Una imagen y mil palabras

Dame luz

Buenas!! Hace dos semanas que no participo en el reto Una Imagen y Mil Palabras por cuestiones de curro, pero ya estoy de vuelta! Esta semana proponía la imagen mi compi de batallas Paty C. Marín y el mini relato que he escrito es el siguiente. Espero que os guste (la foto la encontraréis al final del mismo).

Dame luz

Nada más llegar, fue directo al cuarto de baño y abrió el grifo del lavabo. Observó con fría distancia cómo el rojo diluido teñía la superficie blanca, arrastrando parte de su suciedad. Había otra parte de la que no se libraba jamás.

Sin mirarse al espejo —nunca había sido capaz de enfrentar su mirada en esos momentos—, se descalzó y comenzó el ritual de deshacerse de las ropas manchadas, la camiseta, el pantalón. Menos mal que eran negros. De otro modo, no podría haber caminado por las calles de la ciudad, por mucho que se escondiera entre las sombras.

Se metió bajo el chorro de la ducha, cerrando los ojos y sintiendo el agua acariciar su piel y llevarse por el sumidero algo más de suciedad. Siempre la exterior. No importaba. Hacía mucho tiempo que había prohibido decir ni una palabra a su conciencia. La maldita, como castigo, se había esfumado. Lo que resultaba jodidamente conveniente para su trabajo. Estaba acostumbrado a convivir con su mierda interior, no tenía más remedio. Lo que él hacía, requería un corazón helado. Y lo hacía por dinero. Aunque según las reglas establecidas, estaba del lado de los buenos, él no veía demasiada diferencia entre los dos bandos. La mayor parte de las veces terminaba saltándose los límites de la legalidad, con permiso de sus superiores, por supuesto. Mierda, ellos no tenían que pringarse con sangre.

Se secó tras la rápida ducha, recobrando el status quo consigo mismo y, desnudo, caminó por el piso, buscando la cocina. Era una jodienda vivir de piso franco en piso franco, pero tenía siempre las mayores comodidades y la nevera llena. Cuando la encontró, abrió la puerta de la nevera que proyectó un halo de luz tenue, iluminando la estancia. Escogió una cerveza y se lanzó, exhausto, al sofá, dispuesto a disfrutar.

No duró mucho.

Su teléfono, el otro, vibró sobre la mesa. Una oleada de nervios lo atravesó de cabo a rabo. Ese móvil sólo lo conocían dos personas en todo el mundo. El temblor de la mano casi hizo que se le cayera al suelo. Un mensaje de texto. Lo abrió.

“Ya viene.”

Se sentó, dejando la cerveza de lado y apoyando los codos en las rodillas, la cabeza en las manos. Los dedos se crisparon entre su pelo, intentando contener los pensamientos, las emociones. ¿Ya habían pasado nueve meses?, pensó, aterrado. Cogió la cerveza y la terminó de tirón. Necesitaba otra, se dijo, mientras iba directo a la nevera.

Pero no llegó hasta ella. Maldito fuera. No iba a presentarse así.

Se movió, inquieto y desnudo como iba, por la oscuridad del salón. Tenía que ir. No sabía si sería capaz de… hacer lo que tenía que hacer, pero tenía que estar con ella. Sólo que…

Joder.

No podía hacerlo. Él era un ser oscuro, perteneciente a las sombras, a la noche. Y ella era la luz, la transparencia, la claridad. Él era capaz de matar a sangre fría, era lo que hacía y lo hacía muy bien; limpio, rápido, fácil. No se inmutaba lo más mínimo, no sufría. Y ella…. ella daba vida. La estaba dando en ese preciso momento. Gracias, en parte, a él. Mierda santa…

Cómo habían terminado ella y él enredados entre mantas de hilo, en medio del desierto de Namib era algo que todavía no entendía. La había rescatado de las zarpas de un grupo de  soldados que servían al régimen talibán. No era nada especial, estaba acostumbrado a ese tipo de operaciones colaterales a la misión principal. Conocía demasiado bien el terror en los ojos de la rescatada  y el síndrome de enamoramiento de su rescatador, nunca le habían afectado especialmente. Siempre había conseguido comportarse con las víctimas.

Pero no había podido resistirse con ella. No fue capaz ni esa primera vez en la arena fría ni las que siguieron, en lugares mucho menos aceptables. Caer una vez era excusable. No era de piedra. Sin embargo, se había perdido en su interior muchas más veces de las justificables, llevado por una pasión que no era ciega. Era pragmático, sabía lo que le estaba sucediendo. Pero un tipo como él no podía permitírselo. Así que no dejó que ella tuviera esperanza alguna. Desde el principio dejó claras las normas: era sexo, no quería nada más de ella.

Maldito mentiroso. Era un hijo de puta.

Bien entrenado, eso sí. Ella lo creyó.

Se habían separado en la base norteamericana que quedaba al norte, tras salvar varios obstáculos estratégicos. Lo que él conocía como escurrirse por la noche cual sabandija resbalosa: sin ruidos, sin señales. Matando en silencio. Un beso en la frente y su hijo en su interior. Solo que ahí todavía no lo sabía.

La revelación llegó dos meses más tarde. Era lista, se las había ingeniado para hacerle llegar la noticia a una sombra que no existía, como él. Lo había dejado noqueado. Un golpe en la sien no habría sido más efectivo. Incapaz de moverse o pensar durante mucho rato.

Él no podía ser padre.

No sabía serlo.

No quería serlo.

Pero el calor que sintió en su interior se convirtió en una especie de droga para él. Algo que no sentía a menudo. Algo que no había sentido desde… aquel tiempo con ella en Irak.

En Irak. Rió con amargura, recordándolo. Había hecho a su hijo en Irak.

No podía ser padre, se repitió.

No podía tocar a su hijo con sus manos rojas, acunarlo entre sus ropas oscuras manchadas.

No podía exponerlo a la vida que llevaba, igual que no había podido exponer a su madre.

Supo que la decisión estaba tomada incluso antes de planteársela. Necesitaba verlo. No podía resistirse. Otra vez.

Se vistió con rapidez y eficacia, movimientos calculados. En dos minutos estaba en la calle. En diez, en el hospital. Sabía cuál, había seguido todo el embarazo con detalle, aunque ella no lo supiera.

Temblaba como un maldito junco al viento cuando enfiló el pasillo. Se paró ante la puerta, recuperando el aliento. Serénate, joder.

No dejaba de resultarle irritablemente cómico que asesinar se le diera mejor que esto. Empujó la puerta y la volvió a ver. No estaba sola, una enfermera revisaba el gotero, pero se apresuró a salir al ver las miradas que intercambiaron. O, quizá, su aspecto.

—Hola. —La voz le salió rasgada y carraspeó.

—Hola —dijo, una sonrisa asomando a la comisura de sus labios, como si no estuviera convencida de que debiera salir. Al ver cómo él buscaba ávidamente con la mirada a través de la habitación, ella habló—: Está aquí.

La cuna era tan menuda que no la había visto, pegada al otro lado de la cama. Se acercó despacio, conteniendo el aliento. ¿Iba a ser capaz?

Lo vio. Un cuerpo de un tamaño que no parecía humano, sino alguna especie de duende. Contempló el ritmo pausado de su respiración. Sus manos y sus pies diminutos. Sus orejas, la nariz y la boca. Fascinado con la idea de que esa pequeña personita era parte de él.

Escuchó sorber y miró a su otra mitad. Tenía los ojos empañados en lágrimas.

—Es una niña —pronunció, con voz rota.

—¿Puedo? —preguntó, alargando los brazos, mirando de nuevo a su hija.

Ella hizo un ruido que pretendía ser un “sí”.

Cuando la alzó en sus manos, le embargó tal emoción que le costó respirar con normalidad. Aquel pequeño ser abrió sus ojos rasgados, mirándolo directamente. Él se encogió al pensar en lo que sería capaz de ver en su interior si penetraba demasiado lejos. Pero la mano de duende envolvió su enorme pulgar, dándole la inocencia que a él le faltaba. Dándole luz.

Y entonces notó la humedad sobre su rostro y se preguntó qué diablos iba a hacer el resto de su condenada vida sin aquellas dos personas.

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Fotografía #4

Una semana más participo en el reto Una Imagen y Mil Palabras. Esta vez tengo la sensación de que he utilizado la imagen para crear toda una historia que no tiene nada que ver con ella, pero… bueno. Espero, como siempre, que lo disfrutéis. 
 
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Fotografía #4

El humo del café recién hecho se mezclaba con el del cigarro que reposaba en el cenicero abarrotado de colillas, las volutas creando caprichosas formas bajo la luz del escritorio de trabajo. El resto de la estancia permanecía en penumbra y por las ventanas apenas se colaba la claridad tenue de alguna farola que mantenía la oscuridad de media noche alejada de las calles de la ciudad.

O’Neal se sentó en la ajada silla que crujió, cansada, bajo su peso. Se pasó las manos despeinando su cabello castaño mientras contemplaba los objetos sobre la mesa de caoba. Pulcramente ordenada. En claro contraste con el resto de la habitación. Y de su vida. Inspiró hondo, como cada vez que volvía a la tarea que le obsesionaba, y cogió la primera carpeta del montón de la derecha, depositándola frente a él. El familiar sudor frío cubrió en una capa leve su cuerpo, a pesar de que sólo estaba cubierto con los calzoncillos. Sin embargo, ninguna mueca de dolor o rabia cruzó su expresión. Eso había quedado dentro, muy dentro. El vivo fuego inicial había sustituido por uno mucho menos violento, aunque igualmente fuerte y poderoso, haciendo bullir esos sentimientos en su interior, a la espera de poder utilizarlos apropiadamente. Sabía esperar, oh, sí. Había aprendido a esperar.

Antes de sumergirse en la tarea, abrió el tercer cajón del escritorio, rebuscando entre las cosas que guardaba hasta dar con la botella de líquido ambarino. Whisky irlandés. No le importaba si era bueno o malo, tenía que ser irlandés. Como él. Como ellos. Echó un chorro demasiado generoso en el café. Pero aguantaba bien. Durante el último año, había entrenado sin mesura. Cogió la taza y tragó seguido al tiempo que abría la carpeta.

Las primeras fotografías eran bastante inocuas. No agredían su retina ni su cordura. Sólo rasgaban los recuerdos. La habitación que tan bien conocía, decorada con toda la parafernalia femenina. Los tonos pastel, los espejos, las flores. Alguna ropa dispersa sobre una cómoda…

Se detuvo en la imagen rotulada como Fotografía #4. Ésta mostraba unos zapatos elegantes y negros, de un tacón desmesurado —él no le habría permitido salir de casa con semejante calzado, pensó con humor agrio—, abandonados como si tal cosa frente a la ventana que daba al balcón de su habitación. Siempre le llamaba la atención porque, a pesar de que no contenía demasiada información para el caso, sí contenía otro tipo de testimonio. Ella se había hecho mayor. Ya no era la niña de rizos rubios, preciosos ojos azules y sonrisa mágica que le perseguía pidiendo su compañía y sus juegos. Sonrió, perdido en la nebulosa de recuerdos, mientras daba una calada al cigarrillo.

Sus ojos fueron a parar a la siguiente fotografía, en la que ya aparecían oscuras manchas rojas tiñendo la alfombra y el parqué, y su mano izquierda aplastó el cigarrillo, sin percatarse siquiera del quemado en su palma. Se obligó, a pesar de la angustia, a continuar con el visionado, repasando de nuevo cada mancha, cada objeto destrozado o tirado en el suelo que mostraban las instantáneas conforme se iban acercando al lugar exacto en el que se había perpetrado la atrocidad. Vació de un trago el tazón de café y vertió más whisky, esta vez solo, en el recipiente.

Por mucho que empapara sus neuronas en alcohol, era imposible atenuar, mucho menos detener, la vorágine de pensamientos, de imágenes, que las fotografías desataban en su cabeza, demasiado habituada a la deducción lógica. A reconstruir hechos a partir de pruebas. Aun así, volvió a vaciar la taza.

Se preparó para contemplar la siguiente foto, la que tantas veces le había provocado arcadas y repulsión, aun acostumbrado como estaba a ver escenas de ese tipo.

El cuerpo en una postura antinatural, imposible, abandonado boca abajo sobre la cama como si fuera un desecho, únicamente cubierto por las braguitas. Los rizos dorados crispados, los ojos azules vidriosos, la sonrisa mágica tornada en una mueca de terror. Las marcas moradas en el cuello, brazos, torso. Muslos. Una enorme y difusa marca de sangre empapando el colchón bajo sus caderas. Bajo su sexo. Y salpicaduras del líquido rojo por todas partes: paredes, muebles, suelo…

Se levantó de súbito, haciendo caer la silla hacia atrás y golpear el suelo. Cogió la botella de whisky y se amorró directamente a ella, tragando. Tragando hasta que hizo retroceder la bilis. Tragando y tragando hasta que se quemó por dentro y la ira y la rabia bulleron más fuerte. Necesitaba de esos sentimientos para no derrumbarse. Una vez calmados los espasmos de su estómago, bebió más tranquilo. Se giró y dio un par de pasos hasta quedar frente a un espejo de cuerpo entero, enfrentando su mirada del mismo color que el brebaje de la botella.

Parecía un hombre normal, de unos veinticinco. Serio y adusto, pero normal. Era cuando te asomabas a los pozos ambarinos que eran sus ojos, que deseabas huir despavorido. Allí sólo encontrabas desolación, había tanta vida como en el cuerpo tirado sobre la cama.

Ninguna.

Llevaba un año muerto. Para todos. Cuando se sumergió en esta locura, todos le abandonaron, creyendo que le faltaba un tornillo. Su novia, sus amigos y compañeros. Incluso sus padres. Le importaba una mierda. Cuando llegaron a la escena del crimen y se estableció el parentesco, le apartaron despiadadamente del caso. No importó qué dijera o qué puertas golpeara. Era su misma sangre la que estaba salpicada por todas partes. No iba a pensar con claridad. Sonrió siniestramente al recordarlo. En parte, tenían razón. Porque el caso estaba cerrado sin culpable, y en la tierra de donde venía, la venganza era algo privado.

Si se enteraran de lo que hacía cada noche desde aquel fatídico día, sería expulsado del cuerpo, sin contemplaciones. Tenía información confidencial encima del escritorio de la pocilga en la que vivía. Pero el uniforme y la placa habían quedado colgados en la percha de la entrada, junto con su reglamentaria. No la necesitaba, conocía mejores formas. Ahora sólo eran él y el hijo de puta que le había truncado la vida a su hermana pequeña. Miró de nuevo sus ojos, aterradores en su determinación. Antes de girarse para volver al trabajo, acarició perezosamente el nombre tatuado poco más abajo y a la izquierda de su ombligo, junto con una daga.

Eileen.

Sigo aquí

 
Una semana más, participo en el reto de Una imagen y mil palabras. Esta vez, yo misma propuse la imagen, algo bastante abierto a interpretaciones, en mi opinión, aunque yo no tuviera ni idea de qué estaba mirando el tipo este… Espero que os guste. 
 
 

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Sigo aquí

Está rompiendo el alba y la claridad se cuela por la ventana, tiñendo de grises la habitación. Yo llevo horas sin poder dormir. Primero, por lo que hemos estado haciendo. Después, pensando y desgranando sentimientos.

Sigo aquí.

Me doy por vencido. Esta noche no es de dormir. Los sueños, los anhelos, quedaron atrás. Tras un hondo suspiro, me levanto y me enfundo unos vaqueros que dejo a medio abrochar. Qué diferente me siento, la languidez haciendo presa de mis miembros. La pereza, de mis neuronas. Hacía tanto tiempo que no estaba tan sereno que me cuesta reconciliarme con la sensación.

Camino hacia la ventana, sintiendo el tacto de la moqueta en mis pies descalzos, la tela vaquera sobre mis piernas y mi sexo, tus manos erizando todavía mi piel. A pesar de la serenidad, mis sentidos están más sensibles que nunca. Me siento vivo.

Al otro lado del cristal, la misma quietud que siento yo por dentro. No hay tráfico ni tumultos. Las calles mojadas y prácticamente solitarias, los funcionarios empezando a vestir la ciudad. No quiero enfrentarme al mundo, nunca he querido, ahora lo sé. Mi corazón repiquetea con el pensamiento. Sigo aquí, sigo aquí, sigo aquí

Giro el rostro y te miro, desparramado sobre la cama, con completo abandono. Tu pecho sube y baja en una cadencia armoniosa. Envidio tu descanso. Contemplo con absorta morosidad tu cuerpo desnudo enmarañado con las sábanas arrugadas. Tu torso lampiño y delineado, tus caderas suaves enmarcando tu pene ahora dócil, tus piernas fuertes. Tus manos que me han llevado al cielo. Tu rostro joven y perfecto, tu pelo alborotado. Me enamoro y no quiero decirlo. Todavía no puedo.

Pero sigo aquí.

No me he ido. Es lo que más extraño me resulta. En mi anterior vida, nunca me quedaba a esperar que mi amante de turno despertara por la mañana para verla sonreír. No me interesaban las sonrisas ni las palabras. Ni las miradas. Hacían que me sintiera falso, hueco, cabrón. No soportaba toda esa parafernalia. Buscaba el consuelo del sexo duro y sin contemplaciones. Vaciarme de amargura en el cuerpo de quien estuviera dispuesta.

Entonces llegaste tú y todo eso comenzó a cambiar. Nuestros primeros encuentros fueron violentos. Me pedías cosas que yo no sabía que podía dar. Ni siquiera sabía que quería dar. Me agobiabas con tus insinuaciones y tus sonrisas. Me molestaba encontrarme contigo por los garitos de moda, por la calle. No toleraba las situaciones en las que me empecé a ver envuelto.

Nuestro primer beso fue furioso, aunque tú ni siquiera me tocaste. En tu juventud, la madurez había florecido mucho antes que en mí. Te respondí con ansia y me separé con ansiedad. “Que te jodan”.

Por aquel entonces, no sabía que quien quería joderte era yo. Sonrío con acritud al recordarlo…

Nuevos encuentros en callejones oscuros, igualmente violentos. Tú convenciéndome, aguantando mis envites, mis salidas de tono. Yo alternándote con mujeres que no te llegaban ni a la suela de los zapatos. Me perdía en la oscuridad de la calle contigo, manoseando, sintiendo nuestros sexos crecer juntos, acariciando un torso igual de musculoso que el mío, agarrando tu pelo castaño para poder hundir mi lengua aún más en tu boca dulce, para poder gravitar en el interior de tus ojos azules. Descubriendo sensaciones nuevas para mí. Siempre me separé de ti con la misma frase: “que te jodan”.

Luego terminaba la noche en la cama de mujeres a las que volteaba para no ver lo que no quería ver, y lloraba lágrimas invisibles entre sus sábanas…

Con el tiempo, fui yo quien te buscaba. Me adentraba en locales donde agachaba la cabeza para evitar encontrarme con la mirada de nadie, temblando. “Jodido maricón”, me gritaban en mi cabeza. No me daba cuenta de que, en realidad, nadie me miraba. Nadie, excepto tú.

No mostraste signo alguno de victoria y te lo agradecí secretamente. Nuestra primera vez fue en un cuarto oscuro, rodeados de otros como tú. Fue rápido, violento, rudo. Yo, incapaz de atar mis emociones en corto, las dejé gravitar a su antojo. Pero, una vez más, tú comprendías. Dejé marcas en tu cuello y sé que te hice daño. Cómo quisiera borrar aquello y sustituirlo por los sentimientos depurados que hoy acepto.

Hoy sé lo que siento. Te miro y sé que que estoy enamorado, aunque no lo diga en voz alta. Todavía. Anoche volvimos a encontrarnos. Esta vez nos buscamos los dos. Abatido, acaricié una de las marcas que dejé en tu cuello la última vez, te pedí perdón con mi tacto. Sin embargo, tú me cogiste de la mano y me arrastraste hasta tu casa. Yo no protesté.

Anoche empezó una nueva vida para mí. Sin despedirme de la anterior. Me entregué a ti sin ambages por fin y me limpiaste por dentro, ordenando toda mi caótica existencia de un sólo polvo. Bueno, más de uno…

Y sigo aquí.

Sigo aquí esperando a que despiertes, porque anhelo las sonrisas, las miradas. Las palabras no dichas. Ansío tu piel y tu cuerpo y todo tu ser…

Tus párpados tiemblan un par de veces antes de mostrar tu soñolienta mirada azul. Estiras el brazo hacia el lado que yo ocupaba hace un rato y, nervioso, alzas la cabeza, buscándome.

—Sigo aquí. —Mi voz surge ronca porque todavía no la he estrenado hoy. Tu sonrisa me derrite, mi sexo se sacude… y con pasos lentos, camino hasta ti.

Adictos

Ésta es la imagen propuesta para esta semana en el grupo de Una Imagen y Mil Palabras.

Por diversas razones, ando bastante desmotivada (reconozco que pensé en dejarlo pasar), pero estoy bastante comprometida con el proyecto-juego desde el principio, así que he decidido participar esta vez también. Con lo que saliera…

Adictos

…mis manos resbalan por tu espalda cubierta por una fina capa de sudor sobre los músculos ondulantes. Piel caliente, ardiendo. Como tu carne en mi interior. Como nuestros cuerpos entrelazados, acoplados, amados. Los labios suaves y carnosos se me antojan tan apetecibles que no puedo evitar morderlos con ansia. Tu respuesta me llega en un gruñido que araña peligrosamente mi cordura.

¿Cómo pueden decir que esto está mal? ¿Cómo pensarlo, siquiera?

Me encanta la forma en que te mueves sobre mi cuerpo sensible. Delicado y duro al mismo tiempo. Sabes lo que provocas en mí y lo haces a conciencia. Pero yo también sé provocarte y lanzarte a las estrellas. Es lo que anhelo. Es lo que anhelas

Así es nuestro deseo. Una droga que se extiende copando el ambiente allá donde nos encontremos juntos, sin ambages, como si fuera un perfume dulce y vaporoso que inunda nuestros sentidos, anulando nuestra voluntad. Rebajándonos a nuestra calidad primitiva, de forma que sólo somos capaces de obedecer nuestros instintos. Soy adicta a eso. Soy adicta a ti

El placer se va tejiendo como una telaraña que se enreda entre cada fibra de mi ser, haciéndola vibrar, embotando mis neuronas. Me oyes gemir y todavía lo haces más duro. Grito. Aquí puedo gritar, ¿por qué no? Grito aún más alto. Dejo salir todo lo que reprimo en mi solitaria vida. Aúllo cuando introduces una mano entre nosotros para aumentar el placer. Más droga. Soy adicta.

Echas la cabeza hacia atrás, observándome con media sonrisa y me enamoro. Otra vez. Otra vez y otra vez. Me ahogo en tu mirada y te maldigo por ese aire de suficiencia. Quiero que seas adicto, como yo. Quiero que sufras el mismo tipo de hechizo, que me empuja hacia ti como si fuera un puñetero imán. Ansío ese momento de conexión, ese en que somos uno. En que unimos mente y cuerpo, y entendemos… Comprendemos que, no importan los obstáculos, siempre volveremos a por más… Lo siento ahora… tan cerca… mientras te mueves sobre mí como una bendición. Y tu mirada ahora ha cambiado. Tus ojos aparecen nublados, empapados de emociones…

No podemos decirlo en voz alta.

Nos destrozaría.

Ambos escondemos nuestros rostros en el cuello del otro, buscando cobijo. Protegiéndonos, mientras dejamos que el placer arrase nuestros cuerpos… y el caos nuestras mentes.

Quedamos limpios y nos hacen sentir sucios…

˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜

Qué lejano me parece ahora, mientras los recuerdos me asaltan en la intensa quietud de mi habitación juvenil. Lejano, porque ya te ansío de nuevo. Sin embargo, algunas partes de mí todavía palpitan enviando recuerdos a los receptores de mis neuronas.

Escucho tu voz, a través de las paredes de mi casa. No estás lejos, unos cuantos pasos me llevarían hasta ti. Y tus risas me tientan tanto… Ojalá pudiera lanzarme a tus brazos sin importar nada ni nadie. Pero soy menor y mis padres no atenderían a razones. Me enviarían a una cárcel peor que ésta de barrotes invisibles en la que vivo. El sólo hecho de pensar que nos puedan separar me hace temblar de ansiedad.

Tumbada en mi cama virginal, contemplo desapasionadamente cómo los últimos rayos de sol se cuelan por la ventana, revelando motas de polvo flotando en el aire. Me recreo en ello mientras me preparo para afrontar una cena más contigo. Una reunión familiar más preñada de formalismos y falsas palabras. Mis padres, mi hermano, tú y yo.

Me invade la ira cuando te tratan con condescendencia. Mientras señalan nuestras diferencias, tejiendo con sutiles artimañas una red entre nosotros que cada vez es más tupida. Una red que, a pesar de ser translúcida, nos muestra cada vez más distorsionados a los ojos del otro.

Lo intuyen. No queda otra explicación. Saben de nuestra adicción. Saben que sólo soy libre cuando estoy contigo, entre sábanas revueltas, volando agarrada a tu cintura sobre tu moto, riendo a carcajadas con cualquier nimiedad, comiéndote a besos…

Su red jamás se volverá opaca.

Soy adicta a ti. Y eso me hace fuerte.