novela romántica

Terreno Prohibido

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Hola, hola a tod@s. Ando desaparecida, aunque no tanto. Sigo escribiendo Terreno Prohibido, aunque a un ritmo muuuucho más lento que el de antes, y estoy, como muchos sabéis, en mi otro blog (Brianna’s World) y en las RRSS (Facebook, Twitter, Pinterest).

Dejé que publicar capítulos porque mi tiempo libre se vio drásticamente reducido y no podía seguir un ritmo que me complaciese ni complaciese a lectores (un capítulo de poco más de mil palabras cada seis meses no satisface a nadie, a mí la primera xD). Pero ahora empiezo a vislumbrar el final de la historia de Sergio y Lisbeth, y he pensado empezar a subirla a Wattpad, por comodidad de todos (lo-que-voy-a-echar-de-menos-este-blog). Hace tanto tiempo que quizá no recordéis de qué va:

Elizabeth Belloc lleva una vida normal. A pesar de su juventud, tiene las ideas claras y, aunque es una buena hija y una estudiante ejemplar, tiene su vena rebelde. Su debilidad es Sergio, el mejor amigo de su hermano mayor, de quien está secretamente enamorada y al que no duda en meter en algún que otro aprieto.

Sergio creció en una zona marginal, muy diferente del hogar de los Belloc. Criado en un burdel y rodeado de malas influencias, alguien supo tirar de él y hacer que no cayera en los mismos pozos que los chicos de su barrio. Su vida es tranquila, pero tiene un temperamento fuerte que sale a la superficie cuando meten el dedo en su herida más profunda y su odio más visceral: su padre.

Lisbeth y Sergio pertencen a mundos opuestos, pero no pueden dejar de estar juntos, no importa cuantas veces lo intenten. Porque lo que sienten uno por el otro no es fácil, pero tampoco débil.

Podéis empezar a leerla pinchando en la imagen de arriba o aquí. Os agradeceré toda difusión 😉

Aprovecho para informaros de que El chico de la eterna sonrisa ha volado hasta Amazon. Si tenéis Kindle Unlimited, podéis leerlo gratis, y ya sabéis, si os gustó, no dejéis de ponerle estrellitas y de compartirlo.

Y eso es todo, que no es poco, por el momento ^^

Dos vidas en una (II)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

Viene de aquí

Las siguientes semanas fueron difíciles. Una nueva rutina se había instaurado entre ellos. No habían vuelto a tocar el tema y Javi se comportaba de una forma que… le estaba volviendo loco. Había vuelto a los roces casuales, las miradas, las insinuaciones inconscientes, involuntarias. Incluso algún beso. Muy casto.

Alex lo entendía. No se terminaba de lanzar. No era que Javi necesitara empujones a la hora de ligar precisamente, pero eso era con las chicas, un terreno que pisaba frecuentemente, conocía y en donde se sentía como pez en el agua. Con él, sabía que su amigo andaba perdido. Alex tenía los nervios de punta y a menudo se encontraba buscando un minuto de soledad para respirar hondo y recobrar la compostura. No quería presionarle.

Una mañana de sábado estaba preparando café para desayunar antes de salir a correr. Todavía iba con el pijama y oyó los pasos de Javi entrando en la cocina. Al instante, lo tenía pegado a la espalda, abrazando su torso y dándole un pequeño beso en el cuello.

Alex se tensó.

—Buenos días —musitó Javi contra su espalda. — ¿Hay algo de café para mí?

Si no hablaban, o… lo-que-fuera, ya del tema acabaría explotando de una forma poco civilizada. Y su amigo no parecía estar muy dispuesto a tratar su encontronazo.

Apoyó las manos sobre la encimera y habló, sin girarse, en un tono cortante—: Sí, hay café para ti—, del que se arrepintió en el acto.

Javi había notado primero la tensión en los músculos de su espalda cuando había depositado el suave beso, aunque no era nada nuevo: ocurría últimamente cada vez que intentaba un acercamiento. Pero la voz de Alex al responderle hizo que deshiciera el abrazo y frunciera el ceño.

— ¿Qué te pasa?

Alex respiró hondo.

—No me pasa nada —respondió, girándose con la cafetera italiana ardiendo en la mano, haciendo que Javi diera dos pasos atrás mirándola como si fuera un arma.

—Joder, que no.

—Vamos a desayunar.

Alex dejó la cafetera en la mesa y continuó haciendo viajes, sacando tazas y cubiertos mecánicamente. Javi lo observaba en silencio, con el ceño fruncido. Puso tostadas para dos en la tostadora y sacó la mermelada y la mantequilla. Cuando todo estuvo dispuesto sobre la mesa, se sentaron a desayunar en silencio. Ambos se miraban a los los ojos, pero, al parecer, ninguno tenía intención de abrir la boca para otra cosa que no fuera comer.

Javi se arriesgó a pensar. Y pensó en aquello que no se había atrevido durante esos últimos días. Apuró la taza de café y la dejó sobre el plato. Habló sin levantar la vista.

— ¿No te gusta que… me acerque a ti? —Fue un murmullo apenas.

Alex no podía creer lo que estaba oyendo. Se levantó de la silla y empezó a recoger la mesa con inusitada rapidez y eficacia. Joder, era imposible que Javi estuviera preguntando aquello en serio y, si no fuera porque se recordaba asiduamente que debía concederle tiempo y espacio, le habría demostrado en aquel momento lo que le gustaba que se acercara a él. Era increíble que su amigo estuviera tan ciego y el simple pensamiento, la sencilla pregunta, lo sumía más en la desesperación. ¿Qué debía hacer? ¿Dejar salir todo lo que llevaba dentro sin ningún tipo de filtro, sin importar las consecuencias? No. Javi no estaba preparado para eso. ¿Por qué, maldito fuera, era tan inseguro con él? Nunca lo habría imaginado comportándose así con una tía. Se pasó la mano por la cabeza, alborotando el pelo. Luego se giró. Javi lo miraba de pie, junto a la silla.

Suspiró.

—Sí que me gusta que te acerques a mí —murmuró bajito y volvió a girarse para empezar a fregar cacharros.

De repente, lo sintió de nuevo a su espalda y la taza que tenía entre manos resbaló, rompiéndose en mil pedazos. De un pequeño corte en el dorso de la mano comenzó a manar sangre.

—  ¡Joder, Javi! —espetó llevándose la mano a la boca para chuparla.

—Lo  siento.

—No puedes hacer esto —exclamó Alex encarándolo de nuevo.

Ambos se miraban a los ojos. ¿Esto… el qué? ¿De qué estaban hablando? ¿De una taza rota? Todas las palabras no dichas quedaban suspendidas entre ellos, conectadas por sus miradas que iban más allá de lo físico. No importaban las tazas rotas, ni los acercamientos súbitos. Importaban las miradas, las insinuaciones y los roces.

Las erecciones.

Las cosas que quedaban encerradas en cada uno de ellos.

—No puedes buscarme de esa forma…

—Yo no te busco.

—… y luego no hacer nada.

Javi lo miró dolido.

—Eres un creído, imbécil. Yo no…

Alex lo cogió de los hombros y estiró los brazos para alejarlo un poco, porque, mierda, necesitaba espacio.

—Lo haces, Javi. Me buscas. —Hablaba con voz algo más dura de lo que pretendía, pero empezaba a estar al límite. —Me observas cuando me cambio de ropa, te he visto mirándome cuando me estoy duchando…  —El ceño de Javi era cada vez más profundo y su mirada pregonaba tormenta. — ¿Te  pone duro? No lo niegues. A mí sí. No soy de piedra, joder. A veces me miras como si fueras a saltar sobre mí y lo único que haces es… rozarme con el brazo o darme un beso en el hombro. ¿Pretendes volverme loco? —Bien, ahí estaba la explosión. Más o menos.— ¡Joder…!

Soltó sus hombros e intentó apartarse de Javi, pero éste lo agarró del cuello de la camiseta, respirando tan agitadamente que podía ver cómo las aletas de su nariz se movían. Quizá había traspasado el límite. Esperó el puñetazo. Pero no lo que vino.

Javi se lanzó a su boca. Mierda, llevaba semanas deseando hacerlo sin dar el paso. ¿Por qué? No tenía ninguna jodida idea. El miedo al rechazo era sólo una pequeña parte que, además, sabía, era incoherente: Alex lo deseaba. Pero él no era gay. Ahí estaba la verdadera razón por la que no daba el paso.

No podía ser homosexual.

La angustia que lo consumía cada vez que pensaba en ello se disolvió entre lenguas húmedas y tirones de pelo. Alex pegó sus caderas a las suyas y el aliento se le escapó de golpe al notarlos a ambos tan duros como el acero.

—Joder, Javi —gruñó Alex contra su boca, volviendo a besarle con fruición y cogiéndole por las caderas.

Aquello se iba a ir de madre. Dios, cómo lo deseaba.

Pero no.

Separó su boca de la de Alex y se escondió en su cuello jadeando como un bellaco y arrugando la camiseta de su amigo en sus puños apretados.

—Yo no soy gay —susurró muy bajito. Pero sintió la tensión en el cuerpo de Alex al instante y se mordió la lengua por capullo.

Notó como su amigo intentó zafarse de su abrazo, pero él se ciñó más, tratando de impedirlo. Era inútil. Alex estaba muy enfadado y no le faltaba la razón.

Bien. Ve a buscarte una tía, a ver si encuentras lo que quieres —espetó en un tono frío como el hielo en cuanto logró separarse de él. —Yo me largo a correr un rato. —Comenzó a caminar hacia la puerta de la cocina y, antes de salir, se giró un momento y habló con voz dura—: No vuelvas a buscarme a no ser que lo tengas claro.

Y desapareció por el umbral, dejándolo sumido en un estado de angustia y estupor denso como la niebla de Londres.

♦♦♦♦

Alex corría como si se lo llevasen los demonios. En cierto modo, así era. ¿Por qué diablos le has dicho eso? Desconocía si la furia que destilaba por cada poro de su piel iba dirigida a su amigo o hacia sí mismo, pero sabía que era lo que le espoleaba a correr como un maníaco. Sus pensamientos se encadenaban en su cabeza a la misma velocidad. Te habías prometido que le darías espacio, que tendrías paciencia, que serías comprensivo y le ayudarías.

La teoría era perfecta, pensó parando en una esquina a recuperar el aliento, porque era eso o sacar el hígado por la boca. Sin embargo, llevarla a cabo con la actitud que mantenía últimamente Javi era difícil, duro, complejo… imposible. Hacía tiempo que lo deseaba en las sombras, sin ningún tipo de ilusión, pero… después de aquella noche en que su compañero de piso se había lanzado a su cuello y él había terminado arrodillado con su polla en la bioca… No lo negaba: había albergado esperanzas.

Volvió a casa caminando, al tiempo que el abatimiento se iba haciendo hueco en él. No era que Javi se atreviera o no a dar el paso. La cuestión se centraba, se había dado cuenta, en si quería darlo. El último comentario le había herido, no podía negarlo. No porque se sintiera insultado o algo parecido, hacía tiempo que estaba más allá de eso. Le hería porque su amigo renegaba de aquello que les permitía estar juntos. Se resistía a ello. No quería estar con él, aunque todos sus instintos se rebelaran contra esa idea. Javi no se reconciliaba con el hecho de que le deseaba porque, en el fondo…, no quería desearlo.

Déjate de pamplinas. Dale tiempo u olvídalo, no te restriegues en el fango. 

Llegó a casa mucho más calmado, decidido a dejar pasar más tiempo, pero también a intentar hablar con Javi del asunto. Estaba condenadamente seguro de que él no lo estaría pasando bien tampoco.

Cogió ropa limpia del armario sumido en sus pensamientos, y se dirigió al cuarto de aseo. El chorro de agua caliente relajó sus músculos y calmó el frío  de febrero. Se enjabonó la cabeza pensando en el momento del desayuno una vez más. Le fastidiaba y mucho lo  que Javi hacía: tirar la piedra y esconder la mano. Por muy inconscientemente que fuera. No eran ningunos críos, él quería más y sabía que Javi también. Prueba de ello era el beso que se habían dado después y cómo les había puesto el simple roce. También sabía que lo que había dicho luego, “yo no soy gay”, era simple y llanamente la respuesta a la doctrina familiar. Debía agarrarse a eso  en lugar de pensar que era lo que Javi realmente sentía.

Se enjuagó el pelo y el roce de otro cuerpo le sobresaltó. Enseguida quiso  girarse, pero se lo impidieron, y al instante siguiente tuvo todo un cuerpo, piel con piel, pegado a su espalda. Sabía quién era.

Javi.

Joder.

Se le aceleró el pulso. No sabía qué pretendía su amigo ni cómo actuar. Si se lanzaba de lleno era posible que Javi se echara para atrás. Y, por todos los infiernos, estaba completamente desnudo contra él. Su sexo, que había estado semierecto debido a sus pensamientos y el agua caliente, cobró vida al instante. Las manos de Javi se pasearon por toda su anatomía sin ningún tipo de pudor, encendiéndolo, y sintió cómo encajaba su polla entre sus nalgas. Un jadeo escapó de su boca cuando los labios suaves y ardientes de su amigo besaron su nuca. Intentó girarse de nuevo, quería besarlo él también.

No rogó Javi, así… por favor…

¡Dios…!

Vinieron más forcejeos infructuosos que desencadenaron el balanceo de caderas de su amigo tras él. Podría llegar a correrse sólo así, sólo sintiendo cómo Javi se daba placer con su cuerpo. Estaba tan duro como él. Los jadeos de ambos llenaron el espacio y el chorro del agua los mojaba, ahora a uno, ahora al otro, conforme se movían. De repente, su mente hizo clic y por fin entendió lo que Javi necesitaba: quería su rendición; que estuviera quieto y se dejara hacer. Suspiró hondo y se relajó, aceptando, nervioso, la petición silenciosa de su amigo. Javi le apoyó las manos contra los azulejos de la pared, mientras seguía besándole y lamiéndole la espalda, y luego bajó sus manos a su torso, abrazándolo, pegándolo más a él. Alex no podía estarse quieto por más tiempo, echó las caderas hacia atrás, incitándolo, y fue premiado con un gemido que Javi no se preocupó por esconder.

Lo volvía loco. Ser testigo de Javi tomando la iniciativa era algo que le emocionaba muy hondo. Sucumbió a la necesidad de acariciarse y bajó una mano hasta su sexo, pero enseguida la de Javi la apartó y sustituyó. Los gemidos de ambos llenaron el espacio. Alex no sabía qué terreno pisaba, pero dejó de preocuparle en cuanto las sensaciones empezaron a desparramarse por sus terminaciones nerviosas, arrasando con cualquier pensamiento cuerdo. El placer ya se estaba enroscando cual serpiente en sus entrañas, tan cerca… y tan concentrado él en balancear sus caderas ahora contra su mano, ahora contra la polla de Javi, que la sorpresa fue mayúscula cuando lo que notó fue la punta de su amigo haciendo presión para entrar en él.

¡¡¿Qué??!

Se detuvo en seco y forcejeó de nuevo para darse la vuelta y, al menos, que Javi le mirara a la cara, pero era inútil. Un huracán de pensamientos embotó su mente y la punta de Javi le dilató. Jadeos y gruñidos leves brotaban de las gargantas de ambos, preñando el silencio del momento con sonidos de sexo,  un intercambio no verbal. ¿Sabes lo que te haces, Javi? Estaba nervioso e intentó un nuevo e infructuoso acercamiento a su amigo. Supo que era el momento de decir no, si era lo que quería. Sintió, entonces, la mano de Javi moviéndose de nuevo, despacio, en muda súplica, sobre su polla. Se escapó un jadeo de su garganta traidora. Aquel momento, suspendido en el tiempo, no duró más que unos segundos. Lo que Javi le hacía, le torturaba y le volvía loco al mismo tiempo.

La locura pudo más.

Echó una mano hacia atrás y presionó sobre el glúteo de su amigo, instándole a seguir y relajándose, aunque sin poder evitar apretar los dientes, intuyendo lo que venía.

Gruñó y golpeó con el puño los azulejos cuando Javi le penetró hasta el fondo sin dejar de acariciarle. Notó cómo apoyaba la frente en su espalda y luego se dejaba ir en sinuosas embestidas. Alex afianzó su postura y gruñó, las mandíbulas apretadas, con cada acometida de su amigo. Ninguno aguantó demasiado. En cuanto sintió que Javi se corría en su interior entre contenidos gemidos, él tampoco pudo reprimir el orgasmo y eyaculó con fuerza contra la pared mojada.

♦♦♦♦

La casa estaba en silencio. No sabía por cuanto tiempo había permanecido absorto bajo el chorro de agua caliente después de que Javi saliera a trompicones de la ducha y del cuarto de baño, huyendo.

Tampoco sabía si reír o llorar.

Cuando salió del estupor en el que se había sumergido, se había secado y vestido con un pantalón de chándal de algodón gris y una sudadera oscura. Miró la hora y supo que había estado en la ducha solo al menos media hora más. No sabía si Javi continuaba por allí. Fue a su cuarto y lo encontró sentado en el borde de su cama, con la mirada perdida y la cabeza apoyada en las manos.

La puerta estaba abierta de par en par, así que supuso que no le importaba si entraba. No pretendía echarle nada en cara; conociendo a Javi, probablemente se sentiría mal. Pero creía que merecía una explicación. O, al menos, pensaba que necesitaban hablar. Quizá debería haberlo obligado a ello hacía tiempo.

Javi sólo desvió la mirada hacia él durante un instante. Luego volvió a su ensimismamiento.

Ah, no.

— ¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó sin rodeos aunque intentando suavizar el tono.

Javi tardó un poco en responder, y lo hizo en voz baja y sin mirarle.

—Creo que está bastante claro…

Su voz sonaba empapada de culpabilidad y arrepentimiento. Alex no sabía qué decir, porque no pensaba calzarse él el papel de responsable de lo sucedido. Javi era mayorcito.

— ¿Sueles hacerlo así?

La pregunta le sorprendió, pero no hizo como si no supiera de lo que hablaba: ¿sueles hacerlo “así”? ¿Sueles ser pasivo?

Estaba bien que fueran al grano. Javi sentía curiosidad.

—No. —Tras unos instantes, aclaró—: Pero no era virgen.

Vio como Javi asentía levemente y se pasaba ambas manos por la cabeza, nervioso.

—Lo siento —musitó.

— ¿Qué sientes? —preguntó Alex, cruzándose de brazos y apoyando un hombro en la pared. Quería ayudarlo, de verdad que quería, pero parecía que a Javi se le atascaban las palabras y él no sabía qué hacer para que la cosa fluyera.

También había algo en su interior que, instintivamente, le hacía querer mantener las distancias. Mostrarse algo frío. Lo último que le había dicho Javi antes de abalanzarse sobre él en la ducha era que “él no era gay”.

—Esta mañana me has dicho que yo te buscaba, pero que no terminaba de hacer nada. Tienes razón. Lo hago… pero no quiero hacerlo —Alex apretó la mandíbula y Javi inspiró hondo. —Esto es… —hizo un gesto con las manos— completamente desconocido para mí. Además de que, por educación, me está prohibido. —Hizo una pausa. —Por eso lo ignoro, pero siempre termina explotándome en las manos. Como aquel viernes que volviste de juerga y te acorralé en la entrada de casa —alzó la vista para mirar a Alex un instante, pero enseguida volvió a bajarla al suelo. Y luego musitó—: Llevo dos semanas masturbándome pensando en ti, en aquella noche. No me atrevo a hacer otra cosa, aunque lo desee. No puedo lanzarme… lanzarme a la piscina del todo, porque eso sería reconocerlo y… creo que no puedo… aún…

Alex sintió lástima y quiso decirle que él también se había acariciado pensando en aquello. En lugar de eso, le dijo, muy bajito:

—Pero antes te has lanzado. De lleno.

Javi cerró los ojos. Todavía no sabía qué clase de demonio le había poseído para haber hecho aquello. Le avergonzaba terriblemente aunque, joder, lo había disfrutado. Mucho. Pero no era aquel su deseo más oscuro y lo que de verdad le avergonzaba eran la forma y el motivo.

La comisura de su boca se alzó en una media sonrisa sarcástica y llena de auto desprecio.

—Sí, ya lo sé.

A su amigo no le pasaba desapercibida la expresión de hastío. Su enfado disminuyó un poco.

—No es… nada malo. —Le parecía increíble estar diciendo algo así, él, que jamás se había justificado ante nadie ni había dado una maldita explicación sobre su modo de vida.

“Es malo cuando el motivo es tan retorcido”, pensó Javi. ¿Cómo se lo podía explicar? No sabía otra forma que siendo directo. Aun así, las palabras se le agriaban en la boca.

—No lo entiendes.

—Explícamelo.

Javi negó levemente con la cabeza y, un instante después, le dejó con la boca abierta.

—Siento lo que he hecho antes. Creí que haciendo eso, en lugar de lo que…  joder…, lo que de verdad quiero…, me sentiría… Necesitaba sentirme más… hombre  —musitó al final, con la voz rota y avergonzada. Tragó con dificultad y alzó la cabeza para mirar a  Alex. —Soy un idiota.

Alex apretó la mandíbula, esta vez para que no le cayera desparramada hasta el suelo. “Lo que de verdad quiero”. En medio de aquella sarta de estupideces no le había pasado desapercibida aquella puntilla. “Quiere que me lo tire. Yo a él“, pensó con el corazón disparado. También cayó en la cuenta de lo irónico que resultaba el comentario de su mejor amigo. Irónico e hiriente, si no fuera porque hacía tiempo que le resbalaban aquellas cosas. Sin embargo, viniendo de él…

Aunque asqueado, tuvo que preguntarlo.

— ¿Piensas que yo soy menos hombre por lo que he dejado que me hagas antes?

—No —respondió antes casi de que terminara de realizar la pregunta. —No, maldita sea, no… Mira, Alex, yo tengo mucha basura aquí —hizo un gesto tocándose la sien con dos dedos—, sabes de dónde vengo, conoces a mis padres y estoy seguro de que imaginas sus ideas sobre… esto. Antes de sentirte insultado, ponte un poco en mi lugar. —Se levantó, aunque no se atrevió a dar un paso hacia él. Cambió el peso entre los pies, nervioso, al ver que su amigo fruncía el ceño—. Por favor —musitó.

Alex apartó la vista. Le dolía ver a Javi así, pero por norma general, mandaba a los homófobos muy muy lejos. A la mierda, concretamente. Se dio cuenta de que no podía hacer eso con él. No quería.

Recordó la forma más o menos natural en que se dio cuenta de sus gustos sexuales. Aunque causó impacto en su familia, en ningún momento se sintió rechazado por la gente que quería. Debía ser duro para Javi. Más que lo fue para él.

— ¿Cuándo te diste cuenta de que… te gustaban los hombres? —preguntó, volviendo a mirarle.

—Hace poco. Muy poco.

— ¿Conmigo? — se atrevió a preguntar Alex.

—Sí. —Como el silencio se alargó, se obligó a explicarse un poco más—: Cuando te vi en aquella discoteca, con… aquel tío.

Alex asintió, recordando.

—Eres valiente —reconoció, pues se había lanzado más pronto que tarde a por él.

—No. No lo soy. En absoluto. La forma en que antes he… —negó con la cabeza, impotente.

—Olvida ya eso —resopló Alex. No lo decía en serio, por supuesto. Pero ambos necesitaban un respiro.

—Lo dirás de broma, ¿no?  Ha sido mi primera vez…

—Con un tío…

—Con un tío —aceptó.

Alex dudó un poco antes de preguntar. No lo habría reconocido jamás, pero le imponía la respuesta de Javi.

— ¿Cómo te has sentido?

Su amigo tardó algo en responder.

—Bien —musitó. —Muy bien. Creo que yo mejor que tú —insinuó alzando una ceja.

Alex alzó las dos y una media sonrisa se dibujó en su cara.

—No te creas. Aunque es posible que no me pueda sentar en bastante tiempo. —Luego volvió a ponerse serio—. Javi, me ha jodido mucho más que no hablaras conmigo que el… dolor físico, te lo aseguro.

Javi asintió, comprendiendo.

—No sabía… no sabía cómo acercarme a ti. Creo que se notaba todo este tiempo y al final, esta mañana, estabas enfadado… y con razón…

—No quería presionarte. Quizá debí tomar yo la iniciativa, pero… no quería empujarte a nada para lo que no estuvieras preparado.

Javi volvió a asentir. Luego apartó la mirada. Le costaba hablar de todo esto. Entonces, por supuesto, le costaría ir más allá.

—No sé si alguna vez estaré preparado para lo que… lo que quiero que me hagas —terminó la frase rápido y bajito.

Pero Alex le había oído. Oh, sí le había oído. Su sexo dio un respingo en sus pantalones, dando fe de ello y proclamando que él sí estaba preparado.

Sin embargo…

—Ya habrá tiempo para eso.

A Javi se le secó la boca ante el tono lleno de promesas, aunque parecía totalmente inconsciente, de Alex. Sin querer, bajó la mirada hasta el bulto que se le había formado entre las piernas y tragó saliva, apartando la mirada. Su propia entrepierna cobró vida ante el estímulo visual.

Y allí estaban los dos, de pie y empalmados, como dos bobalicones.

Alex sonrió con sarcasmo.

—No apartes la mirada. Mucho me temo que no va a ser la última situación incómoda que vivamos.

Javi también sonrió, agradecido de que Alex salvara el momento con la risa.

—Oh, sí, ya lo estoy viendo.

Ambos estallaron en carcajadas, el ambiente algo más distendido.

(sigue)

Un chico para Mary (I)

Un estremecimiento de anticipación la recorrió de arriba abajo, como siempre ocurría, dejándole cada fibra de su ser sensible y electrizada. Respiró hondo y atravesó decidida las telas que le separaban del escenario, caminando con toda la determinación que aquellos tacones le permitían. Al llegar a la barra, se agarró a ella y giró con un movimiento estilizado y sensual, comenzando a moverse según la coreografía ensayada.

Hacía tiempo que había aprendido la técnica para no sentirse intimidada cuando trabajaba. No era extrovertida por naturaleza, por lo que subirse a un escenario para quitarse la ropa al ritmo de una canción mientras cientos de ojos se posaban sobre su cuerpo desnudo había supuesto un problema al principio. Pero no tenía otro remedio. Así que lograba abstraerse centrándose en la música y evitando mirar directamente a nadie. La sala estaba en semipenumbra, un montón de lamparitas de luz tenue esparcidas como luciérnagas en la noche, por tanto no le resultaba complicado no ver lo que no quería. Un foco enorme desparramaba luz por su piel descubierta, fabricando ilusiones de sombras que se movían sobre ella al son de la canción. Los movimientos eran sensuales, pero estudiados. Sabía lo que gustaba y lo ejecutaba con precisión, aunque sin que pareciera forzado en absoluto. Sonreía. Parpadeaba, abanicando con sus largas pestañas. Insinuaba antes de desprenderse de una prenda, creando expectación. Recibía los halagos de los hombres con un guiño de ojos o un movimiento especial dedicado, como ella los llamaba.

Sabía hacer bien su trabajo y sabía lo que esos desconocidos veían. Un rostro juvenil, inocente, de ojos azules y labios carnosos enmarcado por una melena rubia. Y un cuerpo de vicio. Conocía el efecto que surtía la mezcla de inocencia y pecado que ella ofrecía. Y lo utilizaba. Lo que ganaba bailando en el club le permitía, junto con lo que ganaba su madre, vivir sin aprietos. Estaba cansada de contar cada céntimo que gastaba y de ver a su madre marchitarse desgañitándose para sacarlas adelante. Hacía un tiempo que las cosas habían cambiado, claro que su madre no sabía exactamente en qué trabajaba ella.

No estaba orgullosa. De cómo se ganaba la vida y, en los últimos tiempos, del resto de los aspectos de su existencia. Hasta no hacía mucho, estaba convencida de que lograría salir del agujero en que vivía y ser una mujer normal. Con un trabajo que le gustara —había estado estudiando para ello— y un chico a su lado que la quisiera. Pero ese chico, uno con el que compartía una larga historia, había comenzado una relación con otra persona y ella había perdido, en cierto sentido, el norte. La parte racional de su mente tenía claro que, en realidad, nunca había habido otra cosa que amistad y sexo entre ellos. Era esa otra parte de ella la que, rebelde, había esperado más. Le costaba admitirlo, pero le había afectado. Su autoestima había caído en picado. Era posible que su trabajo, el que de verdad se le daba bien, fuera bailar en un club de estriptis, por muy exclusivo que fuera. Era posible que no hubiera chicos para ella.

Echó una última mirada melancólica al extremo de la barra donde siempre la había esperado Sergio antes de concentrarse de lleno en el espectáculo, una sonrisa incitadora brillando en su rostro.

Leo estaba en el extremo de la barra más alejado del escenario, tomándose una cerveza fría. Había tenido un día de perros. Reunión tras reunión se habían sucedido las horas y no fue hasta que llegó por la noche a casa y se despojó del traje y la corbata que no respiró de verdad. Y eso que no tenía demasiados superiores en la empresa. Pero que uno de ellos fuera tu (tiránico) padre era peor que una condena. Se había colocado unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón blanco estampada con un dibujo desteñido y se había dirigido directo al club.

Quizá no hubiera recibido cariño paterno en su vida, pero sí dinero a mansalva. Y parte de él, lo había empleado hacía algunos meses en la compra del distinguido local conocido como Cocoon Paradise. Probablemente no había sido la mejor inversión, pero era rentable. Y le entretenía.

Eso lo había descubierto hacía varias semanas, cuando había decidido pasarse por el sitio en cuestión para ver qué era lo que había adquirido. Por norma general, no era asiduo de ese tipo de clubs, aunque sí que conocía un par de ellos. Siempre había tenido buena cabeza para los negocios, pensaba convertir el suyo en el mejor y para eso tenía que conocerlo.

La primera noche había llegado a mitad de la velada. Se sentó en una mesita iluminada con una luz tenue procedente de una lamparita y observó desde la oscuridad. En el escenario se sucedieron las bailarinas, todas ellas bonitas, algunas de rasgos exóticos. Morenas, pelirrojas, rubias y cobrizas. De edades entre los veinte y los cuarenta, todas con cuerpos para el pecado ejecutando danzas exuberantes que hipnotizaban a los parroquianos. El espectáculo de piel desnuda lo satisfizo y, cuando ya estaba tocando la noche a su fin, apareció ella.

Mary. Una rubia de grandes ojos azules y unos veinte años. Su miembro, que había permanecido semierecto durante todo el espectáculo, cobró vida al instante cuando la vio. La expresión inocente en el rostro contrastaba con un cuerpo que invitaba a placeres oscuros, el blanco y el negro. El ángel caído. La mezcla amenazaba con hacerle perder la compostura. No era el único, comprobó aquella noche. En algunas mesitas cercanas, los hombres, maridos correctos, afectuosos padres de familia, se acariciaban por debajo del mantel. Sin saber exactamente por qué —todavía—, aquel gesto le hizo querer gruñir. Todos parecían soñar con lo mismo. Pero aquel no era un local de prostitución y, si alguna de las chicas optaba por ese negocio, era de puertas hacia fuera.

Bebió un trago de cerveza fría, sonriendo al rememorar aquella primera noche. No fue la última. Leo averiguó sus turnos y acudió puntual a sus citas con Mary. Noche tras noche, terminaba sus horas en su club, por negocios, se decía. Conoció a muchos de sus empleados, a varias de las chicas, a todos los camareros y seguratas, pero Mary era reservada. No solía alternar con los clientes, ni siquiera con sus compañeros. Aunque, había observado, a veces se tomaba una copa al finalizar su show, cuando ya no quedaba casi nadie por allí.

El que ella evitara cualquier contacto le resultaba algo frustrante, debía reconocerlo. Y le atraía como un poderoso imán al mismo tiempo. La hacía misteriosa y él se descubría algunas veces imaginando sus secretos. Quería conocerlos. Se había convertido en una especie de objetivo personal. Y la fuerza del imán se había vuelto más intensa en los últimos días, cuando la habitual picardía de sus ojos había desaparecido, dejando paso a algo similar a la… melancolía. Estaba seguro que nadie excepto él se había percatado y sintió cierta preocupación al respecto: estaba siendo condenadamente observador con ella. Pero ese cambio sutil acicateaba su curiosidad como la de un crío de dos años. Esa noche iba a tentar a la suerte, despidiendo a todos y esperándola, pensó mientras la contemplaba absorto bailando en el escenario.

Desnudándose. Sensualidad irradiando por cada uno de los poros de su piel y estrellándose contra los de él, que la absorbían ávidos. Mary era puro fuego, puro deseo encerrado en un cuerpo voluptuoso que constreñía las entrañas de cada uno de los espectadores, incluido él. La ropa interior de negro encaje transparente invitaba a acercarse para ver lo que escondía debajo, y a su vez dejaba kilómetros de piel a la vista que se antojaba suave al tacto. Leo quería tocarla, acariciarla con las manos. Con la lengua. Su sexo pulsó bajo la bragueta cuando ella se deshizo del sujetador con un movimiento lento, arrastrando la tela por sus pechos. Eran perfectos, pero él ya los había visto antes. Y no se cansaba. Empuñó el botellín de cerveza dando dos tragos largos del frío líquido. Necesitaba refrescarse, pensó con ironía. Era el efecto que Mary tenía en él, más que el resto de bailarinas. Ardía. Literalmente, el calor invadía su cuerpo hasta la última célula, la hoguera más grande prendida en sus genitales. Mary daba vueltas a la barra como si ésta fuera su apoyo desde hacía años, en íntima confianza, contoneaba sus caderas, movía sus hombros y Leo absorbía fascinado cada balanceo de ella. No quería, pero su mente le jugaba malas pasadas disparándole imágenes de ella moviéndose como una bendición sobre él. Era un maldito pretencioso. Por lo que sabía, ella era una bailarina. Punto. No es que él quisiera pagarle…—nunca lo había hecho por placer—, pero se sorprendía preguntándose si por tenerla a ella cruzaría la invisible barrera.

Menudo insulto. Se dio una colleja mental. No iba a degradarlos a eso. Que las cosas siguieran su curso. Nunca había sido un capullo con las mujeres.

♠♠♠♠

Cuando salió a la estancia, todo estaba a oscuras ya. El último par de clientes abandonaba el local con paso inseguro y conversación animada con el jefe de camareros, que los acompañaba amablemente hacia la puerta. No vio a Will, el camarero de origen cubano y su amigo, por ninguna parte, pero se sentó a la barra igualmente a esperarlo. Se tomaría una tónica con él y charlarían de cosas triviales, como solían hacer mientras él recogía la barra.

−¿Qué desea tomar, señorita?

Mary alzó la vista, sin saber si estaba más sorprendida por el tono con que aquel tipo había pronunciado la palabra “señorita” o por su mera presencia, de la que no se había percatado antes. Sin embargo, la miraba expectante con una sonrisa amable en el rostro, así que respondió.

−Una… tónica.  Schweppes, por favor…

−Claro −respondió el tipo, girándose. Ella se quedó contemplando su espalda, de hombros anchos y fuertes; aunque la camiseta blanca que llevaba no fuera de las estrechas, la parte superior se ajustaba bastante a su cuerpo. ¿Quién era? No lo había visto antes por allí. No acostumbraba a alternar con clientes del local, pero él estaba cómodo tras la barra, así que pensó que podría tratarse de algún nuevo camarero. Aunque ni por asomo con la misma destreza que Will, pensó divertida.

Se giró y le sirvió la tónica, disparándole una mirada que a ella le robó el aliento. Por lo salvaje. Pero ese punto enseguida desapareció de los ojos negros como pozas y ella pensó si se lo habría imaginado.

−¿Eres nuevo?− preguntó sin ambages.

−Podría decirse que sí.

−Mmm… −asintió−, chico misterioso.

−No más que tú…

Sus miradas se conectaron durante unos segundos, intentando ir más allá de sus iris, más… adentro del otro.  Ella cogió el vaso y bebió. Había algo que… le atraía de aquel chico, la forma en que la miraba no era como la del resto de hombres, pensó mientras dejaba que el líquido transparente se deslizara por su garganta, notando las burbujas refrescantes… y otra cosa más. Miró el vaso extrañada y frunció el ceño.

−Eh, ¿quién eres tú y por qué quieres emborracharme?

Leo tuvo que sonreír. Se había quedado hipnotizado contemplando el movimiento de los músculos de su cuello al tragar, sus labios llenos apoyados con delicadeza en el borde del vaso. Quería morderle. Pero Mary estaba a la defensiva…

−Soy Leonardo Llach y no quiero emborracharte. Sólo invitarte a una copa. Te voy a acompañar −apuntó mientras se servía otro vaso con un líquido ambarino que olía a muchos más grados de alcohol que el suyo. Su sonrisa fue, por fin, correspondida  por la de ella.

♠♠♠♠

−No me puedo fiar de vosotros −rió ella al cabo del rato, apoyando la mano en su muslo y dejando una huella caliente aun con la tela vaquera de por medio.

No estaba ebria, pero el licor había hecho bien su trabajo, relajándola hasta el punto de permitirse reír. Estaban sentados juntos, en dos taburetes de la barra, charlando animadamente. Había intentado acercarse a ella, saber más, pero Mary esquivaba hábilmente sus insinuaciones. Alguien le había hecho daño no hacía mucho, de eso estaba seguro.

−Puedes fiarte de mí −una mentira susurrada, sólo porque la intención de traspasar sus barreras y conocer sus secretos se estaba convirtiendo en una necesidad.

Ella le miró a los ojos, por encima de la copa mientras bebía. Parecía estar calibrando la veracidad de su afirmación y Leo hizo todo lo posible porque su expresión pareciera sincera.

Quería follársela.

Así que probablemente no debería fiarse de él, a menos que buscaran lo mismo.  Pero hubo de reconocer que había algo más allá del simple sexo que tiraba de él, ese sutil cambio en su mirada de las últimas semanas…

Mary rió, una risa limpia y cristalina, despojada de cualquier deje teatral, muy diferente de las risas que le había dedicado al principio de la noche, que a él le calentó las entrañas. Estuvo a punto de gemir contra su propio vaso.

−¿Qué quieres de  mí? −preguntó, juguetona.

Ahora sí que no mintió.

−Quiero que bailes para mí, Mary… −La miró sin tapujos, y añadió susurrando−: Sólo para mí…

Terreno Prohibido

Buenas noches gente!

Después de unos días muy intensos de trabajo (y que no falte, con la que está cayendo) ya estoy de nuevo por estos lares. Espero tener ahora un poco más de tiempo para escribir. Tengo varias ideas y proyectos en mente, os iré contando. Hoy quería comentaros que comienzo nuevo relato y os voy a dejar un pequeño avance (uff, nunca he hecho esto…) para ir abriendo boca. El género sigue siendo Romántica Adulta (I’m sorry, no puedo evitarlo!). A ver si os gusta…

[…] Tenía los nervios tan crispados que parecían crepitar sobre su piel, erizándole el vello. Iba a cometer alguna estupidez, estaba seguro. Su padre tenía esa peculiar influencia en él. Necesitaba desfogarse y sabía que dar cien puñetazos contra la pared no le serviría más que para desollarse los nudillos. Pensó en volver a las andadas. Ponerse ciego de lo primero que pillara. Sabía dónde buscar, quiénes le proporcionarían el mejor polvo blanco, el que le haría olvidar. Se puso a temblar. Le aterraba la idea, pero necesitaba hacer algo.

Entonces pensó en ella. Sin detenerse mucho a meditar lo que hacía, sacó su móvil y marcó el número. Sabía que no era justo. Para ninguno de los dos. Hacía más de un mes que no se veían. Descolgaron y escuchó un “¿Sí?” al otro lado de la línea. ¿Qué podía decirle? “Te necesito” sonaba tan desesperado como él se encontraba, pero no quería que notara lo voluble de su estado de ánimo. “¿Sergio?”. Dí algo, capullo. 

A Elisabeth le dio un vuelco el corazón cuando comprobó la identidad de la llamada. Respondió, nerviosa, levantándose del banco en el que estaba sentada y alejándose unos metros de sus amigas para tener privacidad. El silenció que se extendió a continuación no debió de durar más que unos segundos, suficientes para ponerla más nerviosa. Lo llamó por su nombre.

– Necesito verte – dijo Sergio a través del aparato. No fue esa feliz declaración lo que la conmovió, sino otra cosa, algo más profundo y sentido que notó en el timbre de su voz. Algo que hacía que quisiera correr a abrazarlo.

– Claro – respondió, sin vacilar. Arriesgándose. – ¿Dónde quieres que nos veamos?

– ¿Dónde estás ahora?

– En la plaza del Sacre Coeur.

– Vale. Quédate ahí. Ahora voy a buscarte. – Y colgó. Sin dar pie a preguntas. […]

A ver si luego puedo encajarlo bien en la historia, porque sólo tengo trozos sueltos escritos… XD

Espero veros y leeros mucho por aquí.

Felices Sueños…

B. Wild