Juego de Primavera

Juego de Primavera

Al final me he atrevido!

Este relato lo he escrito para entrar en el estimulante Juego de Primavera que nos propone Paty C. Marín desde su blog, Cuentos Íntimos. La idea me pareció interesante desde un principio, al igual que el resto de su blog, muy recomendable, si te va lo mismo que a mí  😉

El Juego consiste en escribir un relato erótico a partir de una introducción que nos propone Paty. Igualmente, hemos de escoger dos imágenes, de las propuestas, que ilustren la historia.

Pues eso. Que me he atrevido y éste ha sido el resultado. Espero que lo disfrutéis 🙂

Nos vemos en tus sueños

 

Como cada jornada, sobre las nueve, Ámber regresaba a casa. Utilizaba la línea de metro número 3, cuya duración era de veinticinco minutos y que siempre pasaba por la estación a las nueve y diecisiete. Eso le daba tiempo a comprarse algo de comer en la tienda de la esquina, normalmente un croissant, que mordisqueaba con calma mientras paseaba hacia el andén. Aquella noche llevaba un libro bajo el brazo, una nueva lectura que empezaría en cuanto se diese una ducha, se pusiera el pijama y se metiera en la cama. Pensando en si estaría demasiado cansada para leer diez páginas o un capítulo entero, subió al metro, que siempre estaba lleno a esas horas, y buscó un lugar dónde sentarse; casi nunca había un asiento libre, pero no perdía nada por comprobarlo. 


De pronto, le vio entre la gente. Se sobresaltó cuando sus miradas se encontraron y bajó la vista al suelo. Él estaba allí, como cada noche, en el vagón de metro de las nueve y diecisiete de la línea número 3… 

Arriesgó de nuevo una mirada, sintiendo el calor que había trepado por su cuello hasta su rostro.

Sergio Asselbörn. El chico malo de su instituto. Ese por el que todas sus compañeras se aseguraban de llevar la falda del uniforme escolar varios centímetros por encima de lo que mandaba la dirección del centro. Ámber había sido una de ellas también, por supuesto. Aunque nunca se atrevió a hablar con él.

Ahora ya no estaban en el instituto. Ella estudiaba en la universidad y se había sorprendido de encontrarlo en ese vagón de metro cuando pensaba que no volvería a verlo. Luego comprendió que ambos utilizaban la misma línea de metro de forma rutinaria y que coincidirían muchas… muchas veces.

Lo había contemplado en diversas ocasiones a su antojo, cuando él todavía no se había percatado de su presencia en el metro. El tiempo había hecho de aquel chaval un tipo alto y fuerte. Casi siempre vestía de negro, lo que contrastaba con su pelo rubio pajizo, que solía lucir revuelto o, en el mejor de los casos, de punta. El color de sus ojos, verdes como el musgo, y de su pelo eran sin duda herencia de su apellido alemán. Aquella cara de niño bueno estaba adornada con un piercing en la ceja y, recientemente, había observado dos más en su oreja izquierda. En el instituto habían corrido rumores de que llevaba otros en la lengua y los pezones, pero ella, desde luego, jamás pudo llegar a comprobarlo. Aunque se moría por ello.

Los veinticinco minutos del recorrido del tren se hacían penosamente cortos, pensó al tiempo que se dirigía a la puerta para bajar en su estación.

***********************

Sergio se lo pensó uno, dos tres segundos y saltó del vagón tras ella.

La recordaba del instituto, aunque ahora tenía un aspecto completamente diferente. Quizá porque había dejado su apariencia de cría atrás, quizá porque dos años se notaban mucho más en plena adolescencia que ahora. El caso era que sus formas eran más llenas y eso a él le gustaba.

Llevaba algunas semanas rumiando qué hacer con ella. La había descubierto hacía tiempo con la mirada fija en él mientras viajaban en aquel vagón. Y Sergio tenía demasiada experiencia como para no saber lo que eso significaba.

Carpe diem.

Ámber -creía recordar que ese era su nombre- caminaba a buen paso por la acera, con el libro en una mano. Le picó la curiosidad por saber qué leía. ¿Sería alguna de esas novelas que ellas se empeñaban en llamar románticas? La comisura de su boca se alzó en un asomo de sonrisa.

La seguía unos pasos por detrás, lo que le proporcionaba una preciosa visión de su trasero apretado en aquellos vaqueros ajustados que se movía al compás de sus apresurados pasos.

¿Dónde vas con tanta prisa, Ámber? A esas horas, suponía que a su casa tras una larga jornada de aburridas clases universitarias.

Imaginó la forma que tendría de relajarse.

Su mente traviesa no tuvo problemas para conjurar las imágenes: Ámber recién salida de la ducha, las gotas de agua rodando por su cuerpo envuelto en vapor, acariciando su piel. Ámber picando algo rápido con su novela en la mano, de camino a su habitación. Vistiendo sólo una nívea camisa blanca y unas braguitas del mismo color. Ropa para no ser vista por nadie más que por ella. La idea le hizo sonreír.

Ámber sentándose en el suelo, mientras termina de mordisquear una manzana, abriendo el libro y buscando directamente alguna escena picante.

Ámber subiendo su temperatura corporal en cuestión de segundos, devorando la escena, la mano libre acariciando distraídamente la piel entre la abertura de la camisa.

“Sergio, Sergio… esa mano no quiere ir por ahí“.

¿Cómo que no?

Ámber acariciándose un pecho, mordiendo el carnoso labio inferior al rozar el pezón. Y el libro cae olvidado abierto por alguna página al azar.

La tímida de Ámber dejando resbalar su otra mano por la piel caliente de su vientre. Despacio. Eso es… sigue y atraviesa la barrera de la tela blanca.

Oh, Ámber, se te ha escapado un gemido… y tú no gimes cuando lo haces.

La imaginación de Sergio continuó evocando imágenes mientras apretaba el paso para no perderla en la noche.

Ámber acariciando piel suave, labios tensos y sensibles. Encontrando humedad y esparciéndola.

Ámber profundizando en su estrechez, lamiendo sus dedos y mojando su pezón. Te gustaría que te lo chuparan, ¿eh? Tranquila. Ya voy.

Ámber deslizando las braguitas hasta sus rodillas, completamente despatarrada en el suelo, su respiración tratando de hacer llegar aire a sus pulmones. Enchando la cabeza hacia atrás, moviéndose contra sus dedos. Llenando el cuarto de jadeos y gemidos contenidos. Retorciéndose. Rozando una sola vez su clítoris con el pulgar.

La pequeña Ámber echando la cabeza hacia atrás y estallando en un orgasmo de mil colores, los ojos apretados en una expresión casi agónica. Una gota de sangre brotando de su labio inferior…

Joder. Sergio tuvo que recolocarse dentro de su pantalón, soportando mal la fricción del vaquero sobre su sexo duro como el granito.

Siguió caminando, decidido a no dejar pasar la oportunidad.

Pero cuando miró al frente, la había perdido. Su pequeña fantasía le había dejado sin juego esa noche…

****************************

Ámber se había percatado de todo. Sabía que la había seguido fuera del metro. Que la seguía ahora. Incluso que acababa de acomodar sin ningún disimulo su sexo en sus pantalones, gracias al reflejo en una puerta de cristal.

Sonrió. Vaya vaya. Parecía que el chico-fantasía de instituto se le ponía a tiro.

¿Se atrevería?

Se atrevería, pensó entrando en su portal aprovechando el pequeño despiste de su perseguidor. En los instantes que siguieron, casi se le sale el corazón por la boca de la anticipación. Cuando Sergio pasó, lo cogió del brazo y tiró de él.

Y tiró y tiró hasta llevarlos a ambos a una especie de patio interior del edificio. Muy poco transitado.

Sonrió mentalmente al ver su cara de pasmado. Sergio estaba a punto de descubrir que la mosquita muerta se quedó junto con su uniforme de instituto.

– Hola, Sergio -murmuró con voz melosa a dos centímetros de su cara.- ¿Me estabas buscando a mí?

Él se recuperó rápidamente de su sorpresa, adoptando su habitual actitud depredadora. No retiró ni un milímetro su rostro y empezó a caminar, moviéndose cual felino, obligándola a ella a recular, hasta que se vio apoyada contra una pared y atrapada entre sus brazos apoyados a ambos lados de su cabeza. Sólo entonces lo escuchó susurrar:

– Sí.

La oscura noche alumbrada por algunas farolas de la plazoleta daba lugar a una penumbra en la que pudo distinguir con meridiana claridad sus ojos verdes clavados en ella. Sintió la sangre precipitarse en sus venas cuando notó sus caderas juntas y una ola de calor la recorrió, dejando los restos de su timidez reducidos a cenizas.

Necesitaba sentir esa enorme erección en su interior. Así como YA.

Los primeros relámpagos de una tormenta estival surcaron el cielo.

Definitivamente, iba a vivir su fantasía.

Colocó las manos en las caderas masculinas y fue subiendo lentamente, rozando su abdomen musculado por debajo de la camiseta, notando como la respiración de él se aceleraba levemente, hasta apoyar sus manos en su pecho lampiño. Rozando los aros con la palma de las manos.

Apretó las piernas, intentando conservar la sensación que había viajado como un rayo desde su columna hasta su sexo. Así que era cierto. Un aro de metal en cada pezón.

Sintió, más que vio, la sonrisa de sus labios rozando los suyos. Relájate, Ámber. O te gana la partida.

********************************

Sergio sonrió. Las manos de ella se movían con lentitud sobre su pecho, palpando el metal plateado que perforaba su carne. Seguro que había escuchado rumores. Rozó sus labios con los de ella y su lengua salió a lamerlos. Permitiéndole saber que también existía el que perforaba su lengua.

– Qué, Ámber. ¿Quieres hacerlo con el chico duro? – gruñó contra esa boca sensual que se le ofrecía y, al tiempo que restregaba su polla contra ella, continuó:- Estás de suerte. Porque estoy duro de verdad…

Lo siguiente que sintió fue un enredo de lenguas que le sorprendió. Le impresionó el ímpetu que Ámber imprimía al beso, el sensual movimiento de sus caderas. Cogió sus aros con ambas manos y lo hizo gemir. Joder…

– Yo también sé ser mala, Sergio -la escuchó susurrar en su oído, al tiempo que subía su camiseta.

Dejó que se la sacara por la cabeza y él abrió la camisa que ella vestía, sin dejar de besarla, algún botón perdiéndose en la oscuridad. Sus manos fueron directas a los pechos redondos, agradeciendo que el sujetador fuera de los que dejaba marcar el pezón enhiesto. Pasó sus pulgares por ambas cimas y se tragó el gemido femenino.

Las caderas volaban, frotándose en sinuosos vaivenes y se devoraban las bocas, sus lenguas saliendo al encuentro. Sergio notó las primeras gotas de lluvia en su espalda y pensó que se evaporarían nada más rozar su piel. Bienvenidas fueran…

Bajó sus manos por la cintura hasta posarlas en las nalgas redondas al tiempo que dejaba un reguero de besos húmedos por el cuello. El sujetador blanco dejaba trasparentar las sombras más oscuras de las areolas y la sola visión hizo que quisiera gruñir. No era suficiente. Acercó su boca y se introdujo el pezón, tela de por medio, humedeciéndola y sintiendo cómo se adhería perfectamente a la forma de su pecho. El gemido de ella le llegó lejano, pero sintió sus manos enredándose en su pelo, apremiándole a seguir.

Cambió de pecho, trabajándose el otro del mismo modo. Ámber se arqueó, ofreciéndole mejor acceso y él se retiró, sin soltar sus caderas. Para observarla. Apoyada en la pared, jadeando arqueada. La camisa abierta y el sujetador blanco mostrando sus pechos prácticamente como si estuvieran desnudos. Su polla dio un brinco cuando la mano de ella pasó por encima de la cresta que formaba el pantalón.

La miró, arqueando una ceja. Los ojos de ella mostraban una emoción cruda, sin tapujos. Anhelo. Hambre…

Vaya vaya, Ámber… 

– ¿Cómo de mala sabes ser? -su voz sonó más ronca de lo que le habría gustado; sus manos incapaces de estarse quietas sobre sus caderas.

La lenta sonrisa que dibujó su expresión envió un ramalazo eléctrico a través de su espina, directo a sus huevos. La lluvia empezó a apretar, terminando de hacer el trabajo en la tela sobre sus pechos que él había comenzado con la lengua, pegando toda su ropa a la piel suave y blanca. Oh, sí, había cambiado…

Inspiró fuerte cuando las manos de ella fueron directas a los botones de su bragueta, soltándolos con habilidad. Y el aliento quedó retenido en su garganta cuando la observó arrodillarse frente a él. Escapando en un suave gemido al sentir la lengua cálida sobre su punta. Dios….

Enredó las manos en su melena, mirándola, dispuesto a disfrutar de sus atenciones. Suavemente, la dirigió hasta conseguir el ritmo adecuado, acariciando con las puntas de sus dedos el cuero cabelludo. El placer comenzó a extenderse por las hebras nerviosas a través de todo su cuerpo, haciendo que echara la cabeza hacia atrás y acelerando un poco los embates. Apretando los ojos, sintió cómo lo llevaba hasta el fondo, saliendo después tan lenta y apretadamente que resultó prácticamente doloroso. Sergio gimió y ella respondió con un eco del suyo que casi lo hace perderse.

Joder, espera… -su voz un fiero susurro, apartándola, dejando a su sexo pulsando en medio del aire fresco y sus piernas temblando levemente.

La miró desde arriba, su cara completamente mojada por la lluvia, y le pasó el  pulgar por sus labios. Quizá la había subestimado, pensó jadeando. Sexo oral casi en plena calle… no parecía ser el estilo de la antigua Ámber, pensó fascinado. Sonrió al pensar en lo que podría venir a continuación. Vas a tener premio, Ámber…

***************************

No podía decidirse entre la decepción porque Sergio la hubiera apartado antes de terminar en su boca o la euforia contenida por la promesa que ese propio acto encerraba en sí mismo. De que habría más.

Tener a Sergio temblando entre sus labios la había envuelto en sensaciones que jamás había tenido con otros chicos. No se hacía ilusiones, Sergio seguía siendo el mismo cabroncete de siempre. Pero ahora, en ese instante, estaba con ella y no pensaba desperdiciar el momento con sentimentalismos.

Su ropa interior estaba ya empapada, en cuanto él había gemido la primera vez gracias a sus atenciones no había podido evitar meter la mano bajo su falda y apartar la tela que cubría su sexo. Imaginando las embestidas en otro lugar de su cuerpo, las había imitado con sus dedos. Era jodidamente enorme…

Se incorporó hasta alcanzar toda su estatura, ambos jadeando frente a frente. Sergio terminó de desnudarla tan sumamente despacio que a ella le entraron ganas de gritar. Luego comprendió que les estaba dando a ambos un tiempo para recuperarse.

Lo observó buscar alrededor, la lluvia cayendo en una cortina suave pero continua. Estaban completamente empapados y aun así, sus cuerpos no estaban fríos.

La cogió de la mano y la llevó hasta un rincón donde había una especie de repisa elevada del suelo y amplia. Le pareció incluso tierno que buscara un lugar donde resguardarlos. Pero no se engañaba. Ni siquiera se había quitado sus pantalones.

La aupó de la cintura y la sentó en el borde de aquella repisa. Contempló con ojos hambrientos el espectáculo de su torso de músculos bien delineados y salpicados de tatuajes. Y pareció que la urgencia volvió a hacer presa de él, porque comenzó a lamerla, a recoger cada gota de la piel de su torso, desde el ombligo hasta sus pechos, mientras sus manos subían y bajaban por los laterales de su cuerpo. Ámber emitía pequeños gemidos cuando la lengua hacía rodar la bolita de metal sobre uno de sus pezones o se introducía en su ombligo.

Después bajó más, por su bajo vientre hasta alcanzar su sexo. A esas alturas estaba tan agitada que se mordía la lengua para evitar suplicar. No hizo falta. Un par de lametones la lanzaron al éxtasis, derrumbándose sobre los hombros de su amante.

– Joder, Ámber…. eres… pura dinamita -oyó que le decía él, su respiración completamente alterada. Mientras hurgaba algo en el bolsillo trasero de su pantalón, añadió:- ¿Me quieres dentro de ti?

– Sí – susurró ella sin pensarlo ni contenerse, al tiempo que comprendía que estaba enfundándose un preservativo. El canalla sabía la respuesta de antemano. Se preguntó si siempre llevaba condones encima. Oh, claro que sí…

– Eso está muy bien, pequeña -su voz rasgada por el deseo, mientras se terminaba de ajustar la protección-, porque yo también me muero por estar dentro de ti -murmuró entre besos.

Ámber se tumbó, dejándole espacio para subir. Y enseguida estuvo encima de ella, guiándose hacia su entrada. No pudo evitar arquearse como una gata en celo, en cuanto se tocaron. La punta roma y caliente, enorme, comenzó a hacer presión, entrando centímetro a centímetro, abriendo su carne.

Sergio empezó a desplegar su magia de nuevo en cuanto sus cadera estuvieron pegadas. Parecía tener las manos en todas partes y su boca y su lengua besaban  allá donde llegaban. Ámber sentía la condenada bolita de metal deslizarse por su piel y al condenado dueño, deslizarse en su interior. Pensaba aguantarle el ritmo estoicamente, hasta que se perdieran juntos. La sometió, enlazando los dedos de sus manos y subiéndolas por encima de sus cabezas. Por dios, agradecía la lluvia como agua de mayo, nunca mejor dicho.

Al cabo de un par de embestidas más, no pudo soportarlo; sintió sus paredes internas contraerse y él lo notó, porque modificó el ritmo, haciéndolo más pesado, aun sin disminuirlo. El orgasmo se extendió lento, pero potente, por su cuerpo, apretando la barra caliente que la penetraba. Lo escuchó gemir y al  mirarlo, descubrió una sonrisa insolente en su rostro. Le entraron ganas de borrársela de un golpe.

Pero no pudo, porque enseguida esos labios estuvieron sobre su pecho, su lengua haciendo rodar el piercing en su sensible cima, sin que Sergio perdiera el ritmo de sus embates.

Si acaso, lo aceleró. Notó su mano introducirse entre los cuerpos mojados -de sudor y de agua- y acariciar directamente su centro. Gritó. Como nunca lo hacía. Y de nuevo no pudo controlar la enorme ola de placer indecoroso que la atravesó como un terremoto con epicentro en su sexo. De la cabeza a los pies.

Y esta vez al parecer Sergio se perdió también, porque su expresión se volvió de agónico placer, antes de esconder el rostro en su cuello, donde sintió sus jadeos contenidos contra su piel, mezclándose con los de ella misma.

Se medio desplomó sobre ella, sin dejar nunca todo su peso muerto, y Ámber acarició su espalda con suavidad, deleitándose con el tacto. Con la fantasía de que Sergio Asselbörn era suyo.

Cuando las respiraciones de ambos hubieron recuperado su cadencia normal, él alzó la cabeza. La sonrisa lenta y perezosa hizo que el corazón de Ámber se saltara un latido. Se quedó contemplando ese rostro angelical. Y le devolvió la sonrisa…

– Muchas gracias, princesa -murmuró en un tono suave y meloso. De los que se pegaban al corazón. Ella iba a decir alguna tontería cuando él volvió a hablar:- Nos vemos en tus sueños.

Fin

 
 
(nota de la autora: Efectivamente, Sergio Asselbörn es el protagonista de ‘Terreno Prohibido‘)
Anuncios