romántica adulta

Terreno Prohibido

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Hola, hola a tod@s. Ando desaparecida, aunque no tanto. Sigo escribiendo Terreno Prohibido, aunque a un ritmo muuuucho más lento que el de antes, y estoy, como muchos sabéis, en mi otro blog (Brianna’s World) y en las RRSS (Facebook, Twitter, Pinterest).

Dejé que publicar capítulos porque mi tiempo libre se vio drásticamente reducido y no podía seguir un ritmo que me complaciese ni complaciese a lectores (un capítulo de poco más de mil palabras cada seis meses no satisface a nadie, a mí la primera xD). Pero ahora empiezo a vislumbrar el final de la historia de Sergio y Lisbeth, y he pensado empezar a subirla a Wattpad, por comodidad de todos (lo-que-voy-a-echar-de-menos-este-blog). Hace tanto tiempo que quizá no recordéis de qué va:

Elizabeth Belloc lleva una vida normal. A pesar de su juventud, tiene las ideas claras y, aunque es una buena hija y una estudiante ejemplar, tiene su vena rebelde. Su debilidad es Sergio, el mejor amigo de su hermano mayor, de quien está secretamente enamorada y al que no duda en meter en algún que otro aprieto.

Sergio creció en una zona marginal, muy diferente del hogar de los Belloc. Criado en un burdel y rodeado de malas influencias, alguien supo tirar de él y hacer que no cayera en los mismos pozos que los chicos de su barrio. Su vida es tranquila, pero tiene un temperamento fuerte que sale a la superficie cuando meten el dedo en su herida más profunda y su odio más visceral: su padre.

Lisbeth y Sergio pertencen a mundos opuestos, pero no pueden dejar de estar juntos, no importa cuantas veces lo intenten. Porque lo que sienten uno por el otro no es fácil, pero tampoco débil.

Podéis empezar a leerla pinchando en la imagen de arriba o aquí. Os agradeceré toda difusión 😉

Aprovecho para informaros de que El chico de la eterna sonrisa ha volado hasta Amazon. Si tenéis Kindle Unlimited, podéis leerlo gratis, y ya sabéis, si os gustó, no dejéis de ponerle estrellitas y de compartirlo.

Y eso es todo, que no es poco, por el momento ^^

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Arriésgate

La brisa ondula su cabello. El mar engulle una enorme esfera de fuego allá, en el horizonte.

—¿Por qué vuelves? —Mira sobre su hombro, donde una pequeña multitud baila semidesnuda con los pies descalzos sobre la arena blanca.

«¿Por qué insistes? No lo entiendo».

Él sigue su mirada y esconde una sonrisa; sabe lo que está pensando. La observa con vehemencia, sopesando los mil detalles. Las diez mil razones.

—Quizá me pone que me digas que no —relativiza al final.

Ella sonríe ampliamente.

—¿Eso quiere decir que perderás el interés en cuanto te diga que sí?

Él sonríe generosamente, también.

Durante un lapso pequeño y eterno a la vez. Sus ojos, conectados. Su voz, un susurro.

—Lo que de verdad quiero saber es si tú estás lo suficientemente interesada como para arriesgarte.

ϖ©

Dos vidas en una (VII)

dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Viene de aquí).

Dejó el chupito con un golpe seco sobre la barra y se dio la vuelta. No le apetecía bailar y dudaba mucho que pudiera hacerlo sin caer en el ridículo. Entornó los ojos hasta que localizó el diván donde estaba Fran. El humo de discoteca y las luces de colores no le ayudaron en absoluto cuando se puso a caminar con paso inestable hasta allí. Se dejó caer en el mullido y sucio asiento. La música atronaba en la sala y la gente parecía divertirse, pero él  ni siquiera quería estar allí.

Sólo que desde hacía días, no sabía ni dónde quería ni dónde debía estar.

Era su amigo el que tiraba de él la mayor parte de las veces. Alex sólo se concentraba en ir a trabajar, ducharse y dormir. Sin embargo, Fran insistía en que debía salir a distraerse y normalmente era tan persuasivo —oh, conozco una palabra mejor: pelmazo—, que accedía sólo para que le dejara en paz. En ese preciso instante estaba sentado a su lado, negociando con sonrisas y palabras bien puestas su siguiente affaire. Un momento después, se giró hacia él:

—Fíjate, aquel tipo de allí no te quita ojo —gritó para hacerse oír. Le pasó el liado que se estaban fumando a medias y continuó—: ¿Piensas hacerle esperar toda la noche?

Una sonrisa torcida se dibujó en la cara de Alex. Fran le estaba echando de  su lado para montárselo con aquel chico, pero no pensaba irse. Él le había arrastrado hasta allí, ahora iba a cargar con su presencia. Dio una calada al cigarro y miró a través del humo al chico de la barra. Ya se había dado cuenta, el tipo no se había movido de allí y su mirada volvía una y otra vez a él. Otro momento, otro lugar, otra situación. Otro universo y se habría escapado con él. Ese era su antiguo mundo.

Su nuevo mundo era una mierda.

Una sucesión de días en los que no tenía ni idea de cómo llenar el tiempo. Se había prohibido pensar en alguien —¿o se lo había prohibido Fran? No importaba, él había estado de acuerdo—, y la cosa funcionaba mientras estuviera trabajando o cuando conseguía dormirse. El resto del tiempo, Alguien se colaba en su mente al menor descuido. Y eso le cabreaba, tal y como estaban las cosas.

Hacía más de una semana, en aquel descampado solitario, se había dado cuenta de varias cosas. La principal y más complicada era que, no importaba cuán enfadado estuviera con Alguien, siempre terminaba cediendo. Alguien hablaba y le tocaba la fibra de formas que nunca nadie había hecho. Desplegaba emociones que no había sentido y que le dejaban expuesto, vulnerable. La sensación no le gustaba en absoluto, y mucho menos conforme habían terminado aquel día.

Después de que Alguien se negara a aceptar su explicación sobre su amistad con Fran y se girara en redondo, él permaneció varios minutos más allí, de pie. Intentando tragar y recoger su orgullo maltrecho. Habían estado a punto de hacerlo, maldita fuera, y Alguien ni siquiera confiaba en él. ¿Por qué lo hacía, entonces? ¿Por marcar su territorio frente a Fran? ¿Por probar con él, que era su amigo, sería más fácil, y después seguir su camino? ¿Ellos, que vivían juntos hacía más de diez años, eran un simple rollo? No importaba. Debía haber dejado que volviera caminando a casa, pero ninguno de los dos fue tan terco. Recogió el casco del suelo y se lo puso. Arrancó la moto y le alcanzó. Sólo paró a su lado y, sin cruzar palabra, subió detrás de él. Las manos esta vez fueron a su lugar, las asas que llevaba la máquina en la parte trasera para tal efecto. Ni un roce más.

Llegaron demasiado rápido.

Su acompañante bajó de la moto raudo y silencioso, y se encaminó a su portal —su antiguo portal.

—Javi… —Ni siquiera se giró y eso le quemó. —¿No piensas decir nada más?

Entonces sí que se volvió, con los ojos enrojecidos.

—¿Qué más quieres que diga? —Estaba dolido. Miró hacia un lado y el otro,  buscando las palabras, una explicación o, quizá, sólo comprobaba que no hubiese público. —Mierda, déjame en paz… Yo no he buscado nada de esto…

Alex sabía perfectamente a qué se refería con esto. Nadie lo busca.

Las palabras se agolparon en su cabeza, rebotando, enredándose. Le habría gustado explicarle tantas cosas… Pero era estando sereno cuando tenía su capacidad discursiva en mejores condiciones. Y en aquel momento estaba de todo menos sereno. Cuando Javi volvió a clavar la vista en él, su mirada estaba cargada de un complejo mensaje, contradictorio y enrevesado, seguramente inconsciente. Un mensaje que, a pesar de ser silencioso, Alex comprendía bien, y entonces todo aquello que revoloteaba por su cabeza cayó, dejando en supremacía sólo dos palabras: Déjalo ir.

Déjalo ir. Déjalo ir. Déjalo ir…

No recordaba cuánto tiempo más había permanecido allí. Podían ser unos minutos o una hora, pero él ya no estaba.

Una semana después. Él ya no estaba. Y Alex se había convertido en un jodido autómata, negándose a sentirse culpable por algo de lo que no era sino mitad responsable, enfadado consigo mismo, con Javi, con el mundo.

Era un condenado zombie, con los sentidos tan desconectados de su cerebro que allí mismo, mientras Fran le pasaba la mano sobre los hombros y le relamía la oreja por enésima vez para que se largara, le pareció verlo ahí plantado entre el gentío, como un roble lleno de vida en un bosque seco.

Y asombrosamente, sólo tardó medio minuto en percatarse de que no estaba imaginándoselo.

♠♠♠♠

Cuando el noventa y nueve coma nueve por ciento de su cerebro le había intentado disuadir de ir allí, debía haber hecho caso. Por algo era. Sin embargo, cuando había salido esa noche de sábado a despejarse —u olvidar, si quería ser poético—, vagamente se había dado cuenta de hacia donde se dirigían sus pasos y se había confiado a ese cero coma uno por ciento que, se percató, manejaba su corazón.

Ante sí tenía la ilustración a todo dolor, en tres dimensiones y en movimiento de las razones por las que en su cabeza saltaban las alarmas cada vez que había considerado la opción de ir a buscar a Alex allí. Se había quedado plantado como un pasmarote cuando había localizado a su compañero de piso fumando y con aquel tipo —de nuevo— abrazado a él y comiéndole la oreja sin ningún disimulo. Aunque, a decir verdad,  en aquel lugar nadie hacía nada con disimulo. Era como lo que aconsejaba aquella machacada frasecita: la gente bailaba como si no les viera nadie y amaba, aunque fuera sólo en el sentido superficial o físico, como si nunca les hubiesen hecho daño.

Sólo que a él sí se lo habían hecho.

Sólo que aceptar el argumento, era aceptar que…

Unos ojos de color verde claro y de turbia mirada se clavaron en los suyos. Y así permanecieron unos segundos, suspendidos en la nada, porque a Alex parecía darle igual y él… Él era incapaz de moverse ni un palmo hasta que aquellos ojos no le soltaran.

Un tercer par de ojos de unieron a la fiesta y el momento se rompió. Javi frunció el ceño cuando Fran desvió su mirada también hasta él y aquello pareció detonar el movimiento. Fran sonrió, Alex se puso en pie y él… Ni de coña pensaba quedarse a ver de nuevo el espectáculo con el que todo  aquel lío había empezado. Con el que su sosegada y tranquila vida anterior se había esfumado. Se giró en redondo, dispuesto a volver a su madriguera y no salir de allí hasta que aprendiera a obedecer a su cerebro. Llevaba días echando de menos a Alex, cada uno de los que habían estado separados. Quería hablar con él, se había convertido en su necesidad más acuciante, parecía incluso que superaba a la de dormir, a la vista de los hechos. Estando solo en casa había tenido mucho tiempo para pensar y, por mucho que quisiera evitarlo, sus pensamientos siempre acababan en el mismo punto: Alex. No había habido margen para una charla serena entre ellos la última vez que se habían visto. Estaba claro que su relación había dado un vuelco de ciento ochenta grados y donde antes había camaradería y compañerismo, ahora lo ocupaban todo las emociones. El comportamiento de ambos se había vuelvo completamente visceral en cuanto al otro y si querían aclarar las cosas, si quería que Alex le explicara de qué iba con Fran, tenía que dejarle hablar con tranquilidad. Por mucho que le escociera. Él mismo no había podido disculparse aún por la forma en que había actuado cuando sus padres habían llegado por sorpresa a casa.

Aquellas conclusiones habían estado claras y brillantes en su mente durante los solitarios días de meditación. Sin embargo, ahora que intentaba abrirse paso entre el enardecido gentío para salir de aquel lugar, empezaba a arrepentirse de la decisión. Apretó los dientes con fuerza. Maldito Alex, sólo quería que volviera a casa, con él, como antes.

Una mano se cerró con fuerza en su muñeca y él, sabiendo perfectamente quién era, la sacudió para deshacerse del cepo y seguir andando. Sin embargo, la mano volvió a cogerle con mayor ímpetu, y tiró de él, dándole la vuelta.

Alex tenía el entrecejo fruncido y parloteaba en voz alta, pero aun así, Javi no podía oírle con aquel estruendo. Su interlocutor pareció percatarse, porque empezó a gesticular y a señalar el lugar donde lo había encontrado. Al principio no comprendió, pero sólo tardó un segundo.

A través de la penumbra, Javi vio lo que Alex quería mostrarle. No estoy con él. Y, a no ser que estuvieran montándose un trío, cuya opción ya era demasiado retorcida para la ordenada cabecita de Javi, era cierto: Fran estaba parcialmente oculto por otro tipo, que estaba prácticamente encima de él, y ambos se besaban como si no existiera el mañana. Miró extrañado a Alex, preguntándose qué diantres entonces hacía él allí al lado, pero desechó el pensamiento. La verdad pura y dura era que no entendía nada, no comprendía aquel mundo ni encajaba en él, y se cuestionó por enésima vez por qué había ido a parar a aquel sitio. Sin palabras, volvió a girarse y continuó su camino hacia la salida con paso más relajado. Allí, de todas formas, no podrían hablar.

Alex maldijo en todos y cada uno de los idiomas que conocía, desvió la mirada un segundo, sopesando las opciones rápidamente, pero al instante estaba siguiendo a aquel cabezota hacia fuera. No sabía qué le sorprendía más, si el hecho de que su compañero de piso que había sido habitualmente homófobo se hubiera atrevido a adentrarse en aquella zona, o que hubiese ido a buscarle después de que sus últimas palabras literales hubieran incluido un “déjame en paz”. Probablemente, la mezcla de ambas cosas hacía que el desconcierto creciera de forma exponencial. Súmale el alcohol y el humo que había estado fumando, a Alex le costaba pensar.

No era sólo eso.

Estaba harto de que Javi jugara con él como si fuera un muñeco o, mejor, un campo de pruebas. Ensayo y error. Ahora quiero probar una buena polla dura, ahora no soporto pensar que acabo de hacer lo que acabo de hacer. Vienes a buscarme y me disparas esa mirada inconsciente que me habla de todo lo que quieres hacerme, y cuando estamos pegados, piel  con piel, me pides cosas que ni siquiera comprendes aún. Pero luego me dices que te deje en paz.

— ¡Javi! ¡¡Javi!! —Empezó a llamarlo en el hall de la discoteca, donde el volumen de la música había bajado considerablemente y sabía que le oía perfectamente. Aunque el maldito idiota seguía andando a buen paso.  — ¡JAVI!

Javi continuó caminando, a pesar de que escuchaba a Alex llamarle a grito pelado. Se sentía incómodo e inseguro allí, no sabía qué era lo que iba a pasar, lo que iban a decirse. Lo que iban a hacerse. Buscaba un lugar con algo más de intimidad, pero incluso la calle estaba atestada de gente. Se alejó de la puerta, agobiado, y rodeó la esquina de aquella gigantesca discoteca, parándose entonces. Allí sólo había un par de parejas dándose el lote, lo suficientemente inmersos en su mundo como para ignorarlos a ellos.

Alex paró en seco cuando volvió la esquina y lo vio allí parado. Su pecho bajaba y subía un poco más alterado de lo normal. Era hipnótico. Javi prendió allí la mirada, sin saber bien qué tenía que decir ahora. Su propia respiración era errática, estaba nervioso como el demonio. Y notaba la mirada de Alex quemándole.

—¿Qué haces aquí, Javi? —Su voz no surgió tan firme como para esconder que Alex no iba algo colocado. Aunque aplaudió el esfuerzo.

Miró el cigarro liado que aún colgaba de su mano izquierda. —Qué mierda haces con eso…

—No creo que te incumba —cortó Alex.

—Quiero que vuelvas a casa. —Javi fue contundente en el tono, escondiendo también su inquietud. Su estado de humor era bastante peligroso, Alex lo había obligado a adentrarse en aquella zona para buscarlo, y él no estaba preparado para dejarse ver por allí todavía.

—¿Para qué? ¿Para correrte unas cuantas veces conmigo y luego esfumarte a esconderte en el fondo del armario? No, gracias —escupió Alex, envalentonado por el alcohol.

—Eres un gilipollas, Alex. Deja de decir tonterías o…

—¿O qué? —le cortó. —¿Vas a meterte otra vez en mi ducha, girarme contra la pared y follarme sin dar la cara?

Javi enmudeció. La humedad acudió rápidamente a sus ojos.

—Joder, Alex… —musitó con voz rota, antes de darle la espalda y empezar a caminar, alejándose de él.

Mierda. Mierda, mierda, mierda. ¡Joder!

Alex se quedó parado un segundo, el tiempo suficiente para insultarse mentalmente en doce idiomas y darse cuenta de que Javi se había largado llorando y que él mismo tenía una sospechosa humedad en sus ojos. Tiró el cigarro de mala gana y apuró el paso para encontrarlo.

No era justo que pagara su propia inseguridad con él de esa forma. Cada uno tenía su propia jodida espiral de destrozo neuronal.

Lo encontró sentado en un portal, una manzana más allá. La calle estaba prácticamente desierta, era bien entrada la madrugada. Se sentó en silencio a su lado. Javi sorbió y se pasó una mano por los ojos para secarse las lágrimas, sin mirarle. Alex tragó, acongojado.

—Estoy colgado por ti —reconoció, sin levantar la vista. — No lo digo para presionarte, es que… no puedo hacer esto. Estar ahí para el sexo, para que vayas descubriendo todo esto y luego… a lo mejor…, decidas que quieres volver a lo de antes o que prefieres estar con alguien más.

Javi permaneció en silencio unos segundos. Ahí estaba lo que había sospechado, lo que le asustaba. No sabía por qué. Quizá porque era un paso más, un paso más allá, alejándose de todo lo que conocía. De la seguridad.

Pero no pensaba perder a Alex.

—Yo también estoy colgado por ti —reconoció en un susurro, mirando al suelo. Como Alex no dijo nada, siguió—: Vuelve a casa conmigo, por favor. Si no quieres… —carraspeó—, si no quieres, no tendremos más sexo. Sólo quiero estar contigo. Por favor. Vuelve.

Ahora sí alzó la cara para mirar a su amigo, porque aquel seguía callado. Alex también le miraba, con un brillo especial en los ojos y dos lágrimas surcando sus mejillas.

—¿Estás colgado por mí?

Javi asintió. Alex resopló y se limpió las lágrimas.

—Pensaba que esto era… que estabas experimentando. Que podías confundir un encaprichamiento transitorio con algo más. Dios, me he comido muchísimo la cabeza con eso. Con todo lo que pasó el otro día y…

—¿Un encaprichamiento transitorio? —interrumpió la diatriba.

—Sí. Por ser tu primero. Que luego te dieras cuenta de la cantidad de tíos que hay ahí…

—Alex —le cortó—, nunca me ha gustado ningún otro tío. Ni siquiera me han llamado la atención. Sólo… sólo hago esto contigo. Sólo quiero hacerlo contigo.

Ufff…

Alex lo cogió por la nuca y le besó en la boca. Era la primera vez que hacían algo así en la calle con posible público, pero Javi ni siquiera se percató del asunto. Simplemente, se dejó llevar. Y como hacía una semana que no se veían ni se tocaban, se besaron con ansia, abrazándose, recorriéndose con las manos por encima de la ropa, el corazón bombeando con fuerza porque habían hallado un resquicio, una forma de encontrarse de nuevo.

—Vamos a casa —musitó Alex contra su boca.

Javi asintió. Se levantaron y comenzaron a caminar, tranquilos, uno junto al otro. Sus manos se rozaron un par de veces y Alex dudó, pero, al final, cogió la de Javi. Éste le miró y luego le sonrió con lentitud.

Pasearon hasta casa como cualquier pareja.

Un chico para Mary (II)

deseo

(La primera parte aquí).

No era la primera vez que se lo pedían, ni sería la última. En otras ocasiones, algún cliente la había esperado al final de la noche para realizarle peticiones en su único favor, pero ella no solía mezclar trabajo y placer. Lo había aprendido a puñetazos, literalmente. Se encontró valorando la proposición… Sorprendida por el simple hecho de contemplar la posibilidad. ¿Por qué con él? ¿Iba a saltarse una de sus más firmes normas?

−No tienes dinero suficiente para esto. −El coqueteo en sus palabras, en su  lenguaje corporal, en el tono de su voz era estudiado, intencional y ensayado. Tenía mucha práctica y  estaba disfrutando como hacía semanas que no lo hacía, encerrada en su agrio humor de los últimos días. Leonardo tocaba partes de ella que estaban lastimadas, haciéndolas revivir, y estaba segura de que ni siquiera era consciente de ello.

−El caso es que… −se apoyó en sus rodillas desnudas para acercarse, tocando su piel suave, y bajó la voz −… tengo mucho mucho mucho dinero… −Depositó un beso en sus labios tan delicado como el aleteo de una mariposa. −Pero me gustaría dejarlo  fuera de…. esto.

Estaba presionando. Lo sabía. Había notado el estremecimiento en el cuerpo femenino al acariciar sus piernas y la suave inspiración al rozar sus labios. Se sentía atraída por él y él por ella, y si no estuviera tan a la defensiva se habría dado cuenta ya con una simple mirada. Pero le fastidiaba que hubiera sacado a colación el tema del dinero, como si su deseo fuera una mera transacción comercial. Lo degradaba y se degradaba a sí misma. Como si nadie pudiera sentir por ella algo genuino.

Apretó las manos sobre sus rodillas, conteniéndose para no echarle el sermón. Presionando para que se decidiera…

Mary dejó el vaso sobre la barra y se levantó. Sin dejar de mirarlo, caminó hacia la plataforma redonda que culminaba el escenario en el centro de la sala. Se subió a ella y se asió a la barra, balanceándose un poco con la familiaridad que da el uso continuo. No llevaba el atuendo adecuado (por dios, ¡ni siquiera ropa interior adecuada!), pero la mirada de él, que se acercaba lentamente siguiendo sus pasos, le quemaba. Parecía haberla despojado de capacidad de decisión. Y hacía tiempo que no se sentía así con nadie. Observó cómo él se sentaba en una butaca cercana y dejaba el vaso sobre una de las mesitas. No separaba sus ojos de los de ella y sabía que no se lo pediría de nuevo. Sólo rogaba con su mirada.

Sin darse apenas cuenta, Mary giró una vez alrededor de la barra, centrando su mirada en él de nuevo, observando como se apoyaba en el respaldo. Todo él dispuesto a disfrutar. De ella.

Otra vuelta. Y otra más. Cerró los ojos, dejándose ir, la suave música empapando sus sentidos, embotando su mente. El calor del licor ingerido le alentaba, pero era el fuego que prendía la mirada masculina sobre su piel el que le impedía replantearse lo que estaba haciendo. Simplemente, quería seguir sintiendo aquello, fuera lo que  fuera. Se sacó la camiseta sin mucha ceremonia, mostrando su sujetador de cómodo algodón. Quería provocar la misma hoguera en él.

Y Leo, entonces, se incorporó, apoyando los codos en las rodillas, entrelazando las manos. No supo si por prestar más atención o por esconder el bulto enorme que tenía entre las piernas. Verla moverse, contonearse, con los ojos cerrados, como disfrutando de un lascivo baile −un lascivo baile frente a él− le estaba alterando el pulso. Quizá no era buena idea. Quizá no debería habérselo pedido. Quizá ni siquiera debería estar allí, pensó al tiempo que pasaba una mano por su rostro.

Mary irradiaba sensualidad. Las luces creaban formas de sombras y colores sobre la piel que ella iba descubriendo, lentamente. A veces acariciaba una de esas porciones de piel y Leo se percató de la diferencia… No se acariciaba cuando actuaba frente al gran público. Era un rasgo sutil que a él le afectó desmesuradamente. Aquello era sólo para él. Su baile, su fantasía. Sus ojos estaban pegados a ella, a esos dedos suaves pasando por la piel de su muslo a medida que subía la falda, acariciando su glúteo redondo para colarse levemente por debajo de la tela de las braguitas. El gemido masculino se perdió con la música.  Braguitas blancas de algodón. Joder, su ropa interior. La de verdad. El encaje negro era para los demás. A él le enseñaba lo que le gustaba llevar a ella. Y su sexo apreciaba ese tipo de cosas, porque tuvo que recolocárselo en el apretado pantalón. Luego observó cómo introducía los dedos entre su pelo, soltando el enganche y desparramando una melena de oro y miel por su espalda de seda. Era un pecado comestible e inocente. Le disparó una mirada de un azul cristalino tan transparente que no encajaba con la forma de moverse que tenía. Y aun así, era perfecta.

—Yo también quiero verte —le sorprendió ella, mordiéndose el labio inferior.

Pasaron unos largos segundos hasta que Leo, que estaba fuertemente cogido a los reposabrazos de la butaca, soltó su agarre y, sin desconectar sus miradas, llevó sus manos a la bragueta. Bajó la cremallera del pantalón vaquero tan lentamente que el simple roce hizo magia sobre su sexo y tuvo que contener un gemido. Por la abertura, extrajo como pudo su miembro pulsante y más que duro. Le dio un par de pasadas con la mano, moviendo la piel y sintiendo el placer de la caricia, volviendo a apoyarse en los reposabrazos de la butaca. Dejándole espacio a ella para que lo observara a placer. Para que viera qué era lo que le hacía.

Mary apretó las piernas. Verlo ahí sentado, expuesto para ella, completamente vestido a excepción de su miembro duro le provocaba descargas entre las piernas. Pequeñas y placenteras. Era grande y sedoso. Terso. Acariciable. Aquello se estaba saliendo del cauce, comprendió, pero lo estaba disfrutando y su humor macilento de los últimos días había desaparecido. Se sentía adorada y el sentimiento era como una adicción.

—Más —le pidió.

Una comisura se alzó en la boca de Leo, apenas visible, pero lo hizo inmensamente más atractivo. Se incorporó y se sacó la camiseta por la cabeza, dejándola caer al suelo con un movimiento natural y volviendo a apoyar su espalda en el respaldo. Su mano fue a parar a su pecho y trazó un camino lento y descendente hasta topar con la cintura del vaquero. Desabrochó el botón y… dejó la mano sobre su muslo. Agarrando fuertemente la tela.

Quién estaba haciendo el estriptis a quién, se preguntó Mary escondiendo una sonrisa.

—Más —volvió a pedir y, esta vez, a Leo se le escapó una carcajada tan sincera que le aceleró el pulso en las venas.

La mano que se había quedado sobre el muslo se movió hipnóticamente hasta la base de su pene, lo envolvió con los dedos y subió en una larga caricia que le borró la sonrisa de la cara, cambiándola por una expresión de placer. No pudo evitar continuar con las caricias, lentas, perentorias, contenidas, mientras ella continuaba moviéndose alrededor de la barra. Sin separar los ojos de él, lo que le encendía de una forma inusitada.

Mary era incapaz de desviar la mirada. Aquel hombre, Leo, estaba sentado allí, como un banquete de los dioses, acariciándose por y para ella. Sus ojos seguían el movimiento ondulante de su mano. Arriba, abajo, arriba, caricia sobre el glande, abajo… Lento. Comedido. Húmedo… Ella empezaba a humedecerse también a causa del deseo.

Deseo. Se mordió el labio calibrando su respuesta. Era deseo puro y duro. Con otro movimiento fluido, se deshizo de la falda y se pegó a la barra de metal, colocándola entre sus piernas. Ajustó la posición y, mordiéndose el labio, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo. La primera descarga de placer le hizo jadear. Pronto cogió el ritmo y siguió acariciando su centro con movimientos más complejos y sinuosos. Sentía cómo la humedad entre sus piernas iba creciendo, lubricando la zona aun debajo de las braguitas de algodón, al tiempo que giraba y se abrazaba con las piernas a la barra de acero. Había cerrado los ojos concentrándose en su propio placer y cuando los abrió de nuevo para mirarle, le impresionó  lo que vio.

Leo caminaba hacia ella como un enorme felino acechando a su presa. No quería asustarla saltándole encima como una bestia en celo. Pero no había podido soportarlo más. Cuando Mary había echado la cabeza hacia atrás y cerrado los ojos, la expresión de placer lo había sorprendido por completo. ¿Qué demonios estaba…? Un ramalazo de fuego y placer recorrió su columna disparándose directamente en su sexo cuando lo comprendió. Tuvo que detener los movimientos de su mano y cogerse los testículos para evitar correrse. Se quedó absorto, jadeando y contemplando cómo Mary se acariciaba con la barra de metal, sutilmente pero sin esconderse.

No podía más.

Se levantó sin pensar mucho en lo que pretendía hacer. Sólo sabía que tenía que tocarla, que quería formar parte de su placer. Que anhelaba su tacto sobre él. Ella se quedó quieta tras la barra cuando llegó a su lado, los jadeos de ambos componiendo una erótica melodía. Alzó los brazos, pasándolos a cada lado de ella y llevando sus manos hasta el broche del sujetador. Abrazados como estaban, con la barra de por medio, desenganchó la prenda y la fue retirando suavemente, erizando la piel de sus brazos al pasar los tirantes. Así fue como Mary quedó desnuda frente a él, a excepción de las braguitas. Dejó caer la prenda al tiempo que contemplaba con maravillada concentración los senos de piel blanca y suave. Los rodeó, llenándose las manos de sensualidad, sintiendo el tacto, el peso, el balanceo, notando cómo las puntas rosadas se endurecían. Sentía su dolorosa erección palpitar contra el metal. Barra de acero contra barra de acero. La sensación de frío y calor era electrizante. Alzó sus ojos a los de ella, que lo miraba jadeante  y las manos fueron subiendo por su piel caliente, pasando por el cuello hasta tocar los labios. Con una caricia sutil los instó a abrirse e introdujo un pulgar. Mary lo lamió con fruición, y él se volvió loco de imaginar otra parte de él en su dulce boca.

—Quiero que me hagas esto, Mary… —rogó, juntando sus frentes, y ella chupó más fuerte.

El otro pulgar recibió el mismo tratamiento y luego bajó ambas manos a sus pezones, prodigándoles húmedas caricias que hicieron que ella echara la cabeza hacia atrás con un largo gemido. Una vez estuvieron convenientemente mojados, Leo pasó las manos alrededor de los senos y los apretó suavemente hasta que las húmedas cimas quedaron contra el frío metal. Escuchó como lejano el lamento femenino, observando absorto cómo las cúspides se tornaban más duras con el contraste.

−Muévete  −pidió, mientras se lamía los labios, deseoso de posarlos allí donde su vista se fijaba.

Ella obedeció, más por propio deseo que por acatar la orden. Comenzó un sutil balanceo arriba y debajo de la barra, acariciando ahora además de su sexo, sus pezones. El placer era líquido precipitándose por sus venas, disparando su pulso y su respiración.  Las sensaciones cada vez más intensas, creando espirales de gozo que la iban sumiendo poco a poco en un estado extático, pero conforme iba ascendiendo la sinuosa senda del deleite, trocitos pequeños de su consciencia iban despertando y tomando el control. ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué jugaba? Ella no era así, no hacía las cosas por despecho. Empezó a sentirse sucia… y justo antes de alcanzar la cima, se detuvo en seco, fuertemente agarrada a la barra de acero. Su respiración salía alterada y sentía el rubor en sus mejillas.  No se atrevía a alzar la mirada.

−¿Qué pasa, Mary? −le llegaron las palabras susurradas empapadas en desconcierto.

¿Qué iba a decirle?

−Yo… no soy así  −respondió, negando levemente con la cabeza.

Un dedo suave se apoyó en su barbilla en una caricia y le alzó el rostro. Pasaron unos segundos en que se miraron en silencio. La expresión de él cambió sutilmente.

−Así… ¿cómo? −inquirió. Aunque por su gesto, intuía de qué se trataba…

−No hago esto con desconocidos −contestó, molesta, al tiempo que se agachaba para recoger el sujetador del suelo.

Pero él la agarró del brazo y no dejó que se apartara.

−Mary, mírame. −Cuando logró que ella lo hiciera, continuó−: Estoy aquí, con mi poll… joder,… mi sexo al aire, completamente duro… por ti. Estoy excitado y deseo las mismas cosas que tú.  Quiero que me toques y me muero por tocarte −arrastró una caricia por el costado de su seno−, por besarte y lamer cada hueco de tu cuerpo  −la lengua jugó en su oreja, a través de los susurros. −Te deseo con la misma fuerza… o más, que tú a mí −empujó su  erección contra ella, hasta que su respiración le aseguró que le notaba. −Así que… no te escondas…  No me… dejes así… Quiero darte placer, no sólo que me lo des tú a mí…

Leo la besó, temblando por dentro de anticipación, rogando porque no se echara atrás ahora que estaban tan… cerca. Su sexo pulsaba contra el suave vientre de ella, anhelante de caricias y cuando sintió la mano de ella rozándolo, envolviéndolo, una gota brotó de su punta mojándolos a los dos.

−Espera −atenazó su muñeca, deteniéndola al borde mismo del precipicio. Con manos temblorosas, colocó a Mary justo como había estando antes de su pequeño ataque de conciencia. Las manos sobre la barra, algo por encima de su cabeza, y las piernas a ambos lados del mástil de metal. −¿Me harías un favor? −murmuró en su oído. Ante el gesto expectante de ella, continuó−: Sigue con lo que hacías antes. Quiero verte… llegar así… Yo te ayudo… −Colocó de nuevo las manos alrededor de sus pechos y esta vez los humedeció con la lengua, primero uno, luego el otro, para rozarlos alternativamente con el metal frío.

La voz melosa y oscura de Leo podría convencerla de que danzara sobre ascuas procedentes del mismísimo infierno, reflexionó Mary, su último pensamiento coherente antes de desconectar la capacidad de juicio. Se movía de nuevo contra la barra, sintiendo la presión sobre su clítoris y las pasadas húmedas y calientes alternando con el frío sobre sus pezones. No iba a tardar mucho en responder a su demanda, su bajo vientre se agitaba ya con el oleaje lascivo, sus entrañas comenzando a contraerse. Su amante arrastró su lengua hacia arriba, erizando la piel con la punta húmeda hasta llegar a su cuello. Se separó y miró. Y el brillo salvaje que vio en sus ojos le hizo apretar las piernas en torno a la barra, incrementando la presión, aumentando el roce para…

Joder, Mary… podría correrme sólo con mirarte…

…saltar en mil pedazos, desvanecerse en millones de rayos que atravesaron su cuerpo como agujas de placer que irradiaban en todas direcciones desde su sexo. El orgasmo la dejó jadeante, arrasada. Aquello estaba bien, porque Leo le hacía sentirse bien. No estaba simplemente siendo usada. Él ni siquiera había acabado… aún.

Giró despacio alrededor de la barra hasta que se colocó entre ésta y Leo, de espaldas a él. Su trasero apoyado en la abultada ingle, la tela blanca de las braguitas de por medio. Sintió el respingo de él cuando rozó su sexo. Le gustó y lo volvió a hacer: comenzó un sutil balanceo de caderas contra su miembro duro y fue recompensada con la respiración agitada de Leo sobre su oído.

—Mary…

La abrazó desde atrás, una mano sobre sus pechos, masajeándolos y acariciando sus puntas tersas. La otra mano viajó ávida hasta colarse por debajo de las braguitas y desplegó su magia sobre su clítoris. Comenzó así un baile íntimo entre los dos, moviéndose acompasados, dando y recibiendo placer, acelerando ambos pulsos y acompañándose con los gemidos contenidos. Pronto dos dedos masculinos estuvieron entrando y saliendo de ella, con la misma cadencia que sus embestidas desde atrás, el talón de la mano acariciando su centro sin parar. Mary creía que iba a desfallecer, él no había mentido cuando había dicho que quería complacerla. En absoluto.

Cuando estaba a punto de explotar, él paró de repente. Notó cómo apoyaba la frente sobre su hombro unos segundos, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Un sonido de papel rasgado. Después lo sintió manotear sobre su trasero y luego su pene resbalando a lo largo de toda su hendidura, tras haber apartado la tela blanca a un lado. Un envite, dos…

—Quiero estar dentro de ti. —Tercer envite… atrás… —Sentir cómo te corres a mi alrededor… —Otra lúbrica embestida… y su retirada… —Correrme dentro de ti —Las últimas palabras, un gruñido… y otra embestida húmeda a lo largo de su sexo. — ¿Me dejarás, Mary? Estar dentro de ti…

Lo sentía latir entre sus piernas, fuerte, caliente, duro, seda envolviendo acero… Ella misma pulsaba con la misma necesidad, al borde del orgasmo. Una leve inclinación, un sutil cambio de postura y él empujó toda su longitud ardiente en su interior con un gruñido desgarrando su garganta.

Lo que vino después fue la locura. Mary se afianzó bien al mástil de acero para soportar la intensidad que Leo imprimía a sus acometidas. La penetraba tan profundamente que tocaba partes muy ocultas de su interior, y no sólo físicas, para salir luego casi completamente, sus caderas moviéndose cual pistones bien engrasados. Ella no necesitaba más. Su sexo se contrajo una, dos veces… mil veces más… Espasmos del gozo más puro que había sentido nunca y luego… la lluvia.

Él eyaculando placer, palpitando dentro de ella en llamaradas vehementes que arrancaron gemidos agónicos de ambas gargantas. Mary se hubiera caído al suelo de no estar sujeta a la barra con sus manos y abrazada por él desde atrás. Sus piernas eran de gelatina y sus ojos de agua.

Leo la escuchó suspirar y la apretó más contra sí. Salió de ella despacio, sin querer abandonar aquel santuario, rogando porque le fueran permitidas más visitas. En un movimiento fluido, la cogió en brazos, cargando su cuerpo delicado, y se sentó en la butaca que hubiera utilizado antes, con ella en su regazo.

Permanecieron así durante mucho tiempo, cada uno perdido con sus propios demonios. Mary hacía muy poco que se había auto convencido de que no habría chicos para ella y no quería confiar. Temblaba como una hoja joven sólo de pensarlo. No quería volver a enamorarse. Nunca más. Y más lágrimas se deslizaron por sus mejillas con el funesto pensamiento. Leo las percibía y apretaba los dientes. Mary no le dejaría entrar, aunque le hubiera permitido la entrada física a su cuerpo. Las barreras que notaba eran sólidas e insensibles. No podía enamorarse de ella. No quería…

A pesar de los pensamientos tenebrosos, pronto cayeron ambos en un sueño profundo y apacible. Desnudos a medias y abrazados sobre una usada butaca de un club de estriptis. Nadie les molestó…

Un chico para Mary (I)

Un estremecimiento de anticipación la recorrió de arriba abajo, como siempre ocurría, dejándole cada fibra de su ser sensible y electrizada. Respiró hondo y atravesó decidida las telas que le separaban del escenario, caminando con toda la determinación que aquellos tacones le permitían. Al llegar a la barra, se agarró a ella y giró con un movimiento estilizado y sensual, comenzando a moverse según la coreografía ensayada.

Hacía tiempo que había aprendido la técnica para no sentirse intimidada cuando trabajaba. No era extrovertida por naturaleza, por lo que subirse a un escenario para quitarse la ropa al ritmo de una canción mientras cientos de ojos se posaban sobre su cuerpo desnudo había supuesto un problema al principio. Pero no tenía otro remedio. Así que lograba abstraerse centrándose en la música y evitando mirar directamente a nadie. La sala estaba en semipenumbra, un montón de lamparitas de luz tenue esparcidas como luciérnagas en la noche, por tanto no le resultaba complicado no ver lo que no quería. Un foco enorme desparramaba luz por su piel descubierta, fabricando ilusiones de sombras que se movían sobre ella al son de la canción. Los movimientos eran sensuales, pero estudiados. Sabía lo que gustaba y lo ejecutaba con precisión, aunque sin que pareciera forzado en absoluto. Sonreía. Parpadeaba, abanicando con sus largas pestañas. Insinuaba antes de desprenderse de una prenda, creando expectación. Recibía los halagos de los hombres con un guiño de ojos o un movimiento especial dedicado, como ella los llamaba.

Sabía hacer bien su trabajo y sabía lo que esos desconocidos veían. Un rostro juvenil, inocente, de ojos azules y labios carnosos enmarcado por una melena rubia. Y un cuerpo de vicio. Conocía el efecto que surtía la mezcla de inocencia y pecado que ella ofrecía. Y lo utilizaba. Lo que ganaba bailando en el club le permitía, junto con lo que ganaba su madre, vivir sin aprietos. Estaba cansada de contar cada céntimo que gastaba y de ver a su madre marchitarse desgañitándose para sacarlas adelante. Hacía un tiempo que las cosas habían cambiado, claro que su madre no sabía exactamente en qué trabajaba ella.

No estaba orgullosa. De cómo se ganaba la vida y, en los últimos tiempos, del resto de los aspectos de su existencia. Hasta no hacía mucho, estaba convencida de que lograría salir del agujero en que vivía y ser una mujer normal. Con un trabajo que le gustara —había estado estudiando para ello— y un chico a su lado que la quisiera. Pero ese chico, uno con el que compartía una larga historia, había comenzado una relación con otra persona y ella había perdido, en cierto sentido, el norte. La parte racional de su mente tenía claro que, en realidad, nunca había habido otra cosa que amistad y sexo entre ellos. Era esa otra parte de ella la que, rebelde, había esperado más. Le costaba admitirlo, pero le había afectado. Su autoestima había caído en picado. Era posible que su trabajo, el que de verdad se le daba bien, fuera bailar en un club de estriptis, por muy exclusivo que fuera. Era posible que no hubiera chicos para ella.

Echó una última mirada melancólica al extremo de la barra donde siempre la había esperado Sergio antes de concentrarse de lleno en el espectáculo, una sonrisa incitadora brillando en su rostro.

Leo estaba en el extremo de la barra más alejado del escenario, tomándose una cerveza fría. Había tenido un día de perros. Reunión tras reunión se habían sucedido las horas y no fue hasta que llegó por la noche a casa y se despojó del traje y la corbata que no respiró de verdad. Y eso que no tenía demasiados superiores en la empresa. Pero que uno de ellos fuera tu (tiránico) padre era peor que una condena. Se había colocado unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón blanco estampada con un dibujo desteñido y se había dirigido directo al club.

Quizá no hubiera recibido cariño paterno en su vida, pero sí dinero a mansalva. Y parte de él, lo había empleado hacía algunos meses en la compra del distinguido local conocido como Cocoon Paradise. Probablemente no había sido la mejor inversión, pero era rentable. Y le entretenía.

Eso lo había descubierto hacía varias semanas, cuando había decidido pasarse por el sitio en cuestión para ver qué era lo que había adquirido. Por norma general, no era asiduo de ese tipo de clubs, aunque sí que conocía un par de ellos. Siempre había tenido buena cabeza para los negocios, pensaba convertir el suyo en el mejor y para eso tenía que conocerlo.

La primera noche había llegado a mitad de la velada. Se sentó en una mesita iluminada con una luz tenue procedente de una lamparita y observó desde la oscuridad. En el escenario se sucedieron las bailarinas, todas ellas bonitas, algunas de rasgos exóticos. Morenas, pelirrojas, rubias y cobrizas. De edades entre los veinte y los cuarenta, todas con cuerpos para el pecado ejecutando danzas exuberantes que hipnotizaban a los parroquianos. El espectáculo de piel desnuda lo satisfizo y, cuando ya estaba tocando la noche a su fin, apareció ella.

Mary. Una rubia de grandes ojos azules y unos veinte años. Su miembro, que había permanecido semierecto durante todo el espectáculo, cobró vida al instante cuando la vio. La expresión inocente en el rostro contrastaba con un cuerpo que invitaba a placeres oscuros, el blanco y el negro. El ángel caído. La mezcla amenazaba con hacerle perder la compostura. No era el único, comprobó aquella noche. En algunas mesitas cercanas, los hombres, maridos correctos, afectuosos padres de familia, se acariciaban por debajo del mantel. Sin saber exactamente por qué —todavía—, aquel gesto le hizo querer gruñir. Todos parecían soñar con lo mismo. Pero aquel no era un local de prostitución y, si alguna de las chicas optaba por ese negocio, era de puertas hacia fuera.

Bebió un trago de cerveza fría, sonriendo al rememorar aquella primera noche. No fue la última. Leo averiguó sus turnos y acudió puntual a sus citas con Mary. Noche tras noche, terminaba sus horas en su club, por negocios, se decía. Conoció a muchos de sus empleados, a varias de las chicas, a todos los camareros y seguratas, pero Mary era reservada. No solía alternar con los clientes, ni siquiera con sus compañeros. Aunque, había observado, a veces se tomaba una copa al finalizar su show, cuando ya no quedaba casi nadie por allí.

El que ella evitara cualquier contacto le resultaba algo frustrante, debía reconocerlo. Y le atraía como un poderoso imán al mismo tiempo. La hacía misteriosa y él se descubría algunas veces imaginando sus secretos. Quería conocerlos. Se había convertido en una especie de objetivo personal. Y la fuerza del imán se había vuelto más intensa en los últimos días, cuando la habitual picardía de sus ojos había desaparecido, dejando paso a algo similar a la… melancolía. Estaba seguro que nadie excepto él se había percatado y sintió cierta preocupación al respecto: estaba siendo condenadamente observador con ella. Pero ese cambio sutil acicateaba su curiosidad como la de un crío de dos años. Esa noche iba a tentar a la suerte, despidiendo a todos y esperándola, pensó mientras la contemplaba absorto bailando en el escenario.

Desnudándose. Sensualidad irradiando por cada uno de los poros de su piel y estrellándose contra los de él, que la absorbían ávidos. Mary era puro fuego, puro deseo encerrado en un cuerpo voluptuoso que constreñía las entrañas de cada uno de los espectadores, incluido él. La ropa interior de negro encaje transparente invitaba a acercarse para ver lo que escondía debajo, y a su vez dejaba kilómetros de piel a la vista que se antojaba suave al tacto. Leo quería tocarla, acariciarla con las manos. Con la lengua. Su sexo pulsó bajo la bragueta cuando ella se deshizo del sujetador con un movimiento lento, arrastrando la tela por sus pechos. Eran perfectos, pero él ya los había visto antes. Y no se cansaba. Empuñó el botellín de cerveza dando dos tragos largos del frío líquido. Necesitaba refrescarse, pensó con ironía. Era el efecto que Mary tenía en él, más que el resto de bailarinas. Ardía. Literalmente, el calor invadía su cuerpo hasta la última célula, la hoguera más grande prendida en sus genitales. Mary daba vueltas a la barra como si ésta fuera su apoyo desde hacía años, en íntima confianza, contoneaba sus caderas, movía sus hombros y Leo absorbía fascinado cada balanceo de ella. No quería, pero su mente le jugaba malas pasadas disparándole imágenes de ella moviéndose como una bendición sobre él. Era un maldito pretencioso. Por lo que sabía, ella era una bailarina. Punto. No es que él quisiera pagarle…—nunca lo había hecho por placer—, pero se sorprendía preguntándose si por tenerla a ella cruzaría la invisible barrera.

Menudo insulto. Se dio una colleja mental. No iba a degradarlos a eso. Que las cosas siguieran su curso. Nunca había sido un capullo con las mujeres.

♠♠♠♠

Cuando salió a la estancia, todo estaba a oscuras ya. El último par de clientes abandonaba el local con paso inseguro y conversación animada con el jefe de camareros, que los acompañaba amablemente hacia la puerta. No vio a Will, el camarero de origen cubano y su amigo, por ninguna parte, pero se sentó a la barra igualmente a esperarlo. Se tomaría una tónica con él y charlarían de cosas triviales, como solían hacer mientras él recogía la barra.

−¿Qué desea tomar, señorita?

Mary alzó la vista, sin saber si estaba más sorprendida por el tono con que aquel tipo había pronunciado la palabra “señorita” o por su mera presencia, de la que no se había percatado antes. Sin embargo, la miraba expectante con una sonrisa amable en el rostro, así que respondió.

−Una… tónica.  Schweppes, por favor…

−Claro −respondió el tipo, girándose. Ella se quedó contemplando su espalda, de hombros anchos y fuertes; aunque la camiseta blanca que llevaba no fuera de las estrechas, la parte superior se ajustaba bastante a su cuerpo. ¿Quién era? No lo había visto antes por allí. No acostumbraba a alternar con clientes del local, pero él estaba cómodo tras la barra, así que pensó que podría tratarse de algún nuevo camarero. Aunque ni por asomo con la misma destreza que Will, pensó divertida.

Se giró y le sirvió la tónica, disparándole una mirada que a ella le robó el aliento. Por lo salvaje. Pero ese punto enseguida desapareció de los ojos negros como pozas y ella pensó si se lo habría imaginado.

−¿Eres nuevo?− preguntó sin ambages.

−Podría decirse que sí.

−Mmm… −asintió−, chico misterioso.

−No más que tú…

Sus miradas se conectaron durante unos segundos, intentando ir más allá de sus iris, más… adentro del otro.  Ella cogió el vaso y bebió. Había algo que… le atraía de aquel chico, la forma en que la miraba no era como la del resto de hombres, pensó mientras dejaba que el líquido transparente se deslizara por su garganta, notando las burbujas refrescantes… y otra cosa más. Miró el vaso extrañada y frunció el ceño.

−Eh, ¿quién eres tú y por qué quieres emborracharme?

Leo tuvo que sonreír. Se había quedado hipnotizado contemplando el movimiento de los músculos de su cuello al tragar, sus labios llenos apoyados con delicadeza en el borde del vaso. Quería morderle. Pero Mary estaba a la defensiva…

−Soy Leonardo Llach y no quiero emborracharte. Sólo invitarte a una copa. Te voy a acompañar −apuntó mientras se servía otro vaso con un líquido ambarino que olía a muchos más grados de alcohol que el suyo. Su sonrisa fue, por fin, correspondida  por la de ella.

♠♠♠♠

−No me puedo fiar de vosotros −rió ella al cabo del rato, apoyando la mano en su muslo y dejando una huella caliente aun con la tela vaquera de por medio.

No estaba ebria, pero el licor había hecho bien su trabajo, relajándola hasta el punto de permitirse reír. Estaban sentados juntos, en dos taburetes de la barra, charlando animadamente. Había intentado acercarse a ella, saber más, pero Mary esquivaba hábilmente sus insinuaciones. Alguien le había hecho daño no hacía mucho, de eso estaba seguro.

−Puedes fiarte de mí −una mentira susurrada, sólo porque la intención de traspasar sus barreras y conocer sus secretos se estaba convirtiendo en una necesidad.

Ella le miró a los ojos, por encima de la copa mientras bebía. Parecía estar calibrando la veracidad de su afirmación y Leo hizo todo lo posible porque su expresión pareciera sincera.

Quería follársela.

Así que probablemente no debería fiarse de él, a menos que buscaran lo mismo.  Pero hubo de reconocer que había algo más allá del simple sexo que tiraba de él, ese sutil cambio en su mirada de las últimas semanas…

Mary rió, una risa limpia y cristalina, despojada de cualquier deje teatral, muy diferente de las risas que le había dedicado al principio de la noche, que a él le calentó las entrañas. Estuvo a punto de gemir contra su propio vaso.

−¿Qué quieres de  mí? −preguntó, juguetona.

Ahora sí que no mintió.

−Quiero que bailes para mí, Mary… −La miró sin tapujos, y añadió susurrando−: Sólo para mí…

Dos vidas en una

(Aviso: contenido homoerótico)

(Clic para música)

Cuando llegó a casa esa noche de juerga, su amigo y compañero de piso lo arrinconó en el pasillo y comenzó a besarlo con desesperación. Alex no se habría esperado esa reacción jamás, a pesar de que sabía cómo se sentía Javi con respecto a él. El miedo era una emoción poderosa y, sin embargo, ahí estaba, comiéndole la boca como si el fin del mundo se acercara.

— ¿Tienes idea de lo que estás haciendo? —susurró aceradamente entre besos. Quería estar seguro de que Javi sabía lo que se hacía, que no era una nueva partida del “tiro la piedra y escondo la mano”. No quería albergar esperanzas y luego… enfrentarse a una nueva negativa.

—No… —susurró a su vez Javi—. Ayúdame… —Un beso corto. —Alex… —la voz surgía rota de su garganta, antes de lanzarse a otro beso con lengua. —Por favor…

Alex no era capaz de negarse. Estaba absolutamente sumido en el placer de devorar por fin esa boca que le había estado prohibida y las palabras de su compañero apenas atravesaban la bruma de éxtasis. Sentía las manos de Javi por todo el cuerpo, rápidas, torpes, nerviosas, intentando llegar a cada rincón por encima y luego por debajo de la ropa. Metiéndole mano descaradamente. Javi. El contenido, el amigo, el… hetero. Él lo había sabido. A su compañero de piso podían irle las tías, pero también le iban los tíos. O, al menos, le iba él. ¿Cuál había sido el detonante? No tenía ni idea. Se había percatado de las miradas recorriéndole el cuerpo, de aquella especie de incomodidad de cierto tiempo hasta esta parte en las ocasiones en que se veían desnudos, cuando antes no había importado.

Se había dado cuenta también de los roces sutiles, de las miradas significativas. De los pantalones abultados. Conocía a Javi desde secundaria y jamás había mostrado ningún interés hacia los chicos. Más bien, al contrario; la cantidad de novias, rollos de una noche y acompañantes varias que le había conocido era un desfile que no tenía fin. No obstante, su comportamiento había cambiado desde hacía un par de meses. Cuando lo había pillado a él, enrollándose con otro tío en un rincón oscuro de una discoteca. Ambos compartían piso en la universidad y era de suponer que, siendo además amigos, lo compartían todo. O, al menos, el tipo de cosas de ese calibre. Alex no sabía por qué no se lo había contado. Quizá porque no iba ondeando sus preferencias sexuales cual bandera. O, sencillamente, porque, en un profundo rincón dentro de él, había temido la censura de su amigo. Cuando lo había pillado con aquel chico, había notado la mirada de perplejidad y enfado de Javi, que se había girado en redondo y salido del lugar a grandes zancadas. Le había costado lo suyo alcanzarlo y le había explicado que, aunque a veces salía con mujeres, casi siempre prefería a los hombres. Le había pedido perdón por no habérselo contado antes y le había dicho que esperaba que aquello no interfiriera en su relación.

Desde luego, la reacción que había esperado era la de censura, viniendo de la familia conservadora de la que provenía Javi. En absoluto había previsto una respuesta tan visceral, aunque fuera contenida. Lo había descolocado por completo. No podía ser que Javi… por él… No. Pero lo era. Aun sin querer hacerse ilusiones al respecto, veía claramente cada señal que, sabía, Javi no era consciente que mandaba. Intentó un par de veces acercarse, con muchísimo tacto, pero obtuvo sendas negativas, la última de ellas, acompañada por un comentario despreciativo. Habían terminado alejados uno del otro. Alex no quería saber nada de alguien que se comportaba de forma homófoba, aunque fuera sólo en momentos concretos. No reconocía a Javi en aquella persona y le dolía. Pero había seguido con su vida. Ya no salían juntos nunca. Hasta en casa se evitaban en lo posible, y cruzaban las palabras estrictamente necesarias.

Y un buen día, mejor, noche, llega a casa tan tarde como de costumbre y se encuentra a Javi no sólo esperándole, sino esperándole… para esto. Quería frenarlo, aquello era una locura, percibía cierta nota desesperada en las caricias y besos de Javi y quería detenerlo para decirle que todo estaba bien, que podían ir más despacio… Sobretodo porque pensaba que algo no estaba bien en los pensamientos de su amigo.

—Espera… Javi… —Pero no podía detenerlo. La mano que tanteaba su bajo vientre y su ombligo bajó de repente a su sexo.

Javi tenía que comprobarlo; necesitaba saber que no era el único sumido en aquella jodida locura. Bajó la mano hasta la entrepierna de su compañero de piso y mejor amigo, y lo encontró duro como el acero. Tanto como él. Aquello le incendió la sangre. Y el leve gemido de Alex en su boca hizo que explosionara. No podía creerlo, pero se moría por tocarlo ahí, sin nada, la piel contra su mano, contra su… polla. Quería masturbarlo hasta hacerle perder el control y que se corriera con él. Correrse juntos. Nunca había sentido una necesidad de tal calibre. Jamás con ninguna chica como con su… amigo. Dios, ¿por qué? No podía quitárselo de la cabeza desde que lo había visto enrollado con otro chico. La sorpresa había sido mayúscula, pero lo que realmente le había fastidiado fue la emoción fugaz que, como un rayo, lo había atravesado. Alex era suyo. Es decir, no importaba qué hiciera con las tías, pero ningún hombre iba a estar más cerca de Alex que él. ¿Aberrante?

Él no era gay.

Y sin embargo, cuando escuchó que Alex le decía que podían ir más despacio, negó como un poseso con la cabeza. Y cuando, después de eso, Alex le alzó la camiseta y comenzó a descender dejando una ardiente y húmeda huella por su pecho y vientre, no fue capaz de detenerlo. Si seguía jadeando así acabaría hiperventilando, pero estaba nervioso de cojones. Su cabeza le martilleaba con el “no, no no…” y su cuerpo estaba más que listo. Brutalmente listo. Dejó escapar un quejido, mezcla entre sollozo y gemido, y Alex separó la cabeza, respirando como él. Lo miró desde abajo, a los ojos. Y sus manos fueron directas a su bragueta…

Luego vinieron forcejeos. La violencia se desató entre ellos, Javi separándolo entre gruñidos y Alex deshaciéndose de sus manos y sus empujes para llegar a su objetivo, los jadeos y gañidos llenando el silencio del piso, hasta que llegó un momento en que no sabía si peleaba por apartarlo o… acercarlo más. Porque la jodida lucha se estaba llevando en su interior, entre su condenada cabeza y el resto de su ser… Y cuando la mano de Alex le rodeó, suave, firme… y sintió su lengua tibia sobre su piel, supo que, quizá había podido detenerlo en otras ocasiones, pero no iba a ser capaz de hacerlo ahora. Lo deseaba como el infierno. Ahí tienes una verdad pura, capullo.

Echó la cabeza hacia atrás, golpeándose contra la pared y temblando. Alex no se lo había metido en la boca, lo lamía con pericia, con… ganas. El placer y el deseo se arremolinaban en su bajo vientre, conjurando una espiral que difícilmente iba a poder soportar. Tenía los ojos cerrados y unas ganas de embestir que a duras penas podía contener. Pero no iba a hacerlo. No lo iba a hacer…

—Joder… —gruñó cuando su amigo lo introdujo en su boca, y Alex le devolvió el gemido que reverberó en cada nervio de su anatomía.

Alex no sabía cuáles iban a ser las consecuencias de sus actos. Sólo que Javi llevaba semanas pidiéndolo y que ahora ambos lo estaban disfrutando como si se acabara el mundo. Dar placer a veces era casi mejor que recibirlo. Y cuando descubres que alguien a quien deseas pero que descartas por que piensas que es imposible… siente lo mismo por ti… los fuegos artificiales están asegurados. Tenía una mano apoyada en la cadera de Javi para controlar el movimiento y bajó la otra despacio hasta su propio sexo, estaba tan duro… Bajó más y apretó la bolsa que colgaba en un intento por relajarse. Aquello no podía durar mucho más, aceleró el ritmo, intensificó las caricias… Javi empezó a perder el control y eso arañaba peligrosamente su cordura…

Javi, que tenía los ojos cuidadosamente cerrados, los abrió. Pero no era el techo lo que quería ver, así que bajó la cabeza. La cabeza de Alex se movía sobre él y verlo sobre su sexo fue realmente perturbador. Alargó una mano que temblaba más de lo que quería reconocer y le acarició el pelo. Y al instante, la mirada de su amigo le quemaba la retina, convirtiendo su sangre en lava. No hizo falta más. Apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza cuando el orgasmo más poderoso que había sentido nunca se apoderó de él, recorriendo cada fibra de su ser, anulando cualquier indicio de pensamiento o voluntad, doblegándolo, doblándolo hacia delante. Se corrió como no lo había hecho jamás con ninguna chica y estaba tan sumido en las sensaciones, que el pensamiento ni siquiera hizo mella en él.

Cuando terminó, las piernas le temblaban tanto que no le aguantaron y resbaló por la pared, hasta apoyar su culo en el suelo. Apenas fue consciente de que Alex se apartaba con premura y desaparecía por la puerta del baño. Respiraba como si hubiera corrido una jodida maratón y cuando logró apaciguarla, sus jadeos se convirtieron en sollozos y los ojos se le humedecieron.

Alex había salido corriendo. Huyendo, era consciente. Pero ¿qué otra maldita cosa podía hacer? Estaba prácticamente fuera de control y dudaba seriamente que su amigo estuviera listo para lo que él tenía en mente. Así que allí, entre aquellas cuatro paredes, más sólo que la una, se masturbó pensando en Javi por primera vez. Porque cada vez que se le había pasado el pensamiento por la mente con anterioridad se había sentido tan sucio que lo había aplastado sin conmiseración, reprimiéndose. Pero esa vez era suya… Oh, sí…

No creía haber durado más de un minuto y tardó otro más en asearse y salir. Porque se había dado cuenta de cómo se había quedado Javi tras su encontronazo y quería comprobar que estuviera bien y, de paso, sacudirse la capa de culpabilidad que empezaba a cubrirle pegajosamente.

Lo encontró en salón, sentado en el sofa, con los codos apoyados en las rodillas. Tenía los ojos enrojecidos, pero secos, y miraba al frente. No desvió la vista del infinito cuando él entró en la estancia y se quedó de pie, a unos metros. Alex no sabía qué decir. “Lo siento” no entraba en sus planes porque no lo sentía en absoluto y no pensaba dejar que Javi se deshiciera de su parte de responsabilidad de algo que él también había querido. Esperaba que no…

—No puedo creer que haya dejado que me hagas eso…

Alex abrió los ojos herido, y dio dos pasos atrás…

—No lo digo en ese sentido —se apresuró a aclarar Javi, ahora mirándole a los ojos—, lo digo… por mí…

Por cómo era él, por cómo había sido educado siempre, por lo que pensaba que quería en la vida, lo que hasta hacía no mucho, había sido un pilar bien asentado en su existencia. Alex lo entendía. Él mismo había pasado por el proceso…

—Te ha gustado.

No era una pregunta.

—Sí —susurró Javi, mirando de nuevo al frente, y vio cómo se le humedecían de nuevo los ojos.

Alex sintió pesar por su amigo. Por el camino que tenía que recorrer. Por todo lo que le quedaba por asumir. Iba a estar a su lado.

Si se lo permitía.

(sigue)

Crónicas Oscuras. Transición

Este es el relato con el que participo en el Juego de Verano convocado por Paty C. Marín, autora del blog Cuentos Íntimos. Espero lo disfrutéis.

(clic para música)

Crónicas Oscuras. Transición

Cierro los ojos y todavía puedo ver el horrible lugar.

La luz tenue y rojiza de las llamas en la pared. El aire es espeso, viciado, un pesado perfume a exóticas especias lo impregna todo. Y el olor metálico. Sé que no estoy sola, a pesar de que la penumbra es tan densa que no veo más allá de un par de metros de mí. Algo… o alguien me acecha desde uno de los rincones oscuros de esta mazmorra donde todo es humedad y frío. Y en un recóndito lugar oculto dentro de mi ser todavía soy capaz de albergar algo de temor. Mis sentidos están abotargados debido a la ponzoña que seguramente todavía recorre mis venas. Me muevo y el sonido de las cadenas y el dolor de las argollas en mis muñecas y tobillos me llega distorsionado, amortiguado.

Un estremecimiento me recorre con el recuerdo.

—No has podido evitarlo.

Su voz preñada de preocupación me trae de vuelta al presente y abro los ojos despacio. Él cree que es por esto, la escena escabrosa que tengo ante mí, por lo que me siento así, como si el mundo hubiera seguido girando a una velocidad y yo lo hiciera a otra más lenta. Gravitando.

No le miro.

Estamos sentados en el suelo, las espaldas apoyadas en la pared. Mi vista fija en los dos cuerpos que descansan para siempre, colgando en posturas retorcidas e imposibles de la cama donde hasta ahora habían dormido plácidamente. Pero no los veo. Ni me preocupan. Sus vidas por la mía. Lo que siento es un alivio inmenso, tan infinito que no me cabe en el pecho. Quizá he escapado de un infierno para adentrarme en otro.

—Háblame —le pido con voz monótona, carente de todo sentimiento.

Seth se encoje de hombros. No le temo. Ya no. Él me ha ayudado.

—Akrash me capturó y me convirtió. Ella es… Antigua. Es poderosa y su sed de sangre no conoce límites. Tiene varios esclavos de sangre que le sirven y… cuando uno no aguanta, rápidamente se consigue un sustituto. —No me engaño en cuanto a lo que significa “aguantar”, a pesar de que su voz suena tan desprovista de emociones como la mía propia. Habla mirando al frente, al parecer, ambos sin amedrentarnos ante el grotesco cuadro que presenciamos. —Cada uno de nosotros habitamos una celda en el subsuelo. Ella nos trae… comida. —La pausa que ha hecho ha sido por mí. Porque cree que todavía puede alterarme el mero hecho de que haya sido simplemente “comida” para alguien. O algo. —Y luego nos busca para… alimentarse de nosotros. Entre otras cosas — murmura más bajito. —No sé por qué condenada razón comenzó a llamarme con mayor asiduidad. Probablemente porque me resistía como un maldito tigre acorralado. Eso… le gusta. Tenía claro que si seguía así, no aguantaría mucho más. Entonces, un día cuando me devolvieron a mi celda, era una hembra joven, de pelo oscuro y ojos claros, la que estaba esperándome encadenada en mi aposento. —Esperando a ser su… comida.

Yo. Ahora sí, un escalofrío me recorre, indicándome que todavía tengo la capacidad de sentir intacta. Lo oigo continuar con el relato, pero me sumerjo en mi propia maraña de recuerdos.

Me despierto confusa en un lugar que está frío. Y mojado. Tenebroso. La violencia ocupa mis ideas, pero éstas son inconexas, como cables que no están debidamente enlazados. No puedo pensar con claridad. Ni ver. Pero escucho la respiración ajena perfectamente. Acelerada y contenida al tiempo. Siento una palpitación, un dolor punzante que sacude mi cuello y alguna otra zona de mi cuerpo. Cuando quiero tocarme para ver de qué se trata, compruebo que de nuevo estoy atada. Gimo agónicamente por el terror instintivo que se dispara por mis venas. No conozco el origen de mi temor pero es la señal inequívoca que lanza la parte subconsciente de mi cerebro, que parece saber más que yo. De mi garganta surge un gruñido que no soy capaz de reconocer como propio; estoy afónica. De haber gritado. Empiezo a temblar incontrolablemente y cierro los ojos. Estoy tan cansada… débil. Las lágrimas comienzan a rodar mientras me muerdo el labio para contener el alarido de terror que lucha por salir de mí. Estoy a punto de perder el control o el conocimiento, y entonces… siento una leve caricia en mi rostro que recoge una lágrima.

—… Ya se habían alimentado de ti. —Seth me ayuda a recomponer el paisaje de mi memoria. —Varias veces. Y yo estaba tan sediento

Por el rabillo del ojo veo cómo aprieta el puño sobre su muslo. Aparto la mirada rápidamente, sintiéndome repentinamente mareada.

—Acababa de servir a Akrash y estaba apenas fuera de control. —Su voz suena envuelta en pena.

Lo siguiente a la caricia que siento es un inmenso y lacerante dolor en el cuello, seguido de pulsos de succión desenfrenados. El deseo de perder definitivamente la consciencia y que termine el infierno me invade. Me siento mareada, débil, confusa… La vista comienza a fundirse en negro. El final ha llegado. Bienvenido sea. Me dejo arrastrar… Y siento entonces el roce húmedo en mi boca. Me lamo los labios antes resecos y el sabor que invade mi paladar me deja paralizada. Es intenso y adictivo. Pura ambrosía. Relamo los labios en busca de más y algo presiona en mi boca. Chupo y succiono y, oh sí, el líquido preciado  atraviesa mi paladar y desciende por mi garganta. Algo primario, algo instintivo toma las riendas de mi ser y me lanzo hacia delante en busca de más. No me importa el daño ni el precio. Obtengo lo que quiero… hasta que me separan bruscamente de la fuente de mi droga. Los jadeos que escapan de mi boca se confunden con los gruñidos de ese… ser, que se aleja de nuevo hasta los confines de la estancia, sumido en la oscuridad más absoluta. Y ahora sí, pierdo el sentido.

Los recuerdos de los días pasados están confusos y enmarañados, la percepción del tiempo, difuminada. Sé que esa secuencia se repitió varias veces, mas ignoro si era siempre la sangre del mismo individuo  la que bebía. La ansiedad hace mella en mí al percatarme de que no soy capaz de recordar de forma ordenada, sólo trazos de aquí y de allá, sin orden ni concierto. El nudo que se me forma en la boca del estómago hace que comience a jadear para poder llevar aire a mis pulmones.

La mano de él envuelve la mía cuando percibe que algo no va bien.

El frío de la celda, la humedad calando profundo en cada poro de mi piel, helándome las entrañas. Las argollas en mis pies y mis manos, la postura sostenida, el entumecimiento de mis miembros. El olor especiado, intenso, penetrando en mis fosas nasales y derritiendo mi capacidad de raciocinio. 

El sexo.

—Me follaste.

—Sí.

No le recrimino nada, pero suelto su mano.

—No sólo tú… ¿verdad?

Sé que está apretando los dientes. Los oigo chirriar. Ahora soy capaz de eso.

—No.

Me levanto, alejándome de él sin demasiada intención y contemplo con fría indiferencia el dantesco escenario en el que nos hayamos. Las paredes de madera de la cabaña con algunas sangrientas salpicaduras, las níveas sábanas violadas de rojo intenso. Los ojos desencajados de terror, los brazos y piernas retorcidos en posiciones antinaturales. Aparto la mirada, inquieta.

Me despierto y, como es habitual, al principio no reconozco dónde estoy. Todavía soy humana y la sangre de él sigue teniendo el efecto ponzoñoso en mí. No tengo forma de saber si es de día o de noche, no llega ni una maldita onda de luz aquí abajo. No tengo hambre ni sueño y he recuperado gran parte de mi fuerza. Diría que he sobrepasado mis anteriores límites, pues soy capaz de escuchar con claridad los movimientos de las patas de los insectos que habitan los muros de las mazmorras y distingo las formas y siluetas de la estancia, donde antes sólo veía negrura.

Soy perfectamente capaz de percibirlo a él. Hay una corriente diferente entre nosotros. Y estoy segura de que le ocurre lo mismo. Sabe que estoy despierta, a pesar de que no he movido un músculo. 

Siento cómo se pone en pie y camina lento hacia mí. Abro los ojos y alzo la cabeza para mirarle. Su actitud es cautelosa y su expresión, preocupada. Me observa con el ceño fruncido y los labios apretados, valorando mi estado. Sí. Siento su hambre, su… sed. Su lucha interior. Busca mi mirada al tiempo que una de sus manos toca mi cara en una caricia lenta y ligera que desciende hasta apartar mi melena sucia y oscura a un lado. Dejando mi  cuello al descubierto. Cierro los ojos con fuerza, sabiendo lo que viene a continuación. 

No es suave cuando muerde y algo que escapa a mi comprensión me revela que no puede serlo. Suelto un gañido de dolor sin poder evitarlo, al tiempo que aprieto, indefensa, la mandíbula. Ya he luchado otras veces como he podido, atada de piernas y manos, pero ha sido inútil. Siento la acostumbrada succión y los tirones en mi entrepierna, una sensación novedosa de las últimas veces, que llega a ser… placentera. Él me sostiene con sus brazos fuertes, como si no quisiera que me quedara colgando de las argollas si las piernas me fallan. Cuando está seguro de que eso no va a ocurrir, sus manos se pasean por mis costados, calentando mi cuerpo sumido en el helor. 

Hay otra cosa que calienta mi vientre. Ignoro si es la primera vez o si siempre ha sido así y he estado tan alienada que no me he dado cuenta hasta ahora. Comienza a balancearse contra mí, buscando ese roce íntimo entre la piel de mi estómago y su verga, al tiempo que lame mi cuello recogiendo más líquido vital. Los relámpagos de placer se extienden por mi cuerpo encendiendo cada una de mis zonas más sensibles. Gimo y dejo caer mi cabeza contra su hombro, derrotada en el primer asalto. El deseo es como una droga que corre por mis venas alcanzando lugares recónditos, llenándolo todo con sus latigazos. No lo comprendo su origen ahora. Pero no puedo hacer otra cosa que someterme a él.

Él entiende. Lame mis heridas hasta que dejan de punzar y sus manos se desplazan a mi pecho. De un tirón, aparta la mugrienta ropa y me acaricia mientras su boca traza un sendero de fuego hasta llegar a uno de los pezones. Bendigo secretamente las cadenas que me mantienen presa y me impiden apartarlo. Mi cabeza cae hacia atrás cuando una de sus manos se cuela entre mis piernas, apartando tela. No es paciente y dos dedos se pasean por la lúbrica superficie para terminar en mi interior. Entrando y saliendo. Entrando… y saliendo. 

En una chispa de lucidez me doy cuenta de lo que va a pasar y me impulso contra él, agrediéndole con lo único que puedo: mis dientes, que no son, ni por asomo, tan puntiagudos como los suyos. Le muerdo el cuello con fuerza y tiro, desgarrando carne y piel. Escucho su rugido de dolor y me empotra brutalmente contra la pared, su cuerpo presionando a todo lo largo del mío. Otra vez ese líquido, su sangre, en mi boca. Puro deleite. Me relamo y eso parece romper definitivamente su control.

Gruñe y me penetra de una estocada, al tiempo que vuelve a hundir sus colmillos en mi piel. Yo grito como una posesa. Pero no es de dolor, a pesar de que es enorme. Las sensaciones se mezclan en mi interior formando un torbellino de intenso gozo. El sabor de su sangre sacudiendo violentamente mis papilas gustativas. La succión en mi vena, los tirones en mi centro de placer. Uno, y otro… y otro más. Su sexo entrando y saliendo del mío, tan duro y caliente que acaricia cada porción de lubricada piel interna, tan grande que llega hasta mi alma ya condenada. 

Me alza con sus fuertes brazos hasta que las cadenas tiran tanto de mis miembros que duelen. Pero así sus movimientos son más libres, más desatados. Las sensaciones son cada vez más poderosas, los movimientos más animales. Está bebiendo demasiado. Estoy mareada de placer y de debilidad. Pero no soy capaz de negarle nada. Él parece saber mejor que yo lo que necesito. Lo que ambos necesitamos. 

El orgasmo me sorprende completamente indefensa. Me arrasa como una enorme ola de deleite que no deja nada tras de sí, salvo un cuerpo inerte abrazado a su verdugo. Él se suelta del agarre a mi cuello para echar la cabeza atrás mientras se corre. Y aunque se ha apresurado a cerrar los ojos, me da tiempo a ver el destello sobrenatural que desprenden en ese momento. Soy —más— consciente de que me encuentro en brazos de un ser sobrehumano y la feliz noticia no hace mella en mí.

Probablemente porque estoy convencida de que yo estoy a poco de serlo, si no me he convertido ya en uno.

Cuando ambos recuperamos el aliento, sale de mi interior y noto la humedad descender por mis muslos. Me baja hasta dejarme de rodillas en el suelo y él prácticamente se desploma también, jadeando en busca de aire. Recuerdo entonces que es probable que haya terminado de servir a nuestra Ama y la debilidad haya hecho mella en él. No obstante, se abre la muñeca y me la ofrece. La reacción de mi cuerpo me sorprende incluso a mí. Me abalanzo sobre ella y succiono como si en ello me fuera la vida. 

Y puede que así sea.

—Deja de pensar en eso. —Su voz me llega desde atrás. Me giro y veo que no se ha movido, sigue sentado en el suelo, la espalda apoyada en la pared. Sin embargo, su mirada ha cambiado. El fulgor que tan familiar me es y que relaciono con el placer, brilla en sus ojos en este mismo instante. Sé que puede oler mis estados de ánimo basales. Mi… excitación.

—¿En qué? —le reto, mirándolo fijamente a los ojos y disfrutando de su brillo.

—Ya lo sabes —musita—. En nosotros jodiendo.

Sus palabras desnudas provocan la aparición de una imagen muy explícita en mi cabeza. Lo que me lleva a la siguiente pregunta.

—¿Cuántas veces?

Seth sabe a lo que me refiero y no se escaquea.

Aunque tampoco me responde.

—¿Conmigo o con los demás?

No puedo evitar un lamento. Sus palabras hieren como dagas punzantes.

—Lo siento —murmulla, apartando la mirada. Está mortalmente serio y me doy cuenta de que él ha sufrido tanto como yo al tener que compartirme.  No por motivos románticos. Sé que se siente culpable. —No sé cuántas veces fueron. Yo… cuando bebes de alguien es difícil controlar a la bestia interna. Sus instintos son fuertes y no sólo quiere… sangre.

—Yo acabo de… beber —todavía me cuesta la terminología— y soy capaz de controlarme perfectamente.

—Pero sientes la atracción. —No puedo negárselo. No hacia mis víctimas, con ellas poco queda por hacer. Sin embargo, Seth… Sonríe de medio lado al adivinar mis pensamientos. —Aunque me repudies, ahora mismo te sientes atraída por mí. Y sólo puedes resistirte porque la sangre con la que te has alimentado era humana.

Lo que me recuerda lo que acabo de hacer.

—Por eso yo me resistí las primeras veces. Tu… sangre humana diluía la de Ella. Akrash me permitía beber de ella cada vez, aunque poca cantidad. Ni te imaginas cómo me sentía. —Lo veo negar levemente con la cabeza, dudando si seguir hablando o no… Le animo—. Euforia. Drogado, la voluntad anulada. Vergonzosamente excitado. Deseándola, aunque me asqueara. —Sonríe con cinismo al tiempo que me mira. Establece paralelismos demasiado a la ligera. —Cuanto más antigua es la sangre que tomas, con más intensidad te golpean tus necesidades mas animales. Pero basta que tomes sangre de nuestra especie para que las sientas y ruegues por ser capaz de contenerte. O no —añade.

No entiendo esta última parte. ¿Cómo no voy a querer negarme?

O… ¿no habla de mí…?

—Así que ahí tienes tu respuesta, Allianna. ¿Cuántas veces? —Se encoge de hombros. —Cada vez, cada condenada vez, que volví de ella. —Su voz es dura, pero sospecho que no contra mí. —Sólo pude contenerme las tres primeras veces que bebí de ti. Luego… tu sangre ya empezaba a parecerse a la nuestra y…

No continúa la frase, pero sé perfectamente lo que quiere decir. Sangre y sexo siempre van unidos. Al menos, en… nuestra especie.

Porque eso es lo que soy ahora, ¿no?

—¿Por qué me diste tu sangre? —Aunque suene a acusación, no es lo que pretendo. Sólo quiero comprender; saber cómo he llegado hasta aquí. —Cuando bebiste de mí la primera vez… ¿Por qué lo hiciste? Sólo tengo esas sensaciones ligadas a ti, no recuerdo que ningún otro… esclavo me alimentara.

Seth frunce el ceño profundamente. Parece ofendido, pero no me importa.

—Cuando llegaste a mi celda, estabas al borde de la muerte. Seguro que no era yo el primer esclavo al que te ofrecían, es más, apostaría a que te habían probado unos cuantos. Te habría matado —continúa. —Si no te hubiera ofrecido mi sangre. Te habría matado.

Asiento, comprendiendo el motivo. Así que se dedicaba a salvar —y a convertir, en el proceso— a las pobres mortales que éramos llevadas allí como carnaza.

—¿Alimentaste a más chicas, aparte de mí?

Me mira durante unos segundos, antes de contestar. Veo la duda en sus ojos.

—No —dice, por fin, desviando la mirada.

Soy la única. Su respuesta me sorprende y altera el pulso en mis venas. Me lo recrimino en silencio. No quiero sentir nada por él. Me ha ayudado a escapar. Pero me ha condenado.

—¿Por qué yo? —surge la pregunta en tono frío, muy diferente de como me siento por dentro.

Seth juega con un jirón de tela, despedazado de sus ropas.

—¿Y por qué no? —responde indiferente. No me lo trago. Y él lo sabe. Suspira. —La chica anterior a ti, la que nos… trajeron para alimentarnos. Murió en mis manos. Yo la maté cuando bebí de ella la última vez. Me di cuenta entonces de que todas… todas las anteriores habían muerto igual. No conmigo, pero con alguno de mis… compañeros. Y yo fui responsable de una pequeña parte de sus muertes.

Una pequeña carga más de culpabilidad para su conciencia. Por un momento me olvido de mi desgracia para centrarme en la de él. ¿Cuánto tiempo ha permanecido en esos calabozos? ¿Cuánto tiempo sirviendo como reservorio de sangre y como semental para esa… arpía? ¿Cuántas vejaciones y violaciones?

¿Cómo ha sobrevivido?

Seth me mira desde abajo. Su expresión es tan seria que apostaría mi vida inmortal a que conoce cada uno de los pensamientos que están cruzando mi cabeza.

—¿Qué… hacíais cuando ella… te mandaba llamar? —me atrevo a preguntar. La curiosidad, el morbo, me pueden. Mala idea. Sus pupilas aumentan hasta que el negro copa casi todo y sus ojos se achican tanto que acaban siendo dos rendijas y parece capaz de enviar un mortífero rayo a través de ellos. Peligroso.

Desvío la mirada. Y acabo topando de nuevo con los dos cuerpos que yacen inertes en la cama. No sé el tiempo que llevamos aquí, pero probablemente estén ya fríos. La realidad me golpea de nuevo, atravesando los muros de embotamiento que me rodean. ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así? ¿Qué condenada vida me espera?

—No has podido evitarlo —me repite Seth desde atrás.

—¿Ahora me lees el pensamiento?

—No. Pero sé lo que se siente los… primeros días. Yo no tuve ocasión de… matar, porque nos racionaban las presas. Los… otros, Sus secuaces, nos separaban antes de que acabáramos con ellas. Era otro de los pasatiempos favoritos de Akrash. Contemplar cómo los recién convertidos nos volvíamos bestias irracionales y separarnos de lo que más ansiábamos. También disfrutaba con las palizas que recibíamos de sus sirvientes cuando nos enfrentábamos a ellos. Nunca eran menos de cuatro —una risa baja y despreciativa surge de su boca—, no se atreverían.

Levanta la mirada hacia mí.

—Pero hubiera matado si me hubieran dejado. Estoy seguro como el demonio.

Sus palabras no me consuelan. Ni por mí, ni por él. Las lágrimas empiezan a rodar por mi cara y me asusto. No quiero tocarlas porque sé el color que tienen ahora.

Seth se levanta de un salto y se acerca a mí cuando me ve temblar. Despacio, como si no quisiera asustar a un animal salvaje y estuviera pidiendo permiso al mismo tiempo. Su mano se alza lentamente y aparta el pelo negro de mi rostro. Me mira a los ojos, transparente. Y acerca su cabeza tanto que tengo que cerrarlos, tal es la intensidad de su mirada. Entonces, lo siento. Su lengua, con movimientos tan sosegados como el resto, sigue el camino de las lágrimas, recogiéndolas con ternura.

—No quiero ser así. —Mi voz surge en un lamento tan bajo y agudo que por un instante, dudo que me haya oído. Pero sus sentidos son igual de agudos que los míos.

Y me abraza fuerte, escondiendo su rostro en mi cuello. Me comprime de tal forma que si hubiera sido humana, estoy segura de que me habría roto más de una costilla. Oigo su respiración alterada y comprendo que no es sólo mi consuelo, sino el suyo también.

Yo no quiero ser así, pero de otra forma, estaría muerta. Él me ha salvado, pagando ambos un precio elevado. Los recuerdos de los primeros días en las mazmorras son muy confusos, pero van tomando consistencia y orden a medida que avanzan los días, las semanas. Conforme él me va ofreciendo su vena y su sangre poderosa empieza a formar parte de la mía. Fortaleciéndome.

Sé el riesgo que ha corrido al hacerlo. La apuesta por salvar nuestras vidas condenadas.

Recuerdo la farsa para hacer creer a los guardias que mi debilidad va en aumento. La complicidad.

Recuerdo las sesiones inevitables de sexo necesitado. Su cuerpo caliente y duro contra el mío, sosnteniéndome, el balanceo, el placer. Los gemidos acallados a besos. Con su sangre en mí, lo deseo más cada vez. Yo tomando la iniciativa, a pesar de estar encadenada a la pared. Y él ofreciendo y buscando solaz simultáneamente. Comprendiendo mi biología, que es igual que la suya, y no negándome nada. Recuerdo el día en que mis caninos están lo suficientemente desarrollados como para tomar lo que necesito y le muerdo, incontenible, en el cuello. Su alarido de dolor es mi placer.

Recuerdo el día que estamos listos para escapar. Los planes trazados en noches interminables, sin otra cosa mejor que hacer. La huida, con la adrenalina pulsando en nuestros cuerpos y el miedo a volver a ser capturados atenazando nuestras almas. Corriendo a través de campos en la noche cerrada. Vamos, vamos vamos. Saltando muros de piedra, los perros y demás bestias ladrando a lo lejos.  Hasta llegar aquí. A la humilde granja donde sus tranquilos propietarios se disponían a dormir como cualquier otra noche de sus sosegadas vidas.

Los pensamientos sobre lo que ha ocurrido después se mezclan con los besos cálidos de Seth en mi cuello. Me lame en lentas pasadas y su boca succiona alterándome el pulso. Y, con la guardia baja, lloro al mismo tiempo por las vidas que he sesgado. Y todas aquellas que estoy condenada a sesgar. Seth me oye sollozar y, con los ojos cerrados, restriega su cara contra la mía rezando como una letanía “No, no no…”. Me besa en la boca, intentando acallarme, y lo consigue. Nuestras lenguas bailan juntas danzas antiguas, sus manos empiezan a recorrer mis costados, aprietan mis nalgas y siento su sexo duro contra mí. Me separo un instante y lo que veo me trastorna: su cara toda manchada con mis lágrimas.

—Aquí no, por favor —suplico, entre más sollozos. No quiero que haya luz, ni quiero dejarme llevar donde antes he perdido el control de mis actos. —Llévame fuera.

Me carga, con mis piernas abrazadas a su cintura y nos desmaterializamos. Lo he visto ensayar el truco y tiene que enseñarme. Una cosa más.

Conforme aparecemos en medio del bosque, me empotra contra el tronco de una enorme haya. El golpe hace que caigan hojas y frutos al suelo, mas nosotros ya no nos percatamos. Estamos a millas de allí. Rasgando ropas, mordiendo y empujando en una lucha por llegar al otro. Mis senos quedan expuestos al frío aire de la noche en cuestión de un segundo y al siguiente, tengo su boca sobre ellos. Hambrienta, lame y succiona hasta el dolor. Pero en lugar de gritar, me muerdo el labio y le hinco las uñas en la espalda. Su gruñido reverbera en mi pezón, enviando calambres de placer a lo largo de mi cuerpo, que terminan reuniéndose en mi entrepierna. Muevo las caderas, intentando acariciarme contra él, pero no consigo llegar y gimo de frustración. Seth reajusta la postura sin dejar de besar mis senos y su polla acaba encajada entre mis piernas. Ambos jadeamos el alma cuando nos movemos frenéticos contra el otro. Las telas sobran entre nuestros sexos y me afano por apartarlas. Lo cojo en mi mano, acero envuelto en seda, buscando un mejor ángulo y su punta lubrica mi clítoris, convirtiendo las caricias en pura lujuria. Le masturbo despacio, los movimientos repercutiendo en mi centro. Observo cómo separa su rostro de mis pechos y la agónica expresión de placer que muestra me sobrecoge.

No quiero darle sólo placer. Quiero hacerle daño. Por todo lo que me ha hecho.

Aprieto fuerte el agarre hasta que gruñe y sus dedos se crispan.

¡Perra…!

Pero no se separa, me sigue dejando hacer. ¿Se autocastiga? Aprieto más fuerte.

Ruge como un animal y coge mi mano, separándola de su sexo y alzándola por encima de mi cabeza. Me abrazo fuerte con las piernas para no caerme y su polla queda en mi entrada, nuestras miradas suspendidas, las respiraciones aceleradas y jadeantes. Nuestros anhelos gravitando a nuestro alrededor. Los imposibles y los… posibles.

Me penetra despacio, pidiendo permiso y perdón. No cierro los ojos. Quiero verlo, quiero contemplar su arrepentimiento y lamer sus heridas. Cuando está completamente encajado, sus colmillos comienzan a alargarse por el placer. Sé que quiere morderme mientras me folla. Beber de mí mientras me entrega su otro líquido preciado.

Pero ahora no es como antes. No tiene que recuperarse de Akrash. Ni tiene que darme su sangre ya para hacerme fuerte. Inmortal. Así que apoya la frente en mi hombro con un lamento, escondiendo el rostro y negándose una de sus necesidades, y empieza a moverse entre mis piernas. Lento al principio. Pero la parte animal es fuerte en nosotros ahora y el instinto difícil de coartar. Pronto se centra en nuestro placer, olvidándose de mi yugular y el simple hecho me… apena.

Su sexo es enorme dentro de mí. Me ensancha y me acaricia dando a la palabra lascivia nuevas connotaciones. Mis propios caninos se alargan por el placer y la necesidad de él aumenta. Ya no soy capaz de esconderlos cuando le beso en el hombro y él se percata.

Muerde, joder… su voz baja y rasposa me sobrecoge. Mi voluntad no es tan fuerte como la suya.

O quizá, me creo con más derecho que él.

Asciendo lamiendo su cuello. Él se mueve en suaves ondas dentro de mí, estocadas limpias, firmes e intensas que me preñan de deleite. Su pulso late fuerte y rápido bajo mi lengua. No me lo pienso más y hundo mis colmillos en él. Escucho su alarido de dolor mezclado con el gemido de placer que le sigue y siento los pulsos de su sexo en mi interior. Lo percibo todo lejano, pues su sangre invade mi boca y es el éxtasis en estado puro. Succiono y lamo para conseguir más de su sabor y es éste junto con su orgasmo lo que detona el mío. Las contracciones de mi sexo alrededor del suyo se alternan con mis succiones en su vena, elevando mi placer hasta el misticismo.

Sexo y sangre. Sangre y sexo.

Cuando el sentido y la cordura vuelven a mi ser, siento a Seth temblar. Sigue dentro de mí, duro. Mi espalda arde, probablemente por los arañazos de la corteza sobre mi piel. Nuestras respiraciones son erráticas. Le acaricio el pelo y sale con cuidado de mí, depositándome en el suelo. No soy capaz de enfrentar su mirada. Todavía me cuesta morderle y que me deje beber de él, así que mantengo la vista al suelo mientras siento la humedad descender por  mis muslos. Pero no me va a dejar escaquearme. Posa su mano en mi barbilla y presiona alzando mi rostro. Nos miramos durante unos instantes y luego sonríe de medio lado. Su dedo pulgar vaga alrededor de mi boca y por mis mejillas. Luego se lo acerca a la boca y lo lame. La mezcla de su sangre y mis lágrimas.

El gesto es tan lascivo que altera de nuevo mi pulso. Me acerco a él y comienza a lamer el resto de lo que queda en mi rostro. Su erección no ha perdido dureza ni por un instante. Sin dejar de abrazarnos y besarnos, nos acostamos en el tupido suelo, cubierto de vegetación. Celebrando la vida, tras el infierno.

Ahora somos libres. Sin Akrash ni sus secuaces. Sólo nosotros y nuestros propios demonios.

(Más Crónicas Oscuras aquí)

Poseer

(Aviso: contenido homoerótico)
 
 
 

Poseer es dar placer. Son dos cuerpos entrelazados sobre sábanas oscuras de satén. Piel contra piel, alma contra alma. Son lenguas que se buscan para danzas ancestrales y trazan senderos de fuego y recorren kilómetros de suave lienzo que se estremece a su paso. Me pintas con lúbricos caminos mientras yo hago lo propio. Tu sabor es frenesí en mi cerebro, caos en mi pulso. Desciendo lamiendo valles de músculos trémulos, buscando lo que anhelo con desesperación.

El oscuro objeto de mi obsesión aparece ante mi vista, erguido y orgulloso, acero rodeado de seda. Terso calor infernal. Humedezco inconscientemente mis labios y cambio mi posición a petición de tus manos. Mi cetro en tu boca, tu cetro en la mía. Eres el Rey de mi placer consumiéndome en delicadas pasadas, en sutiles envites. Invitando y tentando, cada vez más profundo. Despacio, me das tiempo. Tus gemidos reverberan en mi piel y sé que te gusta lo que hago entre tus piernas porque me das gotas de tu gozo y yo quiero más. Quiero más de ese sabor salado, de ese fluido lúbrico que enloquece mis sentidos y chupo con más fuerza. Atreviéndome. Y me respondes. Me follas la boca como si te envolviera la locura y es esa misma locura la que me embarga al sentirte tan dentro de mí. Al estar tan dentro de ti.

Poseer es alimentar la hoguera. La mía arde en mis entrañas, en mi bajo vientre y entre mis piernas, lanzando cálidos estremecimientos a través de cada fibra nerviosa de mi cuerpo. Es una espiral que me traga, me absorbe, me consume. Me consumes y me posees con la magia que despliegas allí donde tus labios me tientan, tu lengua me impregna y tu boca me traga. Esto es tan nuevo para mí… y soy tan tuyo ahora mismo…

Poseer y darse a cambio. Siento esa necesidad, de darme a ti a cambio de poseerte. Estoy tan duro… Y el placer es tan… intenso… No había sentido nada igual antes. No había hecho nada igual antes… Nunca… antes… igual… Los ritmos cuidados se van perdiendo, las cadencias desacompasando. Algo instintivo, animal, toma el control y la mente desconecta… Sólo placer, sólo jadeos, sólo deleite, sólo sudor, sólo gozo, sólo placer y placer… y placer…. No puedo evitar darme a ti, es la demanda natural de mi cuerpo, intento avisarte, apartarte. Me coges más fuerte, me chupas más fuerte, me lames más fuerte… y, oh, joder, me doy a ti en largos pulsos que arquean mi espalda hundiéndome más en tu interior. El orgasmo arrasa con lo que queda de mi conciencia, haciéndome gritar como con nadie más lo he hecho.

Ahora posees algo de mí en tu interior. Me doy cuenta, jadeante, y no me doy permiso para pensarlo. Te sales de mí despacio, al borde mismo del precipicio, y me giras, cara a cara. Quiero darte lo mismo, quiero poseerte de la misma forma. Mi alma ruega por ello. Pero llora también por algo más. Me mueves y te veo. Brillante por el sudor, brillante por mi saliva, brillante por ser tú. Tu mueca es tranquila, pero tus ojos muestran la tormenta que llevas dentro. Me acerco a ti para aliviarla, para poseerte como quiero, pero me coges la muñeca como un cepo, sin dejarme llegar hasta ti. Provocándome más hambre. Tus ojos están tan fijos en los míos que creo que estás viendo hasta el rincón más oscuro de mi ser. Ese que me impide ser lo que quiero y hacer lo que deseo. Mi piel crepita de ansiedad por tocarte y entonces lo veo.

Sin soltarme la mano, alzas la otra hasta tu boca, dejando caer lo que yo he dejado antes ahí y provocando un pálpito en mi sexo semierecto. Tus ojos siguen fijos en los míos, preguntando y ansiando. Yo desvío la mirada, siguiendo hipnotizado el camino descendente de tu mano, que envuelve tu verga en una lasciva caricia. Arriba y abajo, tan despacio, tan… contenido. Nuestros gemidos brotan a la vez.  Mi dureza es palpable de nuevo. Vuelvo mi vista a tus ojos que no se han separado de mí ni por un instante. Las palabras sobran desde hace tiempo entre nosotros. Sé lo que quieres. La sangre se dispara en mis venas cargada de adrenalina. Me he resistido. Pero yo también lo quiero. Oh, joder, cómo lo deseo…

Asiento levemente y tu voz sale oscura: “¿Seguro?”.

“Sí”.

Me giras lentamente mientras siento el pulso atronar en mis oídos. Posturas que nunca he probado, sensaciones nuevas. Te noto detrás de mí, pero los nervios no me permiten sentirte. Tus manos trazando de nuevo tiernos senderos por mi cuerpo, por mi espalda, mis hombros, mis glúteos. Caricias perdidas que se encuentran poco a poco en un mismo lugar. Susurros tranquilizadores, susurros enloquecedores. Susurros que rozan mi corazón y me roban el aliento y la razón. “Te quiero”. Mi polla llora gotas blancas de pasión oscura. Tu mano las recoge y las esparce rodeándome con los dedos y siento que no puedo, que no aguanto…

Tu presencia roma y caliente en mi entrada retiene el ascenso del placer. Gimo sin poder evitarlo, con temor pero deseándote. Empujo y empujas. Murmuras, gruñes. Gruño. Más envites y el dolor. Y el placer. Cada vez más adentro. Me posees. Pero, no. Soy yo quien te posee. Quien te aloja, quien te tiene. La mezcla de sensaciones explosiva nuevamente me hace desconectar la razón. Sólo siento. Sólo te siento. Completamente ensartado, siento tu ingle contra mis nalgas, tus testículos rozando los míos. Lleno. Te mueves y tu frente se apoya en mi hombro, jadeando el placer contra mi piel. Sales despacio… y entras fuerte. Y gruño. Vuelves a salir… y a entrar. Y me coges de nuevo, rodeando mi dureza para sacarme lamentos a base de caricias. De embestidas. Dentro, fuera, dentro… fuera… dentro… fuera… Tu mano sube y baja sobre mi longitud, extrayendo deleite por su punta. La marea de sensaciones me embota cada vez más y no puedo… Muerdo el satén oscuro de la almohada para contenerlo todo, las emociones, el dolor, la lujuria y el placer. El amor.

Pero no puedo contenerme más. No quiero hacerlo. Suelto el mordisco y grito el alma por la boca en un orgasmo devastador. El que nunca me he permitido sentir. Lo siento contigo ahora, las oleadas asolan mi interior liberándome de pesadas y gruesas cadenas que no sabía que me retenían. Despojándome de todo, volviéndome cristalino, transparente. Limpio. Inmaculado…

Y te siento. Te disparas dentro de mí, tibio y suave. Intenso. Néctar de vida. Placer líquido…

Ambos caemos en un abrazo enredado, en una cama al fin caliente, en un sopor satisfecho y feliz…

Poseer es llegar hasta ese punto más oscuro y secreto dentro de alguien. Poseer es abrir las puertas y abrazarlo como si fuera la fuente misma de la luz.

 

Sigo aquí

 
Una semana más, participo en el reto de Una imagen y mil palabras. Esta vez, yo misma propuse la imagen, algo bastante abierto a interpretaciones, en mi opinión, aunque yo no tuviera ni idea de qué estaba mirando el tipo este… Espero que os guste. 
 
 

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Sigo aquí

Está rompiendo el alba y la claridad se cuela por la ventana, tiñendo de grises la habitación. Yo llevo horas sin poder dormir. Primero, por lo que hemos estado haciendo. Después, pensando y desgranando sentimientos.

Sigo aquí.

Me doy por vencido. Esta noche no es de dormir. Los sueños, los anhelos, quedaron atrás. Tras un hondo suspiro, me levanto y me enfundo unos vaqueros que dejo a medio abrochar. Qué diferente me siento, la languidez haciendo presa de mis miembros. La pereza, de mis neuronas. Hacía tanto tiempo que no estaba tan sereno que me cuesta reconciliarme con la sensación.

Camino hacia la ventana, sintiendo el tacto de la moqueta en mis pies descalzos, la tela vaquera sobre mis piernas y mi sexo, tus manos erizando todavía mi piel. A pesar de la serenidad, mis sentidos están más sensibles que nunca. Me siento vivo.

Al otro lado del cristal, la misma quietud que siento yo por dentro. No hay tráfico ni tumultos. Las calles mojadas y prácticamente solitarias, los funcionarios empezando a vestir la ciudad. No quiero enfrentarme al mundo, nunca he querido, ahora lo sé. Mi corazón repiquetea con el pensamiento. Sigo aquí, sigo aquí, sigo aquí

Giro el rostro y te miro, desparramado sobre la cama, con completo abandono. Tu pecho sube y baja en una cadencia armoniosa. Envidio tu descanso. Contemplo con absorta morosidad tu cuerpo desnudo enmarañado con las sábanas arrugadas. Tu torso lampiño y delineado, tus caderas suaves enmarcando tu pene ahora dócil, tus piernas fuertes. Tus manos que me han llevado al cielo. Tu rostro joven y perfecto, tu pelo alborotado. Me enamoro y no quiero decirlo. Todavía no puedo.

Pero sigo aquí.

No me he ido. Es lo que más extraño me resulta. En mi anterior vida, nunca me quedaba a esperar que mi amante de turno despertara por la mañana para verla sonreír. No me interesaban las sonrisas ni las palabras. Ni las miradas. Hacían que me sintiera falso, hueco, cabrón. No soportaba toda esa parafernalia. Buscaba el consuelo del sexo duro y sin contemplaciones. Vaciarme de amargura en el cuerpo de quien estuviera dispuesta.

Entonces llegaste tú y todo eso comenzó a cambiar. Nuestros primeros encuentros fueron violentos. Me pedías cosas que yo no sabía que podía dar. Ni siquiera sabía que quería dar. Me agobiabas con tus insinuaciones y tus sonrisas. Me molestaba encontrarme contigo por los garitos de moda, por la calle. No toleraba las situaciones en las que me empecé a ver envuelto.

Nuestro primer beso fue furioso, aunque tú ni siquiera me tocaste. En tu juventud, la madurez había florecido mucho antes que en mí. Te respondí con ansia y me separé con ansiedad. “Que te jodan”.

Por aquel entonces, no sabía que quien quería joderte era yo. Sonrío con acritud al recordarlo…

Nuevos encuentros en callejones oscuros, igualmente violentos. Tú convenciéndome, aguantando mis envites, mis salidas de tono. Yo alternándote con mujeres que no te llegaban ni a la suela de los zapatos. Me perdía en la oscuridad de la calle contigo, manoseando, sintiendo nuestros sexos crecer juntos, acariciando un torso igual de musculoso que el mío, agarrando tu pelo castaño para poder hundir mi lengua aún más en tu boca dulce, para poder gravitar en el interior de tus ojos azules. Descubriendo sensaciones nuevas para mí. Siempre me separé de ti con la misma frase: “que te jodan”.

Luego terminaba la noche en la cama de mujeres a las que volteaba para no ver lo que no quería ver, y lloraba lágrimas invisibles entre sus sábanas…

Con el tiempo, fui yo quien te buscaba. Me adentraba en locales donde agachaba la cabeza para evitar encontrarme con la mirada de nadie, temblando. “Jodido maricón”, me gritaban en mi cabeza. No me daba cuenta de que, en realidad, nadie me miraba. Nadie, excepto tú.

No mostraste signo alguno de victoria y te lo agradecí secretamente. Nuestra primera vez fue en un cuarto oscuro, rodeados de otros como tú. Fue rápido, violento, rudo. Yo, incapaz de atar mis emociones en corto, las dejé gravitar a su antojo. Pero, una vez más, tú comprendías. Dejé marcas en tu cuello y sé que te hice daño. Cómo quisiera borrar aquello y sustituirlo por los sentimientos depurados que hoy acepto.

Hoy sé lo que siento. Te miro y sé que que estoy enamorado, aunque no lo diga en voz alta. Todavía. Anoche volvimos a encontrarnos. Esta vez nos buscamos los dos. Abatido, acaricié una de las marcas que dejé en tu cuello la última vez, te pedí perdón con mi tacto. Sin embargo, tú me cogiste de la mano y me arrastraste hasta tu casa. Yo no protesté.

Anoche empezó una nueva vida para mí. Sin despedirme de la anterior. Me entregué a ti sin ambages por fin y me limpiaste por dentro, ordenando toda mi caótica existencia de un sólo polvo. Bueno, más de uno…

Y sigo aquí.

Sigo aquí esperando a que despiertes, porque anhelo las sonrisas, las miradas. Las palabras no dichas. Ansío tu piel y tu cuerpo y todo tu ser…

Tus párpados tiemblan un par de veces antes de mostrar tu soñolienta mirada azul. Estiras el brazo hacia el lado que yo ocupaba hace un rato y, nervioso, alzas la cabeza, buscándome.

—Sigo aquí. —Mi voz surge ronca porque todavía no la he estrenado hoy. Tu sonrisa me derrite, mi sexo se sacude… y con pasos lentos, camino hasta ti.

Adictos

Ésta es la imagen propuesta para esta semana en el grupo de Una Imagen y Mil Palabras.

Por diversas razones, ando bastante desmotivada (reconozco que pensé en dejarlo pasar), pero estoy bastante comprometida con el proyecto-juego desde el principio, así que he decidido participar esta vez también. Con lo que saliera…

Adictos

…mis manos resbalan por tu espalda cubierta por una fina capa de sudor sobre los músculos ondulantes. Piel caliente, ardiendo. Como tu carne en mi interior. Como nuestros cuerpos entrelazados, acoplados, amados. Los labios suaves y carnosos se me antojan tan apetecibles que no puedo evitar morderlos con ansia. Tu respuesta me llega en un gruñido que araña peligrosamente mi cordura.

¿Cómo pueden decir que esto está mal? ¿Cómo pensarlo, siquiera?

Me encanta la forma en que te mueves sobre mi cuerpo sensible. Delicado y duro al mismo tiempo. Sabes lo que provocas en mí y lo haces a conciencia. Pero yo también sé provocarte y lanzarte a las estrellas. Es lo que anhelo. Es lo que anhelas

Así es nuestro deseo. Una droga que se extiende copando el ambiente allá donde nos encontremos juntos, sin ambages, como si fuera un perfume dulce y vaporoso que inunda nuestros sentidos, anulando nuestra voluntad. Rebajándonos a nuestra calidad primitiva, de forma que sólo somos capaces de obedecer nuestros instintos. Soy adicta a eso. Soy adicta a ti

El placer se va tejiendo como una telaraña que se enreda entre cada fibra de mi ser, haciéndola vibrar, embotando mis neuronas. Me oyes gemir y todavía lo haces más duro. Grito. Aquí puedo gritar, ¿por qué no? Grito aún más alto. Dejo salir todo lo que reprimo en mi solitaria vida. Aúllo cuando introduces una mano entre nosotros para aumentar el placer. Más droga. Soy adicta.

Echas la cabeza hacia atrás, observándome con media sonrisa y me enamoro. Otra vez. Otra vez y otra vez. Me ahogo en tu mirada y te maldigo por ese aire de suficiencia. Quiero que seas adicto, como yo. Quiero que sufras el mismo tipo de hechizo, que me empuja hacia ti como si fuera un puñetero imán. Ansío ese momento de conexión, ese en que somos uno. En que unimos mente y cuerpo, y entendemos… Comprendemos que, no importan los obstáculos, siempre volveremos a por más… Lo siento ahora… tan cerca… mientras te mueves sobre mí como una bendición. Y tu mirada ahora ha cambiado. Tus ojos aparecen nublados, empapados de emociones…

No podemos decirlo en voz alta.

Nos destrozaría.

Ambos escondemos nuestros rostros en el cuello del otro, buscando cobijo. Protegiéndonos, mientras dejamos que el placer arrase nuestros cuerpos… y el caos nuestras mentes.

Quedamos limpios y nos hacen sentir sucios…

˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜

Qué lejano me parece ahora, mientras los recuerdos me asaltan en la intensa quietud de mi habitación juvenil. Lejano, porque ya te ansío de nuevo. Sin embargo, algunas partes de mí todavía palpitan enviando recuerdos a los receptores de mis neuronas.

Escucho tu voz, a través de las paredes de mi casa. No estás lejos, unos cuantos pasos me llevarían hasta ti. Y tus risas me tientan tanto… Ojalá pudiera lanzarme a tus brazos sin importar nada ni nadie. Pero soy menor y mis padres no atenderían a razones. Me enviarían a una cárcel peor que ésta de barrotes invisibles en la que vivo. El sólo hecho de pensar que nos puedan separar me hace temblar de ansiedad.

Tumbada en mi cama virginal, contemplo desapasionadamente cómo los últimos rayos de sol se cuelan por la ventana, revelando motas de polvo flotando en el aire. Me recreo en ello mientras me preparo para afrontar una cena más contigo. Una reunión familiar más preñada de formalismos y falsas palabras. Mis padres, mi hermano, tú y yo.

Me invade la ira cuando te tratan con condescendencia. Mientras señalan nuestras diferencias, tejiendo con sutiles artimañas una red entre nosotros que cada vez es más tupida. Una red que, a pesar de ser translúcida, nos muestra cada vez más distorsionados a los ojos del otro.

Lo intuyen. No queda otra explicación. Saben de nuestra adicción. Saben que sólo soy libre cuando estoy contigo, entre sábanas revueltas, volando agarrada a tu cintura sobre tu moto, riendo a carcajadas con cualquier nimiedad, comiéndote a besos…

Su red jamás se volverá opaca.

Soy adicta a ti. Y eso me hace fuerte.