiránico) padre era peor que una condena. Se había colocado unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón blanco estampada con un dibujo desteñido y se había dirigido directo al club.

Quizá no hubiera recibido cariño paterno en su vida, pero sí dinero a mansalva. Y parte de él, lo había empleado hacía algunos meses en la compra del distinguido local conocido como Cocoon Paradise. Probablemente no había sido la mejor inversión, pero era rentable. Y le entretenía.

Eso lo había descubierto hacía varias semanas, cuando había decidido pasarse por el sitio en cuestión para ver qué era lo que había adquirido. Por norma general, no era asiduo de ese tipo de clubs, aunque sí que conocía un par de ellos. Siempre había tenido buena cabeza para los negocios, pensaba convertir el suyo en el mejor y para eso tenía que conocerlo.

La primera noche había llegado a mitad de la velada. Se sentó en una mesita iluminada con una luz tenue procedente de una lamparita y observó desde la oscuridad. En el escenario se sucedieron las bailarinas, todas ellas bonitas, algunas de rasgos exóticos. Morenas, pelirrojas, rubias y cobrizas. De edades entre los veinte y los cuarenta, todas con cuerpos para el pecado ejecutando danzas exuberantes que hipnotizaban a los parroquianos. El espectáculo de piel desnuda lo satisfizo y, cuando ya estaba tocando la noche a su fin, apareció ella.

Mary. Una rubia de grandes ojos azules y unos veinte años. Su miembro, que había permanecido semierecto durante todo el espectáculo, cobró vida al instante cuando la vio. La expresión inocente en el rostro contrastaba con un cuerpo que invitaba a placeres oscuros, el blanco y el negro. El ángel caído. La mezcla amenazaba con hacerle perder la compostura. No era el único, comprobó aquella noche. En algunas mesitas cercanas, los hombres, maridos correctos, afectuosos padres de familia, se acariciaban por debajo del mantel. Sin saber exactamente por qué —todavía—, aquel gesto le hizo querer gruñir. Todos parecían soñar con lo mismo. Pero aquel no era un local de prostitución y, si alguna de las chicas optaba por ese negocio, era de puertas hacia fuera.

Bebió un trago de cerveza fría, sonriendo al rememorar aquella primera noche. No fue la última. Leo averiguó sus turnos y acudió puntual a sus citas con Mary. Noche tras noche, terminaba sus horas en su club, por negocios, se decía. Conoció a muchos de sus empleados, a varias de las chicas, a todos los camareros y seguratas, pero Mary era reservada. No solía alternar con los clientes, ni siquiera con sus compañeros. Aunque, había observado, a veces se tomaba una copa al finalizar su show, cuando ya no quedaba casi nadie por allí.

El que ella evitara cualquier contacto le resultaba algo frustrante, debía reconocerlo. Y le atraía como un poderoso imán al mismo tiempo. La hacía misteriosa y él se descubría algunas veces imaginando sus secretos. Quería conocerlos. Se había convertido en una especie de objetivo personal. Y la fuerza del imán se había vuelto más intensa en los últimos días, cuando la habitual picardía de sus ojos había desaparecido, dejando paso a algo similar a la… melancolía. Estaba seguro que nadie excepto él se había percatado y sintió cierta preocupación al respecto: estaba siendo condenadamente observador con ella. Pero ese cambio sutil acicateaba su curiosidad como la de un crío de dos años. Esa noche iba a tentar a la suerte, despidiendo a todos y esperándola, pensó mientras la contemplaba absorto bailando en el escenario.

Desnudándose. Sensualidad irradiando por cada uno de los poros de su piel y estrellándose contra los de él, que la absorbían ávidos. Mary era puro fuego, puro deseo encerrado en un cuerpo voluptuoso que constreñía las entrañas de cada uno de los espectadores, incluido él. La ropa interior de negro encaje transparente invitaba a acercarse para ver lo que escondía debajo, y a su vez dejaba kilómetros de piel a la vista que se antojaba suave al tacto. Leo quería tocarla, acariciarla con las manos. Con la lengua. Su sexo pulsó bajo la bragueta cuando ella se deshizo del sujetador con un movimiento lento, arrastrando la tela por sus pechos. Eran perfectos, pero él ya los había visto antes. Y no se cansaba. Empuñó el botellín de cerveza dando dos tragos largos del frío líquido. Necesitaba refrescarse, pensó con ironía. Era el efecto que Mary tenía en él, más que el resto de bailarinas. Ardía. Literalmente, el calor invadía su cuerpo hasta la última célula, la hoguera más grande prendida en sus genitales. Mary daba vueltas a la barra como si ésta fuera su apoyo desde hacía años, en íntima confianza, contoneaba sus caderas, movía sus hombros y Leo absorbía fascinado cada balanceo de ella. No quería, pero su mente le jugaba malas pasadas disparándole imágenes de ella moviéndose como una bendición sobre él. Era un maldito pretencioso. Por lo que sabía, ella era una bailarina. Punto. No es que él quisiera pagarle…—nunca lo había hecho por placer—, pero se sorprendía preguntándose si por tenerla a ella cruzaría la invisible barrera.

Menudo insulto. Se dio una colleja mental. No iba a degradarlos a eso. Que las cosas siguieran su curso. Nunca había sido un capullo con las mujeres.

♠♠♠♠

Cuando salió a la estancia, todo estaba a oscuras ya. El último par de clientes abandonaba el local con paso inseguro y conversación animada con el jefe de camareros, que los acompañaba amablemente hacia la puerta. No vio a Will, el camarero de origen cubano y su amigo, por ninguna parte, pero se sentó a la barra igualmente a esperarlo. Se tomaría una tónica con él y charlarían de cosas triviales, como solían hacer mientras él recogía la barra.

−¿Qué desea tomar, señorita?

Mary alzó la vista, sin saber si estaba más sorprendida por el tono con que aquel tipo había pronunciado la palabra “señorita” o por su mera presencia, de la que no se había percatado antes. Sin embargo, la miraba expectante con una sonrisa amable en el rostro, así que respondió.

−Una… tónica.  Schweppes, por favor…

−Claro −respondió el tipo, girándose. Ella se quedó contemplando su espalda, de hombros anchos y fuertes; aunque la camiseta blanca que llevaba no fuera de las estrechas, la parte superior se ajustaba bastante a su cuerpo. ¿Quién era? No lo había visto antes por allí. No acostumbraba a alternar con clientes del local, pero él estaba cómodo tras la barra, así que pensó que podría tratarse de algún nuevo camarero. Aunque ni por asomo con la misma destreza que Will, pensó divertida.

Se giró y le sirvió la tónica, disparándole una mirada que a ella le robó el aliento. Por lo salvaje. Pero ese punto enseguida desapareció de los ojos negros como pozas y ella pensó si se lo habría imaginado.

−¿Eres nuevo?− preguntó sin ambages.

−Podría decirse que sí.

−Mmm… −asintió−, chico misterioso.

−No más que tú…

Sus miradas se conectaron durante unos segundos, intentando ir más allá de sus iris, más… adentro del otro.  Ella cogió el vaso y bebió. Había algo que… le atraía de aquel chico, la forma en que la miraba no era como la del resto de hombres, pensó mientras dejaba que el líquido transparente se deslizara por su garganta, notando las burbujas refrescantes… y otra cosa más. Miró el vaso extrañada y frunció el ceño.

−Eh, ¿quién eres tú y por qué quieres emborracharme?

Leo tuvo que sonreír. Se había quedado hipnotizado contemplando el movimiento de los músculos de su cuello al tragar, sus labios llenos apoyados con delicadeza en el borde del vaso. Quería morderle. Pero Mary estaba a la defensiva…

−Soy Leonardo Llach y no quiero emborracharte. Sólo invitarte a una copa. Te voy a acompañar −apuntó mientras se servía otro vaso con un líquido ambarino que olía a muchos más grados de alcohol que el suyo. Su sonrisa fue, por fin, correspondida  por la de ella.

♠♠♠♠

−No me puedo fiar de vosotros −rió ella al cabo del rato, apoyando la mano en su muslo y dejando una huella caliente aun con la tela vaquera de por medio.

No estaba ebria, pero el licor había hecho bien su trabajo, relajándola hasta el punto de permitirse reír. Estaban sentados juntos, en dos taburetes de la barra, charlando animadamente. Había intentado acercarse a ella, saber más, pero Mary esquivaba hábilmente sus insinuaciones. Alguien le había hecho daño no hacía mucho, de eso estaba seguro.

−Puedes fiarte de mí −una mentira susurrada, sólo porque la intención de traspasar sus barreras y conocer sus secretos se estaba convirtiendo en una necesidad.

Ella le miró a los ojos, por encima de la copa mientras bebía. Parecía estar calibrando la veracidad de su afirmación y Leo hizo todo lo posible porque su expresión pareciera sincera.

Quería follársela.

Así que probablemente no debería fiarse de él, a menos que buscaran lo mismo.  Pero hubo de reconocer que había algo más allá del simple sexo que tiraba de él, ese sutil cambio en su mirada de las últimas semanas…

Mary rió, una risa limpia y cristalina, despojada de cualquier deje teatral, muy diferente de las risas que le había dedicado al principio de la noche, que a él le calentó las entrañas. Estuvo a punto de gemir contra su propio vaso.

−¿Qué quieres de  mí? −preguntó, juguetona.

Ahora sí que no mintió.

−Quiero que bailes para mí, Mary… −La miró sin tapujos, y añadió susurrando−: Sólo para mí…