Terreno prohibido

Terreno Prohibido

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Hola, hola a tod@s. Ando desaparecida, aunque no tanto. Sigo escribiendo Terreno Prohibido, aunque a un ritmo muuuucho más lento que el de antes, y estoy, como muchos sabéis, en mi otro blog (Brianna’s World) y en las RRSS (Facebook, Twitter, Pinterest).

Dejé que publicar capítulos porque mi tiempo libre se vio drásticamente reducido y no podía seguir un ritmo que me complaciese ni complaciese a lectores (un capítulo de poco más de mil palabras cada seis meses no satisface a nadie, a mí la primera xD). Pero ahora empiezo a vislumbrar el final de la historia de Sergio y Lisbeth, y he pensado empezar a subirla a Wattpad, por comodidad de todos (lo-que-voy-a-echar-de-menos-este-blog). Hace tanto tiempo que quizá no recordéis de qué va:

Elizabeth Belloc lleva una vida normal. A pesar de su juventud, tiene las ideas claras y, aunque es una buena hija y una estudiante ejemplar, tiene su vena rebelde. Su debilidad es Sergio, el mejor amigo de su hermano mayor, de quien está secretamente enamorada y al que no duda en meter en algún que otro aprieto.

Sergio creció en una zona marginal, muy diferente del hogar de los Belloc. Criado en un burdel y rodeado de malas influencias, alguien supo tirar de él y hacer que no cayera en los mismos pozos que los chicos de su barrio. Su vida es tranquila, pero tiene un temperamento fuerte que sale a la superficie cuando meten el dedo en su herida más profunda y su odio más visceral: su padre.

Lisbeth y Sergio pertencen a mundos opuestos, pero no pueden dejar de estar juntos, no importa cuantas veces lo intenten. Porque lo que sienten uno por el otro no es fácil, pero tampoco débil.

Podéis empezar a leerla pinchando en la imagen de arriba o aquí. Os agradeceré toda difusión 😉

Aprovecho para informaros de que El chico de la eterna sonrisa ha volado hasta Amazon. Si tenéis Kindle Unlimited, podéis leerlo gratis, y ya sabéis, si os gustó, no dejéis de ponerle estrellitas y de compartirlo.

Y eso es todo, que no es poco, por el momento ^^

Un chico para Mary (II)

deseo

(La primera parte aquí).

No era la primera vez que se lo pedían, ni sería la última. En otras ocasiones, algún cliente la había esperado al final de la noche para realizarle peticiones en su único favor, pero ella no solía mezclar trabajo y placer. Lo había aprendido a puñetazos, literalmente. Se encontró valorando la proposición… Sorprendida por el simple hecho de contemplar la posibilidad. ¿Por qué con él? ¿Iba a saltarse una de sus más firmes normas?

−No tienes dinero suficiente para esto. −El coqueteo en sus palabras, en su  lenguaje corporal, en el tono de su voz era estudiado, intencional y ensayado. Tenía mucha práctica y  estaba disfrutando como hacía semanas que no lo hacía, encerrada en su agrio humor de los últimos días. Leonardo tocaba partes de ella que estaban lastimadas, haciéndolas revivir, y estaba segura de que ni siquiera era consciente de ello.

−El caso es que… −se apoyó en sus rodillas desnudas para acercarse, tocando su piel suave, y bajó la voz −… tengo mucho mucho mucho dinero… −Depositó un beso en sus labios tan delicado como el aleteo de una mariposa. −Pero me gustaría dejarlo  fuera de…. esto.

Estaba presionando. Lo sabía. Había notado el estremecimiento en el cuerpo femenino al acariciar sus piernas y la suave inspiración al rozar sus labios. Se sentía atraída por él y él por ella, y si no estuviera tan a la defensiva se habría dado cuenta ya con una simple mirada. Pero le fastidiaba que hubiera sacado a colación el tema del dinero, como si su deseo fuera una mera transacción comercial. Lo degradaba y se degradaba a sí misma. Como si nadie pudiera sentir por ella algo genuino.

Apretó las manos sobre sus rodillas, conteniéndose para no echarle el sermón. Presionando para que se decidiera…

Mary dejó el vaso sobre la barra y se levantó. Sin dejar de mirarlo, caminó hacia la plataforma redonda que culminaba el escenario en el centro de la sala. Se subió a ella y se asió a la barra, balanceándose un poco con la familiaridad que da el uso continuo. No llevaba el atuendo adecuado (por dios, ¡ni siquiera ropa interior adecuada!), pero la mirada de él, que se acercaba lentamente siguiendo sus pasos, le quemaba. Parecía haberla despojado de capacidad de decisión. Y hacía tiempo que no se sentía así con nadie. Observó cómo él se sentaba en una butaca cercana y dejaba el vaso sobre una de las mesitas. No separaba sus ojos de los de ella y sabía que no se lo pediría de nuevo. Sólo rogaba con su mirada.

Sin darse apenas cuenta, Mary giró una vez alrededor de la barra, centrando su mirada en él de nuevo, observando como se apoyaba en el respaldo. Todo él dispuesto a disfrutar. De ella.

Otra vuelta. Y otra más. Cerró los ojos, dejándose ir, la suave música empapando sus sentidos, embotando su mente. El calor del licor ingerido le alentaba, pero era el fuego que prendía la mirada masculina sobre su piel el que le impedía replantearse lo que estaba haciendo. Simplemente, quería seguir sintiendo aquello, fuera lo que  fuera. Se sacó la camiseta sin mucha ceremonia, mostrando su sujetador de cómodo algodón. Quería provocar la misma hoguera en él.

Y Leo, entonces, se incorporó, apoyando los codos en las rodillas, entrelazando las manos. No supo si por prestar más atención o por esconder el bulto enorme que tenía entre las piernas. Verla moverse, contonearse, con los ojos cerrados, como disfrutando de un lascivo baile −un lascivo baile frente a él− le estaba alterando el pulso. Quizá no era buena idea. Quizá no debería habérselo pedido. Quizá ni siquiera debería estar allí, pensó al tiempo que pasaba una mano por su rostro.

Mary irradiaba sensualidad. Las luces creaban formas de sombras y colores sobre la piel que ella iba descubriendo, lentamente. A veces acariciaba una de esas porciones de piel y Leo se percató de la diferencia… No se acariciaba cuando actuaba frente al gran público. Era un rasgo sutil que a él le afectó desmesuradamente. Aquello era sólo para él. Su baile, su fantasía. Sus ojos estaban pegados a ella, a esos dedos suaves pasando por la piel de su muslo a medida que subía la falda, acariciando su glúteo redondo para colarse levemente por debajo de la tela de las braguitas. El gemido masculino se perdió con la música.  Braguitas blancas de algodón. Joder, su ropa interior. La de verdad. El encaje negro era para los demás. A él le enseñaba lo que le gustaba llevar a ella. Y su sexo apreciaba ese tipo de cosas, porque tuvo que recolocárselo en el apretado pantalón. Luego observó cómo introducía los dedos entre su pelo, soltando el enganche y desparramando una melena de oro y miel por su espalda de seda. Era un pecado comestible e inocente. Le disparó una mirada de un azul cristalino tan transparente que no encajaba con la forma de moverse que tenía. Y aun así, era perfecta.

—Yo también quiero verte —le sorprendió ella, mordiéndose el labio inferior.

Pasaron unos largos segundos hasta que Leo, que estaba fuertemente cogido a los reposabrazos de la butaca, soltó su agarre y, sin desconectar sus miradas, llevó sus manos a la bragueta. Bajó la cremallera del pantalón vaquero tan lentamente que el simple roce hizo magia sobre su sexo y tuvo que contener un gemido. Por la abertura, extrajo como pudo su miembro pulsante y más que duro. Le dio un par de pasadas con la mano, moviendo la piel y sintiendo el placer de la caricia, volviendo a apoyarse en los reposabrazos de la butaca. Dejándole espacio a ella para que lo observara a placer. Para que viera qué era lo que le hacía.

Mary apretó las piernas. Verlo ahí sentado, expuesto para ella, completamente vestido a excepción de su miembro duro le provocaba descargas entre las piernas. Pequeñas y placenteras. Era grande y sedoso. Terso. Acariciable. Aquello se estaba saliendo del cauce, comprendió, pero lo estaba disfrutando y su humor macilento de los últimos días había desaparecido. Se sentía adorada y el sentimiento era como una adicción.

—Más —le pidió.

Una comisura se alzó en la boca de Leo, apenas visible, pero lo hizo inmensamente más atractivo. Se incorporó y se sacó la camiseta por la cabeza, dejándola caer al suelo con un movimiento natural y volviendo a apoyar su espalda en el respaldo. Su mano fue a parar a su pecho y trazó un camino lento y descendente hasta topar con la cintura del vaquero. Desabrochó el botón y… dejó la mano sobre su muslo. Agarrando fuertemente la tela.

Quién estaba haciendo el estriptis a quién, se preguntó Mary escondiendo una sonrisa.

—Más —volvió a pedir y, esta vez, a Leo se le escapó una carcajada tan sincera que le aceleró el pulso en las venas.

La mano que se había quedado sobre el muslo se movió hipnóticamente hasta la base de su pene, lo envolvió con los dedos y subió en una larga caricia que le borró la sonrisa de la cara, cambiándola por una expresión de placer. No pudo evitar continuar con las caricias, lentas, perentorias, contenidas, mientras ella continuaba moviéndose alrededor de la barra. Sin separar los ojos de él, lo que le encendía de una forma inusitada.

Mary era incapaz de desviar la mirada. Aquel hombre, Leo, estaba sentado allí, como un banquete de los dioses, acariciándose por y para ella. Sus ojos seguían el movimiento ondulante de su mano. Arriba, abajo, arriba, caricia sobre el glande, abajo… Lento. Comedido. Húmedo… Ella empezaba a humedecerse también a causa del deseo.

Deseo. Se mordió el labio calibrando su respuesta. Era deseo puro y duro. Con otro movimiento fluido, se deshizo de la falda y se pegó a la barra de metal, colocándola entre sus piernas. Ajustó la posición y, mordiéndose el labio, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo. La primera descarga de placer le hizo jadear. Pronto cogió el ritmo y siguió acariciando su centro con movimientos más complejos y sinuosos. Sentía cómo la humedad entre sus piernas iba creciendo, lubricando la zona aun debajo de las braguitas de algodón, al tiempo que giraba y se abrazaba con las piernas a la barra de acero. Había cerrado los ojos concentrándose en su propio placer y cuando los abrió de nuevo para mirarle, le impresionó  lo que vio.

Leo caminaba hacia ella como un enorme felino acechando a su presa. No quería asustarla saltándole encima como una bestia en celo. Pero no había podido soportarlo más. Cuando Mary había echado la cabeza hacia atrás y cerrado los ojos, la expresión de placer lo había sorprendido por completo. ¿Qué demonios estaba…? Un ramalazo de fuego y placer recorrió su columna disparándose directamente en su sexo cuando lo comprendió. Tuvo que detener los movimientos de su mano y cogerse los testículos para evitar correrse. Se quedó absorto, jadeando y contemplando cómo Mary se acariciaba con la barra de metal, sutilmente pero sin esconderse.

No podía más.

Se levantó sin pensar mucho en lo que pretendía hacer. Sólo sabía que tenía que tocarla, que quería formar parte de su placer. Que anhelaba su tacto sobre él. Ella se quedó quieta tras la barra cuando llegó a su lado, los jadeos de ambos componiendo una erótica melodía. Alzó los brazos, pasándolos a cada lado de ella y llevando sus manos hasta el broche del sujetador. Abrazados como estaban, con la barra de por medio, desenganchó la prenda y la fue retirando suavemente, erizando la piel de sus brazos al pasar los tirantes. Así fue como Mary quedó desnuda frente a él, a excepción de las braguitas. Dejó caer la prenda al tiempo que contemplaba con maravillada concentración los senos de piel blanca y suave. Los rodeó, llenándose las manos de sensualidad, sintiendo el tacto, el peso, el balanceo, notando cómo las puntas rosadas se endurecían. Sentía su dolorosa erección palpitar contra el metal. Barra de acero contra barra de acero. La sensación de frío y calor era electrizante. Alzó sus ojos a los de ella, que lo miraba jadeante  y las manos fueron subiendo por su piel caliente, pasando por el cuello hasta tocar los labios. Con una caricia sutil los instó a abrirse e introdujo un pulgar. Mary lo lamió con fruición, y él se volvió loco de imaginar otra parte de él en su dulce boca.

—Quiero que me hagas esto, Mary… —rogó, juntando sus frentes, y ella chupó más fuerte.

El otro pulgar recibió el mismo tratamiento y luego bajó ambas manos a sus pezones, prodigándoles húmedas caricias que hicieron que ella echara la cabeza hacia atrás con un largo gemido. Una vez estuvieron convenientemente mojados, Leo pasó las manos alrededor de los senos y los apretó suavemente hasta que las húmedas cimas quedaron contra el frío metal. Escuchó como lejano el lamento femenino, observando absorto cómo las cúspides se tornaban más duras con el contraste.

−Muévete  −pidió, mientras se lamía los labios, deseoso de posarlos allí donde su vista se fijaba.

Ella obedeció, más por propio deseo que por acatar la orden. Comenzó un sutil balanceo arriba y debajo de la barra, acariciando ahora además de su sexo, sus pezones. El placer era líquido precipitándose por sus venas, disparando su pulso y su respiración.  Las sensaciones cada vez más intensas, creando espirales de gozo que la iban sumiendo poco a poco en un estado extático, pero conforme iba ascendiendo la sinuosa senda del deleite, trocitos pequeños de su consciencia iban despertando y tomando el control. ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué jugaba? Ella no era así, no hacía las cosas por despecho. Empezó a sentirse sucia… y justo antes de alcanzar la cima, se detuvo en seco, fuertemente agarrada a la barra de acero. Su respiración salía alterada y sentía el rubor en sus mejillas.  No se atrevía a alzar la mirada.

−¿Qué pasa, Mary? −le llegaron las palabras susurradas empapadas en desconcierto.

¿Qué iba a decirle?

−Yo… no soy así  −respondió, negando levemente con la cabeza.

Un dedo suave se apoyó en su barbilla en una caricia y le alzó el rostro. Pasaron unos segundos en que se miraron en silencio. La expresión de él cambió sutilmente.

−Así… ¿cómo? −inquirió. Aunque por su gesto, intuía de qué se trataba…

−No hago esto con desconocidos −contestó, molesta, al tiempo que se agachaba para recoger el sujetador del suelo.

Pero él la agarró del brazo y no dejó que se apartara.

−Mary, mírame. −Cuando logró que ella lo hiciera, continuó−: Estoy aquí, con mi poll… joder,… mi sexo al aire, completamente duro… por ti. Estoy excitado y deseo las mismas cosas que tú.  Quiero que me toques y me muero por tocarte −arrastró una caricia por el costado de su seno−, por besarte y lamer cada hueco de tu cuerpo  −la lengua jugó en su oreja, a través de los susurros. −Te deseo con la misma fuerza… o más, que tú a mí −empujó su  erección contra ella, hasta que su respiración le aseguró que le notaba. −Así que… no te escondas…  No me… dejes así… Quiero darte placer, no sólo que me lo des tú a mí…

Leo la besó, temblando por dentro de anticipación, rogando porque no se echara atrás ahora que estaban tan… cerca. Su sexo pulsaba contra el suave vientre de ella, anhelante de caricias y cuando sintió la mano de ella rozándolo, envolviéndolo, una gota brotó de su punta mojándolos a los dos.

−Espera −atenazó su muñeca, deteniéndola al borde mismo del precipicio. Con manos temblorosas, colocó a Mary justo como había estando antes de su pequeño ataque de conciencia. Las manos sobre la barra, algo por encima de su cabeza, y las piernas a ambos lados del mástil de metal. −¿Me harías un favor? −murmuró en su oído. Ante el gesto expectante de ella, continuó−: Sigue con lo que hacías antes. Quiero verte… llegar así… Yo te ayudo… −Colocó de nuevo las manos alrededor de sus pechos y esta vez los humedeció con la lengua, primero uno, luego el otro, para rozarlos alternativamente con el metal frío.

La voz melosa y oscura de Leo podría convencerla de que danzara sobre ascuas procedentes del mismísimo infierno, reflexionó Mary, su último pensamiento coherente antes de desconectar la capacidad de juicio. Se movía de nuevo contra la barra, sintiendo la presión sobre su clítoris y las pasadas húmedas y calientes alternando con el frío sobre sus pezones. No iba a tardar mucho en responder a su demanda, su bajo vientre se agitaba ya con el oleaje lascivo, sus entrañas comenzando a contraerse. Su amante arrastró su lengua hacia arriba, erizando la piel con la punta húmeda hasta llegar a su cuello. Se separó y miró. Y el brillo salvaje que vio en sus ojos le hizo apretar las piernas en torno a la barra, incrementando la presión, aumentando el roce para…

Joder, Mary… podría correrme sólo con mirarte…

…saltar en mil pedazos, desvanecerse en millones de rayos que atravesaron su cuerpo como agujas de placer que irradiaban en todas direcciones desde su sexo. El orgasmo la dejó jadeante, arrasada. Aquello estaba bien, porque Leo le hacía sentirse bien. No estaba simplemente siendo usada. Él ni siquiera había acabado… aún.

Giró despacio alrededor de la barra hasta que se colocó entre ésta y Leo, de espaldas a él. Su trasero apoyado en la abultada ingle, la tela blanca de las braguitas de por medio. Sintió el respingo de él cuando rozó su sexo. Le gustó y lo volvió a hacer: comenzó un sutil balanceo de caderas contra su miembro duro y fue recompensada con la respiración agitada de Leo sobre su oído.

—Mary…

La abrazó desde atrás, una mano sobre sus pechos, masajeándolos y acariciando sus puntas tersas. La otra mano viajó ávida hasta colarse por debajo de las braguitas y desplegó su magia sobre su clítoris. Comenzó así un baile íntimo entre los dos, moviéndose acompasados, dando y recibiendo placer, acelerando ambos pulsos y acompañándose con los gemidos contenidos. Pronto dos dedos masculinos estuvieron entrando y saliendo de ella, con la misma cadencia que sus embestidas desde atrás, el talón de la mano acariciando su centro sin parar. Mary creía que iba a desfallecer, él no había mentido cuando había dicho que quería complacerla. En absoluto.

Cuando estaba a punto de explotar, él paró de repente. Notó cómo apoyaba la frente sobre su hombro unos segundos, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Un sonido de papel rasgado. Después lo sintió manotear sobre su trasero y luego su pene resbalando a lo largo de toda su hendidura, tras haber apartado la tela blanca a un lado. Un envite, dos…

—Quiero estar dentro de ti. —Tercer envite… atrás… —Sentir cómo te corres a mi alrededor… —Otra lúbrica embestida… y su retirada… —Correrme dentro de ti —Las últimas palabras, un gruñido… y otra embestida húmeda a lo largo de su sexo. — ¿Me dejarás, Mary? Estar dentro de ti…

Lo sentía latir entre sus piernas, fuerte, caliente, duro, seda envolviendo acero… Ella misma pulsaba con la misma necesidad, al borde del orgasmo. Una leve inclinación, un sutil cambio de postura y él empujó toda su longitud ardiente en su interior con un gruñido desgarrando su garganta.

Lo que vino después fue la locura. Mary se afianzó bien al mástil de acero para soportar la intensidad que Leo imprimía a sus acometidas. La penetraba tan profundamente que tocaba partes muy ocultas de su interior, y no sólo físicas, para salir luego casi completamente, sus caderas moviéndose cual pistones bien engrasados. Ella no necesitaba más. Su sexo se contrajo una, dos veces… mil veces más… Espasmos del gozo más puro que había sentido nunca y luego… la lluvia.

Él eyaculando placer, palpitando dentro de ella en llamaradas vehementes que arrancaron gemidos agónicos de ambas gargantas. Mary se hubiera caído al suelo de no estar sujeta a la barra con sus manos y abrazada por él desde atrás. Sus piernas eran de gelatina y sus ojos de agua.

Leo la escuchó suspirar y la apretó más contra sí. Salió de ella despacio, sin querer abandonar aquel santuario, rogando porque le fueran permitidas más visitas. En un movimiento fluido, la cogió en brazos, cargando su cuerpo delicado, y se sentó en la butaca que hubiera utilizado antes, con ella en su regazo.

Permanecieron así durante mucho tiempo, cada uno perdido con sus propios demonios. Mary hacía muy poco que se había auto convencido de que no habría chicos para ella y no quería confiar. Temblaba como una hoja joven sólo de pensarlo. No quería volver a enamorarse. Nunca más. Y más lágrimas se deslizaron por sus mejillas con el funesto pensamiento. Leo las percibía y apretaba los dientes. Mary no le dejaría entrar, aunque le hubiera permitido la entrada física a su cuerpo. Las barreras que notaba eran sólidas e insensibles. No podía enamorarse de ella. No quería…

A pesar de los pensamientos tenebrosos, pronto cayeron ambos en un sueño profundo y apacible. Desnudos a medias y abrazados sobre una usada butaca de un club de estriptis. Nadie les molestó…

Un chico para Mary (I)

Un estremecimiento de anticipación la recorrió de arriba abajo, como siempre ocurría, dejándole cada fibra de su ser sensible y electrizada. Respiró hondo y atravesó decidida las telas que le separaban del escenario, caminando con toda la determinación que aquellos tacones le permitían. Al llegar a la barra, se agarró a ella y giró con un movimiento estilizado y sensual, comenzando a moverse según la coreografía ensayada.

Hacía tiempo que había aprendido la técnica para no sentirse intimidada cuando trabajaba. No era extrovertida por naturaleza, por lo que subirse a un escenario para quitarse la ropa al ritmo de una canción mientras cientos de ojos se posaban sobre su cuerpo desnudo había supuesto un problema al principio. Pero no tenía otro remedio. Así que lograba abstraerse centrándose en la música y evitando mirar directamente a nadie. La sala estaba en semipenumbra, un montón de lamparitas de luz tenue esparcidas como luciérnagas en la noche, por tanto no le resultaba complicado no ver lo que no quería. Un foco enorme desparramaba luz por su piel descubierta, fabricando ilusiones de sombras que se movían sobre ella al son de la canción. Los movimientos eran sensuales, pero estudiados. Sabía lo que gustaba y lo ejecutaba con precisión, aunque sin que pareciera forzado en absoluto. Sonreía. Parpadeaba, abanicando con sus largas pestañas. Insinuaba antes de desprenderse de una prenda, creando expectación. Recibía los halagos de los hombres con un guiño de ojos o un movimiento especial dedicado, como ella los llamaba.

Sabía hacer bien su trabajo y sabía lo que esos desconocidos veían. Un rostro juvenil, inocente, de ojos azules y labios carnosos enmarcado por una melena rubia. Y un cuerpo de vicio. Conocía el efecto que surtía la mezcla de inocencia y pecado que ella ofrecía. Y lo utilizaba. Lo que ganaba bailando en el club le permitía, junto con lo que ganaba su madre, vivir sin aprietos. Estaba cansada de contar cada céntimo que gastaba y de ver a su madre marchitarse desgañitándose para sacarlas adelante. Hacía un tiempo que las cosas habían cambiado, claro que su madre no sabía exactamente en qué trabajaba ella.

No estaba orgullosa. De cómo se ganaba la vida y, en los últimos tiempos, del resto de los aspectos de su existencia. Hasta no hacía mucho, estaba convencida de que lograría salir del agujero en que vivía y ser una mujer normal. Con un trabajo que le gustara —había estado estudiando para ello— y un chico a su lado que la quisiera. Pero ese chico, uno con el que compartía una larga historia, había comenzado una relación con otra persona y ella había perdido, en cierto sentido, el norte. La parte racional de su mente tenía claro que, en realidad, nunca había habido otra cosa que amistad y sexo entre ellos. Era esa otra parte de ella la que, rebelde, había esperado más. Le costaba admitirlo, pero le había afectado. Su autoestima había caído en picado. Era posible que su trabajo, el que de verdad se le daba bien, fuera bailar en un club de estriptis, por muy exclusivo que fuera. Era posible que no hubiera chicos para ella.

Echó una última mirada melancólica al extremo de la barra donde siempre la había esperado Sergio antes de concentrarse de lleno en el espectáculo, una sonrisa incitadora brillando en su rostro.

Leo estaba en el extremo de la barra más alejado del escenario, tomándose una cerveza fría. Había tenido un día de perros. Reunión tras reunión se habían sucedido las horas y no fue hasta que llegó por la noche a casa y se despojó del traje y la corbata que no respiró de verdad. Y eso que no tenía demasiados superiores en la empresa. Pero que uno de ellos fuera tu (tiránico) padre era peor que una condena. Se había colocado unos vaqueros desgastados y una camiseta de algodón blanco estampada con un dibujo desteñido y se había dirigido directo al club.

Quizá no hubiera recibido cariño paterno en su vida, pero sí dinero a mansalva. Y parte de él, lo había empleado hacía algunos meses en la compra del distinguido local conocido como Cocoon Paradise. Probablemente no había sido la mejor inversión, pero era rentable. Y le entretenía.

Eso lo había descubierto hacía varias semanas, cuando había decidido pasarse por el sitio en cuestión para ver qué era lo que había adquirido. Por norma general, no era asiduo de ese tipo de clubs, aunque sí que conocía un par de ellos. Siempre había tenido buena cabeza para los negocios, pensaba convertir el suyo en el mejor y para eso tenía que conocerlo.

La primera noche había llegado a mitad de la velada. Se sentó en una mesita iluminada con una luz tenue procedente de una lamparita y observó desde la oscuridad. En el escenario se sucedieron las bailarinas, todas ellas bonitas, algunas de rasgos exóticos. Morenas, pelirrojas, rubias y cobrizas. De edades entre los veinte y los cuarenta, todas con cuerpos para el pecado ejecutando danzas exuberantes que hipnotizaban a los parroquianos. El espectáculo de piel desnuda lo satisfizo y, cuando ya estaba tocando la noche a su fin, apareció ella.

Mary. Una rubia de grandes ojos azules y unos veinte años. Su miembro, que había permanecido semierecto durante todo el espectáculo, cobró vida al instante cuando la vio. La expresión inocente en el rostro contrastaba con un cuerpo que invitaba a placeres oscuros, el blanco y el negro. El ángel caído. La mezcla amenazaba con hacerle perder la compostura. No era el único, comprobó aquella noche. En algunas mesitas cercanas, los hombres, maridos correctos, afectuosos padres de familia, se acariciaban por debajo del mantel. Sin saber exactamente por qué —todavía—, aquel gesto le hizo querer gruñir. Todos parecían soñar con lo mismo. Pero aquel no era un local de prostitución y, si alguna de las chicas optaba por ese negocio, era de puertas hacia fuera.

Bebió un trago de cerveza fría, sonriendo al rememorar aquella primera noche. No fue la última. Leo averiguó sus turnos y acudió puntual a sus citas con Mary. Noche tras noche, terminaba sus horas en su club, por negocios, se decía. Conoció a muchos de sus empleados, a varias de las chicas, a todos los camareros y seguratas, pero Mary era reservada. No solía alternar con los clientes, ni siquiera con sus compañeros. Aunque, había observado, a veces se tomaba una copa al finalizar su show, cuando ya no quedaba casi nadie por allí.

El que ella evitara cualquier contacto le resultaba algo frustrante, debía reconocerlo. Y le atraía como un poderoso imán al mismo tiempo. La hacía misteriosa y él se descubría algunas veces imaginando sus secretos. Quería conocerlos. Se había convertido en una especie de objetivo personal. Y la fuerza del imán se había vuelto más intensa en los últimos días, cuando la habitual picardía de sus ojos había desaparecido, dejando paso a algo similar a la… melancolía. Estaba seguro que nadie excepto él se había percatado y sintió cierta preocupación al respecto: estaba siendo condenadamente observador con ella. Pero ese cambio sutil acicateaba su curiosidad como la de un crío de dos años. Esa noche iba a tentar a la suerte, despidiendo a todos y esperándola, pensó mientras la contemplaba absorto bailando en el escenario.

Desnudándose. Sensualidad irradiando por cada uno de los poros de su piel y estrellándose contra los de él, que la absorbían ávidos. Mary era puro fuego, puro deseo encerrado en un cuerpo voluptuoso que constreñía las entrañas de cada uno de los espectadores, incluido él. La ropa interior de negro encaje transparente invitaba a acercarse para ver lo que escondía debajo, y a su vez dejaba kilómetros de piel a la vista que se antojaba suave al tacto. Leo quería tocarla, acariciarla con las manos. Con la lengua. Su sexo pulsó bajo la bragueta cuando ella se deshizo del sujetador con un movimiento lento, arrastrando la tela por sus pechos. Eran perfectos, pero él ya los había visto antes. Y no se cansaba. Empuñó el botellín de cerveza dando dos tragos largos del frío líquido. Necesitaba refrescarse, pensó con ironía. Era el efecto que Mary tenía en él, más que el resto de bailarinas. Ardía. Literalmente, el calor invadía su cuerpo hasta la última célula, la hoguera más grande prendida en sus genitales. Mary daba vueltas a la barra como si ésta fuera su apoyo desde hacía años, en íntima confianza, contoneaba sus caderas, movía sus hombros y Leo absorbía fascinado cada balanceo de ella. No quería, pero su mente le jugaba malas pasadas disparándole imágenes de ella moviéndose como una bendición sobre él. Era un maldito pretencioso. Por lo que sabía, ella era una bailarina. Punto. No es que él quisiera pagarle…—nunca lo había hecho por placer—, pero se sorprendía preguntándose si por tenerla a ella cruzaría la invisible barrera.

Menudo insulto. Se dio una colleja mental. No iba a degradarlos a eso. Que las cosas siguieran su curso. Nunca había sido un capullo con las mujeres.

♠♠♠♠

Cuando salió a la estancia, todo estaba a oscuras ya. El último par de clientes abandonaba el local con paso inseguro y conversación animada con el jefe de camareros, que los acompañaba amablemente hacia la puerta. No vio a Will, el camarero de origen cubano y su amigo, por ninguna parte, pero se sentó a la barra igualmente a esperarlo. Se tomaría una tónica con él y charlarían de cosas triviales, como solían hacer mientras él recogía la barra.

−¿Qué desea tomar, señorita?

Mary alzó la vista, sin saber si estaba más sorprendida por el tono con que aquel tipo había pronunciado la palabra “señorita” o por su mera presencia, de la que no se había percatado antes. Sin embargo, la miraba expectante con una sonrisa amable en el rostro, así que respondió.

−Una… tónica.  Schweppes, por favor…

−Claro −respondió el tipo, girándose. Ella se quedó contemplando su espalda, de hombros anchos y fuertes; aunque la camiseta blanca que llevaba no fuera de las estrechas, la parte superior se ajustaba bastante a su cuerpo. ¿Quién era? No lo había visto antes por allí. No acostumbraba a alternar con clientes del local, pero él estaba cómodo tras la barra, así que pensó que podría tratarse de algún nuevo camarero. Aunque ni por asomo con la misma destreza que Will, pensó divertida.

Se giró y le sirvió la tónica, disparándole una mirada que a ella le robó el aliento. Por lo salvaje. Pero ese punto enseguida desapareció de los ojos negros como pozas y ella pensó si se lo habría imaginado.

−¿Eres nuevo?− preguntó sin ambages.

−Podría decirse que sí.

−Mmm… −asintió−, chico misterioso.

−No más que tú…

Sus miradas se conectaron durante unos segundos, intentando ir más allá de sus iris, más… adentro del otro.  Ella cogió el vaso y bebió. Había algo que… le atraía de aquel chico, la forma en que la miraba no era como la del resto de hombres, pensó mientras dejaba que el líquido transparente se deslizara por su garganta, notando las burbujas refrescantes… y otra cosa más. Miró el vaso extrañada y frunció el ceño.

−Eh, ¿quién eres tú y por qué quieres emborracharme?

Leo tuvo que sonreír. Se había quedado hipnotizado contemplando el movimiento de los músculos de su cuello al tragar, sus labios llenos apoyados con delicadeza en el borde del vaso. Quería morderle. Pero Mary estaba a la defensiva…

−Soy Leonardo Llach y no quiero emborracharte. Sólo invitarte a una copa. Te voy a acompañar −apuntó mientras se servía otro vaso con un líquido ambarino que olía a muchos más grados de alcohol que el suyo. Su sonrisa fue, por fin, correspondida  por la de ella.

♠♠♠♠

−No me puedo fiar de vosotros −rió ella al cabo del rato, apoyando la mano en su muslo y dejando una huella caliente aun con la tela vaquera de por medio.

No estaba ebria, pero el licor había hecho bien su trabajo, relajándola hasta el punto de permitirse reír. Estaban sentados juntos, en dos taburetes de la barra, charlando animadamente. Había intentado acercarse a ella, saber más, pero Mary esquivaba hábilmente sus insinuaciones. Alguien le había hecho daño no hacía mucho, de eso estaba seguro.

−Puedes fiarte de mí −una mentira susurrada, sólo porque la intención de traspasar sus barreras y conocer sus secretos se estaba convirtiendo en una necesidad.

Ella le miró a los ojos, por encima de la copa mientras bebía. Parecía estar calibrando la veracidad de su afirmación y Leo hizo todo lo posible porque su expresión pareciera sincera.

Quería follársela.

Así que probablemente no debería fiarse de él, a menos que buscaran lo mismo.  Pero hubo de reconocer que había algo más allá del simple sexo que tiraba de él, ese sutil cambio en su mirada de las últimas semanas…

Mary rió, una risa limpia y cristalina, despojada de cualquier deje teatral, muy diferente de las risas que le había dedicado al principio de la noche, que a él le calentó las entrañas. Estuvo a punto de gemir contra su propio vaso.

−¿Qué quieres de  mí? −preguntó, juguetona.

Ahora sí que no mintió.

−Quiero que bailes para mí, Mary… −La miró sin tapujos, y añadió susurrando−: Sólo para mí…

Calor

(*) pincha para música

Hacía calor. A pesar de que su ropa era ligera y veraniega, ésta se pegaba a su cuerpo en algunos puntos de su espalda. Apartó su melena de la nuca y se abanicó, en un improductivo intento de refrescarse, al tiempo que paseaba la mirada a su alrededor.

La masa informe de sudorosos cuerpos se movía al ritmo pesado de la música dando la sensación de ser un enorme y oscuro ente dotado de plasticidad que la envolvía. La penumbra del lugar, únicamente surcada por los haces de luz de color, hacía difícil distinguir nada que no fueran las barras al fondo enmarcadas por llamativas luces de neón.

Allí, apoyado en el extremo de una de ellas, lo vio. Con postura indolente, sus antebrazos sobre el metacrilato, la espalda inclinada hacia delante y la cabeza girada. Sus ojos fijos en ella. Aquel verde parecía el único color distinguible en el lugar.

Se quedó mirándolo, hipnotizada. Vestía unos vaqueros desgastados y una camisa oscura, no del todo amplia. Lucía una ancha pulsera de cuero en la muñeca izquierda, la única que ella veía desde allí, y el pelo claro revuelto, como si alguien hubiera estado pasando los dedos entre los mechones. El chico acercó a su cara el botellín de cerveza con el que había estado jugando entre sus manos y el movimiento reveló un destello en su oreja. Contempló con ávidos ojos cómo los labios se unían a la boca de la botella y creyó estar loca al considerar condenadamente sensual el movimiento de éstos al succionar el líquido. Sintió que la temperatura del local aumentaba varios grados al observar la nuez del cuello masculino moverse arriba y abajo al tragar.

Desvió la mirada bruscamente al darse cuenta de que él no se perdía detalle de su expresión. El calor inundó su rostro de forma fulminante. Era el momento de ir a los aseos a refrescarse con agua, decidió, asombrada por se reacción.

Pero antes volvió a mirar en dirección al chico misterioso, chocando con su mirada fija en ella de nuevo. En ese instante, las palabras del DJ sonaron a través de los altavoces, seguidas de un estruendo musical y toda la gente de la sala levantó las manos en alto imitando al pinchadiscos. Lo perdió de vista.

Y cuando la gente recuperó su postura original, él había desaparecido de la barra.

Miró alrededor en su búsqueda, asustada de la nota de desesperación que le atenazaba, pero fue en vano. Se había esfumado, dejándola sumida en un estado que ella misma ni siquiera era capaz de reconocer.

Moviendo la cabeza con gesto negativo, sonrió, pensando que quizá lo había imaginado. Pero el calor perduraba en su cuerpo, así que continuó con su plan inicial de visitar los servicios.

Se abrió paso como pudo entre la gente, algunos saludándola. Otros yendo un poco más allá e intentando algo más. Rozó varios cuerpos mojados de sudor y se secó con la mano. Ella misma estaba empezando a transpirar.

Se alegró de no tener que hacer cola; los servicios eran enormes y estaban, para su sorpresa, aparentemente limpios y bien decorados. De las paredes color burdeos colgaban espejos de estilo recargado, los marcos con retorcidas florituras doradas. Los lavabos tenían forma de concha y los grifos imitaban piezas antiguas e igualmente doradas. Se apoyó en uno de los que había libres, mirándose al espejo.

Algunos mechones de pelo se habían pegado a su rostro a causa de la transpiración y comprobó que parte de la fina tela de su corto vestido también se pegaba a su cuerpo. Escuchó un sensual sonido seguido de una secuencia de gemidos provenir de uno de los excusados y apretó las piernas fuerte, un leve jadeo escapando entre sus labios.

¿Pero qué le pasaba?

Se echó algo de agua a la cara y la nuca, masajeando ésta última y diciéndose que aquello no se iba a solucionar de forma tan sencilla. Miró a la chica del lavabo contiguo, que le dedicó una sonrisa cómplice al escuchar más lamentos de otro excusado.

Se iba a casa. Necesitaba estar en casa. Sola en su habitación.

Al salir, agradeció la suave brisa que le acarició la cara y le removió la larga melena. La temperatura en la isla blanca no era demasiado elevada, a pesar del mes en que se encontraban. Sin embargo, debido justamente a la época del año, la calle estaba abarrotada de gente, risas y música sonando por doquier.

Una de las ventajas de ser una nativa era que conocía caminos menos transitados, en caso de querer estar más tranquila. Tomó una de esas calles, relajando el paso, sintiendo como, por fin, la ropa se iba soltando de su piel al tiempo que el aire la secaba.

Más serena, reflexionó mientras caminaba sobre sus sandalias planas sobre lo que había ocurrido en el interior de la discoteca. No había sentido un ramalazo de deseo igual nunca antes. Mucho menos con la sola mirada de alguien penetrando en su alma. Nunca. Antes. Igual.

Rió, sintiéndose tonta. Su imaginación le jugaba malas pasadas. Y, como queriendo vengarse de ese pensamiento, la imagen vívida de ella besando los carnosos labios que se habían amorrado a la botella, lamiendo la marcada nuez de Adán… estalló en su cabeza.

Gimió. Era imposible desear de esa forma a alguien que sólo has visto una vez, durante unos minutos.

Era imposible, pero lo hacía. La imagen del chico rubio se le había grabado a fuego y comenzó a fantasear con ella.

Perdida como iba en un huracán de tentadoras visiones y situaciones sugerentes, no se había percatado hasta ese momento de los pasos constantes y sutiles, aunque perfectamente audibles en el silencio de la noche. Fue consciente de que la estaban siguiendo. Con el corazón en la boca, aligeró disimuladamente el paso, un impulso incontrolable. La intriga luchó con el temor, provocando que la sangre se precipitara en sus venas e hizo un velado intento de girar apenas la cabeza para comprobar su sospecha.

Apenas alcanzó a ver un destello áureo y el calor volvió a sonrojar sus mejillas.

El chico rubio. Estaba completamente segura, pensó, lamiéndose los labios, nerviosa. Algo asustada, aceleró sus pasos, sólo para comprobar que los que le seguían aceleraban también. Aparte de alguna pareja demasiado enfrascados en ellos mismos como para percatarse de algo, no había absolutamente nadie alrededor.

Más que saber, presintió que le ganaba terreno y en el preciso momento en que valoraba si echar a correr, una mano se cerró sobre su muñeca deteniéndola en seco.

No se giró. El aire comenzó a salir en pequeñas y rápidas exhalaciones de su boca, el corazón golpeando tan fuerte que pensaba que iba a hacer un maldito agujero en su pecho para escapar calle abajo.

Se quedaron así, tan quietos que imaginó que se habían convertido en estatuas de piedra y los encontrarían allí al salir el sol. Cuando estaba a punto de gritar, de  terror o frustración, no lo sabía, él comenzó a acariciar la parte interna de su muñeca con el pulgar, en suaves pasadas que enviaron rayos placenteros a través de su brazo y a lo largo de su cuerpo.

Una petición silenciosa.

Inspiró hondo, dejando escapar el aire despacio. Sintiendo que el húmedo ambiente que los envolvía estaba a punto de empezar a chisporrotear. Un suave, apenas perceptible, tirón de su mano.

Y ella claudicó, sin poder evitarlo.

Se giró, enfrentando su verde mirada. La que le había obsesionado durante los últimos tres cuartos de hora. La que le abrasó la piel en ese justo instante. Fue capaz de leer en ella.

La determinación. El anhelo, el deseo crudo. Las promesas de placer. Su intención de no dejarla escapar esa noche. Sintió un escalofrío atravesar su ser.

Lentamente, él empezó a caminar hacia atrás, sin dejar de acariciar en ningún momento su muñeca ni desconectar sus ojos de los suyos. Tirando de ella como un maldito imán. Nerviosa –e impaciente, reconoció- se dejó arrastrar, sin ver, sin saber hacia dónde. Sólo veía en modo túnel y al final del mismo únicamente estaba su rostro de piel suave. Además de los de la oreja, un tercer piercing taladraba su ceja, constató sin centrarse demasiado en el asunto.

De repente, quería saber más. Le invadió la urgencia de conocer su nombre, quién era y de dónde. El deseo descarnado y misterioso de escuchar su voz. De hundir ella también las manos en su pajizo cabello. De descubrir su cuerpo a través del tacto.

Cuando se detuvieron, miró a su alrededor, tomando conciencia del lugar. Un callejón sin salida, oscuro, apenas dos manzanas de donde se habían visto hacía parecía un siglo.

La acorraló hasta hacer que pegara su espalda a la pared. Las manos le quemaban de la necesidad de tocar el cuerpo de aquel chico, sus nervios destrozados por saber qué iba a pasar exactamente allí. A qué estaba dispuesta ella misma.

Se asustó de lo que le pedía su cuerpo.

-¿Cómo te lla…? –intentó. Mas la frase quedó en suspenso al rozar él sus labios con un dedo, una petición muda.

No iban a hablar. Eso estaba claro.

El dedo dejó de presionar para pasar a acariciar suavemente sus labios. Sin dejar de mirarla, acercó sus caderas a su cuerpo, diciéndole silenciosamente lo que quería de ella. Gimió al notar lo que él guardaba entre sus piernas, caliente y enorme. Se lamió los labios, un gesto nervioso, y pasó la lengua sin querer por el dedo de él.

Y escuchó un gemido quedo que le supo a gloria y envió un rayo de placer directo a su centro.

Con gesto pausado, volvió a sacar la lengua y repitió la caricia. El dedo enseguida estuvo en el interior de su boca, los ojos de él fijos en la acción. Lamió con fruición, cerrando los ojos, lentamente, con suaves pasadas de su lengua que humedecieron el apéndice. Pronto captó el movimiento que él realizaba, entrando y sacando su dedo, como si estuviera follándole la boca con otra parte de su anatomía. Gimió al sentir exactamente la misma cadencia en el balanceo de la parte inferior de sus cuerpos.

Su sexo se humedecía por momentos. Abrió los ojos y tuvo la sensación de que él esperaba ese gesto preciso para adelantar su rostro y unir sus bocas abiertas, uniéndose las lenguas en un beso lento que, en cuestión de segundos, pasó a ser absolutamente salvaje. Porque el feliz descubrimiento de que llevaba otro piercing en la lengua la hizo apretar de nuevo las piernas.

Él se alejó, respirando entrecortadamente. Observó cómo su pecho subía y bajaba y sintió ganas de coger ambas solapas de la camisa y tirar sin piedad de ellas. Parecía adivinar sus pensamientos, porque una de las comisuras de su boca se alzó en una sexy sonrisa.

Se escuchó un profundo gemido seguido de una sarta de improperios y ambos desviaron la vista hacia el fondo del callejón, sin ver más que absoluta oscuridad. Al parecer, no eran los únicos que habían elegido aquel lugar para su encuentro. Sonrió para sí, y él debió de pensar lo mismo, porque su propia sonrisa se terminó de esbozar en su rostro. La idea le pareció increíblemente morbosa.

Y el pulso se le disparó cuando vio la mano de él resbalar por su abdomen, descendiendo tranquila y atravesando la cintura del pantalón, para recolocar su erección. Lo hacía a propósito. Estaba mostrándole que es lo que había allí para ella. Si lo quería.

Y lo quería, pensó tragando saliva.

Cuando se pegó de nuevo a su cuerpo, apoyando una mano en la pared tras ella, otro beso profundo y húmedo le arrancó leves jadeos, su boca trabajándosela con total maestría. Separó sus labios para poder tomar aire cuando sintió la mano de él acariciando su sexo empapado. Por debajo de sus braguitas, desde detrás. ¿Cómo había ocurrido?, pensó con un ligero mareo, sintiendo el dedo de él resbalar demasiado fácilmente adelante y atrás. Al segundo siguiente, estaba penetrándola sin ningún tipo de dificultad.

No podía más. Tenía que acariciarlo, pensó desesperada por conocer algo, lo que fuera, de él, antes de que ella misma perdiera el control. Sin dejar de besarlo, sus manos torpes por el placer desabrocharon la camisa que cubría su torso, dejándola abierta y colgando de sus fuertes hombros. Y por fin pasó las manos sobre la piel caliente y suave, lampiña, subiendo desde el vientre marcado hasta el pecho. Se sobresaltó al sentir algo duro sobre un pezón. Y sobre el otro. Gimió, un eco del gemido de él. Aros de metal.

Los cogió con los dedos y jugó con ellos, provocando que la garganta de él profiriera pequeños gemidos graves, que acicatearon su excitación, y que las caderas masculinas perdieran un poco la cadencia, alternando algunas embestidas más fuertes.

La idea de hacerle perder el control la espoleó, volviéndola más audaz.

Era lo justo, pues él estaba atentando peligrosamente contra el suyo propio, con dos dedos entrando y saliendo de su húmedo interior y su polla caliente presionando en lentos pero continuos vaivenes su clítoris.

Por dios, necesitaba sentirlo. No la suave y cálida dureza cubierta por la ropa. Si no el acero candente sobre su propio cuerpo.

Esa idea le hizo dejar los aros de metal para descender directamente a su bragueta, atacando los botones con cierta desesperación. Desabrochó el primero y contuvo un gemido al notar ya la punta roma. Era grande, joder. Y no llevaba ropa interior…

Miró hacia abajo para contemplarlo cuando logró liberarlo del todo, el gemido de él vibrando todavía en sus tímpanos, al tiempo que le mordisqueaba el cuello y su mano seguía enterrándose en ella. La polla balanceándose en el aire, soberbia en su enormidad, la abstrajo. Aun en la penumbra, podía percibir que estaba surcada por venas, la cabeza hinchada y brillante.

Despacio, descendió hasta quedar de cuclillas, la espalda apoyada en la pared, provocando el abandono de la mano masculina. Él la miraba desde arriba, jadeando levemente, con las manos apoyadas en el muro.

Fijó de nuevo la vista al frente, el miembro apuntándole, y contempló extasiada cómo aparecía lentamente una gota transparente en la punta del mismo. Se lamió los labios inconscientemente y escuchó un sensual gruñido salir de él, al tiempo que balanceó las caderas.

Ahora mismo.

Sacó la lengua para lamer la incitante gota y a partir de ahí, los gemidos no se detuvieron. Lamió la punta, chupando como si fuera un helado. Succionando. Los sonidos que él profería la animaban a seguir, pero no era necesario. Se sentía famélica, de repente. Lo cogió con la mano para enfocarlo bien y se lo introdujo en la boca, ciñendo los labios conforme volvía a sacarla. Comenzó a repetirlo, cogiendo un ritmo cómodo para ella. Y se percató de que él había esperado a eso, porque de repente fue consciente de que no era ella quien se movía.

Él estaba follándole la boca, sin tocarla más que con su sexo, al ritmo que ella había establecido. Tuvo consciencia de que él sabía que ella no solía hacer este tipo de cosas con desconocidos.

La estaba volviendo loca escuchar sus gemidos mezclándose con los de la pareja que había al fondo del callejón. Ella misma gemía también, quedando el sonido amortiguado por la carne caliente que penetraba su boca, reverberando sobre ella.

Miró, como pudo hacia arriba. La boca abierta de él, limitada por los sensuales labios llenos, los ojos entrecerrados, brillando por el placer, sin mirarla directamente a ella. Las manos crispándose apoyadas sobre el muro de ladrillo.

Ella llevó su propia mano a su sexo. No podía retrasarlo más. La zona estaba completamente mojada y los dedos resbalaron fácilmente, como antes lo habían hecho los de él. Introdujo tres dedos, acariciando su brote con el pulgar, llevándose peligrosamente al límite con sólo un par de caricias. Debió de proferir algún tipo de lamento, porque los ojos de él la enfocaron de repente, mudando la mirada nublada por una muy consciente. Un gruñido al comprobar dónde se encontraba su mano y ella sintió la primera convulsión de su polla.

Los densos chorros calientes se dispararon en su boca sin que él desviara ni por un segundo su mirada, ni dejara de embestirla. Tragó al tiempo que sentía su propio sexo contraerse, comprimiendo los dedos, y tuvo que dejar escapar el miembro de entre sus labios para poder tomar aire, jadeando, cayendo los últimos chorros sobre su barbilla y cuello.

Al mirar de nuevo hacia arriba, descubrió en él una sonrisa divertida y jadeante. Le ofreció una mano, que ella aceptó enseguida, y la alzó, poniéndola de pie otra vez. Le acarició la mandíbula, recogiendo algo de lo que había salido de su cuerpo y, acto seguido, lo chupó. Ella miró encandilada el movimiento. Su corazón se aceleró al sentir las pasadas de su lengua recoger el resto que había quedado esparcido por su barbilla también y luego besarla profundamente, rápido, duro y sin ambages.

Cuando separaron sus bocas, lo vio trastear en el bolsillo trasero de su pantalón que, milagrosamente, aún se apoyaba sobre sus glúteos. Sacó un preservativo y rasgó el envoltorio con los dientes, al tiempo que la instaba a girarse contra la pared.

Ella creyó que no aguantaría de pie, porque las piernas le temblaban de deseo y anticipación. Dios mío, sí. Aquello no se terminaba allí, pensó con alivio, mientras lo notaba acoplar su cuerpo a su espalda.

─Abre las piernas.

Aquel simple susurro suave e íntimo junto a su oído casi la lanza a las estrellas. Su voz grave era una sensual mezcla de erotismo y picardía en proporciones adecuadas. Pensó que lloraría si no la escuchaba otra vez.

Obedeció, apoyando las manos ella esta vez en la pared e inclinando el cuerpo ligeramente hacia delante. Ofreciéndose. La tela mojada de su ropa interior fue apartada y enseguida sintió la dura erección, que no había perdido un ápice de su firmeza, deslizarse a lo largo de su sexo, resbalando. Adelante y atrás, la cadencia ya era erótica en sí misma.

Jadeando, sintió cómo su mano alcanzaba un pecho fácilmente a través del ancho escote, pues no llevaba sujetador. El pezón se tensó bajo sus dedos, que lo acariciaban alternando pases suaves con apretones más agresivos, enviando ramalazos de placer a lo largo y ancho de su cuerpo. Quiso apretar las piernas. Su lengua se paseó por su cuello, húmeda, apretando la bolita de metal en determinados lugares que la hicieron gemir.

Quería que suplicara, estaba segura…

─Por favor…─su voz más un quejido que otra cosa.

Sintió la sonrisa de sus labios en la piel de su cuello y acto seguido, su polla penetrándola en una lenta y firme estocada. Los dos gimieron… y gimieron y gimieron con cada envite que sucedió. Comprobó de nuevo lo ancho que era, la mágica fricción que producía en sus paredes internas al entrar y salir.

El chico siguió marcando el ritmo y ella no podía hacer otra cosa que mantener la postura apoyada en la pared. Sus jadeos y gemidos ahogados muy cerca de su oído le reverberaban por todo el cuerpo, sintiendo ganas de sacudirlo y decirle que dejara de contenerse y gritara, si era preciso. Su lengua, con la dichosa bolita metálica, seguía conjurando magia por toda su nuca y los laterales de su cuello, enviando escalofríos de gozo a lo largo de su espina dorsal.

Sintió un tirón entre sus piernas. Luego otro. Y otro más y después la explosión de un orgasmo que la cegó, lentas oleadas que la obligaron a apretar los párpados y a morderse el antebrazo para no aullar del placer.

Cuando las olas remitieron, se dio cuenta de que él no había cesado en el ritmo ni por un segundo. Con el rabillo del ojo, percibió movimiento a unos metros de ellos y una pareja surgió de la oscuridad, entre besos y risas. Escondió la cara entre sus brazos, muerta de la vergüenza, y notó que él la cubría un poco más, protegiéndola de posibles miradas.

El ritmo se acrecentó, ella rompió a sudar, prorrumpiendo ya en jadeos incontrolables. Pasando a un estado eufórico, en el que todo lo que no fuera lo que sentía entre las piernas y el resto de su cuerpo le era completamente indiferente. Los jadeos apenas contenidos en su oído junto con el aumento de velocidad de sus caderas, que se movían cual pistones, le informaron de lo cerca que estaba ya él. Además, lo sentía palpitar en su interior.

Una de sus manos descendió como un rayo hasta el vértice que formaba su sexo, acariciando el centro resbaladizo de su placer sin ningún comedimiento y ella sustituyó con su propia mano las caricias en sus pechos.

Mordiéndose el labio inferior, los ojos cerrados, abandonada al gozo, comenzó a contraerse de nuevo alrededor de la polla ardiente y lo escuchó gruñir, espoleando su placer.

Iba a correrse de nuevo. Lo supo y se lanzó a ello al sentir el cuerpo a su espalda contraerse de arriba abajo un segundo y luego la frente de él buscando apoyo en su hombro. Los orgasmos fueron lentos y largos, sin dejar de moverse ambos, ya totalmente descompasados.

Terminaron apoyados los dos contra la pared, buscando recuperar de nuevo el resuello. No se creía lo que acababa de hacer.

Se giró y él dio dos pasos atrás, dejándole espacio para que se recompusiera la ropa, mientras él mismo se deshacía del condón, guardando su miembro y abrochando los botones de su bragueta.

Ella se subió las bragas, mirándolo de tanto en tanto de reojo. Tenía la cabeza gacha y los ojos ocultos por mechones pajizos, que le disparaban rápidas miradas verdes al tiempo que abotonaba lentamente su camisa.

─Gracias ─lo escuchó musitar, conforme pasaba una mano por su mentón. Y ella sonrió despacio, boba.

Vio cómo empezaba a alejarse hacia atrás y se giraba para desaparecer de su vida.

─¡Espera! ─maldijo mentalmente su impulso. Él se giró, escrutándola y ella terminó en un murmullo─: Tu nombre…

Le deslumbró con una amplia sonrisa sin ambages.

─Sergio. Me llamo Sergio.

Y desapareció por la boca del callejón.

Juego de Primavera

Al final me he atrevido!

Este relato lo he escrito para entrar en el estimulante Juego de Primavera que nos propone Paty C. Marín desde su blog, Cuentos Íntimos. La idea me pareció interesante desde un principio, al igual que el resto de su blog, muy recomendable, si te va lo mismo que a mí  😉

El Juego consiste en escribir un relato erótico a partir de una introducción que nos propone Paty. Igualmente, hemos de escoger dos imágenes, de las propuestas, que ilustren la historia.

Pues eso. Que me he atrevido y éste ha sido el resultado. Espero que lo disfrutéis 🙂

Nos vemos en tus sueños

 

Como cada jornada, sobre las nueve, Ámber regresaba a casa. Utilizaba la línea de metro número 3, cuya duración era de veinticinco minutos y que siempre pasaba por la estación a las nueve y diecisiete. Eso le daba tiempo a comprarse algo de comer en la tienda de la esquina, normalmente un croissant, que mordisqueaba con calma mientras paseaba hacia el andén. Aquella noche llevaba un libro bajo el brazo, una nueva lectura que empezaría en cuanto se diese una ducha, se pusiera el pijama y se metiera en la cama. Pensando en si estaría demasiado cansada para leer diez páginas o un capítulo entero, subió al metro, que siempre estaba lleno a esas horas, y buscó un lugar dónde sentarse; casi nunca había un asiento libre, pero no perdía nada por comprobarlo. 


De pronto, le vio entre la gente. Se sobresaltó cuando sus miradas se encontraron y bajó la vista al suelo. Él estaba allí, como cada noche, en el vagón de metro de las nueve y diecisiete de la línea número 3… 

Arriesgó de nuevo una mirada, sintiendo el calor que había trepado por su cuello hasta su rostro.

Sergio Asselbörn. El chico malo de su instituto. Ese por el que todas sus compañeras se aseguraban de llevar la falda del uniforme escolar varios centímetros por encima de lo que mandaba la dirección del centro. Ámber había sido una de ellas también, por supuesto. Aunque nunca se atrevió a hablar con él.

Ahora ya no estaban en el instituto. Ella estudiaba en la universidad y se había sorprendido de encontrarlo en ese vagón de metro cuando pensaba que no volvería a verlo. Luego comprendió que ambos utilizaban la misma línea de metro de forma rutinaria y que coincidirían muchas… muchas veces.

Lo había contemplado en diversas ocasiones a su antojo, cuando él todavía no se había percatado de su presencia en el metro. El tiempo había hecho de aquel chaval un tipo alto y fuerte. Casi siempre vestía de negro, lo que contrastaba con su pelo rubio pajizo, que solía lucir revuelto o, en el mejor de los casos, de punta. El color de sus ojos, verdes como el musgo, y de su pelo eran sin duda herencia de su apellido alemán. Aquella cara de niño bueno estaba adornada con un piercing en la ceja y, recientemente, había observado dos más en su oreja izquierda. En el instituto habían corrido rumores de que llevaba otros en la lengua y los pezones, pero ella, desde luego, jamás pudo llegar a comprobarlo. Aunque se moría por ello.

Los veinticinco minutos del recorrido del tren se hacían penosamente cortos, pensó al tiempo que se dirigía a la puerta para bajar en su estación.

***********************

Sergio se lo pensó uno, dos tres segundos y saltó del vagón tras ella.

La recordaba del instituto, aunque ahora tenía un aspecto completamente diferente. Quizá porque había dejado su apariencia de cría atrás, quizá porque dos años se notaban mucho más en plena adolescencia que ahora. El caso era que sus formas eran más llenas y eso a él le gustaba.

Llevaba algunas semanas rumiando qué hacer con ella. La había descubierto hacía tiempo con la mirada fija en él mientras viajaban en aquel vagón. Y Sergio tenía demasiada experiencia como para no saber lo que eso significaba.

Carpe diem.

Ámber -creía recordar que ese era su nombre- caminaba a buen paso por la acera, con el libro en una mano. Le picó la curiosidad por saber qué leía. ¿Sería alguna de esas novelas que ellas se empeñaban en llamar románticas? La comisura de su boca se alzó en un asomo de sonrisa.

La seguía unos pasos por detrás, lo que le proporcionaba una preciosa visión de su trasero apretado en aquellos vaqueros ajustados que se movía al compás de sus apresurados pasos.

¿Dónde vas con tanta prisa, Ámber? A esas horas, suponía que a su casa tras una larga jornada de aburridas clases universitarias.

Imaginó la forma que tendría de relajarse.

Su mente traviesa no tuvo problemas para conjurar las imágenes: Ámber recién salida de la ducha, las gotas de agua rodando por su cuerpo envuelto en vapor, acariciando su piel. Ámber picando algo rápido con su novela en la mano, de camino a su habitación. Vistiendo sólo una nívea camisa blanca y unas braguitas del mismo color. Ropa para no ser vista por nadie más que por ella. La idea le hizo sonreír.

Ámber sentándose en el suelo, mientras termina de mordisquear una manzana, abriendo el libro y buscando directamente alguna escena picante.

Ámber subiendo su temperatura corporal en cuestión de segundos, devorando la escena, la mano libre acariciando distraídamente la piel entre la abertura de la camisa.

“Sergio, Sergio… esa mano no quiere ir por ahí“.

¿Cómo que no?

Ámber acariciándose un pecho, mordiendo el carnoso labio inferior al rozar el pezón. Y el libro cae olvidado abierto por alguna página al azar.

La tímida de Ámber dejando resbalar su otra mano por la piel caliente de su vientre. Despacio. Eso es… sigue y atraviesa la barrera de la tela blanca.

Oh, Ámber, se te ha escapado un gemido… y tú no gimes cuando lo haces.

La imaginación de Sergio continuó evocando imágenes mientras apretaba el paso para no perderla en la noche.

Ámber acariciando piel suave, labios tensos y sensibles. Encontrando humedad y esparciéndola.

Ámber profundizando en su estrechez, lamiendo sus dedos y mojando su pezón. Te gustaría que te lo chuparan, ¿eh? Tranquila. Ya voy.

Ámber deslizando las braguitas hasta sus rodillas, completamente despatarrada en el suelo, su respiración tratando de hacer llegar aire a sus pulmones. Enchando la cabeza hacia atrás, moviéndose contra sus dedos. Llenando el cuarto de jadeos y gemidos contenidos. Retorciéndose. Rozando una sola vez su clítoris con el pulgar.

La pequeña Ámber echando la cabeza hacia atrás y estallando en un orgasmo de mil colores, los ojos apretados en una expresión casi agónica. Una gota de sangre brotando de su labio inferior…

Joder. Sergio tuvo que recolocarse dentro de su pantalón, soportando mal la fricción del vaquero sobre su sexo duro como el granito.

Siguió caminando, decidido a no dejar pasar la oportunidad.

Pero cuando miró al frente, la había perdido. Su pequeña fantasía le había dejado sin juego esa noche…

****************************

Ámber se había percatado de todo. Sabía que la había seguido fuera del metro. Que la seguía ahora. Incluso que acababa de acomodar sin ningún disimulo su sexo en sus pantalones, gracias al reflejo en una puerta de cristal.

Sonrió. Vaya vaya. Parecía que el chico-fantasía de instituto se le ponía a tiro.

¿Se atrevería?

Se atrevería, pensó entrando en su portal aprovechando el pequeño despiste de su perseguidor. En los instantes que siguieron, casi se le sale el corazón por la boca de la anticipación. Cuando Sergio pasó, lo cogió del brazo y tiró de él.

Y tiró y tiró hasta llevarlos a ambos a una especie de patio interior del edificio. Muy poco transitado.

Sonrió mentalmente al ver su cara de pasmado. Sergio estaba a punto de descubrir que la mosquita muerta se quedó junto con su uniforme de instituto.

– Hola, Sergio -murmuró con voz melosa a dos centímetros de su cara.- ¿Me estabas buscando a mí?

Él se recuperó rápidamente de su sorpresa, adoptando su habitual actitud depredadora. No retiró ni un milímetro su rostro y empezó a caminar, moviéndose cual felino, obligándola a ella a recular, hasta que se vio apoyada contra una pared y atrapada entre sus brazos apoyados a ambos lados de su cabeza. Sólo entonces lo escuchó susurrar:

– Sí.

La oscura noche alumbrada por algunas farolas de la plazoleta daba lugar a una penumbra en la que pudo distinguir con meridiana claridad sus ojos verdes clavados en ella. Sintió la sangre precipitarse en sus venas cuando notó sus caderas juntas y una ola de calor la recorrió, dejando los restos de su timidez reducidos a cenizas.

Necesitaba sentir esa enorme erección en su interior. Así como YA.

Los primeros relámpagos de una tormenta estival surcaron el cielo.

Definitivamente, iba a vivir su fantasía.

Colocó las manos en las caderas masculinas y fue subiendo lentamente, rozando su abdomen musculado por debajo de la camiseta, notando como la respiración de él se aceleraba levemente, hasta apoyar sus manos en su pecho lampiño. Rozando los aros con la palma de las manos.

Apretó las piernas, intentando conservar la sensación que había viajado como un rayo desde su columna hasta su sexo. Así que era cierto. Un aro de metal en cada pezón.

Sintió, más que vio, la sonrisa de sus labios rozando los suyos. Relájate, Ámber. O te gana la partida.

********************************

Sergio sonrió. Las manos de ella se movían con lentitud sobre su pecho, palpando el metal plateado que perforaba su carne. Seguro que había escuchado rumores. Rozó sus labios con los de ella y su lengua salió a lamerlos. Permitiéndole saber que también existía el que perforaba su lengua.

– Qué, Ámber. ¿Quieres hacerlo con el chico duro? – gruñó contra esa boca sensual que se le ofrecía y, al tiempo que restregaba su polla contra ella, continuó:- Estás de suerte. Porque estoy duro de verdad…

Lo siguiente que sintió fue un enredo de lenguas que le sorprendió. Le impresionó el ímpetu que Ámber imprimía al beso, el sensual movimiento de sus caderas. Cogió sus aros con ambas manos y lo hizo gemir. Joder…

– Yo también sé ser mala, Sergio -la escuchó susurrar en su oído, al tiempo que subía su camiseta.

Dejó que se la sacara por la cabeza y él abrió la camisa que ella vestía, sin dejar de besarla, algún botón perdiéndose en la oscuridad. Sus manos fueron directas a los pechos redondos, agradeciendo que el sujetador fuera de los que dejaba marcar el pezón enhiesto. Pasó sus pulgares por ambas cimas y se tragó el gemido femenino.

Las caderas volaban, frotándose en sinuosos vaivenes y se devoraban las bocas, sus lenguas saliendo al encuentro. Sergio notó las primeras gotas de lluvia en su espalda y pensó que se evaporarían nada más rozar su piel. Bienvenidas fueran…

Bajó sus manos por la cintura hasta posarlas en las nalgas redondas al tiempo que dejaba un reguero de besos húmedos por el cuello. El sujetador blanco dejaba trasparentar las sombras más oscuras de las areolas y la sola visión hizo que quisiera gruñir. No era suficiente. Acercó su boca y se introdujo el pezón, tela de por medio, humedeciéndola y sintiendo cómo se adhería perfectamente a la forma de su pecho. El gemido de ella le llegó lejano, pero sintió sus manos enredándose en su pelo, apremiándole a seguir.

Cambió de pecho, trabajándose el otro del mismo modo. Ámber se arqueó, ofreciéndole mejor acceso y él se retiró, sin soltar sus caderas. Para observarla. Apoyada en la pared, jadeando arqueada. La camisa abierta y el sujetador blanco mostrando sus pechos prácticamente como si estuvieran desnudos. Su polla dio un brinco cuando la mano de ella pasó por encima de la cresta que formaba el pantalón.

La miró, arqueando una ceja. Los ojos de ella mostraban una emoción cruda, sin tapujos. Anhelo. Hambre…

Vaya vaya, Ámber… 

– ¿Cómo de mala sabes ser? -su voz sonó más ronca de lo que le habría gustado; sus manos incapaces de estarse quietas sobre sus caderas.

La lenta sonrisa que dibujó su expresión envió un ramalazo eléctrico a través de su espina, directo a sus huevos. La lluvia empezó a apretar, terminando de hacer el trabajo en la tela sobre sus pechos que él había comenzado con la lengua, pegando toda su ropa a la piel suave y blanca. Oh, sí, había cambiado…

Inspiró fuerte cuando las manos de ella fueron directas a los botones de su bragueta, soltándolos con habilidad. Y el aliento quedó retenido en su garganta cuando la observó arrodillarse frente a él. Escapando en un suave gemido al sentir la lengua cálida sobre su punta. Dios….

Enredó las manos en su melena, mirándola, dispuesto a disfrutar de sus atenciones. Suavemente, la dirigió hasta conseguir el ritmo adecuado, acariciando con las puntas de sus dedos el cuero cabelludo. El placer comenzó a extenderse por las hebras nerviosas a través de todo su cuerpo, haciendo que echara la cabeza hacia atrás y acelerando un poco los embates. Apretando los ojos, sintió cómo lo llevaba hasta el fondo, saliendo después tan lenta y apretadamente que resultó prácticamente doloroso. Sergio gimió y ella respondió con un eco del suyo que casi lo hace perderse.

Joder, espera… -su voz un fiero susurro, apartándola, dejando a su sexo pulsando en medio del aire fresco y sus piernas temblando levemente.

La miró desde arriba, su cara completamente mojada por la lluvia, y le pasó el  pulgar por sus labios. Quizá la había subestimado, pensó jadeando. Sexo oral casi en plena calle… no parecía ser el estilo de la antigua Ámber, pensó fascinado. Sonrió al pensar en lo que podría venir a continuación. Vas a tener premio, Ámber…

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No podía decidirse entre la decepción porque Sergio la hubiera apartado antes de terminar en su boca o la euforia contenida por la promesa que ese propio acto encerraba en sí mismo. De que habría más.

Tener a Sergio temblando entre sus labios la había envuelto en sensaciones que jamás había tenido con otros chicos. No se hacía ilusiones, Sergio seguía siendo el mismo cabroncete de siempre. Pero ahora, en ese instante, estaba con ella y no pensaba desperdiciar el momento con sentimentalismos.

Su ropa interior estaba ya empapada, en cuanto él había gemido la primera vez gracias a sus atenciones no había podido evitar meter la mano bajo su falda y apartar la tela que cubría su sexo. Imaginando las embestidas en otro lugar de su cuerpo, las había imitado con sus dedos. Era jodidamente enorme…

Se incorporó hasta alcanzar toda su estatura, ambos jadeando frente a frente. Sergio terminó de desnudarla tan sumamente despacio que a ella le entraron ganas de gritar. Luego comprendió que les estaba dando a ambos un tiempo para recuperarse.

Lo observó buscar alrededor, la lluvia cayendo en una cortina suave pero continua. Estaban completamente empapados y aun así, sus cuerpos no estaban fríos.

La cogió de la mano y la llevó hasta un rincón donde había una especie de repisa elevada del suelo y amplia. Le pareció incluso tierno que buscara un lugar donde resguardarlos. Pero no se engañaba. Ni siquiera se había quitado sus pantalones.

La aupó de la cintura y la sentó en el borde de aquella repisa. Contempló con ojos hambrientos el espectáculo de su torso de músculos bien delineados y salpicados de tatuajes. Y pareció que la urgencia volvió a hacer presa de él, porque comenzó a lamerla, a recoger cada gota de la piel de su torso, desde el ombligo hasta sus pechos, mientras sus manos subían y bajaban por los laterales de su cuerpo. Ámber emitía pequeños gemidos cuando la lengua hacía rodar la bolita de metal sobre uno de sus pezones o se introducía en su ombligo.

Después bajó más, por su bajo vientre hasta alcanzar su sexo. A esas alturas estaba tan agitada que se mordía la lengua para evitar suplicar. No hizo falta. Un par de lametones la lanzaron al éxtasis, derrumbándose sobre los hombros de su amante.

– Joder, Ámber…. eres… pura dinamita -oyó que le decía él, su respiración completamente alterada. Mientras hurgaba algo en el bolsillo trasero de su pantalón, añadió:- ¿Me quieres dentro de ti?

– Sí – susurró ella sin pensarlo ni contenerse, al tiempo que comprendía que estaba enfundándose un preservativo. El canalla sabía la respuesta de antemano. Se preguntó si siempre llevaba condones encima. Oh, claro que sí…

– Eso está muy bien, pequeña -su voz rasgada por el deseo, mientras se terminaba de ajustar la protección-, porque yo también me muero por estar dentro de ti -murmuró entre besos.

Ámber se tumbó, dejándole espacio para subir. Y enseguida estuvo encima de ella, guiándose hacia su entrada. No pudo evitar arquearse como una gata en celo, en cuanto se tocaron. La punta roma y caliente, enorme, comenzó a hacer presión, entrando centímetro a centímetro, abriendo su carne.

Sergio empezó a desplegar su magia de nuevo en cuanto sus cadera estuvieron pegadas. Parecía tener las manos en todas partes y su boca y su lengua besaban  allá donde llegaban. Ámber sentía la condenada bolita de metal deslizarse por su piel y al condenado dueño, deslizarse en su interior. Pensaba aguantarle el ritmo estoicamente, hasta que se perdieran juntos. La sometió, enlazando los dedos de sus manos y subiéndolas por encima de sus cabezas. Por dios, agradecía la lluvia como agua de mayo, nunca mejor dicho.

Al cabo de un par de embestidas más, no pudo soportarlo; sintió sus paredes internas contraerse y él lo notó, porque modificó el ritmo, haciéndolo más pesado, aun sin disminuirlo. El orgasmo se extendió lento, pero potente, por su cuerpo, apretando la barra caliente que la penetraba. Lo escuchó gemir y al  mirarlo, descubrió una sonrisa insolente en su rostro. Le entraron ganas de borrársela de un golpe.

Pero no pudo, porque enseguida esos labios estuvieron sobre su pecho, su lengua haciendo rodar el piercing en su sensible cima, sin que Sergio perdiera el ritmo de sus embates.

Si acaso, lo aceleró. Notó su mano introducirse entre los cuerpos mojados -de sudor y de agua- y acariciar directamente su centro. Gritó. Como nunca lo hacía. Y de nuevo no pudo controlar la enorme ola de placer indecoroso que la atravesó como un terremoto con epicentro en su sexo. De la cabeza a los pies.

Y esta vez al parecer Sergio se perdió también, porque su expresión se volvió de agónico placer, antes de esconder el rostro en su cuello, donde sintió sus jadeos contenidos contra su piel, mezclándose con los de ella misma.

Se medio desplomó sobre ella, sin dejar nunca todo su peso muerto, y Ámber acarició su espalda con suavidad, deleitándose con el tacto. Con la fantasía de que Sergio Asselbörn era suyo.

Cuando las respiraciones de ambos hubieron recuperado su cadencia normal, él alzó la cabeza. La sonrisa lenta y perezosa hizo que el corazón de Ámber se saltara un latido. Se quedó contemplando ese rostro angelical. Y le devolvió la sonrisa…

– Muchas gracias, princesa -murmuró en un tono suave y meloso. De los que se pegaban al corazón. Ella iba a decir alguna tontería cuando él volvió a hablar:- Nos vemos en tus sueños.

Fin

 
 
(nota de la autora: Efectivamente, Sergio Asselbörn es el protagonista de ‘Terreno Prohibido‘)