relatos gothic

Amy en mi corazón…

(clic para música)

Estás plantado como un árbol muerto, inmóvil, inanimado. Tus ojos sin vida clavados en el sol de poniente, que con tenue luz acaricia tu piel blanca. La criatura vive con cada rayo que se pone, echa de menos la oscuridad. La amas y no importa nada más. La luz quema tus retinas, tus entrañas, pero queda poco… ¿Amy, dónde estás? Ella brilla allí, en el horizonte. Más allá de sueños y montañas, más allá de praderas de tiempo y sonrisas. La amas… más allá de la cruel cordura, de la amable locura. Cae la noche y todos se esconden de ella, se preparan para evitarla, pero tú…

Tú, árbol muerto, criatura oscura, sombra de lo que fuiste, tú sonríes. Porque la oscuridad está en tu habitación. Y la amas… la amas… ¿Amy, dónde estás? Brilla más allá de sueños y montañas, brilla en la oscuridad… Y la amas… como nadie más la ha amado. Ella brilla en tu oscuridad, más allá del tiempo y de las sonrisas, más allá de la cordura. La amas y no lo puedes evitar. Ella se fue, pero brilla en la oscuridad… Y ríes porque la oscuridad está en tu habitación. Hace tiempo que nadie habla contigo, pero no importa. Cada noche la esperas… la esperas plantado como un árbol muerto que mira el sol poniente y sonríe a las tinieblas. ¿Amy, dónde estás? Ella desapareció un día, sin avisar, misterio violento. Las pesadillas se apoderaron de ti, contándote la verdad. La muerte. Pero no quisiste creerlas. Así que la amas… La esperas cada noche. Y ella viene a ti, ella brilla en la oscuridad, más allá de sueños y pesadillas, más allá de las sonrisas y las lágrimas. Más allá de la vida… Más allá de la muerte. Ella brilla con sus blancas alas, muda de amor, en la oscuridad. La amas y la esperas y no importa nada. Porque la oscuridad está en ti. Ella… brilla… en ti.

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Cae la máscara

Soy noche oscura, corazón de fuego. Siniestra melodía la que conduce mi vida. Mi alma, bruma de tinieblas, vuela errante sobre la faz de la Tierra, perdida… y encontrada en ti.

Sin farsas, sin mentiras. Me tienes y me pierdes. En tinta negra rota por sollozos, dejo caer la máscara que me esconde de ti, sinuosas líneas que explican mi ser y mi sentir. Luz y oscuridad no pueden convivir.

Y dejo caer mi máscara para mostrar la… Oscuridad… que habita en mí…

Crónicas Oscuras. Transición

Este es el relato con el que participo en el Juego de Verano convocado por Paty C. Marín, autora del blog Cuentos Íntimos. Espero lo disfrutéis.

(clic para música)

Crónicas Oscuras. Transición

Cierro los ojos y todavía puedo ver el horrible lugar.

La luz tenue y rojiza de las llamas en la pared. El aire es espeso, viciado, un pesado perfume a exóticas especias lo impregna todo. Y el olor metálico. Sé que no estoy sola, a pesar de que la penumbra es tan densa que no veo más allá de un par de metros de mí. Algo… o alguien me acecha desde uno de los rincones oscuros de esta mazmorra donde todo es humedad y frío. Y en un recóndito lugar oculto dentro de mi ser todavía soy capaz de albergar algo de temor. Mis sentidos están abotargados debido a la ponzoña que seguramente todavía recorre mis venas. Me muevo y el sonido de las cadenas y el dolor de las argollas en mis muñecas y tobillos me llega distorsionado, amortiguado.

Un estremecimiento me recorre con el recuerdo.

—No has podido evitarlo.

Su voz preñada de preocupación me trae de vuelta al presente y abro los ojos despacio. Él cree que es por esto, la escena escabrosa que tengo ante mí, por lo que me siento así, como si el mundo hubiera seguido girando a una velocidad y yo lo hiciera a otra más lenta. Gravitando.

No le miro.

Estamos sentados en el suelo, las espaldas apoyadas en la pared. Mi vista fija en los dos cuerpos que descansan para siempre, colgando en posturas retorcidas e imposibles de la cama donde hasta ahora habían dormido plácidamente. Pero no los veo. Ni me preocupan. Sus vidas por la mía. Lo que siento es un alivio inmenso, tan infinito que no me cabe en el pecho. Quizá he escapado de un infierno para adentrarme en otro.

—Háblame —le pido con voz monótona, carente de todo sentimiento.

Seth se encoje de hombros. No le temo. Ya no. Él me ha ayudado.

—Akrash me capturó y me convirtió. Ella es… Antigua. Es poderosa y su sed de sangre no conoce límites. Tiene varios esclavos de sangre que le sirven y… cuando uno no aguanta, rápidamente se consigue un sustituto. —No me engaño en cuanto a lo que significa “aguantar”, a pesar de que su voz suena tan desprovista de emociones como la mía propia. Habla mirando al frente, al parecer, ambos sin amedrentarnos ante el grotesco cuadro que presenciamos. —Cada uno de nosotros habitamos una celda en el subsuelo. Ella nos trae… comida. —La pausa que ha hecho ha sido por mí. Porque cree que todavía puede alterarme el mero hecho de que haya sido simplemente “comida” para alguien. O algo. —Y luego nos busca para… alimentarse de nosotros. Entre otras cosas — murmura más bajito. —No sé por qué condenada razón comenzó a llamarme con mayor asiduidad. Probablemente porque me resistía como un maldito tigre acorralado. Eso… le gusta. Tenía claro que si seguía así, no aguantaría mucho más. Entonces, un día cuando me devolvieron a mi celda, era una hembra joven, de pelo oscuro y ojos claros, la que estaba esperándome encadenada en mi aposento. —Esperando a ser su… comida.

Yo. Ahora sí, un escalofrío me recorre, indicándome que todavía tengo la capacidad de sentir intacta. Lo oigo continuar con el relato, pero me sumerjo en mi propia maraña de recuerdos.

Me despierto confusa en un lugar que está frío. Y mojado. Tenebroso. La violencia ocupa mis ideas, pero éstas son inconexas, como cables que no están debidamente enlazados. No puedo pensar con claridad. Ni ver. Pero escucho la respiración ajena perfectamente. Acelerada y contenida al tiempo. Siento una palpitación, un dolor punzante que sacude mi cuello y alguna otra zona de mi cuerpo. Cuando quiero tocarme para ver de qué se trata, compruebo que de nuevo estoy atada. Gimo agónicamente por el terror instintivo que se dispara por mis venas. No conozco el origen de mi temor pero es la señal inequívoca que lanza la parte subconsciente de mi cerebro, que parece saber más que yo. De mi garganta surge un gruñido que no soy capaz de reconocer como propio; estoy afónica. De haber gritado. Empiezo a temblar incontrolablemente y cierro los ojos. Estoy tan cansada… débil. Las lágrimas comienzan a rodar mientras me muerdo el labio para contener el alarido de terror que lucha por salir de mí. Estoy a punto de perder el control o el conocimiento, y entonces… siento una leve caricia en mi rostro que recoge una lágrima.

—… Ya se habían alimentado de ti. —Seth me ayuda a recomponer el paisaje de mi memoria. —Varias veces. Y yo estaba tan sediento

Por el rabillo del ojo veo cómo aprieta el puño sobre su muslo. Aparto la mirada rápidamente, sintiéndome repentinamente mareada.

—Acababa de servir a Akrash y estaba apenas fuera de control. —Su voz suena envuelta en pena.

Lo siguiente a la caricia que siento es un inmenso y lacerante dolor en el cuello, seguido de pulsos de succión desenfrenados. El deseo de perder definitivamente la consciencia y que termine el infierno me invade. Me siento mareada, débil, confusa… La vista comienza a fundirse en negro. El final ha llegado. Bienvenido sea. Me dejo arrastrar… Y siento entonces el roce húmedo en mi boca. Me lamo los labios antes resecos y el sabor que invade mi paladar me deja paralizada. Es intenso y adictivo. Pura ambrosía. Relamo los labios en busca de más y algo presiona en mi boca. Chupo y succiono y, oh sí, el líquido preciado  atraviesa mi paladar y desciende por mi garganta. Algo primario, algo instintivo toma las riendas de mi ser y me lanzo hacia delante en busca de más. No me importa el daño ni el precio. Obtengo lo que quiero… hasta que me separan bruscamente de la fuente de mi droga. Los jadeos que escapan de mi boca se confunden con los gruñidos de ese… ser, que se aleja de nuevo hasta los confines de la estancia, sumido en la oscuridad más absoluta. Y ahora sí, pierdo el sentido.

Los recuerdos de los días pasados están confusos y enmarañados, la percepción del tiempo, difuminada. Sé que esa secuencia se repitió varias veces, mas ignoro si era siempre la sangre del mismo individuo  la que bebía. La ansiedad hace mella en mí al percatarme de que no soy capaz de recordar de forma ordenada, sólo trazos de aquí y de allá, sin orden ni concierto. El nudo que se me forma en la boca del estómago hace que comience a jadear para poder llevar aire a mis pulmones.

La mano de él envuelve la mía cuando percibe que algo no va bien.

El frío de la celda, la humedad calando profundo en cada poro de mi piel, helándome las entrañas. Las argollas en mis pies y mis manos, la postura sostenida, el entumecimiento de mis miembros. El olor especiado, intenso, penetrando en mis fosas nasales y derritiendo mi capacidad de raciocinio. 

El sexo.

—Me follaste.

—Sí.

No le recrimino nada, pero suelto su mano.

—No sólo tú… ¿verdad?

Sé que está apretando los dientes. Los oigo chirriar. Ahora soy capaz de eso.

—No.

Me levanto, alejándome de él sin demasiada intención y contemplo con fría indiferencia el dantesco escenario en el que nos hayamos. Las paredes de madera de la cabaña con algunas sangrientas salpicaduras, las níveas sábanas violadas de rojo intenso. Los ojos desencajados de terror, los brazos y piernas retorcidos en posiciones antinaturales. Aparto la mirada, inquieta.

Me despierto y, como es habitual, al principio no reconozco dónde estoy. Todavía soy humana y la sangre de él sigue teniendo el efecto ponzoñoso en mí. No tengo forma de saber si es de día o de noche, no llega ni una maldita onda de luz aquí abajo. No tengo hambre ni sueño y he recuperado gran parte de mi fuerza. Diría que he sobrepasado mis anteriores límites, pues soy capaz de escuchar con claridad los movimientos de las patas de los insectos que habitan los muros de las mazmorras y distingo las formas y siluetas de la estancia, donde antes sólo veía negrura.

Soy perfectamente capaz de percibirlo a él. Hay una corriente diferente entre nosotros. Y estoy segura de que le ocurre lo mismo. Sabe que estoy despierta, a pesar de que no he movido un músculo. 

Siento cómo se pone en pie y camina lento hacia mí. Abro los ojos y alzo la cabeza para mirarle. Su actitud es cautelosa y su expresión, preocupada. Me observa con el ceño fruncido y los labios apretados, valorando mi estado. Sí. Siento su hambre, su… sed. Su lucha interior. Busca mi mirada al tiempo que una de sus manos toca mi cara en una caricia lenta y ligera que desciende hasta apartar mi melena sucia y oscura a un lado. Dejando mi  cuello al descubierto. Cierro los ojos con fuerza, sabiendo lo que viene a continuación. 

No es suave cuando muerde y algo que escapa a mi comprensión me revela que no puede serlo. Suelto un gañido de dolor sin poder evitarlo, al tiempo que aprieto, indefensa, la mandíbula. Ya he luchado otras veces como he podido, atada de piernas y manos, pero ha sido inútil. Siento la acostumbrada succión y los tirones en mi entrepierna, una sensación novedosa de las últimas veces, que llega a ser… placentera. Él me sostiene con sus brazos fuertes, como si no quisiera que me quedara colgando de las argollas si las piernas me fallan. Cuando está seguro de que eso no va a ocurrir, sus manos se pasean por mis costados, calentando mi cuerpo sumido en el helor. 

Hay otra cosa que calienta mi vientre. Ignoro si es la primera vez o si siempre ha sido así y he estado tan alienada que no me he dado cuenta hasta ahora. Comienza a balancearse contra mí, buscando ese roce íntimo entre la piel de mi estómago y su verga, al tiempo que lame mi cuello recogiendo más líquido vital. Los relámpagos de placer se extienden por mi cuerpo encendiendo cada una de mis zonas más sensibles. Gimo y dejo caer mi cabeza contra su hombro, derrotada en el primer asalto. El deseo es como una droga que corre por mis venas alcanzando lugares recónditos, llenándolo todo con sus latigazos. No lo comprendo su origen ahora. Pero no puedo hacer otra cosa que someterme a él.

Él entiende. Lame mis heridas hasta que dejan de punzar y sus manos se desplazan a mi pecho. De un tirón, aparta la mugrienta ropa y me acaricia mientras su boca traza un sendero de fuego hasta llegar a uno de los pezones. Bendigo secretamente las cadenas que me mantienen presa y me impiden apartarlo. Mi cabeza cae hacia atrás cuando una de sus manos se cuela entre mis piernas, apartando tela. No es paciente y dos dedos se pasean por la lúbrica superficie para terminar en mi interior. Entrando y saliendo. Entrando… y saliendo. 

En una chispa de lucidez me doy cuenta de lo que va a pasar y me impulso contra él, agrediéndole con lo único que puedo: mis dientes, que no son, ni por asomo, tan puntiagudos como los suyos. Le muerdo el cuello con fuerza y tiro, desgarrando carne y piel. Escucho su rugido de dolor y me empotra brutalmente contra la pared, su cuerpo presionando a todo lo largo del mío. Otra vez ese líquido, su sangre, en mi boca. Puro deleite. Me relamo y eso parece romper definitivamente su control.

Gruñe y me penetra de una estocada, al tiempo que vuelve a hundir sus colmillos en mi piel. Yo grito como una posesa. Pero no es de dolor, a pesar de que es enorme. Las sensaciones se mezclan en mi interior formando un torbellino de intenso gozo. El sabor de su sangre sacudiendo violentamente mis papilas gustativas. La succión en mi vena, los tirones en mi centro de placer. Uno, y otro… y otro más. Su sexo entrando y saliendo del mío, tan duro y caliente que acaricia cada porción de lubricada piel interna, tan grande que llega hasta mi alma ya condenada. 

Me alza con sus fuertes brazos hasta que las cadenas tiran tanto de mis miembros que duelen. Pero así sus movimientos son más libres, más desatados. Las sensaciones son cada vez más poderosas, los movimientos más animales. Está bebiendo demasiado. Estoy mareada de placer y de debilidad. Pero no soy capaz de negarle nada. Él parece saber mejor que yo lo que necesito. Lo que ambos necesitamos. 

El orgasmo me sorprende completamente indefensa. Me arrasa como una enorme ola de deleite que no deja nada tras de sí, salvo un cuerpo inerte abrazado a su verdugo. Él se suelta del agarre a mi cuello para echar la cabeza atrás mientras se corre. Y aunque se ha apresurado a cerrar los ojos, me da tiempo a ver el destello sobrenatural que desprenden en ese momento. Soy —más— consciente de que me encuentro en brazos de un ser sobrehumano y la feliz noticia no hace mella en mí.

Probablemente porque estoy convencida de que yo estoy a poco de serlo, si no me he convertido ya en uno.

Cuando ambos recuperamos el aliento, sale de mi interior y noto la humedad descender por mis muslos. Me baja hasta dejarme de rodillas en el suelo y él prácticamente se desploma también, jadeando en busca de aire. Recuerdo entonces que es probable que haya terminado de servir a nuestra Ama y la debilidad haya hecho mella en él. No obstante, se abre la muñeca y me la ofrece. La reacción de mi cuerpo me sorprende incluso a mí. Me abalanzo sobre ella y succiono como si en ello me fuera la vida. 

Y puede que así sea.

—Deja de pensar en eso. —Su voz me llega desde atrás. Me giro y veo que no se ha movido, sigue sentado en el suelo, la espalda apoyada en la pared. Sin embargo, su mirada ha cambiado. El fulgor que tan familiar me es y que relaciono con el placer, brilla en sus ojos en este mismo instante. Sé que puede oler mis estados de ánimo basales. Mi… excitación.

—¿En qué? —le reto, mirándolo fijamente a los ojos y disfrutando de su brillo.

—Ya lo sabes —musita—. En nosotros jodiendo.

Sus palabras desnudas provocan la aparición de una imagen muy explícita en mi cabeza. Lo que me lleva a la siguiente pregunta.

—¿Cuántas veces?

Seth sabe a lo que me refiero y no se escaquea.

Aunque tampoco me responde.

—¿Conmigo o con los demás?

No puedo evitar un lamento. Sus palabras hieren como dagas punzantes.

—Lo siento —murmulla, apartando la mirada. Está mortalmente serio y me doy cuenta de que él ha sufrido tanto como yo al tener que compartirme.  No por motivos románticos. Sé que se siente culpable. —No sé cuántas veces fueron. Yo… cuando bebes de alguien es difícil controlar a la bestia interna. Sus instintos son fuertes y no sólo quiere… sangre.

—Yo acabo de… beber —todavía me cuesta la terminología— y soy capaz de controlarme perfectamente.

—Pero sientes la atracción. —No puedo negárselo. No hacia mis víctimas, con ellas poco queda por hacer. Sin embargo, Seth… Sonríe de medio lado al adivinar mis pensamientos. —Aunque me repudies, ahora mismo te sientes atraída por mí. Y sólo puedes resistirte porque la sangre con la que te has alimentado era humana.

Lo que me recuerda lo que acabo de hacer.

—Por eso yo me resistí las primeras veces. Tu… sangre humana diluía la de Ella. Akrash me permitía beber de ella cada vez, aunque poca cantidad. Ni te imaginas cómo me sentía. —Lo veo negar levemente con la cabeza, dudando si seguir hablando o no… Le animo—. Euforia. Drogado, la voluntad anulada. Vergonzosamente excitado. Deseándola, aunque me asqueara. —Sonríe con cinismo al tiempo que me mira. Establece paralelismos demasiado a la ligera. —Cuanto más antigua es la sangre que tomas, con más intensidad te golpean tus necesidades mas animales. Pero basta que tomes sangre de nuestra especie para que las sientas y ruegues por ser capaz de contenerte. O no —añade.

No entiendo esta última parte. ¿Cómo no voy a querer negarme?

O… ¿no habla de mí…?

—Así que ahí tienes tu respuesta, Allianna. ¿Cuántas veces? —Se encoge de hombros. —Cada vez, cada condenada vez, que volví de ella. —Su voz es dura, pero sospecho que no contra mí. —Sólo pude contenerme las tres primeras veces que bebí de ti. Luego… tu sangre ya empezaba a parecerse a la nuestra y…

No continúa la frase, pero sé perfectamente lo que quiere decir. Sangre y sexo siempre van unidos. Al menos, en… nuestra especie.

Porque eso es lo que soy ahora, ¿no?

—¿Por qué me diste tu sangre? —Aunque suene a acusación, no es lo que pretendo. Sólo quiero comprender; saber cómo he llegado hasta aquí. —Cuando bebiste de mí la primera vez… ¿Por qué lo hiciste? Sólo tengo esas sensaciones ligadas a ti, no recuerdo que ningún otro… esclavo me alimentara.

Seth frunce el ceño profundamente. Parece ofendido, pero no me importa.

—Cuando llegaste a mi celda, estabas al borde de la muerte. Seguro que no era yo el primer esclavo al que te ofrecían, es más, apostaría a que te habían probado unos cuantos. Te habría matado —continúa. —Si no te hubiera ofrecido mi sangre. Te habría matado.

Asiento, comprendiendo el motivo. Así que se dedicaba a salvar —y a convertir, en el proceso— a las pobres mortales que éramos llevadas allí como carnaza.

—¿Alimentaste a más chicas, aparte de mí?

Me mira durante unos segundos, antes de contestar. Veo la duda en sus ojos.

—No —dice, por fin, desviando la mirada.

Soy la única. Su respuesta me sorprende y altera el pulso en mis venas. Me lo recrimino en silencio. No quiero sentir nada por él. Me ha ayudado a escapar. Pero me ha condenado.

—¿Por qué yo? —surge la pregunta en tono frío, muy diferente de como me siento por dentro.

Seth juega con un jirón de tela, despedazado de sus ropas.

—¿Y por qué no? —responde indiferente. No me lo trago. Y él lo sabe. Suspira. —La chica anterior a ti, la que nos… trajeron para alimentarnos. Murió en mis manos. Yo la maté cuando bebí de ella la última vez. Me di cuenta entonces de que todas… todas las anteriores habían muerto igual. No conmigo, pero con alguno de mis… compañeros. Y yo fui responsable de una pequeña parte de sus muertes.

Una pequeña carga más de culpabilidad para su conciencia. Por un momento me olvido de mi desgracia para centrarme en la de él. ¿Cuánto tiempo ha permanecido en esos calabozos? ¿Cuánto tiempo sirviendo como reservorio de sangre y como semental para esa… arpía? ¿Cuántas vejaciones y violaciones?

¿Cómo ha sobrevivido?

Seth me mira desde abajo. Su expresión es tan seria que apostaría mi vida inmortal a que conoce cada uno de los pensamientos que están cruzando mi cabeza.

—¿Qué… hacíais cuando ella… te mandaba llamar? —me atrevo a preguntar. La curiosidad, el morbo, me pueden. Mala idea. Sus pupilas aumentan hasta que el negro copa casi todo y sus ojos se achican tanto que acaban siendo dos rendijas y parece capaz de enviar un mortífero rayo a través de ellos. Peligroso.

Desvío la mirada. Y acabo topando de nuevo con los dos cuerpos que yacen inertes en la cama. No sé el tiempo que llevamos aquí, pero probablemente estén ya fríos. La realidad me golpea de nuevo, atravesando los muros de embotamiento que me rodean. ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así? ¿Qué condenada vida me espera?

—No has podido evitarlo —me repite Seth desde atrás.

—¿Ahora me lees el pensamiento?

—No. Pero sé lo que se siente los… primeros días. Yo no tuve ocasión de… matar, porque nos racionaban las presas. Los… otros, Sus secuaces, nos separaban antes de que acabáramos con ellas. Era otro de los pasatiempos favoritos de Akrash. Contemplar cómo los recién convertidos nos volvíamos bestias irracionales y separarnos de lo que más ansiábamos. También disfrutaba con las palizas que recibíamos de sus sirvientes cuando nos enfrentábamos a ellos. Nunca eran menos de cuatro —una risa baja y despreciativa surge de su boca—, no se atreverían.

Levanta la mirada hacia mí.

—Pero hubiera matado si me hubieran dejado. Estoy seguro como el demonio.

Sus palabras no me consuelan. Ni por mí, ni por él. Las lágrimas empiezan a rodar por mi cara y me asusto. No quiero tocarlas porque sé el color que tienen ahora.

Seth se levanta de un salto y se acerca a mí cuando me ve temblar. Despacio, como si no quisiera asustar a un animal salvaje y estuviera pidiendo permiso al mismo tiempo. Su mano se alza lentamente y aparta el pelo negro de mi rostro. Me mira a los ojos, transparente. Y acerca su cabeza tanto que tengo que cerrarlos, tal es la intensidad de su mirada. Entonces, lo siento. Su lengua, con movimientos tan sosegados como el resto, sigue el camino de las lágrimas, recogiéndolas con ternura.

—No quiero ser así. —Mi voz surge en un lamento tan bajo y agudo que por un instante, dudo que me haya oído. Pero sus sentidos son igual de agudos que los míos.

Y me abraza fuerte, escondiendo su rostro en mi cuello. Me comprime de tal forma que si hubiera sido humana, estoy segura de que me habría roto más de una costilla. Oigo su respiración alterada y comprendo que no es sólo mi consuelo, sino el suyo también.

Yo no quiero ser así, pero de otra forma, estaría muerta. Él me ha salvado, pagando ambos un precio elevado. Los recuerdos de los primeros días en las mazmorras son muy confusos, pero van tomando consistencia y orden a medida que avanzan los días, las semanas. Conforme él me va ofreciendo su vena y su sangre poderosa empieza a formar parte de la mía. Fortaleciéndome.

Sé el riesgo que ha corrido al hacerlo. La apuesta por salvar nuestras vidas condenadas.

Recuerdo la farsa para hacer creer a los guardias que mi debilidad va en aumento. La complicidad.

Recuerdo las sesiones inevitables de sexo necesitado. Su cuerpo caliente y duro contra el mío, sosnteniéndome, el balanceo, el placer. Los gemidos acallados a besos. Con su sangre en mí, lo deseo más cada vez. Yo tomando la iniciativa, a pesar de estar encadenada a la pared. Y él ofreciendo y buscando solaz simultáneamente. Comprendiendo mi biología, que es igual que la suya, y no negándome nada. Recuerdo el día en que mis caninos están lo suficientemente desarrollados como para tomar lo que necesito y le muerdo, incontenible, en el cuello. Su alarido de dolor es mi placer.

Recuerdo el día que estamos listos para escapar. Los planes trazados en noches interminables, sin otra cosa mejor que hacer. La huida, con la adrenalina pulsando en nuestros cuerpos y el miedo a volver a ser capturados atenazando nuestras almas. Corriendo a través de campos en la noche cerrada. Vamos, vamos vamos. Saltando muros de piedra, los perros y demás bestias ladrando a lo lejos.  Hasta llegar aquí. A la humilde granja donde sus tranquilos propietarios se disponían a dormir como cualquier otra noche de sus sosegadas vidas.

Los pensamientos sobre lo que ha ocurrido después se mezclan con los besos cálidos de Seth en mi cuello. Me lame en lentas pasadas y su boca succiona alterándome el pulso. Y, con la guardia baja, lloro al mismo tiempo por las vidas que he sesgado. Y todas aquellas que estoy condenada a sesgar. Seth me oye sollozar y, con los ojos cerrados, restriega su cara contra la mía rezando como una letanía “No, no no…”. Me besa en la boca, intentando acallarme, y lo consigue. Nuestras lenguas bailan juntas danzas antiguas, sus manos empiezan a recorrer mis costados, aprietan mis nalgas y siento su sexo duro contra mí. Me separo un instante y lo que veo me trastorna: su cara toda manchada con mis lágrimas.

—Aquí no, por favor —suplico, entre más sollozos. No quiero que haya luz, ni quiero dejarme llevar donde antes he perdido el control de mis actos. —Llévame fuera.

Me carga, con mis piernas abrazadas a su cintura y nos desmaterializamos. Lo he visto ensayar el truco y tiene que enseñarme. Una cosa más.

Conforme aparecemos en medio del bosque, me empotra contra el tronco de una enorme haya. El golpe hace que caigan hojas y frutos al suelo, mas nosotros ya no nos percatamos. Estamos a millas de allí. Rasgando ropas, mordiendo y empujando en una lucha por llegar al otro. Mis senos quedan expuestos al frío aire de la noche en cuestión de un segundo y al siguiente, tengo su boca sobre ellos. Hambrienta, lame y succiona hasta el dolor. Pero en lugar de gritar, me muerdo el labio y le hinco las uñas en la espalda. Su gruñido reverbera en mi pezón, enviando calambres de placer a lo largo de mi cuerpo, que terminan reuniéndose en mi entrepierna. Muevo las caderas, intentando acariciarme contra él, pero no consigo llegar y gimo de frustración. Seth reajusta la postura sin dejar de besar mis senos y su polla acaba encajada entre mis piernas. Ambos jadeamos el alma cuando nos movemos frenéticos contra el otro. Las telas sobran entre nuestros sexos y me afano por apartarlas. Lo cojo en mi mano, acero envuelto en seda, buscando un mejor ángulo y su punta lubrica mi clítoris, convirtiendo las caricias en pura lujuria. Le masturbo despacio, los movimientos repercutiendo en mi centro. Observo cómo separa su rostro de mis pechos y la agónica expresión de placer que muestra me sobrecoge.

No quiero darle sólo placer. Quiero hacerle daño. Por todo lo que me ha hecho.

Aprieto fuerte el agarre hasta que gruñe y sus dedos se crispan.

¡Perra…!

Pero no se separa, me sigue dejando hacer. ¿Se autocastiga? Aprieto más fuerte.

Ruge como un animal y coge mi mano, separándola de su sexo y alzándola por encima de mi cabeza. Me abrazo fuerte con las piernas para no caerme y su polla queda en mi entrada, nuestras miradas suspendidas, las respiraciones aceleradas y jadeantes. Nuestros anhelos gravitando a nuestro alrededor. Los imposibles y los… posibles.

Me penetra despacio, pidiendo permiso y perdón. No cierro los ojos. Quiero verlo, quiero contemplar su arrepentimiento y lamer sus heridas. Cuando está completamente encajado, sus colmillos comienzan a alargarse por el placer. Sé que quiere morderme mientras me folla. Beber de mí mientras me entrega su otro líquido preciado.

Pero ahora no es como antes. No tiene que recuperarse de Akrash. Ni tiene que darme su sangre ya para hacerme fuerte. Inmortal. Así que apoya la frente en mi hombro con un lamento, escondiendo el rostro y negándose una de sus necesidades, y empieza a moverse entre mis piernas. Lento al principio. Pero la parte animal es fuerte en nosotros ahora y el instinto difícil de coartar. Pronto se centra en nuestro placer, olvidándose de mi yugular y el simple hecho me… apena.

Su sexo es enorme dentro de mí. Me ensancha y me acaricia dando a la palabra lascivia nuevas connotaciones. Mis propios caninos se alargan por el placer y la necesidad de él aumenta. Ya no soy capaz de esconderlos cuando le beso en el hombro y él se percata.

Muerde, joder… su voz baja y rasposa me sobrecoge. Mi voluntad no es tan fuerte como la suya.

O quizá, me creo con más derecho que él.

Asciendo lamiendo su cuello. Él se mueve en suaves ondas dentro de mí, estocadas limpias, firmes e intensas que me preñan de deleite. Su pulso late fuerte y rápido bajo mi lengua. No me lo pienso más y hundo mis colmillos en él. Escucho su alarido de dolor mezclado con el gemido de placer que le sigue y siento los pulsos de su sexo en mi interior. Lo percibo todo lejano, pues su sangre invade mi boca y es el éxtasis en estado puro. Succiono y lamo para conseguir más de su sabor y es éste junto con su orgasmo lo que detona el mío. Las contracciones de mi sexo alrededor del suyo se alternan con mis succiones en su vena, elevando mi placer hasta el misticismo.

Sexo y sangre. Sangre y sexo.

Cuando el sentido y la cordura vuelven a mi ser, siento a Seth temblar. Sigue dentro de mí, duro. Mi espalda arde, probablemente por los arañazos de la corteza sobre mi piel. Nuestras respiraciones son erráticas. Le acaricio el pelo y sale con cuidado de mí, depositándome en el suelo. No soy capaz de enfrentar su mirada. Todavía me cuesta morderle y que me deje beber de él, así que mantengo la vista al suelo mientras siento la humedad descender por  mis muslos. Pero no me va a dejar escaquearme. Posa su mano en mi barbilla y presiona alzando mi rostro. Nos miramos durante unos instantes y luego sonríe de medio lado. Su dedo pulgar vaga alrededor de mi boca y por mis mejillas. Luego se lo acerca a la boca y lo lame. La mezcla de su sangre y mis lágrimas.

El gesto es tan lascivo que altera de nuevo mi pulso. Me acerco a él y comienza a lamer el resto de lo que queda en mi rostro. Su erección no ha perdido dureza ni por un instante. Sin dejar de abrazarnos y besarnos, nos acostamos en el tupido suelo, cubierto de vegetación. Celebrando la vida, tras el infierno.

Ahora somos libres. Sin Akrash ni sus secuaces. Sólo nosotros y nuestros propios demonios.

(Más Crónicas Oscuras aquí)

Los vampiros tienen corazón

Un relámpago iluminó el entorno, haciendo aparecer fantasmagóricas formas oscuras. Sombras. El estruendo del trueno que siguió le arrancó un profundo grito, desollando su garganta.

No era de terror.

La angustia le hizo doblarse en dos, sin fuerzas, apoyando las manos sobre la hierba y el barro mojados. El cuerpo se sacudía con temblores que ella no podía controlar. Agarró puñados con ambas manos, dejando caer el contenido conforme se volvía a incorporar, lentamente.

Incapaz de detenerlas, imágenes se sucedieron en el instante en que cerró los ojos. De entre siglos de recuerdos, su mente sólo rescataba en sucesión sin fin esos que le provocaban tal agonía.

Los cuerpos entrelazados, sudados. La luz de las velas dibujando movimientos en las paredes de aquel santuario. Un vaivén sinuoso y suave, lento… Su ángel de arisco cabello rubio y músculos definidos cabalgando a una farsa de mujer fatal con ojeras teñidas de oscuro.

Que no era ella.

De nuevo un rugido ascendiendo por su garganta, esta vez superando al sonido del trueno. Sintió cómo su corazón se desgarraba en sangrientas tiras de músculos, el dolor impregnándolo todo. No podía dejar de gritar, sin la necesidad humana de volver a introducir aire en sus pulmones. El sonido hacía temblar los muretes de piedra que separaban parcelas del cementerio.

Se dio cuenta de que sus ojos lloraban lágrimas de sangre cuando las diminutas gotas de lluvia las hicieron resbalar hasta sus manos, manchando de forma invisible la tela negra de su vestido.

Los puños se apretaron en sus costados, prometiendo venganza. Su sed de sangre despertó como un animal hambriento largamente enjaulado. Un animal herido.

Peligroso.

Alzando el rostro hacia la lluvia, abrió la boca para sentir sus caninos crecer con la fiera necesidad de destruir. El llanto, el grito se convirtió en una siniestra risa. Enfocó de nuevo la vista al frente, todo su potencial vampírico desplegado, buscando con la mente su objetivo.

Pobre chica oscura. Le quedaban apenas minutos de vida.

 

 (*) ‘White water’ Epica 
(*) ‘Lose control’ Evanescence 
(*) ‘What you want’ Evanescence